Luisa de Marillac (17) (Daydi)

Mitxel OlabuénagaLuisa de MarillacLeave a Comment

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El proceso de Beatificación

FAMA DE SANTIDAD Y PRODIGIOS EN EL SEPULCRO DE LA B. LUISA DE MARILLAC. — INICIACIÓN DE LA CAUSA DE BEATIFICACIÓN. APROBACIÓN DE SUS ESCRITOS. — INTRODUCCIÓN DE LA CAUSA EN ROMA Y TÍTULO DE VENERABLE. — DECRETO DE «NON CULTU».—VALIDEZ DEL PROCESO APOSTÓLICO. RECONOCIMIENTO DE SUS RESTOS. — DECRETO SOBRE LA HEROICIDAD DE SUS VIRTUDES. — DECRETO DE APROBACIÓN DE TRES MILAGROS. — SOLEMNE SE­SIÓN DEL 6 DE JULIO DE 1919. — EL DECRETO «DE TUTO». — LA EXHUMACIÓN DE SUS RESTOS

En el curso de esta obra hemos tenido ocasión de ver la gran veneración y la opinión de santidad que san Vicente de Paúl tenía de la B. Luisa de Marillac. En la conferencia necrológica que se tuvo en los días 3 y 24 de julio de 166o, que hemos rela­tado en el capítulo XIV, el santo Fundador exhortó a sus Hijas a que se pusieran bajo la protección especial de su santa Madre, pues no es menor su caridad para con vosotras, les decía, ahora en aquella mansión bienaventurada que la que tenía sobre la tierra, y las animaba a invocarla y a acudir con frecuencia a su intercesión cerca de Dios diciendo : Dirigíos a ella, pues aun­que no se debe honrar con culto público a los difuntos que no están canonizados, podemos invocarlos en particular.

De esta opinión de san Vicente participaban todas las per­sonas que habían conocido y tratado a la Bienaventurada, par­ticularmente sus Hijas y las Damas de Caridad, testigos cons­tantes de sus virtudes y de sus obras.

Dios se encargó de acentuar y extender más y más esta vene­ración y fama de santidad de su fiel Servidora por los prodigios que se comenzaron a realizar en su sepulcro y por las gra­cias numerosas y extraordinarias que por su mediación alcan­zaban los que a ella acudían.

Esta fama de santidad habiéndose mantenido siempre sin interrupción, a pesar del tiempo transcurrido, se pensó en ini­ciar la causa de su beatificación y canonización; pero la gran revolución francesa con sus funestas consecuencias impidió llevar a cabo tan piadoso deseo. Al fin, reconstituidas las dos familias de san Vicente de Paúl, organizados de nuevo los ar­chivos y reunidos los documentos necesarios, se promovió la Causa de beatificación y canonización de la referida Luisa de Marillac en 1883, designándose como relator de ella al Carde­nal Masella. Habiendo fallecido el indicado Cardenal en 1902 se designó en su lugar al Cardenal Ferrata, sucediéndole en este alto cargo el Cardenal Vannutelli, Decano del Sacro Colegio de Cardenales.

Desde entonces la Causa ha seguido sin interrupción su curso ordinario. Examinados sus escritos consistentes en sus Notas íntimas, Instrucciones dadas a sus Hijas de la Caridad y más de novecientas cartas, se dio en 10 de julio de 1894 un decreto declarando que en los escritos de la Sierva de Dios Luisa de Marillac, no había nada que se opusiera a la Causa de su Beati­ficación.

Con fecha 10 de junio de 1895 dio el Sumo Pontífice un decreto ordenando la introducción de la Causa de Beatificación quedando autorizado, desde aquel momento, el título de Vene­rable en favor de la Sierva de Dios

En 11 de enero de 1897 ratificó Su Santidad la senten­cia de non culto dada por el Cardenal Arzobispo de París, apro­bada por la Sagrada Congregación de Ritos.

El día 10 de diciembre de 1900 se dio un nuevo decreto declarando la validez y exactitud del proceso apostólico, sobre la reputación de santidad de vida, virtudes y milagros en ge­neral.

En 29 de marzo de 1905, por orden de la Sagrada Congre­gación de Ritos se procedió al reconocimiento de los restos de la Venerable Luisa de Marillac, por el Tribunal eclesiástico presidido por Monseñor Legoux, asistido por tres médicos. Después de reconstituido el esqueleto por los médicos y exami­nados los sellos y actas anteriores, se levantó acta de este reco­nocimiento, que fue firmada por Monseñor Legoux, los miem­bros del Tribunal eclesiástico y numerosos testigos, especial­mente el Rmo. señor Antonio Fiat, Superior General y Sor Ma­ría Kieffer, Superiora de la Compañía de las Hijas de la. Cari­dad, poniéndose en el pergamino los sellos del Cardenal Richard, arzobispo de París, el de la Compañía de las Hijas de la Caridad y el del señor Feneon, notario eclesiástico, cuyo perga­mino, colocado en un tubo de zinc, fue depositado con los hue­sos y un vaso de metal que contenía las cenizas en una nueva caja de roble forrada interiormente de cobre, cerrada y soldada con esta inscripción: «Señora Luisa de Marillac — Ossa — die 29rnartii 1905. —.Auctoritate Apostolica recognita», volvién­dose a colocar en su sepulcro de la Capilla de la Casa madre.

El día 19 de julio de 1911, fiesta de san. Vicente de Paúl, se publicó solemnemente el decreto de la heroicidad de sus vir­tudes.

En 9 de marzo de 1919, con mayor solemnidad que en la sesión anterior se dio lectura en la sala Consistorial del Vati­cano al decreto, aprobando los tres milagros reconocidos auténti­cos por la Iglesia. Estos tres milagros aprobados fueron :

I.° Curación perfecta e instantánea de José María Héleut, de una otitis media purulenta con perforación del tímpano, acompañada de fenómenos de osteítis y periostitis en la región mastoides.

2.° Curación instantánea y perfecta de Sor María Ferrer y Nin, Hija de la Caridad, de una mielitis compresiva postraumática.

3.° Curación instantánea y perfecta de Rosa Curlo de una úlcera fistulenta.

El día 6 de julio de 1919 tuvo lugar en la Sala Consistorial del Vaticano, en presencia de Su Santidad el Papa Benedicto XV, la solemne lectura del decreto de tato, que establece que puede procederse, sin inconveniente alguno, a la solemne beatificación de la Venerable Madre Luisa de Marillac, con lo que quedó terminada esta Causa.

A las once de la mañana, Su Santidad, revestido de muceta y de estola roja, entró en la Sala del Trono, magníficamente adornada y tapizada de damasco rojo.

Acompañaban al Padre Santo tres Cardenales : el Cardenal Vannutelli. Decano del Sacro Colegio, ponente de la Causa de la Venerable Luisa de Marillac; el Cardenal Granito de Belmonte y el Cardenal Vico, Prefecto de la Congregación de Ritos ; los Prelados de la Cámara Apostólica, el Mayordomo de palacio, el Mastro de Cámara, el Capellán y el Sacristán ; seguían Mon­señor Mingone, Camarero secreto participante ; el Príncipe Ca­milo Massimo, el conde de Wutten, capitán de servicio de la Guardia noble; los oficiales de servicio de la Guardia Suiza y palatina; Monseñor Respighi, Prefecto de las ceremonias Apos­tólicas ; Monseñor Tani, Maestro de ceremonias ; Monseñor Verde, Secretario de la Sagrada Congregación de Ritos; Mon­señor de Faya, subsituto de la misma Congregación; Monseñor Angelo Mariani, Promotor General de la Fe; Monseñor Virili, Arzobispo de Niconiedia; Monseñor Salotti, asesor; Monseñor Marenghi, el caballero Antonelli, Costagini, el conde Aloysi Masella, el conde Caterini, Monseñor Ephrem II Rahmani, Pa­triarca Sirio de Antioquía, Monseñor Jacquet, Arzobispo de Salamina ; Monseñor Darmanin, Arzobispo de Corfú; Monseñor Jalabert, obispo de Telepto; Monseñor Mac Nally, obispo de Calgary; muchos otros prelados, una gran concurrencia entre la que se notaban al Ministro de Colombia y su familia y gran número de Misioneros e Hijas de la Caridad que acompa­ñaban a la Muy Honorable Madre Maurice, Superiora General.

Habiendo Su Santidad ocupado el trono, Monseñor Verde, Secretario de la Sagrada Congregación de Ritos, dio solemne lectura al decreto concebido en los siguientes términos: Decreto de la Diócesis de París, acerca de la Causa de Beati­ficación y canonización de la venerable Sierva de Dios Luisa de Marillac, viuda de Legrás, cofundadora de las Hijas de la Ca­ridad.

Sobre la cuestión: Habiéndose establecido la prueba de las virtudes y de los tres milagros ¿puede procederse con seguridad a la solemne beatificación de la susodicha Sierva de Dios?

Desde el día en que la Venerable Sierva de Dios, Luisa de Marillac, viuda de Legras encontró a aquel hombre de eminente santidad que se llamaba Vicente de Paúl, eligiéndolo por direc­tor y juez de su conciencia, se estableció muy pronto entre esas dos almas estrecha unión, que el tiempo no hizo más que con­solidar. Durante los treinta y ocho últimos años de su vida, la venerable Luisa le permaneció fielmente adherida, dejándose dirigir y gobernar por aquel a quien, por designio providencial de la Sabiduría divina, había elegido por maestro y por guía. Al morir, casi septuagenaria, en 166o, a mediados del mes de marzo, Vicente estaba aun en este mundo, aunque le sobrevivió poco tiempo, obrando y trabajando valerosamente a pesar de contar más de ochenta años y de la privación de su fiel colabo­radora, en recolectar la copiosa cosecha de caridad, hasta el mo­mento en que, lleno de días y de méritos, dejó a su vez esta vida mortal, para entrar en la celeste patria, el 27 de septiembre del mismo año.

Hay una nota singular que no debe dejarse en el silencio y que merece ser señalada particularmente. Durante los seis meses que san Vicente sobrevivió a su ilustre discípula e hija espiritual, se complacía, como así debía ser y fácilmente se com­prende, en recordar sobre todo a los miembros de la nueva So­ciedad, que era su obra común, y para el mayor bien de sus almas, las virtudes practicadas por su difunta madre, como se recuerdan las virtudes de los santos. Pero era suficientemente instruido y de muy probado juicio, para no dejar de advertir­les cuidadosamente que, cualquiera que fuere la opinión de los hombres sobre la santidad de la sierva de Dios, Luisa, no debía tributársele ningún culto público eclesiástico. Las Hijas de la Caridad han seguido plenamente hasta aquí, como convenía, los consejos de su Padre y las leyes de la Iglesia, y, cuando creye­ron que su meritísima Fundadora era digna de los honores pú­blicos, reservados a los bienaventurados, dirigieron sus súpli­cas a la Sede Apostólica, la que, después de haber seguido el procedimiento usado desde muy remotos tiempos, en conformidad con los decretos de los Sumos Pontífices, acaba de conce­derles el favor que pedían, de lo que se regocijan con justo título.

Sin embargo, como entre las pruebas en que se apoya la Causa, se exige que el número de los milagros sea duplicado, a fin de que lo que falta al juicio del hombre, sea compensado por el juicio de Dios, y como, por otra parte, sólo tres han sido recientemente aprobados, Su Santidad el Papa Benedicto XV, a fin de quitar el único obstáculo que quedaba, ha dispensado el cuarto milagro, a ejemplo de sus predecesores que han usado de igual indulgencia en las causas de los fundadores de Órde­nes religiosas 6 Congregaciones.

Conviene saber apreciar en todo su valor el hermoso título de honor que proclama, con no menos elevación que elocuencia, el decreto apostólico promulgado en este felicísimo día, por el cual cuatro Hijas de la Caridad, formadas en la práctica de las reglas establecidas por esta Madre y animadas de su espíritu, son reconocidas y declaradas mártires. Su Causa, ya tan bella de suyo, recibe nuevo lustre que realza su dignidad y excelencia.

En la reunión general que la Sagrada Congregación celebró, en presencia del Padre Santo el 17 de junio último, el Reveren­dísimo Cardenal Vannutelli, Relator de la Causa, propuso esta cuestión : Hecha ya la prueba de las virtudes y de tres milagros ¿puede procederse con toda seguridad a la Beatificación solem­ne de la venerable Sierva. de Dios Luisa de Marillac? Todos los Reverendísimos Cardenales y Padres consultores presentes, respondieron unánimemente que podía procederse con toda se­guridad. No obstante, el Santísimo Padre difirió la manifestación de su juicio apostólico, deseando continuar rogando al Señor le iluminase en un asunto tan importante, y, por fin, resolvió dar su decisión hoy, cuarto domingo después de Pentecostés. En este día, celebrado devotamente el santo sacrificio de la Misa, convocó en el palacio del Vaticano a los Reverendísimos Carde­nales Antonio Vico, obispo de Porto y santa Rufina, Prefecto de la Sagrada Congregación de Ritos y Vicente Vannutelli, obispo de Ostia y de Palestrina, Decano del Sacro Colegio y Relator de la Causa, así como al R. P. Angelo Mariani, Promotor general de la Fe, y a mí, el infrascrito Secretario, y decretó en nues­tra presencia que : puede procederse con toda seguridad a la beatificación solemne de la Venerable Sierva de Dios Luisa de Marillac.

Acto continuo ordenó la promulgación de este decreto, su inseción en las actas de la Sagrada Congregación de Ritos y la expedición de las Letras Apostólicas en forma de breve, permi­tiendo se celebren en la basílica Vaticana, cuando sea posible, las solemnidades de la beatificación: 6 de julio del año 1919.

  1. CARD. VICO.

Obispo de Porto y Santa Rufina. — Prefecto de la Sagrada Congregación de Ritos. L. S.

ALEJANDRO VERDE, Secretario.

En virtud del anterior decreto, la Santa Sede fijó el día 9 de mayo de 192o para la solemne beatificación en la basílica Vati­cana.

Los restos de la R. Luisa de Marillac ya no podían perma­necer sepultados en la tierra; era preciso sacarlos del sarcófago, en donde reposaban, para tributarles los honores que les correspondía colocándolos en un lugar visible, a fin de que fueran objeto de la veneración de los fieles.

En esta virtud, el día 6 de abril de 1920, a las nueve y media de la mañana, se procedió a su exhumación ex auctoritate apostolica. Presidió el acto el Eminentísimo Señor Cardenal Amet-, te, arzobispo de París, asistido de los señores Clemént, Vicario general y promotor fiscal ; Enrique Lanier, notario eclesiástico,. y Luciano Misermont, C. M., Postulador de la Causa. Asistieron, como testigos de la inhumación anterior, los señores Federico Caussanel y María Eduardo Mott, C. M., lo mismo que la Direc­tora del Seminario de la Casa madre, Sor Chesnelong, a los que se les tomó juramento, como también a la M. Honorable Madre Superiora General.

Hicieron el reconocimiento los médicos y cirujanos Dr. Brochin y Dr. Didier, asistidos de los doctores Alibert y Lescurd, en presencia del Comisario de policía.

Asistieron a este acto el Muy Hon. P. Superior General señor Verdier y los señores Planson, Veneziani, Robert, Narguet, Meugniot, Bettembourg, Bogaert, Daydí, Constant, Fayo-llat, Baros, Parrang y Coste, Sacerdotes de la Congregación de la Misión, y asimismo la Comunidad de las Hijas de la Caridad de la Casa madre y de algunas otras casas de París.

 

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