Luisa de Marillac (4) (Daydi)

Mitxel OlabuénagaLuisa de MarillacLeave a Comment

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La caridad organizada

LAS ASOCIACIONES DE CARIDAD, OBRA SOCIAL. – LA MENDICIDAD EN MACÓN. – EL POBRE Y EL MENDIGO. – REGLAMENTACIÓN DE LA MENDICIDAD POR SAN VICENTE DE PAÚL. – EL PRIMER EN­SAYO. – CINCUENTA AÑOS DESPUÉS. – DESIGNIOS DE SAN VICEN­TE SOBRE LA B. LUISA DE MARILLAC. – PRIMERAS FUNCIONES. – MONTMIRALL. – ORDEN DE SUS VISITAS. – NUEVOS VIAJES. ­DIFICULTADES EN VILLEPREUX. – CONSEJOS SOBRE LA SALUD.

Nada más admirable, a la vez que sencillo, que el método y regulación de las Cofradías de la Caridad, debidos a la f e-cunda iniciativa de san Vicente de Paúl y a su genio eminen­temente organizador. Su fin principal era reglamentar la li­mosna y asegurar por medio de esta reglamentación la asis­tencia de los pobres. Arduo problema, en el que hasta el día de hoy han trabajado inútilmente sociólogos y políticos, por empeñarse en resolverlo sin la base fundamental de la caridad cristiana.

Para san Vicente de Paúl, la solución de este arduo pro­blema consiste en la aproximación del pobre y del rico, haciendo que la caridad cristiana, y no el vil interés, incline al rico con respeto hacia el pobre, y eleve al mismo tiempo al pobre noble­mente hacia el rico, para que, en la inclinación del uno y en la elevación del otro, se encuentren ambos unidos en fraternal abrazo.

En un viaje que el Santo hizo de Marsella a París, tuvo que pasar por Macón, donde no pudo menos que conmoverse hondamente, al contemplar con vivo dolor de su noble alma el gran número de mendigos, repugnantes y embrutecidos, que pululaban por aquella ciudad, entregados a la embriaguez y a los vicios más degradantes. Ouedóse algunos días en aquella población para estudiar aquel anormal género de vida y ver si era posible oponer remedio eficaz a aquel mal. Así que se hubo dado cuenta del estado de las cosas, formó un proyecto para reprimir la mendicidad; conferenció con el obispo, Mon­señor Luis Dinet, y con los magistrados de la ciudad, quienes le ofrecieron unánimemente el más decidido apoyo.

Es curioso ver a san Vicente de Paúl a principios del siglo XVII abordar estos problemas, que, aun hoy, en pleno siglo XX, conservan su carácter de palpitante actualidad.

San Vicente de Paúl distinguía entre el pobre y el mendigo. El pobre es un hermano nuestro, a quien la desgracia ha ten­dido en el camino de la vida y de donde se puede levantar por poco que le ayudemos. Por consiguiente, mirado el pobre desde este punto de vista, merece nuestro respeto y es acreedor a nuestra cordial asistencia. El mendigo de profesión es un parásito impudente, que vive a expensas del verdadero pobre y desvía fraudulentamente, en provecho propio, gran parte de los socorros y de la compasión efectiva que sólo el pobre merece.

Esta distinción entre el pobre y el mendigo es fecunda en consecuencias. Si el mendigo no es más que un parasito, insa­ciable y perjudicial, hay que suprimirlo; si, al contrario, el pobre tiene derecho indiscutible a nuestra asistencia, debemos con largueza otorgársela. La consecuencia, lógicamente necesaria de esta distinción, es la supresión absoluta de la mendicidad y la organización de la asistencia al pobre, inspirada y animada por la verdadera caridad.

El proyecto de san Vicente, relativo a Macón, abrazaba cua­tro puntos:

1º Selección del pobre y del mendigo.

2º Pobres que no pueden ganarse la vida.

3º Pobres vergonzantes.

4º Pobres transeúntes.

En cuanto a los primeros, era preciso ver si real y efecti­vamente se hallaban en la imposibilidad de ganarle la vida o el sustento de cada día; o si, por el contrario, era posible que se dedicaran a algo útil, y, en este caso, debía proporcionárseles medios honrados de subsistencia.

Con respecto a los segundos, esto es, a los verdaderamente imposibilitados para ganarse la vida, habían de ser sostenidos por la ciudad, pero con prohibición absoluta de mendigar.

Los pobres vergonzantes se les tenía que socorrer secreta­mente en sus propios domicilios.

Por lo que mira a los pobres transeúntes, se les debía pre­parar albergue donde poder pasar la noche, darles un pequeño socorro y obligarles a salir al día siguiente del país y regresar a su tierra.

Para poner en práctica este proyecto, estableció san Vicente la Asociación de san Carlos Borromeo, muy parecida a sus célebres Cofradías de la Caridad, con dos secciones: una de hombres y otra de mujeres, para los pobres de uno y otro sexo respectivamente. Estas asociaciones se dividían en diferentes grupos, unos para atender a los enfermos, otros a los sanos, éstos a instruir y encaminar a los indigentes y aquéllos a in­vestigar las necesidades de los pobres vergonzantes, a fin de proveer a ellas.

Hízose una colecta general, la cual constituyó el primer fondo de aquellas asociaciones, y, para sufragar los gastos que imponía la práctica de la caridad, debía abrirse y fomentarse una subscripción semanal, que fuera voluntaria y permanente.

En menos de tres semanas se había puesto en ejecución el plan de san Vicente de Paúl, con lo cual cambió por completo el aspecto de la ciudad. Los mendigos desaparecieron de las calles y trescientos pobres fueron alojados convenientemente, visitados, instruidos y alimentados: todo por la iniciativa de la caridad privada.

Estos curiosos datos nos los proporciona el Padre Des Moulins, superior de los Padres del Oratorio de Macón, testigo ocular y digno de toda acepción, en cuya casa se hospedó san Vicente.

La obra iniciada por este gran Santo en Macón fructificó admirablemente, extendiéndose con prodigiosa rapidez a otras poblaciones, y, cincuenta años más tarde, la Asamblea del Clero de Francia exhortaba a todos los obispos del reino a establecer en sus respectivas diócesis cofradías que tuvieran por base el plan de la de san Vicente de Paúl en Macón.

Hemos hecho esta digresión en la narración de la vida de la B. Luisa de Marillac, para dar a conocer de algún modo el genio organizador de este insigne Santo y así vislumbrar lo que él se proponía realizar con la valiosa y eficaz cooperación de esta piadosa mujer, modelo perfecto de viudas cristianas, quien, corno hemos apuntado ya, se puso incondicionalmente a sus órdenes para toda clase de obras de caridad y beneficencia.

El Santo había establecido ya muchas asociaciones de cari­dad y seguía todos los días fundando otras nuevas por medio de las misiones que daban él y sus hijos en los pueblos de los campos; pero no bastaba con erigirlas, era necesario sostener su primitivo espíritu, animarlas, mantener siempre vivo en ellas el fervor de la caridad, lo que sólo podía conseguirse uniéndolas a un centro, visitándolas con bastante frecuencia y ayudándolas, cuando el caso lo requiriese.

Así, pues, la primera ocupación a que san Vicente dedicó a la B. Luisa de Marillac, fue en la visita a las Cofradías de Ca­ridad; y, al emprender cada viaje, le daba instrucciones muy prácticas y precisas sobre todo cuanto convenía hacer. El día que se ponía en camino, le encargaba que comulgara y que pidiera a Nuestro Señor le hiciera participante de su propia caridad y le asistiera con su divina protección.

El primer viaje que emprendió fue a Montmirail, para visi­tar y hacer revivir la Asociación o Cofradía de la Caridad, que el mismo san Vicente había fundado allí en 1618. He aquí en qué términos le escribía su santo director con fecha 6 de mayo de 1629.

Id, señora, id en nombre de Dios nuestro Señor. Ruego a su divina bondad que os acompañe, que sea vuestro consuelo en el camino, vuestra fortaleza en el trabajo y que, finalmente, os restituya con salud perfecta y colmada de buenas obras. Comul­gad el día de vuestra partida para honrar la caridad de Nuestro Señor, los viajes que él hizo por motivos de esta misma caridad, las penas, contradicciones, cansancios y trabajos que sufrió, a fin de que sea servido bendecir vuestro viaje, comunicaros su espíritu y la gracia de obrar conforme a este mismo espíritu y sobrellevar las penas del mismo modo que el Señor sobrellevó las suyas.

Siguiendo las órdenes de san Vicente, cuando llegaba a algún pueblo, reunía a las señoras que componían la Cofradía de la Caridad; les daba las instrucciones más necesarias para la buena marcha de la obra; las enfervorizaba con su piedad y con la unción de sus palabras; procuraba que aumentase su número, y, añadiendo el ejemplo a la palabra, visitaba a todos los pobres enfermos, a los que asistía personalmente y socorría de su pecu­lio particular.

No se limitaba su acción a las necesidades materiales, sino que atendía, además, a las dolencias del alma; y, para combatir la ignorancia religiosa, juntaba a las niñas del campo en casas particulares y les enseñaba los artículos de la fe y las obliga­ciones de la vida cristiana, daba saludables consejos a las maes­tras de los pueblos, y, en los lugares donde no había escuela, procuraba que la Asociación les proveyese de maestra.

Por espacio de varios años la B. Luisa de Marillac se ocupó en la visita de las Cofradías de la Caridad, recorriendo las dió­cesis de París, Beauvais, Senlis, Soissons, Meaux, Chalons y Chartres, reanimando por todas partes las sociedades de cari­dad; y, ateniéndose estrictamente a las reglas y sabias instruc­ciones que le tenía dadas su director, viajaba en compañía de piadosas mujeres, conocidas suyas, sin dejarse jamás llevar de la disipación y sin interrumpir por ningún concepto ni en nin­guna ocasión sus ejercicios y prácticas de piedad.

En la visita que hizo a Villepreux, que, como llevamos dicho, fue la segunda fundada por san Vicente en 1618 en las tierras de los señores de Gondí, la B. Luisa de Marillac tuvo cierto descuido que le creó algunas dificultades, que podían haberlo echado todo a perder.

Como se trataba de un pueblo que pertenecía al señorío de Gondí, san Vicente la había recomendado que pidiera la compe­tente autorización al antiguo general de las galeras de Francia, convertido en humilde sacerdote del Oratorio, el Rdo. P. de Gondí, autorización que desde luego le fue otorgada, lo mismo que la venia del señor Belín, capellán del castillo.

Con esta doble autorización, se creyó suficientemente en regla nuestra B. Luisa; pero se le había pasado por alto una recomendación muy importante que le tenía hecha su santo director, a saber: No emprender cosa alguna en ninguna de las parroquias que visitara sin presentarse primero al respectivo párroco y recibir de él la correspondiente licencia para trabajar en ellas. Esta preterición hirió y disgustó al Párroco de Villepreux, el cual por lo mismo se mostró hostil a la obra. Consul­tado san Vicente, le contestó en estos términos: Creo que ejecutaréis un acto muy agradable a Dios en visitar al señor Cura y presentarle vuestras excusas, por haberos permitido sin su consentimiento hablar a las Hermanas de la Caridad y a las jóvenes, creyendo que podíais hacerlo en Villepreux simplemente como en san Cloud y otras partes. Esto os enseñará vuestro deber en otras ocasiones. Si el señor Cura no lo tiene por con­veniente, dejadlo en el acto: tal es mi parecer. Nuestro Señor recibirá tal vez más gloria de vuestra sumisión que de todo el bien que podríais hacer. Un hermoso diamante vale más por sí solo que un montón de piedras, y un acto de condescendencia y docilidad tiene ‘rizas mérito que muchas obras buenas practi­cadas en favor del prójimo.

Atúvose fielmente la B. Luisa de Marillac a este prudente consejo, y el Párroco, que era persona de juicio recto, des­armado ante la sencillez y pureza de intención de la edificante viuda, con gusto le permitió que cumpliera su misión e hiciera a sus feligreses todo el bien que le inspirara la caridad.

Dedicóse la B. Luisa de Marillac con tanto celo y fervor a sus obras de caridad, que llegó a comprometer seriamente su salud, lo que obligó a san Vicente a moderar su ardor, escri­biéndole, al llegar a Beauvais, la siguiente carta:

Bendito sea Dios, señora, por baberos permitido llegar ahí con salud. Procurad conservarla por el amor de Nuestro Señor y de sus pobres miembros y guardaos de querer hacer dema­siado. Este es un ardid del demonio con que engaña a las almas buenas, incitándolas a hacer más de lo que pueden, a fin de que después no puedan valer para nada. El espíritu de Dios, al con­trario, inclina suavemente a obrar el bien que razonablemente se pueda practicar, para que se haga con perseverancia. Haced­lo, pues, así, señora, procederéis según el espíritu de Dios.

 

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