Luisa de Marillac (15c) (Daydi)

Mitxel OlabuénagaLuisa de MarillacLeave a Comment

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SOR CECILIA DELAITRE

Alma amante de los pobres, activa y laboriosa, pero sin tur­bación, sin inquietud realizando el festina lente de los antiguos, apresúrate despacio. Vivió poco tiempo en la Comunidad, y de ella dijo san Vicente: Sor Delaitre era joven en la Compañía, pero antigua en la virtud; pues en el poco tiempo que vivió en ella, hizo más de lo que se puede hacer en seis, diez y doce años. ¡Qué consuelo poder vivir entre tales plantas que producen tan admirables frutos!

Después de este panegírico del santo Fundador, ya no es posible añadir una palabra más.

SOR MARTA DELTEUIL

Apenas contaba diez y seis años Sor Marta Delteuil, cuando se incorporó a la Comunidad de las Hijas de la Caridad, viviendo en ella treinta y tres años, consagrada a Dios en el servicio de los pobres. Los delicados cuidados que les prodigaba, iban siem­pre acompañados de fervientes oraciones por ellos y parece que Dios se complacía en bendecir su amor a los desgraciados; pues comunicaba a sus virginales manos cierta virtud especial para curar las heridas y hacer que cicatrizaran las llagas aun las más horribles y rebeldes a todos los procedimientos de la ciencia médica. Era esto tan notorio, que el pueblo la llamaba La. Her­mana de los milagros. Era tal su habilidad para abrir y curar los tumores y diviesos malignos y tan grande el número de po­bres que acudía a ella de todas partes para ponerse en sus manos y remediar sus males, que, estando en Hennebout, los cirujanos llegaron a encelarse y a mirarla con malos ojos.

Su amor a los pobres era verdaderamente extraordinario, y se cuenta de ella que hubo ocasión en que, encontrando en el camino a una pobre enferma que no podía andar, cargó con ella para llevarla a donde deseaba la paciente.

Una vez acertó a pasar cerca de dos hombres que, enfure­cidos, estaban riñendo ; la buena de Sor Marta se interpuso entre ellos, los calmó, y, llevándolos ante una imagen de la San­tísima Virgen, los hizo poner de rodillas y pedir perdón a Dios, prometiéndola que en adelante vivirían como dos buenos amigos.

Sor Marta Delteuil había nacido en Clamant el año 1626, entró en la Comunidad, en 1642 y murió el lo de noviembre de 1675.

 

SOR BÁRBARA BAILLY

Drois, pequeña aldea cerca de Vitry-les-Francais, fue la cuna de Sor Bárbara Bailly que vino al mundo el año 1628. Inte­ligente y piadosa, comprendió muy pronto la inconsistencia de las cosas de la tierra y, a la tierna edad de diez y siete años, cuando el mundo le abría los brazos, brindándole lisonjero por­venir, se consagró a Dios para servir a los pobres de Jesucris­to, entrando en la Compañía de las Hijas de la Caridad el 8 de octubre de 1645.

Era Sor Bárbara Bailly el tipo de la mujer fuerte y valerosa, dejando por todas partes por donde pasó luminosos vestigios de su gran inteligencia y de su corazón completamente penetrado de la caridad de Jesucristo.

Si grande era su caridad para con toda clase de personas, ésta se manifestaba con mayor interés en favor de las Herma­nas particularmente de las que se hallaban delicadas o enfer­mas. San Vicente le había encargado que velase por la preciosa y quebrantada salud de la B. Luisa de Marillac, a la que acom­pañaba en sus viajes y de la que no se separaba de día ni de noche, asistiendo a sus últimos momentos.

Completamente dueña de sí misma, tenía gracia especial para no exteriorizar sus penas y sufrimientos, temiendo tal vez que, al manifestarlos, se evaporara y perdiera el mérito del sacri­ficio.

Durante los trastornos de la Fronda, la obra más penosa era la de los niños expósitos, que, hallándose en el antiguo castillo de Bicetre, se veía más expuesta que ninguna a los excesos de la soldadesca; pero allí se mantuvo firme y vigilante Sor Bár­bara Bailly, al frente de doce Hermanas y de mil cien huérfa­nos, previéndolo todo y atendiendo a todas las necesidades.

A la muerte de la bienaventurada Fundadora, habiéndose firmado la paz entre Polonia y Suecia, san Vicente la envió a aquel reino, partiendo el 16 de septiembre de 1660, pocos días antes de la muerte del santo Sacerdote, en compañía de otras dos Hermanas, Sor Catalina Baucher y Sor Catalina Bouy.

Al llegar a Polonia esta segunda colonia de Hijas de la Cari­dad, la Reina hizo preparar la casa de san Casimiro para insta­ladas a todas. Esta casa, destinada a la educación de las huér­fanas, se convirtió en casa Central de las Hiias de la Caridad de Polonia, la que sigue siéndolo hasta el presente.

En 1671, en el reinado de Luis XIV y por su orden el mi­nistro de la guerra Louvois, hizo construir por el famoso arqui­tecto Mansard el real Hotel de los Inválidos en París, desti­nado a los soldados y oficiales heridos e inutilizados para el ser­vicio; y el año 1676, fue confiado el régimen interior a las Hijas de la Caridad. Sor Bailly fue designada como Superiora para organizar el servicio de este vasto establecimiento. Para edificar el hospital o enfermerías, el ministro encargó al arquitecto Mansard que consultara con Sor Bailly la disposición que había que dar a esta obra. Alarmóse la humildad de la buena Hermana y empezó excusándose, alegando que era persona ignorante, y, por consiguiente, incapaz de dar indicaciones sobre cosa de tal magnitud. El famoso arquitecto le manifestó que, tal era la voluntad del Rey, la que le había sido comunicada por el Minis­tro. Cediendo entonces a la obediencia, expuso con toda senci­llez, lo que le parecía más conveniente para la buena asistencia de los enfermos, lo que hizo con tanta claridad y precisión, con juicio tan práctico, que allí mismo, en menos de una hora, el arquitecto hizo el plan del Hospital.

Diez años más tarde, el famoso Mansard hablaba de la im­presión que le había causado el contraste de tan profunda hu­mildad y de tan extraordinaria inteligencia.

Sor Bárbara Bailly, llena de mérito y buenas obras, murió en 1699, a los setenta y un años de edad y cincuenta y cuatro de vocación.

 

SOR ANDREA

De esta buena Hija de la Caridad se nos habla en la vida de san Vicente de Paúl. De ella se dice que, estando para morir, le preguntó san Vicente: Y bien Hermana, ¿no tenéis nada por lo pasado que os cause alguna inquietud de conciencia? a lo que contestó Sor Andrea: «No, Padre mío, nada más que esto: que he experimentado demasiado gusto en servir a los pobres. Cuan­do iba por los pueblos para servir a esas pobres gentes, no me parecía que andaba, sino Que tenía alas y volaba; tal era el pla­cer que sentía en poderlos servir.»

¡Oh, admirable escrúpulo! que hizo exclamar a una de las Damas de la Caridad, al oirlo de labios de san Vicente: ¡jamás se ha oído cosa, semejante de santo alguno!

 

SOR MARGARITA MOREAU

Al llegar las tres primeras Hermanas a Polonia, fueron mag­níficamente recibidas. Después de unos días de descanso, la Reina les dijo: ahora vamos a dar principio a nuestro trabajo, dos Hermanas irán a Cracovia, para ocuparse de los pobres y otra se quedará a mi lado; y designó para vivir con ella, en el palacio real, a Sor Margarita Moreau. Alarmada la buena Her­mana, se echó a llorar y exclamó: «i Cómo, Señora! ¿qué dice vuestra Majestad? No somos más que tres para servir a los pobres que hay en este reino; mientras que tenéis a tantas otras personas para serviros. Permitid, Señora, que hagamos aquí lo que Dios nos pide, lo que hacemos en todas partes. ¡Cómo, Hermana!, repuso la Reina, al ver sus lágrimas, ¿no queréis permanecer en mi servicio? Perdonad, Señora, añadió Sor Mar­garita; nosotros nos hemos dado a Dios para el servicio de los pobres. La Reina sorprendida, emocionada y profundamente edificada, al oir un lenguaje tan distinto del que se usa en la corte de los reyes, la dejó tranquila ocuparse en los pobres.

¡Oh, Dios mío!, exclamó san Vicente, cuando supo esto: ¡he ahí! Una Hermana que conoce bien el Mérito de servir a los pobres!

La Reina insistió, no obstante, cerca de los Superiores, y con esta ocasión Sor Margarita Moreau escribió a la B. Luisa de Marillac una carta, en la que le decía: «Grande fue mi sor­presa cuando la Reina me dijo que quería que la acompañase en sus viajes, y yo no he sabido qué contestar… Yo temo que esto comprometa mi vocación. Quién sabe, si Dios me volverá a dar la gracia que me dio, para vencer los obstáculos que tuve para dejar el mundo. Si de mí dependiera, preferiría que Dios me mandara una grave enfermedad, antes que exponerme a este peligro. Le ruego se lo comunique al señor Vicente, confiando en que la obediencia, a la que yo me someto desde luego, me servirá de defensa.»

En el Consejo de 23 de marzo de 1657, se resolvió que Sor Margarita Moreau acompañara a la Reina, sólo en sus viajes, para servirla en sus obras de caridad; pero con la condición de que no cambiara en lo más mínimo ni su hábito ni su modo de vivir.

He aquí los hermosos frutos de santidad, recogidos desde la primera hora de la fundación de la Compañía de las Hijas de la Caridad. ¡Cuántas otras bellas y perfumadas flores de virtud tenemos que dejar en la sombra y que, alrededor de su bienaven­turada Madre formaban su más espléndida corona aquí en la tierra, corona que se agranda y acrecienta todos los días en el cielo!

No tenemos espacio para hablar de Sor María Prevost, un ángel de pureza, Sor Catalina Bonnelle, Sor Susana Parant, Sor Claudia Parcolée, Sor Gabriela Gabaret, Sor Catalina Guillot, Sor Nicolasa Bildet, Sor Gabriela Dupuy, Sor Juana Bouvilliers y tantas otras, cuyos nombres, virtudes, méritos y obras son el secreto de Dios.

 

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