Luisa de Marillac (5) (Daydi)

Mitxel OlabuénagaLuisa de MarillacLeave a Comment

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Las Damas de la Caridad

LAS ASOCIACIONES DE CARIDAD EN PARÍS. – ACTO HEROICO DE CARIDAD DE LA B. LUISA DE MARILLAC. – PROFECÍA DE SAN VICENTE DE PAÚL. – LA PRESIDENTA GOUSSAULT Y EL HOTEL DIEU. – ACTITUD DE SAN VICENTE DE PAÚL. – INTERVENCIÓN DEL SEÑOR ARZOBISPO DE PARÍS. – LA SOCIEDAD DE LAS DAMAS DE LA CARIDAD. – ORGANIZACIÓN DE LA OBRA. – BUENOS RESULTADOS. – MODELO DE CATEQUESIS. – FRUTOS ALCANZADOS

Justo era que la B. Luisa de Marillac, que tantos bienes ha­bía procurado a los pobres del campo, consagrara también parte de su caritativa actividad a los pobres de la capital, que también lo necesitaban. Ya desde 1629 san Vicente de Paúl había esta­blecido la Cofradía de la Caridad en la parroquia de san Salva­dor: esta fue la primera que se fundó en París.

Al regresar a la capital, después de sus caritativas excur­siones y mientras preparaba otras nuevas, la B. Luisa de Marillac no permanecía ociosa; era allí la asidua y constante coope­radora de san Vicente en todas sus empresas. Merced a esta fiel e inteligente cooperación, se pudieron erigir nuevas Cofra­días de Caridad en las otras parroquias de París: La de san Nicolás de Chardonnet en 1630, las de san Merry, san Benito y san Sulpicio en 1631, a las que siguieron poco tiempo después las de san Pablo, san Germán, san Eustaquio, san Andrés, san Juan, san Bartolomé, san Esteban del Monte, san Nicolás de los Campos, san Roque, san Jaime de Haut Pas, san Lorenzo y casi todas las parroquias de los alrededores de París.

La parroquia de san Nicolás de Chardonnet, en donde habi­taba la B. Luisa de Marillac, tuvo naturalmente sus preferen­cias. Pronto pudo reunir respetable número de señoras para dedicarse a la caritativa y loable tarea de asistir a los pobres enfermos de la parroquia, inaugurando la ejemplar viuda su ministerio con un acto heroico de caridad. Había una pobre muchacha atacada de la peste infecciosa, de aquella enferme­dad, cuyo solo nombre inspiraba horror en aquella época, retra­yendo aun a las personas más valerosas e intrépidas. Esto no fue capaz de detener a la B. Luisa de Marillac, quien no se conformó con visitar repetidas veces a aquella pobre y aban­donada enferma, sino que la asistió personalmente con la más solícita caridad, con inminente riesgo de su propia vida.

Fácilmente se echa de ver el horror que causaban las per­sonas atacadas de la peste, de aquella terrible epidemia que de Oriente pasó a Europa, produciendo innumerables víctimas. No se había borrado aún de la memoria la devastación origi­nada en Milán por la peste en el siglo anterior, habiendo sucum­birlo doscientas mil víctimas. En Francia sólo se habían presen­tado por aquel entonces casos aislados, más o menos frecuen­tes; pero de gran virulencia, casi todos mortales y contagiosos. En 1640 se presentó en Angers y en otras ciudades de Francia y aun en el mismo París se repetían con alguna frecuencia los casos de tan maligna epidemia, no muy bien diagnosticada ni perfectamente combatida, al menos como fuera de desearse, por la medicina, por lo que los apestados morían con extraña rapidez. En 1655 apareció en Londres, asumiendo colosales pro­porciones. En Francia, a principios del siglo XVIII, 1720, reapa­reció con toda su fuerza, causando horrorosos estragos en Mar­sella.

Apenas san Vicente, que a la sazón se hallaba ausente, tuvo noticia (le este hermoso ejemplo y rasgo de caridad de su hija espiritual, le escribió para felicitarla efusivamente.

Esto, señora, la decía, me ha enternecido el corazón, y, si lo hubiera sabido antes, al momento hubiera partido para iros a ver. La bondad de Dios sobre las personas que se consagran a él en la Cofradía .de la Caridad, de las cuales ninguna hasta aquí ha sido atacada de la peste, Me inspira perfectísima confianza. No, señora, no temáis: NUESTRO SEÑOR QUIERE SERVIRSE DE VOS para una cosa que ha de redundar en gloria sirva, ‘y estoy per­suadido de que os conservará para ella.

Evidentemente san Vicente de Paúl hablaba en esta ocasión, inspirado por espíritu profético. Entre sus múltiples y benéficas instituciones, faltábale a la Iglesia una gloria, y esta gloria era la Hija de la Caridad, virgen sin clausura, religiosa en medio del mundo, esposa de Jesucristo y servidora de los pobres, jun­tando en su persona la vida interior y el trabajo exterior, la vida contemplativa y la vida activa. Esta gloria del cristianismo, la iban a proporcionar a la Iglesia y al mundo, para su edificación y consuelo, la B. Luisa de Marillac y san Vicente de Paúl.

De las primitivas Cofradías de la Caridad debía nacer otra obra, que en realidad no había de ser más que una transforma­ción y como su perfeccionamiento; la Sociedad de Damas de la Caridad, de la que san Vicente de Paúl y la B. Luisa de Marillac debían ser el alma, después de haber sido sus fundadores Asociación destinada a difundir por todas partes su benéfica. acción e influencia y servir de verdadero auxiliar de la divina Providencia en las guerras, en las comarcas y más ricas pro­vincias de Francia y de Europa, que muy pronto habían de verse asoladas y diezmadas por el terrible y formidable azote del hambre y de la peste.

A principios del año 1634, un cúmulo de circunstancias, verdaderamente providenciales, determinó a san Vicente de Paúl a establecer esta nueva Asociación. Veamos de qué medios se sirvió la adorable Providencia para la feliz y venturosa reali­zación de esta importante obra.

El hospital general de París, conocido con el nombre de Hotel Dieu era un inmenso establecimiento a donde iban a refugiarse todas las miserias. Se han calculado en veinticinco mil los pobres, de todos los países y de todas las creencias, que pa­saban anualmente por aquel hospital.

Por lo mismo que estamos acostumbrados a ver nuestros hospitales modernos, limpios, suficientemente provistos de todo lo necesario, ordenados, con todas las exigencias de la higiene y con todos los adelantos de la ciencia, no nos es fácil formar­nos cabal idea de lo que era el hospital general de París en el siglo XVII. Dependía dicho hospital de una junta mixta, for­mada por miembros del Cabildo Catedral y por seglares de dis­tinguida posición social. Sea por la constitución misma de la junta, sea por el excesivo número de enfermos, o por cual­quiera otra causa, el hospital general estaba pésimamente ser­vido. Allí no había que esperar ni menos exigir higiene de nin­guna especie: las camas estaban casi pegadas las unas a las otras; y, como éstas eran insuficientes, se daba el caso de ver dos, tres y hasta cuatro enfermos en un mismo lecho, aislán­dose solamente a los moribundos ; de donde resultaba que la asistencia de los pobres enfermos era en sumo grado deficiente, tanto en lo corporal como en lo espiritual.

Genoveva Fayet, viuda de Antonio Goussault, señor de Sou-vigny y Presidente del Tribunal de Cuentas de París, buscaba en los ejercicios de piedad y en la práctica de la caridad un lenitivo a su dolor y a sus penas. Dedicada a la educación de sus cinco hijos, sabía encontrar tiempo para visitar a los enfer­mos, distribuir limosnas a los pobres y aun enseñar el cate­cismo a las niñitas. Mantenía la Presidenta Goussault, como se la solía llamar, íntimas relaciones de amistad con la B. Luisa de Marillac y con san Vicente de Paúl, formando parte muy activa de la Cofradía de la Caridad y ayudándoles eficaz y pode­rosamente en todas sus obras y empresas. Todos los años pasaba varios días de retiro en casa de su buena amiga la señora Legrás, bajo la dirección de san Vicente, y era tan notable en la piedad y en la virtud, que este santo sacerdote decía de ella que era una gran santa.

Sucedió, pues, que visitando la Presidenta Goussualt a los enfermos del hospital general, se sintió profundamente impresionada ante el triste espectáculo que ofrecía aquel hacinamiento de miserias. Deseosa de poner algún remedio a aquel mal, fue a verse con la B. Luisa de Marillac y san Vicente con el deter­minado fin de proponerles el establecimiento de una sociedad de señoras, que se dedicase a mejorar, cuanto fuera posible, la la­mentable situación de los pobres enfermos del hospital.

Parecíale absolutamente indispensable, para la realización de aquel caritativo proyecto, la intervención de san Vicente; pues sólo él con su gran caridad, con su tacto, con su genio orga­nizador, sus relaciones y universal influencia podía llevarlo a feliz término.

Con gran sorpresa suya vio que san Vicente rehusaba ocu­parse en esta obra, a pesar de haber reconocido la importancia, necesidad y utilidad de semejante empresa. ¿Qué es lo que dete­nía a san Vicente de Paúl? El respeto a los señores eclesiásti­cos y personajes que constituían la junta administrativa; ocu­parse en esto le parecía, según su propia expresión, meter la hoz en mies ajena; y, por otra parte, ¿quién le aseguraba ser aquélla la voluntad de Dios? Reiteradas fueron las instancias de la Pre­sidenta Goussault; pero siempre encontró en san Vicente la misma resistencia. No desmayó por esto la buena Presidenta; fue a ver en persona al arzobispo de París, Monseñor Juan Francisco de Gondí, de quien obtuvo, después de haberle ex­puesto el caso, la formal promesa de que él trataría personal­mente este asunto con Vicente de Paúl. Ante la voluntad del se­ñor Arzobispo, en la que el Santo vio la voluntad de Dios, se inclinó y comenzó inmediatamente a ocuparse en este asunto.

Empezó san Vicente por interesar en esta obra a algunas señoras que le eran perfectamente conocidas por su virtud y piedad; pero sobre todo a la B. Luisa de Marillac, quien debía ser el alma de la nueva asociación. Así que pudo contar con la aquiescencia de algunas señoras, las reunió en la casa de la Pre­sidenta Goussault para tratar acerca del modo de constituir la sociedad y del fin que debían proponerse. Concurrieron a esta reunión preliminar, además de la Presidenta Goussault y de la B. Luisa de Marillac, las señoras Villesabin, Bailleul, Dumecq, Sainctot y Pollalión. Luego que san Vicente les hubo expuesto el objeto de la reunión, todas convinieron en la utilidad de seme­jante obra y aceptaron formar parte de ella. Entonces el Santo, según su costumbre, les recomendó que recurrieran a Dios por medio de la oración y la santa comunión; les aconsejó que habla­sen con otras señoras con el fin de que se inscribieran en la Asociación, y fijó la asamblea en que debía erigirse definitiva­mente la Sociedad, lo cual se verificó el lunes siguiente.

Celebróse, en efecto, la asamblea el día señalado — febrero de 1634 — a la que asistieron, además de las señoras que habían concurrido a la primera, las siguientes: de Traversay, Seguier, María Fouquet y muchas otras damas, cuya virtud y caridad corrían parejas con el lustre de su nacimiento y lo distinguido de su posición social

Después de haber hablado san Vicente a aquellas señoras acerca de la excelencia de la obra, sin ocultarles las dificultades que tenían que vencer, les dio algunos avisos prácticos sobre el modo con que debían proceder, quedando constituida la Socie­dad de Damas de la Caridad, de la cual quisieron las mismas señoras que fuera director perpetuo san Vicente de Paúl. Inme­diatamente después se procedió al nombramiento de las dignata­rias, habiendo salido electa Presidenta la señora Goussault, a la cual asignaron una Asistenta y una Tesorera, sin que cons­ten los nombres de las señoras designadas para el desempeño de estos dos últimos cargos.

Terminada la asamblea y constituida ya la Sociedad, el mismo san Vicente fue a visitar a los señores Administradores, a quienes manifestó el objeto de la obra que acababa de estable­cerse, según el deseo declarado por el señor Arzobispo de París, en favor de los enfermos acogidos en aquel hospital, de lo que los señores Administradores se mostraron sumamente compla­cidos, otorgando su pleno consentimiento para que la nueva Asociación pudiera cumplir debidamente sus funciones.

Poco tiempo después, gran número de damas de la más alta sociedad y de la misma corte, atraídas por tan hermoso ejemplo de caridad, se apresuraron a formar parte de la nueva Asocia­ción, entre las cuales deben contarse: la princesa de Gonzaga, que fue poco después reina de Polonia, la princesa de Condé, las duquesas de Aguillón, de Nemours, de Ventadoor, de Schomberg; las condesas de Brienne y de Bragelonne; la mar­quesa de Laval; las baronesas de Renty y de Mirepoix; las ilus­tres damas de Fay, de Lamignón, de Viole, de Herse, de Miramión, y muchas otras, en tan gran número, que en el mes de julio de aquel mismo año pasaban ya de cien, según carta escrita por san Vicente al señor du Cudray, sacerdote de la Misión residente en Rama, a quien rogaba pidiera algunas gra­cias a la Santa. Sede para la naciente Asociación.

Con aquel sentido eminentemente práctico, a la vez que lleno del espíritu de Dios, que caracteriza todas sus obras, se dedicó san Vicente a organizar el servicio que las señoras debían pres­tar a los pobres enfermos del hospital, servicio que exigía sumo tacto y extremada delicadeza, a fin de no herir la susceptibilidad de la junta administrativa, lo mismo que de las religiosas Agus­tinas, encargadas del servicio interno del mismo. He aquí algu­nas de las sabias reglas que les daba san Vicente de Paúl.

Comenzó el Santo por formar dos secciones de entre las damas que visitaban el hospital; una para las obras de miseri­cordia corporales y otra para las espirituales. De estas últimas se designaban catorce cada tres meses, para que, mientras las primeras servían materialmente a los enfermos, les hablasen de las cosas necesarias a la salvación, de un modo familiar y agra­dable, a fin de disponerlos a hacer confesión general de toda su vida.

Cuatro señoras debían hacer por turno cada día la visita al hospital, vestidas con sencillez y modestia, sin llevar puestas joyas de ninguna clase, para evitar el chocante contraste que resulta entre el lujo y la miseria.

Lo primero que debían hacer, al llegar al hospital, era ir a la capilla y pedir la asistencia de Nuestro Señor, que es el ver­dadero padre de los pobres, invocando la mediación de la San­tísima Virgen y de san Luis, que fue el fundador de aquella casa. Después tenían que presentarse a las religiosas, a fin de suplicarles las hicieran la gracia de admitirlas en asistir con ellas a los pobres enfermos, pasando de sala en sala y de cama en cama; y, mientras unas les arreglaban las camas, les lavaban, peinaban y ofrecían algunos pequeños refrigerios que la casa no les podía proporcionar, como jaleas, bizcochos, etc., etc., otras procuraban consolarlos, animarlos e instruirlos, procu­rando ganar sus almas para Dios.

La B. Luisa de Marillac, no sólo pertenecía a la Sociedad de Damas de la Caridad, sino que, si san Vicente era la cabeza, ella era el corazón, animando a todas con su ejemplo, aplicán­dose con tanto ardor a estas prácticas de caridad, que san Vi­cente de Paúl, que amaba el celo, pero no el exceso, en más de una ocasión tuvo que irle a la mano y moderar su incansable entusiasmo y fervor.

No sólo los pobres en particular recibieron magníficos e importantes servicios de parte de las Damas de la Caridad, sino que el mismo régimen general del hospital mejoró nota­blemente, habiendo procurado que cada enfermo tuviera su cama, y una de aquellas damas, la piadosa señora de Miramión, hizo arreglar a sus expensas una sala con doce camas para sacerdotes enfermos, dotándola de todo lo necesario y pagando el salario de un enfermero, para que los asistiera.

Como documento curioso, ponemos a continuación el método que san Vicente dio a las señoras, para que catequizaran a los enfermos, exhortándoles a hacer confesión general.

Después de haberse insinuado suavemente en el espíritu de los enfermos, en bien suyo espiritual, y haberles ganado algo la confianza, les dirán:

Mi querido hermano o hermana, ¿hace mucho tiempo que no os habéis confesado? ¿No tendríais deseo y gusto de hacer una buena confesión general, si os enseñasen el modo de hacer­la? A mí me han dicho que es muy importante para la salva­ción hacer confesión general antes de morir, a fin de reparar los defectos de las confesiones ordinarias, y tal vez mal hechas, y para concebir mayor dolor de mis pecados representándome los más graves que he cometido en toda mi vida y la gran mise­ricordia con que Dios me ha soportado, no mandándome al infierno, como yo lo había merecido, sino esperándome a que hiciera penitencia para perdonarme y darme después el cielo, si me convertía a él de todo corazón, como lo deseo y espero con la ayuda de su gracia. Vos, pues, podéis tener quizás las mismas razones que yo para hacer esta confesión general y daros a Dios, a fin de vivir bien en adelante.

Si deseáis saber lo que hay que hacer para acordaros de vuestros pecados, a fin de confesarlos bien, a mí me enseña­ron como debía examinarme, que es como os lo voy a decir…

También me han enseñado lo que debía hacer para excitar mi corazón al verdadero dolor de mis pecados y a hacer actos de contrición de esta manera…

Asimismo me han enseñado a hacer actos de fe, de espe­ranza y de caridad del modo que sigue…

Y, para que no pareciera que las señoras se las daban de maestras al instruir a los pobres, les recomendaba que tuvie­ran en la mano un librito compuesto por él, en el que se halla­ban explicados los principales puntos que debían ser objeto de sus exhortaciones.

La obra de las Damas de la Caridad en el Hotel Dieu de París tomó extraordinario incremento; Dios se sirvió derramar abundantes bendiciones sobre los trabajos de aquellas buenas señoras, bendiciones que se manifestaron en los admirables fru­tos que produjeron con sus caritativas visitas e instrucciones. Considerable fue el número de católicos que se pusieron en es­tado de morir santamente o de emprender nuevo modo de vivir cristianamente; más de setecientos herejes y aun algunos infieles, se convirtieron a la verdadera fe con no poco consuelo de las almas buenas.

 

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