Luisa de Marillac (6) (Daydi)

Mitxel OlabuénagaLuisa de MarillacLeave a Comment

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Albores de las Hijas de la Caridad

ALTERACIÓN DEL ESPÍRITU DE LAS COFRADÍAS DE LA CARIDAD.—EN BUSCA DEL REMEDIO. — MARGARITA NASEAU. — IDEA DE UNA COMUNIDAD. — EL PRIMER SEMINARIO. — SE ECHA LA BASE DEL INSTITUTO DE LAS HIJAS DE LA CARIDAD. — EL VOTO DE LA  B. LUISA DE MARILLACII. — j GLORIA A DIOS!

Las cofradías de caridad establecidas por San Vicente de Paúl desde 1617, a medida que se iban extendiendo por los cam­pos y ciudades iban también alterando algo el espíritu de su primera institución. En París, sobre todo, en donde se habían alistado damas de distinción, no había que esperar, por mucho celo que se las quisiera suponer, que sirvieran siempre por sí mismas a los pobres, que se expusieran sin cesar a un aire con­tagioso, que subieran muchas veces a terceros y cuartos pisos. No era fácil coordinar el servicio diario de los pobres enfer­mos con los cuidados domésticos, pudiéndose originar de ahí disgustos en el seno de las familias. La B. Luisa de Marillac, que en sus visitas a las Cofradías lo observaba todo, pudo con­vencerse de que, con el tiempo, unas señoras se cansaban de servir a los pobres, otras se veían precisadas a atender a otras obligaciones, de modo que, amortiguado el ardor de los prime­ros días, el ministerio de las señoras iba quedando reducido a una simple limosna enviada al domicilio de los pobres, muchas veces por medio de los criados, por manos mercenarias.

Esta no había sido la idea de san Vicente de Paúl; y todo el celo de la B. Luisa de Marillac era insuficiente para mante­ner en todas partes el ardor de la caridad cristiana al nivel de las necesidades de los pobres.

El santo director y su hija espiritual estaban de acuerdo en que era necesario hacer algo para completar su obra; pero ¿qué hacer? San Vicente era hombre que no se precipitaba nunca; su máxima favorita era que no había que adelantarse jamás a la Providencia, sino seguir con fidelidad sus designios, una vez que éstos se manifestaren; por tanto, esperó y reflexionó largo tiempo delante de Dios sobre este asunto.

¿Cuál era el designio de la Providencia divina? El mismo Santo nos lo dice en una conferencia que más tarde dirigía a las Hijas de la Caridad: «Aquello de las Cofradías no iba bien, y no iba bien, porque Dios quería que hubiese una Compañía des­tinada únicamente al servicio de los pobres enfermos bajo las Damas de la Caridad.»

El medio, pues, según san Vicente, era buscar algunas jóve­nes del campo que quisieran consagrarse a este servicio por amor de Dios y de los pobres; la B. Luisa de Marillac estaba también completamente de acuerdo con este designio y se comenzaron los primeros ensayos.

En una misión que san Vicente había dado en Villepreux conoció a una joven pastora muy piadosa, llamada Margarita Naseau, originaria de Suresnes, la que, en los momentos de ocio que le proporcionaba su ocupación, se dedicó a aprender a leer. Compró un alfabeto y, no pudiendo ir a la escuela, preguntaba al señor Cura o al Vicario, cuáles eran las cuatro primeras le­tras, después las cuatro siguientes y así sucesivamente y, mien­tras cuidaba las vacas, estudiaba su lección. Si acertaba a pasar alguna persona que le parecía que sabía leer, le preguntaba: «Dígame, señor, cómo se pronuncia esta palabra», y así, por sólo el esfuerzo de su voluntad, llegó a aprender a leer. Después, por un sentimiento de piedad, reunía a las niñas de la aldea y las enseñaba a leer a su vez, y, no contenta con esto, recorría los pueblos enseñando a leer a las campesinas, las que después, unidas a ella, extendían su campo de acción por medio de este singular apostolado. Todo esto, lo ejecutaba sin más interés que el de la gloria de Dios y el bien de sus semejantes, sin contar con recursos materiales de ninguna clase, llegando su espíritu de sacrificio y su amor al prójimo hasta pasar algunos días sin comer. Llevada de su celo, llegó aun a costear los estudios a algunos jóvenes, los que con el tiempo llegaron a ser excelentes sacerdotes.

Habiendo manifestado a san Vicente de Paúl el deseo de servir a los pobres enfermos, el Santo misionero la agregó a la Cofradía de Caridad de Villepreux, donde permaneció pres­tando muy buenos servicios con admirable celo y caridad; más tarde la llamó a París, poniéndola en manos de la B. Luisa de Marillac.

Poco necesitó Margarita Naseau para formarse en esa es­cuela de abnegación y de sacrificio, penetrándose tanto del es­píritu de su buena madre y maestra que san Vicente la presenta, no sólo como la primera Hija de la Caridad, sino como modelo perfecto que todas deben imitar.

Dedicada al servicio de los enfermos, primero en la parro­quia de san Salvador, después en las de san Nicolás de Chardonnet y de san Benito, en todas se manifestó siempre su gene­rosa caridad para con los pobres, con tal desprendimiento y abnegación, que daba todo cuanto tenía, privándose muchas veces ella misma de lo necesario para favorecer a los pobres.

Tenía gran paciencia, no murmuraba jamás y todo el mundo la amaba, porque en ella todo era amable y atrayente. Era modelo de humildad y de obediencia, pasando sin reparo alguno y sólo por obediencia, por tres parroquias distintas en poco tiempo, dejando siempre y en todas partes en pos de sí el dulce e imperecedero recuerdo de su ardiente caridad.

Sucedió que, no teniendo donde asistir a una pobre enferma de la peste, le cedió su propia cama. Asistiendo a esta pobre contrajo la enfermedad por contagio, y, no pudiéndose ya sos­tener, se trasladó con la sonrisa en los labios, al Hospital de san Luis, donde murió, víctima de su caridad, a fines de febrero de 1633, no obstante los esfuerzos que se hicieron por conservar su preciosa vida.

Honda pena causó en el ánimo de la bienaventurada Fun­dadora la muerte de Margarita Naseau y san Vicente para con­solarla le escribió diciéndola que Margarita era muy dichosapor haber tenido el honor de morir en el ejercicio del divino amor, practicando la caridad.

En sus conferencias recordaba san Vicente de Paúl a esta buena sierva de los pobres y la miraba como la primera Hija de la Caridad.

En pos de esta generosa joven, se presentaron otras, cuyos servicios eran utilizados en las distintas Cofradías de la Caridad de las parroquias de París. Creyó san Vicente que con aquellas jóvenes, llenas de buena voluntad, había elementos para hacer una grande obra. Para esto, era necesario que hubiera entre ellas un vínculo que las uniera entre sí, que tuvieran a su cabeza una superiora que las gobernara y dirigiera; pues hasta entonces sólo dependían de las Cofradías, a que estaban agregadas; que se les diera una formación conveniente, tanto en la verda­dera y sólida piedad, corno en las obras exteriores de la caridad.

La idea de comunidad cruzó entonces por la mente de san Vicente de Paul; pero era necesario una comunidad de un gé­nero propio y peculiar, una comunidad diferente de todas las otras comunidades religiosas, una comunidad corno san Fran­cisco de Sales hubiera querido que fuera su Orden de la Visi­tación, sin haberlo podido realizar.

En efecto, había este santo Obispo juntado algunas damas, bajo el gobierno de la virtuosa viuda Juana Francisca de Chantal, con el objeto de consagrarlas al servicio de los pobres en­fermos, bajo el título de «Hijas de la Visitación de Santa María». El Cardenal de Marquemont, arzobispo de Lyón, no aprobó este proyecto, ya sea porque temiese el contacto del siglo, ya porque le pareciese que personas de aquella clase no podrían sostener por largo tiempo las fatigas y la agitación continua de empleo tan laborioso, juzgando que una Orden religiosa, en donde con una regla dulce y suave pudiesen servir y consagrarse a Dios aquellas personas que, por la delicadeza de su temperamento, no podían entrar en comunidades más austeras, sería más conveniente, y propuso este plan a su amigo el santo Obispo de Ginebra. San Francisco de Sales, el más dócil y más dulce de los hombres, abandonó su primer pensa­miento y mirando el consejo del Cardenal como un mandato de la Providencia divina, a la que quería en todo conformarse, fundó las Hijas de la Visitación, haciendo de ellas una comu­nidad religiosa de clausura.

La Iglesia ha ganado con este cambio de idea, y los pobres nada han perdido. Lo que un amigo de san Francisco de Sales le disuadió hacer por ellos, otro amigo del mismo Santo lo rea­lizó plenamente, existiendo hoy dos familias religiosas, la Visi­tación y las Hijas de la Caridad.

La Hermana, tal como la concebía san Vicente, no era, no podía ser una religiosa; tenía sí que tender con gran cuidado a la perfección, viviendo santamente; pero debía juntar’ a los ejercicios interiores de la vida espiritual los empleos exteriores de la caridad cristiana en favor de los pobres. Una comunidad en la que, según las palabras mismas de san Vicente de Paúl, no debían tener más monasterios que las casas de los enfermos, por celda un cuarto de alquiler, por’ capilla la iglesia de la parroquia, por claustro las calles de la ciudad o las salas de los hospitales, por clausura la obediencia, por reja el temor de Dios y por velo la santa modestia.

Nadie más a propósito que la B. Luisa de Marillac para poner los cimientos de esta nueva comunidad; nadie mejor que ella podría formar a aquellas jóvenes en la ciencia de la caridad, en la que tanto se había ella ejercitado, poseyendo además una prudencia consumada, una piedad ejemplar y perseverante y un celo ardiente e infatigable.

Así, pues, de común acuerdo san Vicente de Paúl y la B. Luisa de Marillac juntaron en comunidad a las cuatro prime­ras jóvenes escogidas de las cofradías de las parroquias, vi­viendo en común bajo la dirección de la piadosa viuda en su propio domicilio, que como hemos dicho, estaba cerca de san Nicolás de Cbardonet, en una casita de la calle que entonces se llamaba de Versalles, dando con esto principio a aquella pequeña comunidad el día 29 de noviembre de 1633. De esta fecha data la fundación de la Compañía de las Hijas de la Caridad.

Pasados algunos meses, ya las primeras jóvenes se hallaban suficientemente instruídas y formadas para ir a prestar sus servicios a las Asociaciones de Caridad, mientras que otras jóvenes atraídas por la piedad y ejemplo de las primeras e im­pulsadas por divina vocación, venían a aumentar este primer seminario de las Hijas de la Caridad.

La B. Luisa de Marillac se encargó con mucho gusto del gobierno y dirección de esta nueva familia, cobrándole tan grande amor, que quiso consagrarse a ella sin reserva y, con per­miso de su director, se obligó a ello con voto irrevocable, el día 25 de marzo de 1634, día de la Anunciación de la Santísima Virgen María y de la Encarnación del Verbo.

«Día de bendición, dice Arthur Loth, día de gloria para la Iglesia y de júbilo para los pobres, aquel en que, consagrándose a Dios en la vida religiosa, se convertía una mujer en madre de esa angelical Compañía de Hijas de la Caridad, más nume­rosa hoy que la posteridad de las más ilustres razas y más glo­riosa en los anales del mundo, que los ejércitos triunfadores! Multiplícanse hasta cientos y millares las nuevas vírgenes y a las jóvenes campesinas vienen a unirse las descendientes de las más nobles familias. Desde la casa de san Nicolás, se esparcen por todas las parroquias de París, empezando por san Sulpicio, a donde las llamó el venerable señor Olier; pasan después de París a Angers, a Sedán, a Mans, a Nantes, a cien poblaciones de Francia, a muchos reinos y, por’ fin, a toda la tierra. Siervas de los pobres, hermanas de todos los desgraciados, llegan a ser también los ángeles custodios de la infancia, las madres de los huérfanos, las hijas de los ancianos, las maestras de la juventud, las protectoras de los locos y de los presidiarios. Inmenso es el campo de su caridad, sin que halle su vocación límite alguno en toda la extensión de las aflicciones humanas. Vicente de Paúl las ha formado para todas las miserias, para todos los infor­tunios; ni la escuela con todas sus incomodidades, ni el hos­pital con todos sus horrores, agotan su solicitud y lo mismo acuden a los estragos de la peste, que al fragor de los campos de batalla, ni los rigores del clima, ni lo enorme de las distan­cias son capaces de acobardar el valor de su corazón». ¡Gloria a Dios que inspiró a san Vicente de Paúl y a la B. Luisa de Marillac el felicísimo pensamiento de fundar a las Hijas de la Caridad!

 

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