Luisa de Marillac (16) (Daydi)

Mitxel OlabuénagaLuisa de MarillacLeave a Comment

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EL HOTEL RAMBOUILLET. — LA CASA DE LA B. LUISA DE MARI-LLAC. — SOCIEDAD DE DAMAS DE LA CARIDAD. — UNA PREOCU­PACIÓN. — SEÑORA DE GOUSSAULT. — SEÑORA DE POLLALIÓN. —ISABEL DU FAY. — SEÑORA DE LAMOIGNÓN. — MAGDALENA LA-MOIGNÓN. — SEÑORAS DE VIOLE, DE TRAVERSAY, DE VERSE. —LA DUQUESA DE AIGUILLÓN. — SEÑORAS DE FOUOUET, DE SE-GUIER. — LA PRINCESA DE CONDE. — LA CONDESA DE BRIENNE. —LA SEÑORA DUFRESNE. — LA DUQUESA DE NEUMOURS. — LA DUQUESA DE SCHOMBERG. — LA REINA LUISA MARÍA DE GONZAGA. LA SEÑORA DE MIRAMIÓN.

Catalina de Vivonne de Savelli, marquesa de Rambouillet, logró hacer de su suntuoso palacio un centro de cultura mun­dana. En torno de la Marquesa giraba toda la sociedad brillante de París, poetas, literatos, políticos, damas, caballeros, abates, cortesanos, todos acudían a los célebres sábados de los Rambouillet. Allí vemos acudir a Racan, Corpeau, Richelieu, Gombauld, Chapelain, el cardenal La Vallete, Marín, Voiture, Balzac, los marqueses de Montausier y de Vigean, el mariscal Souvié, la marquesa de Sable, Julia de Angennes, Ana Genoveva de Bour-bón, duquesa de Longueville, madame de Sévigné, las señoras Aubry, Saintot, Paulet, etc., etc.

El palacio de Rambouillet era el centro del buen gusto, de la finura, de las’ maneras delicadas y de buen tono, en donde, entre las frivolidades de la vida, cenas, bailes, galanterías, poe­sías, enigmas, madrigales, canto, música y representaciones tea­trales, se hacía gala de ingenio y de agudeza.

El lujo, la vanidad, la afectación llevada hasta el ridículo, dominaban en aquella célebre sociedad. Allí fue donde las damas recibieron el nombre de preciosas, siendo la Marquesa la reina de todas ellas, a la que titulaban la preciosa incomparable.

Preciosas eran, a mediados del siglo XVII, todas las mujeres que se picaban de delicadeza en los sentimientos, de elegancia en los modales, y, sobre todo, en el lenguaje afectado y retum­bante.

El año de 1659, Moliere dio al teatro su obra titulada: Les precieuses ridicules, sátira mordaz que cayó como una bomba en medio de la sociedad ligera del Rambouillet, lo que valió al autor la enemistad de muchas gentes; pero fue el principio de una campaña de críticas, sátiras y burlas, que echaron el ridículo sobre aquellas repulgadas y melindrosas damas.

Ciertamente, sería injusto juzgar a la Francia del siglo XVII, mirando tan sólo este lado frívolo y mundano de la sociedad; felizmente esto no era todo París, y, al lado de esas ridículas vaciedades, había una sociedad seria, verdaderamente noble y grande, en la que resplandecían las más excelentes virtudes cristianas, practicadas con tal generosidad y con tal abnegación, que rayan en heroísmo. En contraposición al palacio de Rambouillet estaba la casa de la B. Luisa de Marillac, centro de numerosas damas cristianas, que fueron las constantes colabo­radoras en todas sus empresas, de caridad y que merecen aquí honrosa y especial mención.

Es un error atribuir a nuestros días la idea de la emancipación de la mujer; desde principios del siglo XVII la mujer ha desempeñado importante panel y ejercido profunda influencia, tomando parte activa en todas las manifestaciones de la vida social.

Con respecto a Francia, «ninguna época, dice el abate Maynard, las ha producido en tan gran número como en la segunda mitad del siglo XVII; pero mientras la literatura nos ha conser­vado los nombres y los hechos de las preciosas del hotel Rambouillet, de sus famosos sábados, de las grandes damas del barrio de santo Tomás del Louvre y de las burguesas del Marais, mientras ella presenta en toda su luz, en espléndidas galerías, las mujeres célebres por su genio galante y sus intri­gas, deja en la sombra a esas otras mujeres admirables, las Acarie, las Miramión, las Pollalión, las Le Gras, las Goussault, ver­daderas .madres de la Iglesia y del pueblo, que han hecho más por el adelanto de la sociedad francesa y para la preparación de los esplendores del reinado de Luis XIV, que los más fa­mosos guerreros y los más sublimes poetas.»

La famosa Sociedad de Damas de la Caridad, de la que la B. Luisa de Marillac fue el alma durante toda su vida, dio en aquella época los más edificantes ejemplos de virtud y realizó tales obras de caridad en favor del pueblo, nue sólo su relato nos llena de asombro.

De esta Sociedad nacieron varias comunidades religiosas, como las Hijas de la Caridad, las Hijas de la Providencia, las Hijas de la Cruz, las Hermanas de la. Propagación de la Fe, las Hermanas de la Santa Familia.

A propósito de estas fundaciones queremos desvanecer aquí una preocupación, que puede presentarse en el ánimo de algu­nos. ¿Por qué la B. Luisa de Marillac no viste el hábito, ni usa la popular corneta de las Hijas de la Caridad? Por una razón muy sencilla; porque la B. Luisa de Marillac, madre, funda­dora y maestra de esta admirable Comunidad, no fue nunca Hermana de la Caridad, jamás visitó el hábito de sus Hijas, y san Vicente, que a todas las Hijas de la Caridad daba el trata­miento de Hermanas, Sor Guerín, Sor Loret, Sor Chetif, jamás dio este tratamiento a la piadosa Fundadora, sino que la llamó siempre la señora Legrás. En la conferencia que se tuvo en los días 3 y 24 de julio de 1660, san Vicente invitó a las Hermanas a hablar de las virtudes de la señora Legrás su madre y funda­dora. Más aun, las Hijas de la Caridad temían que, en lugar de su bienaventurada Madre, se les diera como superiora otra Dama de la Caridad; el mismo san Vicente trató este asunto con la B. Luisa de Marillac y quedaron de acuerdo en que este estado de cosas terminara con su muerte, y se eligiera, para reemplazarla, no una Dama, sino una Hija de la Caridad.

Las Hijas de la Providencia fueron fundadas por una Dama de la Caridad, la señora Pollalión, la cual, sin ser reli­giosa, fue la superiora de esta Comunidad toda su vida. A su muerte, otra dama de la Caridad fue la superiora de estas reli­giosas, la señora Viole, y, a su muerte, le sucedió también en el cargo de superiora, otra Dama de la Caridad, la señora de Miramión.

Una cosa semejante pasó con la Hijas de la Cruz, fundadas por la señora Villeneuve, a cuyo fallecimiento tuvieron por superiora a una Dama de la Caridad, designada por el mismo san Vicente, la señora Traversay.

Las Hermanas de la Propagación de la Fe tuvieron también por superiora durante su vida, a su fundadora y Dama de la Ca­ridad, la señora Fouquet.

La Congregación de la Santa Familia, a la que se unió después la de Santa Genoveva, tuvo por fundadora y superiora otra Dama de la Caridad, la señora Miramión.

Sin embargo, ni la B. Luisa de Marillac fue nunca Her­mana de la Caridad, ni la señora de Pollalión fue nunca Her­mana de la Providencia, como no lo fueron tampoco las otras superioras de esta Comunidad, las señoras Viole y de Mira-mión; ni las señoras Villeneuve y Traversay fueron religiosas de la Cruz. Todas estas señoras, aunque fundadoras y ver­daderas madres de sus comunidades, no fueron religiosas más que por su espíritu, permaneciendo en el siglo con el traje correspondiente a su condición y conservando sus numerosas relaciones sociales. Sólo la ignorancia de la historia hace que algunas personas se asombren al ver en los altares a la Fundadora de las Hijas de la Caridad sin el hábito y tocado propio de las Hermanas, hábito que jamás vistió durante su vida.

Genoveva Fayet viuda de Goussault.—Esta admirable Dama de la Caridad, después de la muerte de su esposo, se dió completamente a las obras de caridad y al servicio de los pobres. Íntimamente unida a la B. Luisa de Marillac y a la señora Pollalión, trabajó con ellas muy eficazmente en favor del nuevo Instituto de las Hijas de la Caridad, siendo consul­tada en todos los asuntos de alguna importancia. Iniciativa suya fue la asistencia de los enfermos del Hotel Dieu de París. San Vicente la llama en sus cartas una gran sierva de Dios, una gran santa. Todos los años se iba a la casa de su amiga, la B. Luisa de Marillac, para hacer unos días de retiro. Murió el 20 de septiembre de 1638, asistida en sus últimos momentos por san Vicente de Paúl.

 

LA SEÑORA DE POLLALION

María Lamague.—Nació en París el 29 de noviembre de 1599, casó con Francisco Pollalión el 25 de agosto de 1617.

Al poco tiempo murió su esposo, dejándole sólo una hija. Des­pués de haber sido algunos años Dama de honor de la Princesa de Orleans, se retiró de la corte para dedicarse por completo a la educación de su hija María y ocuparse en socorrer a los desgraciados. Su caridad se ejercitaba de modo especial en re­tirar a las jóvenes del camino de perdición. Nada era capaz de detenerla cuando se trataba de salvar a una de estas almas. San Vicente fue su director espiritual, sin cuyo parecer no hacía nada. Acompañó a su buena amiga, la B. Luisa de Marillac, en las visitas que hacía a las Cofradías de Caridad por varias partes de Francia. En 163o fundó, en Fontenauy-aux-Roses, la comunidad de las Hijas de la Providencia de Dios, para educar y proteger a las jóvenes, deseosas de sustraerse a los peligros del mundo. Las constituciones de esta Congregación fueron compuestas por el mismo san Vicente de Paúl a ruegos de su piadosa fundadora y superiora. Llena de méritos y de virtudes murió el día 4 de septiembre de 1658, dos años antes que la B. Luisa de Marillac y san Vicente de Paúl.

Isabel du Fay.—Era persona de singular perfección, cuyas virtudes admiraba san Vicente. Una deformidad en una pierna, la tenía retraída del gran mundo, lo que, no sólo no le impidió, sino que tal vez fue la causa de que se uniera íntimamente a Dios por la práctica de las más hermosas virtudes. Así lo pen­saba ella misma por lo que bendecía a Dios y le daba gracias por su deformidad. Con la dirección de san Vicente de Paúl se entregó a toda clase de obras buenas en la Sociedad de Damas de la Caridad.

La señora de Lamoignón.—Hija espiritual de san Fran­cisco de Sales, de la que decía que era una de las más santas mujeres que había conocido. Grande era su amor y compasión a los pobres, a los que asistía y socorría personalmente. Su gene­rosidad era tanta que, su esposo la decía amablemente, que sus grandes caridades los conducirían muy pronto a la mendicidad. Estableció una asociación para visitar y socorrer .a los presos, a algunos de los cuales pagó sus deudas para darles la libertad. Consiguió del Rey una subvención anual en beneficio de esta obra y, del Arzobispo de París, el rescate de un preso cada año, el Domingo de Ramos. Tomó parte muy activa en la Sociedad de las Damas de la Caridad, de la que fue la tercera presi­denta. Murió esta buena señora el día 3o de diciembre de 1651, a los setenta y cinco años de edad. La B. Luisa de Marillac anun­ció su muerte a la comunidad de las Hijas de la Caridad en estos términos: «Os recomiendo el alma de la señora presidenta de Lamoignón, que Dios ha sacado de este mundo esta noche, para hacerla participante de la gloria que el Hijo de Dios ha mere­cido, para recompensar sus tres principales virtudes, de sen­cillez santa, de humildad perfecta y de muy grande caridad y liberalidad.»

Su muerte fue muy llorada y sentida por los pobres, quienes encontraban en ella un corazón verdaderamente maternal.

 

MAGDALENA DE LAMOIGNON

Magdalena de Lamoignón.— Hija de la anterior y heredera de sus virtudes, fue formada desde niña por san Francisco de Sales en la práctica de la verdadera piedad. San Vicente de Paúl la inició en las obras de caridad. Visitaba a los pobres en los más infectos tugurios, llevando caldo a los enfermos y cu­rando sus llagas; arreglaba y barría la casa, lavaba a los niños, dejándoles siempre, con la limosna material, la limos­na espiritual de alguna palabra piadosa. De tal manera se olvidaba de sí mismo que muchas veces llegaba a su casa rendida de fatiga. «Es una persona, decía san Vicente, que va tan lejos en las buenas obras que nadie la puede seguir». Recogía para sus pobres todo cuanto le daban, habiendo logrado organizar, por medio de donativos, tres al­macenes: uno para vestidos y muebles, otro para comestibles y el tercero de objetos para la venta, como cuadros, joyas, bor­dados, etc. El rey le compró, en una ocasión, por 50.000 escudos, un magnífico aderezo, que había recibido para sus pobres de Ana María de Martinozzi. Luis XV le daba considerables sumas para sus buenas obras. Esta activa Dama de la Caridad murió, sin haber contraído matrimonio, el 14 de abril de 1687, a la edad de setenta y ocho años.

La señora de Viole. —Magdalena Deffita, esposa del conse­jero .Santiago Viole, tesorera constantemente reelegida de la Asociación de Damas de la Caridad. En la correspondencia de san Vicente de Paúl, encontramos de ella estas palabras, en una carta dirigida a la B. Luisa de Marillac en 1636. «i Oh cuán consolado y edificado estoy de esta buena señora Viole!» Su muerte acaecida el 4 de abril de 1678, fue una verdadera pérdi­da para la Compañía de las Hijas de la Caridad, y para las Hijas de la Providencia, de las que era superiora.

La señora de Traversay. — Desde la temprana muerte de su esposo, retirada al lado de su hermano, se dedicaba a toda clase de buenas obras, como activa Dama de la Caridad. San Vicente de Paúl la puso de superiora de las Hijas de la Cruz. Estableció el monasterio de la Concepción en la calle de San Honorato y fue de las más entusiastas colaboradoras de san Vicente de Paúl y de la B. Luisa de Marillac.

La señora de Herse.— Esta señora fue esposa del consejero del rey y del Parlamento Miguel Vialart, señor de Herse, em­bajador de Francia en Suiza. Su familia era muy apreciada de san Francisco de Sales. Uno de sus hijos, Félix, fue obispo de Chalons. Bajo la dirección de san Vicente de Paúl, puede con­tarse entre las más sobresalientes Damas de la Caridad, tanto por su actividad como por su generosidad. Insigne bienhechora de la Congregación de la Misión y de la Compañía de las Hijas de la Caridad, cuyos establecimientos favoreció y propagó con todas sus fuerzas e influencia. Su corazón era muy compasivo para todos los desgraciados, y era verdadera madre de los po­bres. Murió llorada de todos el año 1662.

 

LA DUQUESA DE AIGUILLON

A la Sociedad de Damas de la Caridad pertenecía la señora duquesa de Aiguillón, sobrina del cardenal Richelieu. Contrajo matrimonio con el marqués de Combalet, quien murió en la batalla de san Dionisio, al año y diez meses de su matrimonio, sin dejar sucesión. A la muerte de su esposo, la duquesa se retiró al Carmelo, de donde la hizo salir el Cardenal su tío, obteniendo para ello orden especial del Papa, siendo desde en­tonces dama de honor de la reina María de Médicis. Grande era por su linaje, grande por sus riquezas, grande por su valimiento en la corte; pero más grande fue por su piedad y por su caridad.

De ella dijo Flechier, en su oración fúnebre: no fue grande sino para servir noblemente a Dios, ni fue rica sino para soco­rrer liberalmente a los pobres de Jesucristo.

Por consejo de san Vicente de Paúl, construyó en Marsella el inmenso hospital para los galeotes, cuyo servicio tomaron, en 1643, las Hijas de la Caridad, instituyendo, además, una renta perpetua para el sostenimiento de cuatro Misioneros, que atendiesen espiritualmente a aquellos desgraciados.

La Congregación de la Misión le debe inmensos favores. Las parroquias, las Comunidades religiosas, los establecimientos de beneficencia tenían en ella constante y generosa protectora. Fue presidenta de las Damas de la Caridad hasta su muerte, en el cual cargo duró veintitrés años. La duquesa de Aiguillón tenía en grande aprecio a san Vicente de Paúl, por cuya salud se interesaba muchísimo. Amaba tiernamente a la B. Luisa de Marillac, a la que ayudaba en todas sus obras y en particular en la fundación de las Hijas de la Caridad. Para visitar y asis­tir personalmente a los pobres, era incansable, retirándose de la corte en los últimos años de su vida, para mejor poderse dedi­car a sus queridos pobres. Murió esta admirable cristiana el 17 de abril de 1675.

La señora viuda de Fouquet.— Fue esta señora madre de dos Obispos, de cinco religiosas de la Visitación y del famoso superintendente de Hacienda, Fouquet. San Vicente de Paúl, profesaba especial estimación a esta piadosa y caritativa seño­ra, de la que decía, que, si por desgracia se llegase a perder el Evangelio, se encontrarían su espíritu y sus máximas en la vida y en los sentimientos de la señora Fouquet. Su piedad, según testimonio del mismo Santo, era tan dulce y tan amable, que animaba y atraía a todos hacia ella. En favor de sus queridos enfermos, a los que visitaba y asistía con gran caridad, publicó una colección de recetas y remedios sencillos para enfermedades comunes, que tuvo muy buena acogida y de la que se publicaron varias ediciones. Dio también a la estampa, para remedio del alma, un librito titulado: Pensamientos piadosos tomados de las reflexiones morales del Nuevo Testamento. Esta piadosa Dama de la Caridad fue superiora de la Congregación de Hijas de la Propagación de la Fe, en medio de las que murió en Val-de-Grace, a más de noventa años, llorada de los pobres y desgra­ciados.

La señora de Seguier.—Dama de bondad y ternura extra­ordinarias en el trato con los pobres. Corno su esposo, el señor Seguier, era un magistrado rectísimo, se decía comúnmente que, si él era el alma de la justicia, su esposa era el alma de la cari­dad. Después de una vida preciosa, consagrada por entero a las buenas obras, murió en París el día 6 de febrero de 1683.

 

CARLOTA MARGARITA DE MONTMORANCY PRINCESA DE CONDE

La princesa de Condé. — Carlota Margarita de Montmorancy, madre del gran Condé, del príncipe de Contí y de la du­quesa de Longueville, perteneció a la Asociación de Damas de la Caridad, dándose con toda su alma a las obras propias de la Asociación, siguiendo los impulsos de su tierna piedad para con los pobres. «Yo he visto una vez, decía san Vicente de Paúl, a la princesa de Condé ir a veinticinco o treinta casas para visitar a los pobres, socorrerles y consolarlos, andando siempre a pie, regresando a su casa, con los vestidos llenos de barro. ¡Oh Salvador! he ahí como esas buenas Damas trabajan y sudan por los pobres!» (Maynard. Conferencia del 25 de agosto de 1655.)

Murió esta buena Princesa en Chatillón-sur-Loing, el 2 de diciembre de 165o, a la edad de cincuenta y siete años.

La condesa de Brienne. — Hija del gobernador de Santonge, Bernardo Beón y de Luisa de Luxemburgo. Contrajo matri­monio con el conde de Brienne, subsecretario de Estado. En la Sociedad de Damas de la Caridad, desempeñó papel muy im­portante, distinguiéndose por su grande actividad. Íntimamente unida, por firme y cristiana amistad, con la B. Luisa de Marillac, quiso que sus Hijas cuidasen de los pobres de sus dominios e instruyesen a las niñas, fundando a su costa una casa de Hijas de la Caridad en Brienne. Fue mujer de gran talento; pero de mayor virtud. Ninguna Dama hablaba con tanta gracia y facili­dad como ella; pero ninguna tampoco la aventajaba en gene­rosidad y ardor, para servir a los pobres. Era la confidenta y amiga íntima de la reina Ana de Austria, la que le confiaba todos sus secretos, sus penas y alegrías y a la que acompañaba siempre en sus visitas a los monasterios, hospitales y cárceles, sirviéndose de su ascendiente, para aliviar la triste suerte de los desgraciados. Murió el 2 de septiembre de 1665.

La señora Dufresne. — Esposa de uno de los mejores ami­gos de san Vicente de Paúl, el intendente de la casa de Gondí, Dama de la Caridad, de la que sólo vemos su nombre en la correspondencia de la B. Luisa de Marillac.

MARIA DE ORLEANS LONGUEVILLE DUQUESA DE NEMOURS

La duquesa de Nemours.— María de Orleans Longueville, mujer de talento y de gran mérito, se mantuvo alejada de toda intriga durante los disturbios de la Fronda, en los que se ha­llaba mezclada casi toda su familia. Su virtud y la tranquilidad de su vida la pusieron al cubierto de las tempestades de la corte. Casó con el duque de Nemours, quien murió, antes de contar dos años de matrimonio. Fue una de las principales Damas de la Caridad, entregada por completo a obras de piedad y de beneficencia, cuyas inmensas riquezas le permitían asistir a los pobres, con gran generosidad y magnificencia. Murió en París el día 16 de junio de 1707, a la avanzada edad de ochenta y dos años.

La duquesa de Schomberg.— María de Hautefort, después de haber sido dama de honor de la reina María de Médicis, se la alejó de la corte; pues su franqueza y la independencia de su carácter desagradaron al poderoso ministro Richelieu. Casó con el duque de Schomberg Par y Mariscal de Francia, gober­nador de Metz y de Verdún. En Metz conoció a Bossuet, cuyo mérito supo apreciar y a quien prodigó grandes favores. A los diez años de matrimonio, murió su esposo sin haber dejado su­cesión. fue siempre persona de gran piedad y beneficencia. Por su caridad, dirigida por san Vicente de Paúl, era el paño de lágrimas de todos los pobres. Formó parte de la Sociedad de Damas de la Caridad y el pueblo le dio el hermoso título de Madre de los pobres, que ella prefería a todos sus títulos de nobleza. El rey le ofreció un cargo de honor en la corte, que ella rehusó constantemente. Esta grande amiga y colaboradora de la B. Luisa de Marillac murió el 1 de agosto de 1691, a los setenta y cinco años de edad.

La reina Luisa María, de Gonzaga. — Hija de Carlos de Gonzaga, duque de Nevers y de Mantua y de Catalina de Lo­rena. Era el encanto de la corte de Francia por su belleza, ama­bilidad, inteligencia y la vivacidad de su carácter. Sólidamente piadosa y amante de los pobres, no dejó de asociarse a las buenas obras de la B. Luisa de Marillac y de san Vicente de Paúl. En octubre de 1645 casó con Vladislao IV, rey de Polonia, quien murió tres años más tarde. En 1649 el hermano y sucesor del rey difunto la tomó por esposa. Estableció en Polonia a los Sacerdotes de la Misión, a las Hijas de la Caridad y a las Religiosas de la Visitación. Mostró siempre gran ternura maternal para con los pequeños, los pobres, los enfermos y, en general, para con todos los desgraciados. Murió en Varsovia el 9 de mayo de 1667.

La señora de Miramión.— A los pocos meses de casada, murió su esposo en 1645, de quien sólo tuvo una hija póstuma, que vino al mundo el 7 de marzo de 1646; de modo que, a la edad de diez y seis años, la señora de Miramión era ya madre y viuda. Después de rechazar todos los partidos que se le pre­sentaron para contraer segundo matrimonio, se encerró en la casa de la B. Luisa de Marillac para hacer los ejercicios espi­rituales y allí, con la dirección de san Vicente de Paúl, el día 2 de febrero de 1649 hizo voto de castidad y se inscribió en la

Sociedad de Damas de la Caridad para consagrarse al servicio de los pobres. Todas las mañanas las consagraba a los pobres de su parroquia de san Nicolás de los Campos, a los que, con pa­labras del más tierno afecto, les distribuía ropa, víveres y me­dicinas, según sus necesidades. Era tal el consuelo que experi­mentaba en la práctica de la caridad, que decía: «Me parece que cuando sirvo a los pobres, no tengo en ello gran mérito; pues Dios me lo paga al contado». En favor de los pobres vendió un día su magnífico collar de perlas en 24.000 libras. Su repu­tación de caridad era tan grande, que Luis XIV, a la muerte de la señora Lamoignón, la eligió para distribuir sus limosnas. Las miserias del alma la preocupaban más que las del cuerpo. Hacía dar misiones a su costa por lo pueblos, y ella personal­mente se dedicaba a instruir a las mujeres y niñas del alrededor de París. Se interesó mucho en la obra de las Misiones extran­jeras; en fin, no había obra buena que fuera indiferente para ella. Fundó la Congregación de la Santa Familia, de la que fue superiora, para la educación de las niñas y formación de maes­tras para el campo. A ella se debe el Orfanatorio de la Santa Infancia que sostenía a sus expensas y que dirigió hasta que se casó su hija. Fundó la obra del Refugio, o sea una casa correc­cional de jóvenes, en las cuales procuraba inspirar el sentimiento del deber, ganando sus corazones con su amable trato y piado­sas exhortaciones. A la muerte de la señora Viole, fue también superiora de las Hijas de la Providencia. El 24 de marzo de 1696, a los sesenta y cinco años de edad murió esta piadosa colaboradora de la B. Luisa de Marillac. Madame de Sévigné, la llamaba una Madre de la Iglesia, cuya muerte debía conside­rarse como una calamidad pública.

No concluiríamos nunca, si quisiéramos hablar aquí de todas aquellas grandes Damas, verdaderas bienhechoras de la huma­nidad, que extendieron rápidamente el Instituto de las Hijas de la Caridad por toda Francia. En los fastos de la caridad quedarán perpetuamente escritos los nombres de esas ilustres Damas, tales como : las señoras de Amelot, de Harley, de Bailleul, Guerín, Laurent; la marquesa de O; las duquesas de Bouillón, de Luynes, de Ventadour; la condesa de Brajellonne y tantas otras que por sus excelentes virtudes constituyen la gloria del siglo XVII, el esplendor del reinado de Luis XIV: glo­riosa pléyades de almas, no menos nobles por la distinción de su esclarecido linaje, que por los elevados sentimientos y pública profesión de su fe y heroica caridad; preciosa semilla que se ha difundido con asombrosa rapidez y exuberante fecundidad por todos los ámbitos del orbe católico.

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