Luisa de Marillac (3) (Daydi)

Mitxel OlabuénagaLuisa de MarillacLeave a Comment

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En el campo de la caridad

CHATILLON-LES-DOMBES.     LAS  COFRADÍAS DE LA CARIDAD. — SAN VICENTE DE PAUL. — EN PARÍS. — EN BUSCA DE UN DI­RECTOR. — APRECIO DE SAN FRANCISCO DE SALES A SAN VICENTE DE PAUL. — VICENTE DE PAUL DIRECTOR DE LA B. LUISA DE MARILLAC. PRIMERAS MANIFESTACIONES DE SU VOCACIÓN. —PRUEBA Y FORMACIÓN. — LA B. LUISA DE MARILLAC DEFINITI­VAMENTE AGREGADA A LAS OBRAS DE CARIDAD DE SAN VICENTE DE PAUL.

El domingo, 20 de agosto de 1617, la campana de la vieja torre de la iglesia de Chatillón-les-Dombes llamaba a los fieles para la Misa parroquial. En el momento en que el cura Párroco se disponía a revestir los ornamentos sagrados, para dar prin­cipio al santo sacrificio, una de las principales señoras del pueblo, llamada Gonar, entró en la sacristía para avisar al sacerdote que en una alquería, distante un cuarto de legua, todos los miembros de la familia habían caído enfermos y se hallaban completamente faltos de asistencia y de recursos. El buen Párroco prometió a la señora que recomendaría al pueblo esta necesidad.

En efecto, al dirigir en la Misa parroquial, como de cos­tumbre, la palabra a sus feligreses, en lugar del tema que tenía preparado sobre el evangelio del día, les recomendó, lleno de emoción, aquella pobre familia desvalida, hablándoles de la ca­ridad cristiana en tales términos, con tanta unción y ternura, que dejó profundamente conmovido a su auditorio.

Terminados los oficios, quiso el celoso Párroco visitar en persona a aquellos feligreses suyos, siendo no pequeño su asombro al encontrarse en el camino con grupos de hombres y mujeres que iban y venían, llevando víveres, remedios, ropa y toda suerte de socorros a aquella infeliz familia.

Grande obra de caridad es ésta— exclamó, lleno de gozo, el vigilante y solícito pastor al llegar a la alquería y al contem­plar el fruto de su sermón de la mañana —Sí, hermosa obra de caridad es ésta — dijo —; pero mal organizada. , Qué harán estos pobres enfermos con tanta cantidad de provisiones? Gran parte de ellas se echarán a perder necesariamente; y, después de haber tenido demasiado, se encontrarán estos pobres con que no tendrán siquiera lo necesario. La caridad, como todas las cosas, para producir sus frutos, debe ser ordenada.

Entonces concibió aquel avisado Párroco una idea excelente. Con el fin de organizar la caridad en su parroquia, reunió a las señoras más piadosas y pudientes del pueblo, las constituyó en sociedad, les dio un reglamento y les confió el cuidado de los pobres enfermos de la, localidad.

Aquel prudente Párroco tenía a la sazón treinta y seis años, era Vicente de Paúl; y aquella asociación de señoras de Cha-tillón-les-Dombes fue la base, el principio y como el primer ensayo, de donde han salido las grandes y asombrosas obras de caridad, con las que san Vicente de Paúl ha llenado el mundo. Con la aprobación del señor Arzobispo de Lyón, quedó fundada la primera Cofradía de la Caridad.

Pasando después Vicente de Paúl a ser de nuevo capellán de la ilustre casa de los Gondí, a instancias de la señora de Gondí, del cardenal Betune y del Arzobispo de París, aprovechó los copiosos recursos y facilidades que le proporcionaban sus protectores para propagar esta obra, tan útil como hermosa.

El señorío de los Gondí abrazaba gran extensión de terri­torio; y, cuando el conde y la condesa de Gondí dejaban la capital para ir a sus tierras, san Vicente, capellán y preceptor de sus hijos, los acompañaba. Aprovechaba entonces, con suma satisfacción, el tiempo libre que le dejaban sus ocupaciones y lo empleaba en instruir y catequizar a los diez y ocho mil va­sallos de aquella distinguida familia. Recorría los pueblos y fundaba en ellos sus Cofradías de Caridad. Las de Villepreux, Joigny y Montmirail fueron establecidas en 1618 ; la de Folleville en 162o, viéndose muy pronto erigidas en más de treinta pue­blos, para consuelo de los pobres de aquellas localidades ; aquellas asociaciones que, en su principio, se habían fundado en beneficio de los pobres campesinos, pasaron de las aldeas a las ciudades, propagándose de modo tan maravillosamente extraordinario, que en poco tiempo se extendieron por todo el reino, corno veremos en el curso de esta historia.

El director de la B. Luisa de Marillac, Monseñor de Belley, descubriendo en aquella alma excelentes disposiciones para las obras de piedad y de caridad, quiso impulsarla por este camino, al cual evidentemente la llamaba Dios. Pero él no podía seguir ocupándose en su dirección con el prolijo cuidado que este asunto requería. Las atenciones de su cargo pastoral y las nece­sidades de su diócesis no le permitían residir largo tiempo en París: era, pues, necesario buscarle director que pudiera aten­derla con más asiduidad. Pero, ¿a quién confiar tan delicada misión? El Obispo

de Belley puso entonces los ojos en san Vicente de Paúl, a quien conocía personalmente y de quien había oído hacer los más justos elogios a su íntimo amigo, san Francisco de Sales, quien había tenido ocasión de conocerle v. tratarle en París.

En efecto, a fines de 1618, Francisco de Sales, en unión con el presidente Favre, había acompañado al Cardenal de Saboya, que fue a París como embajador con la misión de pedir la mano de la princesa Cristina de Suecia para su hermano mayor, el príncipe del Piamonte, heredero del ducado de Saboya.

En este viaje, el santo Obispo de Ginebra tuvo oportunidad de ver y de tratar muy de cerca a Vicente de Paúl. Aquellas dos grandes almas pronto se comprendieron y compenetraron, diciendo después el santo Prelado que jamás había conocido sacerdote alguno, que, como Vicente de Paúl, poseyera en tan alto grado la virtud, la prudencia y los talentos necesarios para dirigir las almas por los caminos de la más elevada perfección. Así, cuando las religiosas de la Visitación se establecieron en París, Vicente de Paúl fue designado para ser su padre y director.

El Obispo de Belley creyó, pues, que no podía dejar a la B. Luisa de Marillac en mejores manos que en las de san Vi­cente de Paúl.

Poco se acomodaba esta dirección particular con el plan que acariciaba por aquel entonces el santo sacerdote ; el cual no era otro que el de dedicarse por completo a la evangelización de las pobres gentes del campo; pero, por respeto y deferencia al señor Obispo de Belley, no se atrevió a rehusarse a lo que se le pedía, aceptando de buen grado la dirección de aquella alma, con lo cual entraba de lleno, sin él sospecharlo siquiera, en los suaves y amorosos designios de la Providencia divina, la cual quiso poner en inmediato contacto aquellas dos almas para la realización de la más extraordinaria empresa de caridad que han visto los siglos.

¿Cuál era el estado de alma de la B. Luisa de Marillac en esta época decisiva de su vida? Huérfana desde muy niña puesto que no había conocido tan siquiera a su madre y había perdido a su padre cuando apenas contaba trece años, se hallaba de ordinario dominado su espíritu de profunda melancolía y habitual tristeza. Todos sus directores habían insistido siempre en la necesidad de que reaccionara aquel espíritu, y, hasta el fin de su vida, el mismo san Vicente le recomendaba de continuo que procurase mostrarse más alegre.

Al principio, la B. Luisa de Marillac tuvo por su parte, también ciertos reparos y dificultades que vencer, para ponerse debajo de la dirección del sacerdote que se le indicaba; de modo que, para que estas dos grandes almas se compenetraran, fue casi necesario que Dios violentase hasta cierto punto la voluntad del uno y de la otra. Oh admirables caminos de la Providencia divina!

El santo y prudente sacerdote descubrió muy pronto, a pesar de las debilidades, temores, indecisiones y nubes que se cernían sobre aquella alma, un espíritu claro y una voluntad viril, que habían de hacer de aquella joven esposa y madre la mujer fuerte, capaz de emprender las más grandes obras y trabajos en favor de la humanidad. La humilde penitente, a través de aquel aspecto algo sombrío y severo de san Vicente de Paúl, descubrió también a su vez y sin gran dificultad las preciosas y raras cualidades del nuevo director que Dios le había deparado, y no tardó mucho en depositar en él omnímoda y plena confianza, acompañada de profunda admiración hacia su persona y sus grandiosas obras y empresas.

Como en todas sus cosas, san Vicente procedió en la direc­ción de esta alma generosa con prudencia y lentitud. Hasta la muerte del señor Legas, casi no hizo otra cosa que sostener y animar a su penitente en el penoso deber de asistir a su esposo enfermo, atender a los asuntos de su casa y a la primera edu­cación de su hijo.

Habiendo muerto la señora de Gondí el 22 de junio de 1625, san Vicente de Paúl dejó definitivamente el palacio de sus pro­tectores para ocuparse en echar los fundamentos de la Congre­gación de la Misión, trasladándose a la casa des Boas Enfants, que, con fecha 1.0 de marzo de 1624, le había cedido el arzo­bispo de París, Monseñor Juan Francisco de Gondí.

Al observar la B. Luisa de Marillac las santas obras de celo y de caridad, a que se dedicaba su director juntamente con su naciente comunidad, se sintió fuertemente atraída con su ejem­plo, y, a fin de aprovecharse mejor de sus luces y consejos, a raíz de la muerte de su esposo, se trasladó con su hijo Miguel, que contaba a la sazón doce años de edad, a una casa de la calle de Versalles, poco distante de la casa des Bons Enfants, si­tuada en la parroquia de san Nicolás de Chardonnet.

Ya desde entonces había querido consagrarse al servicio de los pobres y aun obligarse a ello con voto; pero san Vicente, que era enemigo de precipitaciones y que tenía por máxima no adelantarse nunca a la Providencia, moderó sus santos ardores, diciéndola que era necesario consultarlo mucho con Dios en la oración. Aconsejóla un retiro espiritual de algunos días, y le ordenó que le escribiera todo cuanto Dios le inspirase durante su retiro y que se acercase, con la mayor frecuencia posible, a la sagrada comunión, como el medio más eficaz y adecuado para conocer su voluntad.

Al terminar el retiro, le escribió san Vicente de Paúl en los siguientes términos: Conservaré en mi corazón lo que me habéis escrito respecto a vuestra generosa resolución de honrar la adorable vida oculta de Nuestro Sabor, cuyo deseo habéis sentido desde vuestra juventud. ¡Oh, mi querida hija! seme­jante pensamiento lleva impreso el sello de la inspiración di­vina, por cuanto no ha sido sugerido por la carne ni la sangre. Esta es la base que necesita toda hija amada de Dios.

Así la tuvo su santo director, como en prueba, cerca de cuatro años, formando su espíritu, a fin de cimentar y fomentar más su resolución, prepararla y amaestrarla en la práctica de la caridad. No bien la juzgó suficientemente preparada y dis­puesta para entrar de lleno en la vida activa del apostolado, viendo, por una parte, la fidelidad y perseverancia en sus pro­pósitos, y por otra, que su hijo la dejaba libre, por haber en­trado en el seminario de san Nicolás de Chardonnet, para seguir los impulsos de su piedad sin faltar a sus deberes de estado; la asoció definitivamente a sus empresas de caridad, encamina­das a la asistencia de los pobres.

Empezó san Vicente por emplearla en estas santas funciones en el mes de mayo de 1629, contando entonces la piadosa viuda treinta y siete años de edad.

Recibió la B. Luisa de Marillac con suma alegría y respeto esta decisión de san Vicente de Paúl y la miró como venida del cielo. Desde aquel momento, no tuvo ya voluntad propia; por lo cual se sometió libre y espontáneamente a las órdenes de su director con tan ciega obediencia y sujeción tan perfecta, que, en adelante, nada emprendió sin su consejo, dirección y dependencia

 

 

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