Luisa de Marillac (8) (Daydi)

Mitxel OlabuénagaLuisa de MarillacLeave a Comment

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El contagio de la caridad

LA SOCIEDAD DE LAS DAMAS DE LA CARIDAD SE EXTIENDE.—LAS HIJAS DE LA CARIDAD Y LA VISITA DOMICILIARIA. — DOCTRINA DE LA Bª LUISA DE MARILLAC. — TRASLADO DE LA CASA DE LAS HIJAS DE LA CARIDAD A LA CHAPELLE.            LOS NIÑOS EXPÓSITOS. — LA CASA CUNA DE SAN LANDRI Y SUS HORRORES. — LA B. LUISA DE MARILLAC Y SAN VICENTE DE PAÚL INTERESAN A LAS DAMAS DE LA CARIDAD EN FAVOR DE ESTA OBRA. — PRIME­ROS ENSAYOS. — PERIPECIAS. — EL DESALIENTO. — LA CARIDAD TRIUNFANTE.

La caridad, dice el apóstol san Pablo, es fecunda, Dios la multiplica como la semilla, la hace crecer y producir grandes frutos — II ad Cor. — Así sucedió con la Sociedad de Damas de la Caridad. Aunque en un principio no había sido instituida más que para mejorar la situación de los pobres enfermos del Hospital General, extendió pronto su benéfica acción a otras obras de caridad. Mientras las Damas de la Asociación se apli­caban con admirable éxito, como hemos visto, a las obras de piedad en el Hospital, se suscitaba con su ejemplo un movi­miento intenso de caridad, recibiendo impulso vigoroso la aso­ciación libre y la acción privada en beneficio de los pobres. Era un verdadero contagio de caridad, así es que muy pronto, de aquella primera Sociedad de Damas de la Caridad nacieron otras muchas para atender a los enfermos, no ya del Hospital, sino en sus propias casas.

El señor Lestocq, párroco de san Lorenzo, fue tal vez el primero que, con ayuda de su amigo san Vicente de Paúl, esta­bleció en su parroquia una Asociación de Damas de la Caridad, extendiéndose tan útil y provechosa institución a las otras pa­rroquias de París y de allí a todas las ciudades de Francia.

En este tiempo fue cuando san Vicente de Paúl, poderosa­mente ayudado por la B. Luisa de Marillac, dio la última mano a sus primitivas cofradías, que convirtió en asociaciones com­puestas de Damas de las parroquias gobernadas por el párroco y tres dignatarias que de entre ellas se elegían; una Tesorera, que tenía el depósito de las limosnas y cuidaba de los gastos, y una Guardamuebles, que se ocupaba de lo material, como sá­banas, mantas, camas, lienzos y demás útiles necesarios para la asistencia de los enfermos.

El fin de estas piadosas asociaciones era proporcionar a los pobres de cada parroquia toda clase de auxilios en sus enferme­dades ; mas como la mayor parte de aquellas señoras, no po­dían, por sus atenciones domésticas, servir personalmente a los pobres con aquella asiduidad que requería su estado, las Hijas de la Caridad llenaban este ministerio, ya en representación de las Damas de la Caridad, ya en algunas ocasiones acompañadas de ellas, en particular de las jóvenes señoritas recién entradas en la asociación, para irlas acostumbrando a las obras de cari­dad. Así es que la visita de los pobres a domicilio, fue una de las primeras obras de las Hermanas, obra que siempre hasta nuestros días la Compañía de las Hijas de la Caridad ha con­servado con toda fidelidad.

En esta obra formó a sus hijas la piadosa Fundadora. He aquí cómo les hablaba en una de las frecuentes instrucciones que les dirigía: «He leído en un libro que Jesucristo nos había enseñado la caridad para suplir a la imposibilidad en que esta­rnos de hacer algún digno servicio a su persona, y que el prójimo nos está subrogado en su lugar, lo que me ha hecho concebir el deseo de honrarle cuanto pueda en la persona de los pobres».

Casi todas sus exhortaciones iban dirigidas a que las Hijas de la Caridad desempeñaran estos oficios animadas de gran espíritu de fe. «Es poca cosa, les decía, llevar las marmitas por las calles y hacer todo otro servicio que mira al cuerpo, si no nos proponemos al Hijo de Dios como objeto de nuestro ministerio. Si nos apartamos, por poco que sea, del pensamiento de que los pobres son miembros de Jesucristo, infaliblemente será esto un motivo de disminuir el amor, la dulzura y las otras disposiciones que debernos tener para esos amados her­manos; mientras que, al contrario, este pensamiento hará que no tengamos repugnancia alguna en servirles y respetarlos, asistiéndolos con solicitud en sus necesidades sin cansarnos jamás.»

El bien que por caridad cristiana se hace al prójimo, com­prende todo el hombre, esto es, el cuerpo y el alma, la limosna material va acompañada de la limosna moral. En esto se dife­rencia de la filantropía, la que, además de hacer el bien por un principio puramente natural, sin relación alguna a Dios, sin un ideal sobrenatural, se limita al socorro de las necesidades ma­teriales del cuerpo. La humanidad ha podido concebir la filan­tropía; pero sólo el cristianismo ha producido la caridad.

Para no repetir a cada momento las instrucciones que sobre este punto daba a sus Hijas, veamos cuáles eran sus senti­mientos y convicciones, copiando una de sus meditaciones, tal como la encontramos en sus escritos.

«Me he representado que, para visitarlos con fruto, bastaba que les diera a conocer que, para hacer buen uso de su enfermedad, deben sufrirla como venida de la mano paternal de nuestro buen Dios, que no hace cosa que no sea para nuestro aprovechamiento. Y, a fin de que lo que nosotros padecemos le sea agradable, debemos ofrecerle todos nuestros dolores, unién­dolos a los de su Divino Hijo, representándole su misma pa­ciencia y sufrimientos como si fueran propios nuestros por su amor. Que sería cosa agradable a Dios decirle con frecuencia y de corazón, así como decía Jesucristo en el huerto de los Olivos, que se haga su santa voluntad. Que deben disponerse para recibir la gracia de Dios por medio de los Santos Sacra­mentos para aplacar su enojo que ellos mismos se han acarreado con sus pecados y para asegurar su salvación en la contingencia en que están de morir.

«Si hay en ellos alguna apariencia de que su enfermedad sea mortal, he pensado que debía excitarles a hacer actos de esperanza, dándoles el posible conocimiento de la misericordia de Dios, procurando hallar en ellos mismos motivos de haberla felizmente experimentado, por ejemplo, los peligros de muerte de que Dios les ha preservado, cuando tal vez estaban en pecado mortal. Que después de haber recibido tantas gracias en su vida, deben esperar de Dios use con ellos de grande misericordia para la hora de su muerte; pero que es preciso disponerse antes con un verdadero arrepentimiento de haberle ofendido. Yo qui­siera también poder darles alguna idea de la grandeza de la santidad y de la caridad de Dios, de la dicha de poseerle eter­namente y de la gloria de las almas bienaventuradas. Que desde el instante mismo que nuestra alma sale de este mundo en gracia y en amor de Dios, estamos seguros de gozar de toda esta gloria; que todos los momentos de su vida en que han estado sobre la tierra en gracia de Dios y todos los de la presente enfermedad les servirán para aquel fin, por los méritos de Jesucristo.

«Si se restablecen en convalecencia, he pensado que debía advertirles que debían dar gracias a Dios por la salud que les concede, haciéndoles presente que es por motivo de algún bien el que les haya dejado en el mundo y no haberles llamado a juicio. Que deben creer que el principal designio de Dios es darles aím tiempo pasa pensar en su salvación y no para vivir, como si nosotros no fuéramos criados sino para estar cierto tiempo sobre la tierra y que, supuesto que la vida del alma dura eternamente, conviene que nos sirvamos de todos los medios que Dios nos da para hacerla feliz ; que es preciso formar una seria resolución de amar a Dios sobre todas las cosas y de no ofenderle jamás con el pecado ; que uno de los más eficaces medios que tenemos para mantenernos en su gracia, es la fre­cuencia de sacramentos y que no debe cederse ante las dificul­tades que se presenten para apartarnos de ella.

Bien quisiera que mi corazón produjese en mí los mismos sentimientos, a fin de que yo hable con amor y no en tono de increpación.»

Tales eran los sentimientos que el espíritu de Dios inspiraba a la B. Luisa de Marillac en sus meditaciones; con ellos for­maba a sus hijas en el espíritu con que debían practicar la visita a los pobres. Siguiendo esta norma de su bienaventurada madre ¡a cuántas almas, las Hijas de la Caridad han abierto las puertas del cielo!

Era a principios del año 1636, las vocaciones para la nueva comunidad de las Hijas de la Caridad afluían de todas partes en tan gran número, que la casa que habitaban era ya insufi­ciente, siendo ya necesario buscar otra que fuera más capaz y más a propósito para el objeto a que se quería destinarla. Des­pués de haber visto varias casas, se determinó que se tomaría en alquiler una modesta casa de campo no lejos de san Lázaro, donde residía san Vicente de Paúl, en un suburbio denominado La Chapelle, situado en el camino de san Dionisio. La señora Presidente Goussault celebró el contrato de arrendamiento y en el mes de mayo de aquel año la B. Luisa y sus Hijas se tras­ladaron a su nuevo domicilio, dejando en la casa de la calle de Versalles una pequeña comunidad de Hermanas para atender a las obras de la Asociación de Caridad de la parroquia de san Nicolás.

La Chapelle era entonces un lugar solitario y tranquilo en medio del campo; hoy se halla dentro de la ciudad de París cerca de la estación del Norte. Aquella soledad inspiró a la B. Luisa de Marillac la idea de establecer para las señoras lo que san Vicente de Paúl había establecido en san Lázaro para los hombres, los retiros o ejercicios espirituales, de los que ya se habían hecho algunos ensayos en la casa de la calle de Ver-salles, uno de los mejores medios para sostener el alma en la práctica de las virtudes cristianas, limosna espiritual, de la que tienen necesidad los ricos, lo mismo que los pobres ; pues la indigencia del alma es aun más digna de compasión que la del cuerpo. Así es que dispuso todo lo necesario para recibir en su casa de La Chapelle a todas las personas de su sexo que se presentaran con este objeto, ya fuese para recuperar la gracia perdida por el pecado, ya para consolidarse más en la virtud.

Dios bendijo el celo de la piadosa fundadora; muchas da­mas, empezando por sus amigas y cooperadoras de la Sociedad de Caridad, otras de la más alta jerarquía social, atraídas por el suave ejemplo de sus virtudes se alejaban por unos días de la Corte e iban a la casa de las Hijas de la Caridad para tratar allí sólo con Dios de los graves asuntos del alma y de la eter­nidad.

Tenía la B. Luisa de Marillac gracia especial para dirigir a esas señoras en sus retiros, siguiendo las instrucciones que le ciaba san Vicente de Paúl, hablándoles con tal suavidad y dis­creción, con unción tan celestial, que ganaba el corazón de todas para dirigirlas a Dios por’ medio de la práctica de la piedad y de la caridad.

En aquella sazón, cuando la obra de las Damas de la Caridad tomaba grande incremento en París y la Comunidad de las Hijas de la Caridad crecía rápidamente, nació otra obra de las más urgentes y dignas de la piedad cristiana, la obra de los Niños Expósitos.

El número de niños expósitos que se recogían en París y sus contornos, subía de tres a cuatrocientos anualmente. La autoridad había tomado algunas providencias en favor de esas desgraciadas criaturas, pero de todo punto insuficientes e inefi­caces. Ya desde cien años atrás el Cabildo Catedral de París se había encargado de recoger y alimentar a los niños abando­nados. En 1552 el Parlamento había encargado a los adminis­tradores de los Hospitales, el Hotel Dieu y la Trinidad, que se ocuparan de esas infelices criaturas. Al efecto, los admi­nistradores de dichos Hospitales habían establecido una casa cuna en el puerto de san Landri (san Landérico confesor, Obis­po de París), pequeño recodo a orillas del río Sena, cuyas aguas formaban allí una isla llamada de Nuestra Señora, en la que se hallaba la iglesia parroquial de san Landri.

Aquella casa carecía de los fondos necesarios para asistir al gran número de niños expósitos que allí se recogían. No había recursos para sostener el suficiente número de amas, de modo que no había más que una nodriza para cada cuatro o cinco criaturas. Una viuda, con una o dos criadas, administraba aquella triste institución.

Aquel personal mercenario llenaba sus funciones pésima­mente, a tal punto que, para que aquellas pobres criaturas no las molestaran durante la noche, las hacían dormir propinán­doles pociones de láudano con lo que arruinaban la salud de aquellos infelices expósitos. Así san Vicente de Paúl podía afir­mar con toda certeza en la Junta de las Damas de la Caridad: «Hace cincuenta años que todas estas criaturas mueren en tem­prana edad».

Para disminuir el número de expósitos, eran éstos vendidos a cualquier precio, a quien los pedía, dándose el caso, no raro, de utilizarlos para usos criminales, hasta haberse encontrado algunos, a los que, ciertos mendigos profesionales, deformaban sus tiernos miembros para excitar con este espectáculo de horror la compasión del público y obtener más abundantes li­mosnas.

La B. Luisa de Marillac sintió el más vivo dolor al tener conocimiento de esos horrores, sabiendo además que la mayor parte, si no la totalidad de los expósitos, moría sin haber reci­bido la gracia del bautismo ; pues, según declaración de la misma mujer encargada de la casa, nunca había bautizado ni hecho bautizar a ninguna de aquellas infelices criaturas.

Siguiendo su costumbre, la B. Luisa de Marillac habló a san Vicente de Paúl sobre este asunto, insistiendo en la nece­sidad urgente de poner algún remedio a este mal.

Habló, en efecto, a las Damas de la Caridad, las que, aunque bien ejercitadas en las obras de caridad y bien aleccionadas por su santo director, se espantaron ante la magnitud de seme­jante empresa.

Los que más instaban a san Vicente de Paúl para que con sus Hijas de la Caridad y la Sociedad de las Damas se encar­gara de aquellos pobres huérfanos, eran los señores del Capítulo Catedral. Se ve en todo este asunto de los niños expósitos cierto temor y bastante vacilación por parte de san Vicente, antes de lanzar a sus Damas y a sus Hijas de la Caridad al socorro de aquellas pobres criaturas. De las disposiciones de la B. Luisa de Marillac y de sus Hijas no podía dudar el Santo; los temores de las Damas de su Asociación, podía también hacerlos des­aparecer, los recursos materiales no era cosa que pudiera dete­ner a san Vicente de Paúl, ¿qué es lo que le detenía? Los se­ñores del Capítulo querían que las Damas y las Hijas de la Caridad visitasen y ayudasen a la casa de expósitos de san Landrí, pero dejando el régimen interior y la administración en el mismo estado en que se hallaba; mientras que san Vicente no quería esto, por juzgarlo completamente inútil; quería un establecimiento nuevo, con régimen, gobierno y administración del todo diferentes.

Se resolvió, pues, que se haría un ensayo encargándose de doce huérfanos que fueron trasladados a La Chapelle, a los que procuraron buenas nodrizas y todo lo necesario a su sosteni­miento, proponiéndose ampliar la obra a medida que los re­cursos lo permitieran. Las Hijas de la Caridad cuidaban de esas tiernas criaturas, las Damas de la Caridad buscaban los recursos y se ocupaban en los trámites administrativos, nom­brando para este cargo, como Delegada de la Asociación, a la señora de Traversay, excelente Dama de la Caridad.

En 1638 ya vernos que las Damas de la Caridad, más ani­madas que al principio, habían alquilado una casa grande en el arrabal de san Víctor para alojar allí a sus niños expósitos en donde la B. Luisa de Marillac puso una pequeña comunidad de Hijas de la Caridad, a la que san Vicente entregó aquellas infe­lices criaturas, para que hallasen en la caridad las entrañas de madre que no habían hallado en la naturaleza.

A medida que se conseguían más recursos, se iban adoptando otras nuevas criaturas, hasta que, por fin, haciendo un esfuerzo supremo, a mediados de enero de 1640, la Sociedad de Damas de la Caridad resolvió hacerse cargo de todos los huérfanos, redoblando el celo de la B. Luisa de Marillac, de san Vicente de Paúl y de las Damas de la Caridad para proporcionarse re­cursos,, a fin de atender a obra tan interesante, consiguiendo del Rey Luis XIII una subvención anual de doce mil libras, cuatro mil que daba el rey y ocho mil la reina Ana de Austria ; pero, corno el costo de la obra de los niños expósitos subía a cuarenta mil libras anuales, las Damas de la Caridad tenían que reunir lo que faltaba para el sostenimiento de esta obra importante.

La casa del arrabal de san Víctor era ya insuficiente para tantas criaturas y era necesario pensar en adquirir un inmueble bastante espacioso. Había el castillo de Bicetre, antigua man­sión feudal que databa de Carlos V, que había sido restaurada por Luis XIII y destinada a los soldados inválidos. En aquel momento, 1643, se hallaba el castillo de Bicetre desocupado las Damas de la Caridad resolvieron pedirlo a la reina para los huérfanos y aun cuando el edificio no era del agrado de la B. Luisa de Marillac, pues no lo juzgaba a propósito para la obra de los expósitos, las Damas, seducidas por la grandiosidad del castillo y de las tierras adyacentes, lo llegaron a conseguir y allí se instalaron los huérfanos y las Hermanas que los cui­daban.

Vinieron después los horrores de la guerra, los desórdenes de la Fronda, con su ordinario cortejo de miserias y calamida­des. Indecible es todo cuanto se tuviera que sufrir durante este tiempo para sostener esta obra. Se llegó a tal estado de miseria que no había materialmente como mantener a esas pobres cria­turas. La miseria era general, ya no había medio de conseguir recursos de ninguna parte, el desaliento se apoderó de las Damas de la Caridad y pensóse en abandonar para siempre una obra con tanta penuria y trabajos sostenida hasta aquel mo­mento.

En esta situación, san Vicente de Paúl reunió a las Damas en una junta general, a fin de resolver si era llegado el caso de abandonar esa magna empresa de caridad o de seguir sacri­ficándose por ella. Esta reunión célebre, en la que debía deci­dirse la suerte de los pobres huérfanos, se celebró en el mes de diciembre de 1649. San Vicente de Paúl, profundamente emo­cionado, habló a las señoras en los siguientes términos :

«Sois libres, señoras, para tomar una u otra resolución; mas antes de tomarla dignáos reflexionar en lo que habéis hecho y en lo que vais a hacer. Con vuestros caritativos cuidados habéis arrancado a la muerte quinientas o seiscientas criaturas que se educan cristianamente; los más grandecitos empiezan ya a tra­bajar para ponerse pronto en estado de ganarse la vida. Si tales son los principios de esta obra qué no debemos esperar para el porvenir!»

Las Damas vacilaban aún, no se decidían, la magnitud de la obra las abrumaba, tenían miedo… Entonces el Santo arranca de su corazón el último argumento y levantando la voz, termina con estas patéticas palabras:

«Ahora bien, señoras, la compasión y la caridad os han hecho adoptar estas pequeñas criaturas por hijos vuestros, habéis sido sus madres, según la gracia, ya que sus madres, según la naturaleza, los han abandonado. Ved ahora si queréis abandonarlas vosotras también… Cesad de ser sus madres para ser sus jueces, su vida o su muerte están en vuestras manos… Voy a recoger los votos, pues es tiempo ya de pronunciar su sentencia y ver si no queréis usar ya más con ellos de misericordia. Vivirán, si continuáis cuidando de ellos con caridad… Al contrario, perecerán infaliblemente, si los abandonáis. La experiencia no nos permite dudar sobre este punto.»

Toda la asamblea prorrumpió en llanto… ¡la caridad había triunfado! Por unanimidad se resolvió continuar la obra. Las Damas reunieron una suma de más de cuarenta mil libras, del valor de sus joyas, quitándose algunas hasta las sortijas de sus dedos.

Los niños expósitos fueron inmediatamente trasladados a una casa más higiénica, en el barrio de san Lázaro, encargán­dose de ellos doce Hijas de la Caridad. Durante la lactancia eran entregados a nodrizas del campo, volviendo después al Asilo para empezar su educación.

Tal fue el primer orfanatorio establecido por san Vicente de Paúl y la B. Luisa de Marillac.

 

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