Luisa de Marillac (7) (Daydi)

Mitxel OlabuénagaLuisa de MarillacLeave a Comment

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Marta y María

UNIÓN DE LA VIDA INTERIOR Y DE LAS OBRAS EXTERIORES.-ORA­CIÓN Y PRÁTICAS DE PIEDAD. – EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y LA VOCACIÓN. – SOBRE LA BASE DE LA ABNEGACIÓN. – INQUIETUDES MAZERNALES. – AL AMOR POR EL DOLOR. – DESGRACIAS DE FAMILIA. – LA ODIOSA CALUMNIA.

La caridad es el don de nosotros mismos a la humanidad es como una emanación del amor divino, de ese amor que se na dado a sí mismo completamente y sin reservas. Pero la caridad sólo será virtud cristiana cuando proceda de un principio sobrenatural, de esa vida de unión y de amor a Dios, que es la raíz de donde arranca el árbol frondoso y fecundo de todas las virtudes.

Esto es lo que san Vicente de Paúl recomendaba siempre. Unir, decía, la vida de María a la vida de Marta, es decir, traba­jar siempre en las obras exteriores de la caridad con el corazón y el espíritu unido a Dios, enlazando en perfecta armonía los ejercicios de la vida contemplativa con los de la vida activa; la piedad de la vida interior con la acción de la vida de trabajo.

Esta máxima fue siempre la regla de conducta de la B. Luisa de Marillac, la ocupación no interrumpida de toda su vida. Su amor a la vida interior la apartaba de las criaturas para unirse a Dios en la oración, el retiro y las prácticas pia­dosas; las obligaciones de la caridad la hicieron aceptar cuantas obras y ocasiones se le presentaron para alivio y consuelo del prójimo en sus necesidades.

Como el principal alimento de la piedad es la oración, a ella dio la piadosa Fundadora con ejemplar fidelidad, a cuyo ejercicio tenía gran afición, según el testimonio de su antiguo director, Monseñor el Obispo de Belley.

Dotada de corazón tierno, de alma sensible, sólidamente orinada por el estudio y la lectura, su espíritu se elevaba con facilidad y se unía a Dios sin esfuerzos en una oración afec­tuosa, como lo vemos en algunas de sus meditaciones que nos ha dejado escritas.

Por muchas que fueran sus ocupaciones, jamás dejaba su oración diaria, la que redoblaba en ciertas ocasiones, como cuando a ello la invitaba la solemnidad del día, o cuando lle­vaba entre manos algún asunto grave y delicado, por el cual pedía especiales luces al cielo.

A esta práctica ordinaria de la oración añadía algo más. Recogíase a tratar con Dios los asuntos de su alma y de los pobres por medio del retiro mensual y del gran retiro anual, al que se entregaba ordinariamente en los diez días que me­dian entre la fiesta de la Ascensión del Señor y la de Pente­costés, en unión con la Santísima Virgen y los Apóstoles, que, retirados en el Cenáculo, se prepararon para recibir al Espí­ritu Santo por medio de la oración y el recogimiento.

La B. Luisa de Marillac tenía especial devoción a esta fiesta de Pentecostés, por haberla Dios librado, como llevamos dicho, estando en el oficio solemne de este día, año 1623, de los escrúpulos y penosas tentaciones que la atormentaban.

«Tengo, dice, particular afición a esta gran fiesta, cuya celebridad me es sumamente grata y amada. Hace algún tiempo que experimenté inmenso consuelo oyendo decir a un predi­cador que en este día dio Dios la ley escrita a Moisés, y que en la ley de gracia había dado en este mismo día a su Iglesia la ley de su amor; y también porque en este día se sirvió esta­blecer en mi corazón una ley que jamás se ha separado de él. Añadiré con mucho gusto, si me es permitido decirlo, que en este mismo día su bondad me dio a conocer los medios de observar esta ley, según su santa palabra.»

Con esta fidelidad a las prácticas de piedad adquirió la B. Luisa de Marillac el verdadero espíritu de oración, el cual se manifestó en todas sus acciones; pues, no obstante la mul­titud y diversidad de sus ocupaciones, su espíritu se mantenía siempre unido a Dios

Su tierna devoción en todos sus ejercicios de piedad la hacían corno sensible la presencia de Dios, hasta el punto de quedarse como inmóvil y extática cuando se hallaba en la ca­pilla o en la iglesia. En la santa comunión, sobre todo, era tal su ternura y fervor, que no podía acercarse a la Santa Mesa, sin derramar abundantes lágrimas.

Este espíritu de oración se traslucía en las exhortaciones que hacía a sus Hijas y a las señoras que iban a hacer el retiro a su casa, hablando con tanta unción y afecto, con tanta pene­tración, que dejaba encantadas a cuantas la escuchaban.

De este espíritu de oración nacían sus sentimientos de humildad, su conformidad a la voluntad de Dios en todos los sucesos, tanto adversos como favorables, aquella paz y tran­quilidad que jamás experimentaba la más pequeña turbación; en fin, aquella pureza angelical que la hizo tan dueña de sus sentidos interiores y exteriores, que hacía decir a san Vicente de Paúl que pocas almas había conocido tan puras como la suya.

Tan penetrada estaba de la necesidad del espíritu de ora­ción, para poder dedicarse dignamente a las obras de caridad, que puso prolijo y especial cuidado en formar a sus Hijas en este espíritu de oración, recomendándoles mucha fidelidad a este santo ejercicio, como medio absolutamente necesario para perseverar en su vocación. «No es posible, les decía, que vír­genes esparcidas por’ todas las parroquias de la ciudad y del campo, lejos de la dirección de sus superiores, separadas de la Comunidad, entregadas en muchas cosas a su propia dirección, obligadas a vivir en roce constante con el mundo, rodeadas de distracciones por la naturaleza misma de sus empleos, aplicadas continuamente a obras exteriores y penosas, puedan sostenerse sin estar muy unidas a Dios y sin fortalecerse incesantemente por el espíritu de oración».

La primera condición para toda alma que aspira a la per­fección cristiana, es la muerte de sí misma, la muerte a nues­tro yo, para seguir a Jesucristo con sumisión completa a la voluntad de Dios, sin rebelarnos contra la Providencia divina, aun cuando nos exija los mayores sacrificios. Esta viene a ser como la piedra de toque que da a conocer el grado de perfec­ción a que han llegado las almas, y en esto la B. Luisa de Marillac fue tan lejos, que difícilmente puede una pobre criatura ir más allá. A esta muerte de sí misma no llegó, sin embargo, sino después de largas y penosas luchas, como lo vamos a ver.

Ya hemos hablado del temple de su alma, el que se mani­festó en la muerte de su esposo, al que amaba tiernamente. La misma noche en que murió en sus brazos, lo vistió y amor­tajó por sí misma, sin permitir que nadie, sino ella sola, le prestara este último servicio. La vimos, apenas amaneció el nuevo día, dirigirse presurosa a la iglesia para confesar y co­mulgar por el descanso de la querida alma de su esposo, el señor Legrás.

Le quedó un hijo, su querido Miguel, al que amaba entra­ñablemente con amor tan tierno, que su director, san Vicente de Paúl, tenía que irle a la mano con aquella bondad paternal que le era característica: «Vamos, señora, vamos, que tenéis más ternura, cual jamás madre alguna ha tenido ; en nombre de Dios, dejad a vuestro hijo al cuidado de su Padre celestial, que lo ama más que vos misma, que sois su madre».

No obstante su ternura maternal, guiada, sostenida y ayu­dada por san Vicente de Paúl, la B. Luisa de Marillac no de­jará de consagrarse por completo a las grandes obras de caridad que han inmortalizado su nombre; pero en medio de sus obras de caridad no dejará de atender a la formación de su hijo; pues, siendo esto para un madre un deber de justicia, no podía prescindir de él. El nombre de su querido Miguel se encuentra en casi todas sus cartas a san Vicente de Paúl, quien, aun cuando algunas veces le reprochaba la exageración, la inquietud por su hijo, la ayudaba con sus consejos y de todos modos en la tarea siempre difícil, para una madre viuda, de dirigir los pasos inexpertos de su hijo, a fin de dejarlo bien establecido en el mundo.

El deseo de aquella buena madre era que su hijo abrazara el estado eclesiástico; con este fin lo puso al principio en el Seminario de San Nicolás, especie de colegio clerical, fundado y dirigido por un sabio y piadoso sacerdote, el señor Bourdoise, para educar e instruir a los jóvenes, al mismo tiempo que se les dirigía y ayudaba a conocer su vocación. De allí pasó al colegio de los Padres Jesuitas ; pero el espíritu de Miguel era algo inquieto, no llegaba a fijarse definitivamente, ni si­quiera a orientarse hacia un fin determinado, lo que atormen­taba a su buena madre. Entonces san Vicente de Paúl lo tomó consigo para hacerle seguir los estudios bajo su vigilancia. Por fin, después de muchos ensayos, dudas y perplejidades, no viendo en él manifestarse las señales de una vocación di­vina, le aconsejó que renunciara a aspirar al estado eclesiástico.

Esta determinación afligió mucho a la piadosa madre, cuya ilusión más grata era la de ver a su querido Miguel honrado con la dignidad sacerdotal. Con su habitual bondad la consoló san Vicente de Paúl, diciéndola que dejara a Dios el cuidado de dirigir a su hijo por la senda que más le conviniera; pues, al fin, Dios era más padre de su hijo que ella madre, invitán­dola a meditar sobre aquel pasaje del santo Evangelio, en el que la mujer del Zebedeo pedía a Nuestro Señor lugar prefe­rente para sus hijos, Santiago y Juan, a cuya pretensión con­testó el Divino Maestro diciendo que no sabían lo que pedían.

En una carta que la B. Luisa de Marillac dirigió a san Vicente, que se publicó por vez primera por el abate Couture en la Revue de Gascogne, mayo de 1887, le habla de su hijo Miguel, recomendándole un asunto importante, tal vez el de procurarle un empleo en la administración, y termina con estas palabras : «Todas estas dificultades no vienen más que de la poca experiencia de mi hijo: para trabajar convenientemente, necesita tener algún medio que le obligue a ocuparse por sí mismo. El es como yo, de espíritu perezoso y, para obrar, es necesario que seamos forzados a ello por asuntos precisos o bien por nuestras propias inclinaciones, que nos empujan y hacen emprender y realizar cosas, aun algo difíciles».

He ahí como su santo director calmaba sus maternales inquietudes: «Sois en realidad una excelente mujer; ya esta­réis pagada de vuestros entretenimientos y ternuras maternales. Jamás he visto una madre, más madre que vos: casi no sois mujer en otra cosa más que en esto. Ya sé que soportáis con paciencia el estado de espíritu de vuestro hijo, mientras Dios sea servido hacerle entrar en el género de vida con­veniente al que él se propone. ¿Quién soportará al hijo, sino la madre? Y ¿a quién pertenece poner a cada uno en su des­tino, sino a Dios?»

En fin, después de algunos años de indecisiones de parte de Miguel, cesaron los tormentos y las ansiedades maternales al verlo fijar su situación corno miembro del Comité de Admi­nistración de la Casa de Moneda y contraer matrimonio el 18 de enero de 165o con la señorita Gabriela Le Clerc, hija de Nicolás Le Clerc, señor de Chennevieres y de Genoveva Musset de la Rochemaillet.

No fue la preocupación maternal el único sufrimiento de la B. Luisa de Marillac. Para llegar a ese género de desasi­miento de sí misma, a esa muerte de donde nace la vida sobre­natural, Dios no le economizó las penas y sacrificios, haciéndola marchar por el camino real de la cruz, por esa senda de dolor, regada con nuestras propias lágrimas.

Ya insinuamos al principio que la ilustre familia de los Marillac sufrió grandes desgracias ocasionadas por la política. Hit efecto, adictos los Marillac a la reina madre María de Médicis, se vieron complicados en las luchas entre esta reina y el Cardenal Richelieu, Ministro de Luis XIII.

Regresando el rey de la campaña de Saboya, cayó enfermo en Lyón, donde fue asistido con esmerada solicitud por su esposa Ana de Austria y la reina madre. Aprovechando la ocasión, las dos reinas arrancaron al monarca la promesa de destituir al omnipotente ministro.

En la mañana del 11 de noviembre de 1630, María de Médicis, su hijo Luis XIII y el Cardenal Richelieu tuvieron una acalorada discusión, cuyo resultado fue la orden dada al mi­nistro de abandonar la corte, substituyéndole en la cancillería Miguel de Marillac, después de lo cual, el rey salió de París y fue a Versalles. El asunto parecía completamente terminado y la desgracia de Richelieu se tenía como un hecho consumado; pero sucedió que el Cardenal La Valette aconsejó al ministro que fuera a hablar al rey con pretexto de despedirse de él. Hízolo así Richelieu, se encaminó a Versalles y logró hablar a solas largo rato con el monarca, recobrando sobre él su antiguo prestigio y  ascendiente de tal modo, que regresó a París, no sólo inves­tido de su antigua dignidad, sino con tal autoridad que le per­mitió ejercer terrible venganza contra sus enemigos. Fueron encarcelados Bessompierre, Miguel de Marillac, el Mariscal Luis de Marillac y aun la misma reina María de Médicis recibió la invitación de dejar la corte y retirarse a Moulins. Esta intriga es conocida en la historia con el nombre de la Jornada de las Dupas. Miguel de Marillac encarcelado y lle­vado de castillo en castillo, primero a Evreux, de allí a Sizieux, a Caen, y, por fin, a Chateaudun, donde murió piadosamente y resignado el día 7 de agosto de 1632.

El otro tío de la B. Luisa de Marillac, el Mariscal de Marillac, separado violentamente del mando del ejército de Italia y conducido muy bien custodiado al castillo de Vincennes, fue juzgado por peculado ante dos comisiones distintas, nombra­das al efecto, sin que se diera curso a su apelación al Parla­mento, como le correspondía por su dignidad de Mariscal de Francia, y condenado a la pena capital en Rueil, en el mismo castillo del Cardenal Richelieu. Quiso su esposa presentarse al ministro y aun al rey para pedir gracia, pero no lo pudo lograr; lo que le hizo tal impresión, que murió de un ataque al corazón aun antes de la ejecución del Mariscal, que siguió inmediatamente a la sentencia.

La Mariscala era Catalina de Médicis, tía de la reina madre. Con fecha 17 de septiembre de 1631, san Vicente de Paúl comunicó a la B. Luisa la triste nueva en estos términos: «La señora Mariscala de Marillac ha ido a recibir en el cielo la recompensa de sus tribulaciones. Sin duda que esto os causará grandísima pena; pero ¿ qué hacer ? puesto que Nuestro Señor lo ha querido así, debemos adorar su Providencia y procurar conformar nuestra voluntad a la suya en todo. Estoy persua­dido de que vuestro corazón no desea otra cosa y que si la parte inferior se conmueve, no tardará en calmarse. El Hijo de Dios lloró en la muerte de Lázaro ¿por qué no habíais de llorar vos por aquella buena señora? Nada malo hay en esto con tal que vuestra voluntad, como la del Hijo de Dios, se someta a la del divino Padre y seguro estoy de que así lo haréis perfectamente.»

Ya puede calcularse la impresión profunda que estos acon­tecimientos y desgracias de familia causarían en el corazón de la B. Luisa de Marillac, tan tierno y amante de los suyos. San Vicente de Paúl la sostuvo y consoló en este amargo trance y hasta le ordenó fuera al castillo de los Marqueses de Attichy, donde se hallaba su familia sumergida en el más profundo dolor, a fin de que su presencia les sirviera de algún consuelo.

No fueron estos los solos sufrimientos por los cuales Nues­tro Señor preparaba el alma de la B. Luisa de Marillac para la grande obra a que la tenía destinada ; pues en 1633, una cruz de otro género atormentó su alma causándola hondísima pena. Sucedió, en efecto, que un caballero, cuyo nombre no nos ha sido posible averiguar, lanzó la especie de que la joven viuda le había prometido su mano. No es fácil decir la amarga pena que tan vil calumnia produjo en un corazón tan sensible y puro como el de la B. Luisa.

Verdad es que las personas que la trataban de cerca, que conocían su espíritu de sacrificio y abnegación, su desprendi­miento del mundo y su angelical pureza, lejos de dar crédito a tan burda especie, estigmatizaban al vil calumniador que se permitía ofender la reputación de una señora de tan alta virtud. Pero la B. Luisa de Marillac de tal manera y tan vivamente sintió esta odiosa imputación que casi sucumbió al desaliento causado por su pena, mirando este acontecimiento como un castigo de Dios por sus pecados, ingratitudes e infidelidades.

Mucho tuvo que trabajar san Vicente de Paúl en esta ocasión para levantar su ánimo decaído, consolándola y ani­mándola a soportar la prueba a que Dios la había sometido. He aquí un fragmento de la carta que en esta circunstancia le escribió.

«Mucha pena me causa vuestro sufrimiento; pero así lo ha dispuesto la Providencia divina. ¿Qué mal os puede sobreve­nir? Un hombre se ha permitido decir falsamente que le ha­bíais prometido vuestra mano y se queja, sin razón, de que no le hayáis cumplido la promesa. Esto os aflige sobremanera te­miendo que se hable de vos. Si así fuera, tened por cierto que este sería un gran medio de asemejaros al Hijo de Dios y estad segura de que nunca tendréis mejor ocasión de obtener una completa victoria sobre vos misma.

Tened, buen amigo, combatid los movimientos interiores de la naturaleza y vendrá día en que bendiciréis al Señor por baberos ejercitado de esta manera.»

Sobre esta base del sacrificio se formó la vida sobrenatural de la B. Luisa de Marillac, elevándose a tan alta y perfecta virtud que su misma elevación nos impide entrar en detalles de las virtudes que se manifiestan, tanto en su vida activa, ge­nerosa y fecunda, toda ella llena de buenas obras, como en sus piadosas instrucciones, tan sencillas como prácticas y ele­vadas, con que formó a las primeras Hijas de la Caridad, confiadas a su cuidado maternal.

Sin duda alguna, con todos estos dolorosos acontecimientos, la Providencia divina dispuso el alma de la B. Luisa de Marillac, para hacerla cada vez más idónea, para las altas obras a que la destinaba.

Su alma consagrada totalmente a Dios salió fortificada y consolada viendo ya los primeros resplandores de la grande obra de las Hijas de la Caridad, a la manera que, después de una tormenta, se rasgan las nubes y aparecen en el cielo más esplendorosos los rayos del sol.

Con razón decía la piadosa Fundadora: «Dios me ha dado a conocer ser su voluntad que yo vaya a él por medio de la cruz. Desde mi nacimiento, en todo el transcurso de mi vida, casi nunca me ha dejado sin ofrecerme algún motivo de su­frimiento.»

 

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