Luisa de Marillac (9) (Daydi)

Mitxel OlabuénagaLuisa de MarillacLeave a Comment

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CAPITULO IX

Institución de las Hijas de la Caridad

NATURALEZA DEL INSTITUTO. – LAS PRIMERAS REGLAS. – SU FORMA ACTUAL.-LAS CONSTITUCIONES.LOS PRIMEROS VOTOS. – IDEA DE ERIGIR LA COMUNIDAD. – APROBACIÓN DEL ARZO­BISPO DE PARÍS. – ACTA DE LA INSTITUCIÓN CANÓNICA. ­APROBACIÓN PONTIFICIA. – SITUACIÓN CANÓNICA ACTUAL. ­UNIDAD DE RÉGIMEN Y AUTORIDAD. – DECLARACIÓN DEL PAPA

LEÓN XIII. – LA UNIFORMIDAD.

El pequeño rebaño, congregado por la Providencia divina a la sombra de la caridad y dirigido por san Vicente de Paúl y la B. Luisa de Marillac, iba creciendo de modo inesperado; se dilataban sus obras y al mismo tiempo iba tomando tal forma que, sin hacerlo un instituto religioso, en el sentido es­tricto de la palabra, lo constituía un cuerpo moral organizado, poniéndose en aptitud de llenar plenamente el fin providencial a que estaba llamado.

La idea de aquella institución era completamente nueva en aquella época. Para establecerla, era necesario luchar con­tra innumerables prejuicios, pues no se adaptaba fácilmente a la modalidad de aquellos tiempos. San Vicente, sin embargo, no modificó un ápice el plan que había concebido e insistió constantemente en mantenerlo en toda su integridad.

«Vosotras, hijas mías, decía a las primeras discípulas de la B. Luisa de Marillac, vosotras no sois religiosas y si hubiera entre vosotras algún espíritu inquieto que pretendiera lo con­trario, diciendo; deberíamos ser religiosas, esto sería mejor… ¡Ah! Hermanas mías, entonces sí que la Compañía estaría en la extremaunción… Temed mucho esto, hijas mías, y jamás en la vida permitáis semejante cambio.»

Sin embargo, sin ser religiosas, conservando su entera li­bertad para perseverar en las obras de caridad o para volver a sus casas, las Hijas de la Caridad debían trabajar ante todo en la obra de su santificación personal y adquirir el grado de perfección de las mismas religiosas. El ideal del Santo era, según su frase familiar, unir el trabajo de Marta con el fervor de María. En sus conferencias les decía frecuentemente: «Yo os aseguro que no conozco comunidad religiosa alguna, en donde las almas se renuncien tanto y tan continuamente a sí mismas como entre vosotras».

La B. Luisa de Marillac inculcaba este mismo pensamiento en las instrucciones que daba a las Hermanas: «Acordaos de la recomendación que nuestro muy honorable Padre nos ha hecho en una de sus conferencias, diciéndonos que nosotras, teníamos también nuestro claustro, lo mismo que las religio­sas, no hecho con piedras, sino con la santa obediencia, del cual, para el alma fiel, es tan difícil salir, como a las religiosas del suyo».

Con el aumento del personal y extensión de las obras se hacían necesarias Reglas Que determinaran fijamente los diversos ejercicios de la vida común, lo mismo que la asistencia de los pobres.

No se apresuraba san Vicente de Paúl en la formación de estas Reglas, no obstante las reiteradas instancias de la B. Luisa de Marillac: «Nuestro Señor, la decía, ha dado su ley de gracia a los hombres, sin escribirla : hagamos nosotros lo mismo por algún tiempo».

Sin embargo, como la necesidad del Reglamento se hacía sentir día a día, la B. Luisa de Marillac, por encargo de san Vicente, formuló, a principios de 1634, un proyecto de Re­glamento, casi podríamos decir un horario de la distribución del tiempo, con algunas aplicaciones prácticas, que eran fruto de su experiencia y que hasta hoy constituyen el fondo de las Reglas comunes de las Hijas de la Caridad. Encontró tan bien san Vicente este proyecto de Reglamento, que lo aprobó sin añadir ni cambiar cosa alguna.

El año 1634, se reunieron las Hermanas de la Casa madre y de- las parroquias de París, presididas por san Vicente, quien después de leerles el Reglamento, les hizo una explicación de él, comentándolo artículo por artículo. La distribución del tiem­po, las prácticas de piedad en uso entre las Hijas de la Caridad, el servicio de los pobres, las virtudes principales, todo estaba en este proyecto de Reglamento, expuesto con sencillez y cla­ridad. Esta explicación la hizo el Santo en tres conferencias, siendo la última el 31 de julio de aquel mismo año.

San Vicente recomendó encarecidamente la observancia de estas: Reglas en una conferencia admirable por su sencillez y elevación; y, al fin de ella, todas las Hermanas prometieron observar con toda fidelidad cuanto en ellas se prescribía y, poniéndose todas de rodillas, lo mismo que el Santo, terminó éste con estas palabras: «Que la bondad de Dios se digne imprimir en vuestros corazones lo que yo, miserable pecador, os acabo de decir de su parte, de tal manera que podáis tenerlo siempre presente para practicarlo, a fin de que seáis verdaderas Hijas de la Caridad. Así sea.»

Las Reglas de las Hijas de la Caridad completadas por san Vicente, no han sufrido en el fondo, alteración alguna hasta nuestros días; son un verdadero código de santidad por el ejer­cicio de la caridad; pero como sucedió que cada Hermana las copiaba según su devoción, resultó con el tiempo que no se hallaba sino uno que otro ejemplar completo y fielmente copiado. Para obviar los inconvenientes que de aquí podían surgir, el señor Almerás, sucesor inmediato de san Vicente de Paúl, hizo revisar el texto primitivo, dividiendo las Reglas en capítulos, dándoles la forma definitiva que hoy tienen, ordenando se entre­gara un ejemplar a cada establecimiento y nueva fundación, encargando a la superiora de cada casa lo conservara con solí­cito cuidado. Además de las Reglas comunes, se arreglaron tam­bién las Reglas particulares de los diferentes oficios y, como era necesario regularizar el organismo general de la Comunidad, sobre todo lo concerniente a la transmisión y funcionamiento de la autoridad, el mismo señor Almerás proveyó a esto, codifi­cando todo cuanto había sido dispuesto y practicado en tiempo de san Vicente y de la B. Luisa de Marillac, formando en treinta y siete artículos los Estatutos o Constituciones de la Compañía de las Hijas de la Caridad. De estas Reglas y Estatutos se hizo entrega oficial a la Comunidad en una asamblea de Hermanas, tenida el 5 de agosto de 1672, firmando el texto original de dichas Reglas, Sor Mathurina Guerin, una de las Superioras Generales más notables que ha tenido la Compañía, después de la Fundadora, poniendo también su firma después de la Supe­riora General, veintidós Hermanas que se hallaban presentes en esta reunión.

Así, pues, el cuadro en el que se suele representar a san Vicente y a la B. Luisa de Marillac, distribuyendo las Reglas a las Hijas de la Caridad, puede aceptarse como un símbolo, como una alegoría que nos indica que el origen de las referidas Reglas se remonta al tiempo de los fundadores; pero no res­ponde a ninguna realidad histórica.

Ya vimos anteriormente que, el 25 de marzo de 1634, el mismo año en que se dieron a la Comunidad las primeras Reglas, la. B. Luisa de Marillac se había consagrado a Dios definitiva­mente y con voto para la formación de las Hijas de la Caridad; pero las Hermanas permanecieron todavía algún tiempo sin ligarse con voto alguno. San Vicente de Paúl insistía siempre en sus conferencias sobre el punto capital de la naturaleza del Instituto, haciéndoles ver que por ningún motivo debían ellas pretender el título de Religiosas. Les explicó también la diferencia que había entre los votos solemnes y los votos simples, diciéndoles que éstos sí los podían ellas hacer con la debida autorización. Les habló de una ceremonia de profesión de los Hermanos Hospitalarios de san Juan de Dios. «Estos buenos Religiosos Hospitalarios hacen voto de guardar toda su vida la pobreza, la castidad, la obediencia y de servir a sus señores los pobres. Veis, mis muy amadas Hermanas, qué cosa tan agra­dable a Dios es servir así a los pobres, que son sus propios miembros!» Pronunció el santo con tanto fervor estas palabras, que algunas Hermanas, profundamente conmovidas, le pregun­taron si ellas no podían hacer una cosa semejante en la Com­pañía. «Por cierto, Hijas mías, repuso san Vicente; mas aque­llas que sientan este deseo, lo deben proponer primero a los superiores y luego quedar tranquilas e indiferentes, tanto si se les concede, corno si se les rehusa la licencia.»

Después de esto, elevando los ojos al cielo, hizo esta ora­ción: «i Oh, Dios mío! nos damos enteramente a Vos, hacednos la gracia de que vivamos y muramos en la perfecta observancia de una verdadera pobreza. Esta gracia os pido por todas nues­tras Hermanas presentes y ausentes. Hacednos también la gra­cia de vivir castamente y de obedecer con toda perfección. Os pido misericordia por todas las Hermanas de la Caridad y por mí. Nos entregamos también a Vos, oh Dios mío, por todo el tiempo de nuestra vida para honrar y servir a nuestros señores los pobres. Esta gracia os pedimos por vuestro santo amor! ¿No lo deseáis así vosotras, mis queridas Hermanas?» Todas le manifestaron este deseo y se pusieron de rodillas, lo cual también hizo san Vicente de Paúl, dándoles la bendición y pidiendo al Señor les hiciera la gracia de realizar en ellas los designios que tenía formados.

Se ve, pues, que san Vicente de Paúl quería que el deseo de consagrarse a Dios y a los pobres por medio de los santos votos, no fuera una imposición, sino que surgiera libre y expontáneamente del corazón de las Hijas de la Caridad.

Al principio, pues, no hacían más que simples promesas de pobreza, castidad, obediencia y servicio de los pobres; sólo el 25 de marzo de 1642 ó 1643, cuatro Hijas de la Caridad fueron autorizadas por primera vez a pronunciar sus votos simples y anuales, los que debían renovar de año en año con permiso de los superiores, lo que hasta ahora se sigue observando por toda la Comunidad.

Los fundadores avanzaban en edad y la B. Luisa de Marillac estaba inquieta por la suerte futura de su Comunidad; pues veía acercarse el término de su vida, sin que ésta tuviese aun existencia sólida y estable. Este temor hacía que instase con fre­cuencia a san Vicente de Paúl pidiéndole que diese la última mano a su obra, proporcionando a las Hijas de la Caridad exis­tencia canónica y legal, haciendo aprobar el Instituto por las autoridades competentes. Por más que san Vicente le repro­chaba su falta de confianza y abandono a la providencia, ella insistía siempre sobre este punto, que juzgaba necesario para la estabilidad de la Comunidad.

En principio, san Vicente de Paúl estaba conforme con la B. Luisa de Marillac; pero había un punto en el que no estaban completamente de acuerdo. Se trataba de fijar quien había de ser el Superior del nuevo Instituto. La Fundadora quería que la dirección de las Hermanas estuviera a cargo de los sacerdotes de la Misión, esto es, que el Superior fuera san Vicente de Paúl durante sus días y sus sucesores los Superiores Generales de la Congregación de la Misión, después de su muerte. Por motivos sin duda de delicadeza, no quería el humilde sacerdote ponerse él como tal superior, aunque no podía dejar de ver la conve­niencia de tal medida y proponía poner lisa y llanamente la Comunidad en manos del Arzobispo de París. En este sentido se redactó la primera solicitud que se presentó a las autoridades eclesiástica y civil, pidiendo la erección de la Compañía de las Hijas de la Caridad; pero sucedió una cosa muy curiosa, sin duda providencialmente, que, estando en tramitación el expe— 88

diente, se traspapeló en el Parlamento sin que apareciera, por más que se hizo, y quedó sin efecto.

Pasaron algunos años, durante los cuales la B. Luisa de Marillac insistía siempre sobre la necesidad de dar forma legal a la Comunidad y de ponerla bajo la dependencia del Superior General de la Congregación de la Misión.

«Me parece, señor, escribía a san Vicente, que Dios ha puesto mi alma en un estado de grande paz y sencillez en la ora­ción que he hecho, aunque muy imperfectamente, sobre la nece­sidad de que la Compañía de las Hijas de la Caridad esté siem­pre sucesivamente bajo la dirección que la divina Providencia le ha dado, tanto en lo espiritual como en lo temporal. Me parece haber visto claramente en esta ocasión, que sería preferible para su gloria, que la Compañía dejare de existir completamente antes que estar colocada bajo otra dirección; porque me parece sería ir contra la voluntad divina. Espero que vuestra caridad escuchará la voz de nuestro Señor que, como a san Pedro, le dice que es sobre vos que quiere edificar esta Compañía y que no os negaréis al servicio que os pide, para la instrucción de los pequeños y alivio de los enfermos».

Los mismos pensamientos y deseos encontramos expresados en formas distintas, pero idénticos siempre en el fondo, en toda su correspondencia con el Santo, de 1646 a 1655, fecha en la que san Vicente de Paúl aceptó, por fin, el proyecto de la B. Luisa de Marillac sobre la dirección de las Hermanas.

El Cardenal de Retz, Arzobispo de París, en 18 de enero de 1655, desde Roma, donde se hallaba entonces, dio su aproba­ción, erigiendo en comunidad el Instituto de las Hijas de la Caridad, en cuyo documento oficial se resolvía el punto de la dirección de las Hijas de la Caridad, en la forma siguiente: «Y por cuanto Dios ha bendecido el trabajo que nuestro querido y muy amado Vicente de Paúl se ha tomado de llevar a feliz tér­mino este piadoso designio, le entregamos de nuevo y confiamos la dirección de dicha sociedad y cofradía durante su vida, y después de él, a sus sucesores los Superiores Generales de la Congregación de la Misión.»

Sin esperar la aprobación real y la inscripción en el Parla­mento, que sólo se verificó el 16 de diciembre de aquel año, san Vicente de Paúl convocó a las Hermanas en la Casa madre para el día 8 de agosto, a fin de proceder a la institución canó­nica de la Comunidad.

A título de documento curioso, agregaremos aquí una copia del acta que se levantó en aquella reunión, del 8 de agosto de 1655, sobre la erección en Comunidad de la Sociedad de las Hijas de la Caridad, documento cuyo original se halla en París (Archi­vos Nacionales L. 1054). Dice así:

«Vicente de Paúl, General de la Congregación de la Misión y Director de la Cofradía de las Siervas de los pobres de la Caridad, hacemos saber que : habiéndose Dios dignado servirse de la nombrada Congregación de la Misión para establecer las Cofradía de la Caridad en muchos lugares de este reino, de Ita­lia y la Saboya, con la autoridad de nuestro Padre Santo el Papa, de nuestros señores los Arzobispos y Obispos de los luga­res, para la asistencia de los pobres enfermos y que, habiendo hecho ver la experiencia que las señoras que componen dicha Cofradía en las parroquias de la ciudad de París, no les podían prestar por sí mismas la asistencia necesaria, como llevarles el alimento, arreglarles la cama, preparar y aplicarles los remedios, etcétera, se asociaron a dicha Cofradía algunas doncellas y viu­das, para suplir en la asistencia de los enfermos, lo que las seño­ras no podían hacer por sí mismas, las cuales doncellas y viu­das se unieron para vivir juntas bajo la dirección de la señora Luisa de Marillac, viuda del finado señor Legras, Secretario de la difunta Reina, madre del Rey Luis XIII, y bajo ciertas reglas conducentes a bien vivir y a la mejor asistencia de los pobres enfermos, corporal y espiritualmente, de tal modo, que la divina Bondad se ha dignado tener esta pequeña obra en sus manos y el difunto Monseñor J. F. de Gondi, Arzobispo de París, apro­barla, y Monseñor Cardenal de Retz, entonces su coadjutor, darle también su aprobación, posteriormente reiterada, como aparece de las letras patentes, dadas a este efecto, por las que aprueba dicha Cofradía y sus Reglas, instituyéndonos durante nuestra vida y a nuestros sucesores los Superiores Generales de la Misión, Superiores y Directores de la mencionada Cofradía de las Siervas de los pobres de la Caridad; y aun cuando se ha servido Dios establecer la referida Cofradía en esta ciudad de París, hace como unos veinticinco años, sin que se haya hecho acto de institución de la misma, habiendo juzgado a propósito ver primero su marcha y observancia de las Reglas, resultando su conducta tal como podía desearse, por la misericordia de Dios ; y estando, por otra parte, en disposición de enviar algunas de las antedichas doncellas y viudas a nuevos establecimientos también de este Reino, como del de Polonia, hemos juzgado con­veniente hacer ahora dicho acto de institución. A este efecto, hemos convocado a todas aquellas que se encuentran en esta ciudad y se han reunido en la asamblea que se ha hecho en la casa de su Comunidad en dicha ciudad, en donde hemos tornado los nombres de las que ya han sido recibidas y que desean per­severar en la misma, y después de haberles leído las dichas Reglas y la aprobación de ellas, como se ha indicado. Hecho lo cual, hemos procedido al nombramiento de oficialas y, no obs­tante haberse dispuesto que esto se hará a pluralidad de votos; sin embargo, atendido a que por primera vez debe procederse al nombramiento de las dichas oficialas por aquel que hace la Ins­titución, de la sobredicha Cofradía, hemos nombrado las si­guientes :

En primer lugar, hemos rogado a la señora de Marillac se sirva continuar en el cargo de Superiora y Directora de la refe­rida Cofradia durante su vida, como lo ha hecho desde su esta­blecimiento hasta el presente con gran bendición, por la mise­ricordia de Dios. Por lo que hace a las otras tres oficialas, hemos nombrado primera asistenta a Juliana Loret, para el cargo de segunda asistenta y Tesorera a Mathurina Guerin y para despensera a Juana Gressier. Hecho lo cual, hemos exhor­tado a dichas doncellas y viudas a dar gracias a Dios por su vocación, a bien vivir y a ser exactas en la observancia de las referidas Reglas y de sus oficios, lo que han prometido hacer, mediante la gracia de nuestro Señor.

En fe de lo cual hemos firmado la presente acta, sellada con el sello de nuestra Congregación, la que han firmado también la señora, las oficialas y algunas otras de las más ancianas que han podido hacerlo.

Hecho en la sobredicha casa de la Caridad de París el ocho de agosto de mil seiscientos cincuenta y cinco.»

(Este espacio se había dejado para la firma del señor Vi­cente, pero él ha querido firmar el último).

Bárbara Bailly. — Antonia Vigneron. — Ana Hardemont.—Genoveva Doinel. — Margarita Chetif. — Genoveva Cailleaux. — Bárbara Founins. — Magdalena Garnier. — Vicenta Dauchy. — Juana Goirard. — Magdalena Masnage. — Juana Lacroix.—Mariana. — Juana Le Meret. — Estef anía Dupuis. — Magdale­na. — Francisca Roseau. — Renata Pescheloche. — Rapecteble. — María Julia. — Margarita Menage. — Luisa Dalbel. — Ge-noveva Poisson. — Genoveva Gautier. — María La Ruelle. —María Cugny. — Francisca Fauchon. — Santos David. — Fran­cisca Noret. — Francisca Labry. — Andrea Marichales. — An­tonieta Labette. — Gabriela Gabaret. — Felipa Baillys. — Jua­na Bautista. — Francisca Gescaume. — María Robide. — Ana Rosa. — Vicente de Paúl.

Añadiremos aquí que el 8 de junio de 1668, la Compañía de las Hijas de la Caridad que ya anteriormente había sido bende­cida y alabada por el Papa Inocencio X, recibió la sanción e institución apostólica por medio del Cardenal de Vendome, Legado en Francia del Papa Clemente IX, siendo confirmado y aprobado el Instituto y las Constituciones de la Comunidad.

La excelente obra instituida por san Vicente de Paúl y por la B. Luisa de Marillac quedaba establecida sobre bases sólidas y estables; y esta obra por la misericordia de Dios continúa al través de los siglos conservando su carácter propio y peculiar, la misma fisonomía y el mismo espíritu de su fundación, siendo de notar que, debido a la gran prudencia de san Vicente de Paúl y a su juicio práctico, el nuevo Código del Derecho Canónico ha respetado las Reglas y Constituciones, los usos y costum­bres de la Comunidad de las Hijas de la Caridad, por no encon­trar en ellas nada contrario a las leyes y disposiciones canónicas.

En la clasificación que el mismo Código hace de las perso­nas religiosas, las Hijas de la Caridad están comprendidas en el título XVII, en donde se trata de las Sociedades que viven en común sin votos, sociedades que no son ni pueden llamarse pro­piamente Religiosas ; pues por votos religiosos entiende el Có­digo los votos públicos, ya sean simples, ya solemnes, esto es, aceptados por la Iglesia o por la Comunidad, mientras que los votos de las Hermanas son completamente privados y se emiten sin ninguna ceremonia o rito eclesiástico, sin bendición ni en­trega de velo y anillo. Así es que hoy, como en tiempo de su primitiva institución, conserva la Comunidad de las Hijas de la Caridad su carácter propio de no Religiosas, sobre lo cual tanto insistía san Vicente de Paúl.

Conserva hoy también, como entonces, su unidad de régi­men y de dirección. El superior de su Comunidad es hoy, como ha sido siempre sin interrupción, el sucesor de san Vicente de Paul, es decir, el Superior General de la Congregación de la Misión, a quien las Hermanas hacen voto de obediencia, y a quien, sin menoscabo de la autoridad suprema, corresponde por sí mismo o por sus mandatarios, los directores de las provin­cias, dar válidamente los permisos o dispensas en lo que concierne a la Comunidad, designar los confesores ordinarios y extraordinarios y nombrar los visitadores para hacer la visita canónica en sus casas, por lo que toca al régimen interior de la Comunidad.

Algunos señores Obispos, no conociendo suficientemente las Constituciones de las Hijas de la Caridad y considerando su

Comunidad como Congregación Religiosa, habían creído poder ejercer en sus casas y personas cierta autoridad que no les competía, con menoscabo de la autoridad del Superior General de la Congregación de la Misión.

Consultado el Papa León XIII por estos mismos Obispos, después de haber maduramente examinado este asunto, declaró: «Nada hay que innovar en el gobierno de la Asociación de las Hijas de la Caridad, el cual, según los indultos pontificios, per­tenece al Superior General pro tempore de la Congregación de la Misión, llamada de los Lazaristas, instituida por San Vicente de Paúl. — Roma 8 de julio de 1882.»

Una de las cosas que no podía descuidarse, al establecer defi­nitivamente el Instituto de las Hijas de la Caridad, era la cues­tión de la uniformidad.

Esta cuestión vemos que preocupó a san Vicente de Paúl y a la B. Luisa de Marillac desde el principio; pero no la estable­cieron de un golpe, sino que a ella se fue poco a poco y por partes, sin duda para no asemejarse demasiado a las Órdenes Religiosas.

Aunque en el vestido y tocado se conservó el estilo de las gentes del campo de las cercanías de París, se comenzó por uni­formar el color y el tocado, adoptándose el vestido gris y el cuello blanco, cubriendo la cabeza con una pequeña gorra blanca (toquois) sin corneta, sin velo y sin capa.

La piadosa Fundadora, según vemos en una carta suya de 13 de agosto de 1646, increpó con alguna severidad a una Hermana que se había permitido introducir alguna modificación en el tocado. Ella misma propuso : «No un velo, que es lo que más hay que temer, sino algo que pudiera resguardar el rostro con­tra el calor y el frío y por esto el señor Vicente nos ha permitido que las Hermanas recientemente vestidas del hábito usen una corneta de tela blanca en la cabeza en caso necesario.» (Noti­cias, Ea serie, torno I.° pág. 48.)

En el consejo del 23 de marzo de 1657, vemos que la Reina de Polonia había propuesto para las Hermanas de aquel país una pequeña modificación en el tocado, lo que de ningún modo fue aceptado.

No es menos terminante sobre este punto la conferencia de san Vicente de Paúl a las Hijas de la Caridad sobre la unifor­midad, de 5 de noviembre de 1657.

La uniformidad completa no se realizó sino después de la muerte de los fundadores, el año 1685, siendo Superior Gene­ral el señor Tolly y Superiora General Sor Mathurina Guerin, que fue elegida en cuatro períodos distintos, gobernando en total la Comunidad veintiún años.

El 26 de julio de 1685 la Madre Guerin dirigió una circu­lar a las casas de las Hijas de la Caridad, en la que anunciaba a toda la Comunidad que el Superior General se había dignado disponer que para la uniformidad todas las Hermanas usaran el mismo hábito y la corneta como tocado. (Circulares a las Hijas de la Caridad, tomo 2.°, pág. 15o.)

Consiste la corneta en un pedazo de tela blanca levantada por delante y cayendo un poco por los lados. Las dimensiones, algo pequeñas al principio, fueron agrandándose hasta tomar la forma actual, que constituye el distintivo universal y popular de las Elijas de la Caridad.

 

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