Luisa de Marillac (15b) (Daydi)

Mitxel OlabuénagaLuisa de MarillacLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: .
Tiempo de lectura estimado:

SOR BÁRBARA ANGIBOUST

Esta ejemplar Hija de la Caridad nació en Sereville, dióce­sis de Chartres, el 8 de julio de 1605. A la edad de veintinueve años entró en la Comunidad, .siendo recibida por la B. Luisa de Marillac el 1.° de julio de 1634.

Sus grandes virtudes, lo mismo que la solidez de su juicio, le merecieron la confianza de los Superiores. Ella fue la pri­mera Superiora de las distintas casas que se iban fundando, a fin de darles la forma y el espíritu de la Comunidad. San Germán en Lage y Richelieu en 1638, san Dionisio en 1645, Fontainebleau en 1646, Brienne en 1652 y Bernay en 1655.

En 1644 la vemos encargada del cuidado de los galeotes, en cuyo oficio brillaron sus raras virtudes, principalmente su cari­dad y su paciencia con aquellos hombres intratables, de los que tuvo mucho que sufrir, sin que sus impertinencias llegasen nunca a cansar su invicta paciencia. En su rabia y desespera­ción llego alguno de aquellos desgraciados a arrojar al suelo el alimento que le presentaba; pero la buena Sor Angiboust, sin inmutarse y con la mayor calma y serenidad, recogía lo que aquél había arrojado y le traía de nuevo su alimento, rogándole con inefable bondad y la sonrisa en los labios lo acep­tara por amor de Dios. No era raro el caso en que ella se inter­pusiera entre los guardianes y aquellos desgraciados, para impe­dir que los maltrataran.

Encargada de los expósitos, mostró tener para con ellos corazón verdaderamente maternal. Visitó a todos los niños que se hallaban en el campo en poder de las nodrizas, para ver si estaban bien cuidados y se dio el caso, en que por falta de cuna, tuvo a una de aquellas infelices criaturas en sus brazos toda una noche.

Era notable su fidelidad en la observancia y usos de la Co­munidad; su intención era tan recta y pura que jamás hacía cosa alguna por motivos humanos; la gloria de Dios era su único pensamiento.

Sor Angiboust fue probablemente una de aquellas cuatro primeras Hermanas que hicieron los santos votos el 25 de marzo de 1642.

Tenía gracia particular para atraer e instruir en las verdades de la religión, no sólo a las niñas, sino aun a las per­sonas mayores, las que acudían en gran número al catecismo que explicaba enseñándoles a orar y leyéndoles algunas veces la vida de los Santos.

Su humildad y respeto a los superiores eran tan grandes, que, cuando escribía a la bienaventurada Madre, se firmaba Bárbara la orgullosa, y las cartas de ésta las leía siempre de rodillas.

Extraordinario era también su celo por la salvación de las almas, habiendo logrado apartar a muchas de ellas del camino de la perdición.

La Comunidad era en la tierra la cosa más amada de su co­razón; profesaba a las Hermanas verdadera y afectuosa cari­dad, soportando sus naturales defectos con benignidad y con­descendencia; pero procurando siempre la más exacta regula­ridad. La pérdida de la vocación en cualquiera Hermana le causaba dolor y aflicción imponderables, llegando en una oca­sión a arrojarse a los pies de una de ellas, tentada de dejar la Comunidad y volver al mundo.

Habiendo cierto día hecho una observación a una Hermana, parece que ésta no la recibió muy bien, manifestándose algo dis­gustada por ello. Sor Angiboust se había ya acostado, cuando se acordó de la pena que había causado a su compañera; inmedia­tamente se levantó de la cama y fue a presentarle sus excusas, no queriendo que pasase el día sin tranquilizar su espíritu.

Durante la guerra, faltando los recursos para atender a los pobres enfermos, los administradores del hospital de San Dionisio, que estaba a su cargo, determinaron cerrar el hospital, y, al efecto, habiendo comenzado a desmontar las camas, Sor Angiboust corrió a París y solicitó de los Superiores el permiso para buscar recursos y sostener ella el referido establecimiento, y, habiéndolo conseguido, se las hubo e ingenió de tal modo que los pobres pudieron ser siempre asistidos, evitando así la clau­sura del hospital.

En I65 fue destinada a dirigir el hospital de Chateaudun, donde murió al año y medio de estar allí, el día 27 de diciem­bre de 1658.

Momentos antes de morir mostró muy claramente los dos grandes amores que habían dominado su corazón durante su vida: Jesús y los pobres. En efecto, impidiéndole la naturaleza de su enfermedad recibir el santo viático, pidió que la llevaran siquiera al buen Jesús para tener el consuelo de adorarle en la divina Eucaristía; y después hizo llamar a las niñas del hospital alrededor de su cama para despedirse de ellas y darles sus últimos consejos, lo que hizo recomendándoles que vivieran santamente.

Su muerte fue verdadero día de duelo para Chateaudun.

Ante su cadáver desfilaron casi todos los habitantes de la po­blación, que la tenían por una verdadera santa y llegando algu­nas personas hasta aplicar a su cuerpo sus rosarios y objetos piadosos.

Aparecía tan hermosa en su lecho de muerte, que las gentes se preguntaban si la habrían pintado.

Asistieron a su entierro todas las autoridades, el Clero, los señores administradores del hospital y un inmenso gentío, que quiso honrar los mortales despojos de la buena Sor Angiboust, dándole esta última prueba de respeto y estimación.

 

SOR JUANA DALLEMAGNE

En los primeros años de la Compañía de las Hijas de la Caridad, la joven Dallemagne era Hermana conversa del con­vento de las Carmelitas. Había nacido en Herbelet, cerca de París, el año 1608, y desde su infancia su deseo ardiente era consagrarse totalmente a Dios. Apenas tuvo noticia de la nueva Compañía de las Hijas de la Caridad y de la clase de obras a que se dedicaban, sintióse atraída hacia ella con fuerza extraordi­naria; mas para realizar este su deseo, se le presentaron las más grandes dificultades, teniendo que vencer muy fuertes y seductoras tentaciones. Personas del mundo la solicitaban ofre­ciéndole grandes ventajas temporales: por otra parte, las reli­giosas Carmelitas, que no querían perderla, la hacían las más halagüeñas proposiciones, ofreciendo recibirla como religiosa de coro; la princesa de Condé le prometía el dote necesario para que entrase en el convento que ella quisiera. Por un momento, parece que la piadosa joven cedió a tantas instancias, aceptando la proposición de las monjas Carmelitas; pero desde aquel mo­mento la paz y tranquilidad huyeron de su alma: buscaba a Dios y Dios parecía alejarse de ella, Pues hasta en la oración se le ocultaba. Una profunda tristeza invadió su espíritu y hasta llegó a caer enferma, con lo que comprendió que no era allí a donde Dios la quería, sino al servicio de los pobres y, por más oposiciones que se le presentaron, aun de parte de la B. Luisa de Marillac, que ponía sus reparos en recibir a una joven que pertenecía a una comunidad religiosa, triunfó, por fin, de todo y fue recibida entre las Hijas de la Caridad el 25 de marzo de 1638.

Sólo seis años vivió Sor Juana Dallemagne en la Comunidad: pero los aprovechó tan bien, que en tan corto tiempo supo la­brarse riquísima corona para el cielo.

Vivía tan unida a Dios, que parecía no perdía jamás el sen­timiento de su presencia divina, lo que hacía que su exterior fuese de edificante modestia, hablando muy poco y mantenién­dose en continuo recogimiento. En el trato con el prójimo era la misma dulzura y afabilidad, habiéndola dotado Dios de gracia especial para consolar a las almas afligidas.

Su caridad para con los pobres no se limitaba a las necesi­dades físicas, sus almas eran lo que más le interesaba ; por esto procuraba instruirlos y excitar en ellos piadosos sentimientos, hablándoles siempre de Dios y de cosas santas.

En la obediencia había llegado a tal perfección, que todo lugar, toda ocupación, todo oficio le eran absolutamente indife­rentes. Amante de la observancia de las reglas, decía a una compañera suya: ahora que estamos en la Casa madre aprove­chemos bien los ejemplos y enseñanzas que nos dan; esto nos servirá mucho cuando estemos en las obras lejos de aquí.

Sobria, generosa, desprendida de las criaturas, a tal punto, que diciéndole si quería ver a una hermana que tenía en París, contestó: dejemos a los muertos que entierren a los muertos.

Alma sencilla y pura, a la que no se le conocía imperfección alguna y de la que decía san Vicente, Que cada vez que hablaba con ella se sentía más recogido y edificado; pues su virtud pare­cía comunicarse a las personas que la trataban. Su humildad la inspiraba tales sentimientos de abyección que se asombraba cuando le confiaban algún oficio: ¡Oh, Dios mío, exclamaba, yo no sé porque quieren servirse de mí; yo no sé hacer nada bueno y así he sido toda mi vida!

Destinada a Nanteuil, se dedicó de modo particular al socorro de los pobres vergonzantes, lo que hacía con gran pru­dencia, tacto y delicadeza, encontrándose muy de mañana, aun antes que despertaran sus pobres, a las puertas de sus casas, llevándoles la inesperada y consoladora limosna.

Había una pobre muchacha completamente cubierta de lam­parones y escrófulas, abandonada de todos a causa del infecto hedor que exhalaba, y lo más triste era, que su pobre madre no podía ganarse la vida por la aprensión que tenían de ella, lo que las reducía a un estado de extrema miseria. La buena Sor Dallemagne proveía con gran solicitud a todas sus necesidades; dos veces al día iba a lavarle y curarle las llagas, en cuyo minis­terio de caridad le sucedió algunas veces que se desvaneciera a causa de la insoportable pestilencia. Habiéndolo sabido su com­pañera, le hizo alguna observación sobre este punto, a lo que contestó sonriente: esto me sucede por falta de valor; pero ya que no soy capaz de prestar a Dios grandes servicios, a lo menos me ejercitaré en ayudar a esos pobres vergonzantes.

En el hospital de Nanteuil existía un departamento destinado a albergar a los pobres transeúntes. No faltaba Sor Dallemagne en hacerles una visita diaria, para consolarlos, hablarles de Dios y aun socorrer sus necesidades. En cierta ocasión, habiendo encontrado allí a un pobre que carecía, de todo, le dijo a su compañera.: ¿no podríamos darle algo a este pobre para ayu­darle a cenar? Allí hay, le dijo la otra Hermana, un poco de pan algo seco, puede usted llevárselo. ¡Oh, no, Hermana mía, no; replicó la buena Sor Dallemagne, éste será para mí; a Dios no debemos dar nada que no sea bueno!

Dios bendecía visiblemente en sus manos las obras de cari­dad; pues no sólo encontraba siempre recursos para socorrer a sus pobres vergonzantes, sino que en muchas ocasiones se le presentaban enfermos, a los que no sabía qué clase de remedios les podría aplicar, casos ante los cuales los mismos médicos se veían perplejos; pero la buena Hermana en nombre de Dios los cuidaba y trataba cómo mejor le parecía, sanando muchos de ellos con gran asombro de los médicos.

Estando ya gravemente enferma en Nanteuil, manifestó gran deseo de ver a san Vicente y la Casa madre. Creyeron los Superiores que debían procurarle este piadoso consuelo y le mandaron una de las Hermanas antiguas de la casa, Sor Isabel Hellot. Apenas la vió la enferma, exclamó, llena de alegría: ¡Oh, Sor Isabel, que gusto! ¡nos iremos juntas!, produciéndose en el acto tal mejoría, que el médico aseguró que, aun cuando aquella mejoría no era más que transitoria, la ponía en estado de poder emprender el viaje sin peligro. El señor Cura de Nanteuil y los señores administradores, aun cuando hubieran deseado conservarla, no quisieron privarla de este último con­suelo e hicieron preparar una litera y todo lo necesario para trasladarla a París a expensas del hospital. No obstante el grave estado en que se hallaba, pudo llegar con vida a la Casa madre. Al verse allí, en el seno de su querida Comunidad, transportada de alegría, exclamó: ¡Oh qué feliz soy de hallarme aquí; va puedo morir cuando Dios quiera!

Visitóla san Vicente y, después de confesarla, le preguntó: ¿Y bien, querida Sor Dallemagne, que preferirías ahora, haber sido una gran señora del mundo o una humilde Hija de la Ca­ridad? ¡Oh, Padre mío, exclamó, ¡Hija de la Caridad! ¡Hija de la Caridad!

En los últimos días de su vida manifestó mucha paciencia, gran tranquilidad y resignación a la voluntad de Dios. Sólo siento morir por haber servido tan poco tiempo u tan mal a los pobres…! Y, haciendo un esfuerzo para hablar, dirigiéndose a las Hermanas, les dijo: ¡Felices vosotras que podéis servir a los pobres; hacedlo mejor de lo que yo lo he hecho!

El 25 de marzo de 1641 falleció Sor Juana Dallemagne, des­pués de pronunciar los santos votos en uso en la Comunidad, a los treinta y seis años de su edad.

En la conferencia que siguió a su muerte, san Vicente hizo de ella un magnífico elogio: «¡Oh, cuánta virtud, Hermanas mías, decía el santo Sacerdote; teníamos ‘un rico tesoro en esta Hermana! ¡Cuánto hemos perdido! Os confieso que he leído muchas vidas de Santos, pero pocos son los que he hallado que sobrepujasen a nuestra Hermana en el amor de Dios y del prójimo.»

 

SOR JULIANA LORET

Al referir la conferencia que, después de la muerte de la B. Luisa de Marillac, se tuvo sobre sus virtudes, vimos que la primera Hermana, a la que san Vicente invitó a hablar, no pudo hacerlo, porque el dolor y las lágrimas ahogaron su voz. Esta Hermana era Sor Juliana Loret que en 1644, a la edad, de veintidós años, había ingresado en la Compañía de las Hijas de la Caridad.

El sentimiento que le causó la muerte de la bienaventurada Fundadora se explica fácilmente; había vivido largos años, no sólo en su compañía, sino en su intimidad. Ella había sido su primera asistenta y su admonitora, en cuyo juicio y prudencia confiaba plenamente.

Sor Juliana Loret era en alto grado culta e instruída, como se echa de ver en la redacción de las conferencias de san Vi­cente, muchas de las cuales han sido escritas por ella, en cuyo trabajo se nota la más escrupulosa fidelidad, transcribiendo hasta los mismos giros y expresiones del santo Fundador.

Alma fervorosa, de extremada delicadeza de conciencia, su única y ardiente aspiración era: Amar o morir.

El 30 de octubre de 1647 fué encargada de formar a las jó­venes que se presentaban a la Comunidad. Hasta entonces, cuando se presentaba una nueva vocación, se la aplicaba direc­tamente a las obras, ordinariamente en el Hotel Dieu, confián­dola a una Hermana más antigua, para que la formase. Estas eran llamadas tías y las postulantes sobrinas; pero el sistema de tías y sobrinas no daba muy buenos resultados, por lo que se resolvió darles una formación uniforme en la práctica de la vida cristiana y en la adquisición del espíritu de su voca­ción, antes de mandarlas a las obras. Este fue el primer ensayo de lo que después ha venido a ser el Seminario de las Hijas de la Caridad. Este primer Seminario fue, pues, confiado al celo y fervor de Sor Juliana Loret.

La piadosa Marquesa de O había hecho una fundación de Hermanas en Chais, cerca de Pontoise; pero a su muerte esos dominios pasaron al Duque de Luynes, jansenista, afiliado a la escuela de Port-Royal. Al poco tiempo se cambió al cura pá­rroco, haciendo venir en su lugar uno de ideas jansenistas, Este hizo muchos cambios en el régimen de la parroquia y, entre otros, separó al confesor de las Hermanas, tomando él personalmente su dirección, la que desde luego se resentía de las ideas y tendencias jansenistas, apartando a las Hermanas de su verdadero espíritu, queriendo conducirlas por los estre­chos senderos de la espiritualidad jansenista, induciéndolas a hacer frecuentes confesiones generales, comunicaciones espiri­tuales en extremo minuciosas, intentando, por otra parte, su­plantar a los Superiores de la Comunidad. San Vicente, que comprendió el peligro que había en dejar que las ideas jansenistas se introdujeran en la Comunidad, juzgó que era necesa­rio enviar allí a una Hermana dotada de gran prudencia, para cerrar la puerta a este peligro; pero conservando todo el res­peto debido al párroco y mantener a las Hermanas en el espí­ritu de sencillez, propio de su vocación. Sor Juliana Loret fué la designada para esta delicada misión, trasladándose a Chais en el mes de abril de 1651. Allí permaneció durante dos años, manteniéndose en la mayor reserva y guardando a las Her­manas para que no cayeran en el lazo de las peligrosas doc­trinas jansenistas.

Sor Loret tuvo el consuelo de asistir en sus últimos mo­mentos a la bienaventurada Madre, a la que sobrevivió mu­chos años. Después de haber sido Asistenta de la Madre Sor Chetif, murió santa y piadosamente como había vivido en 1699, a los setenta y siete años de edad y cincuenta y cinco de voca­ción.

 

SOR ANA DE GÉNOVA

De noble linaje, Sor Ana de Génova, originaria de Bélgica, lo dejó todo y renunció a todo para darse a Dios y a los pobres en la Compañía de las Hijas de la Caridad. Una de las cosas que más la mortificaba era que se aludiese a su nobleza de ori­gen; era esto en verdad cosa que le causaba verdadera pena. Todo su afán era esconderse a los ojos del mundo, para ser la humilde violeta de Jesús.

 

Su amor a los pobres era tan grande que prefería estar con ellos a recibir las visitas de sus nobles parientes; pues en los pobres veía siempre a nuestro Señor Jesucristo, objeto único de sus amores. Para ella el título más noble, más hermoso y que­rido era el de poderse llamar sirvienta de los pobres, el que pre­fería a todos sus títulos de nobleza.

Obediente y sumisa, amante de su vocación, pidió en su última enfermedad la llevaran a la Casa madre, pues quería tener el consuelo de morir en el seno de la Comunidad.

Paciente en sus trabajos y enfermedades, lejos de quejarse, lo sufría todo con amable sonrisa. ¿Sufrís mucho Hermana? le preguntaron antes de morir. ¡Oh, dijo ella, lo que yo sufro no es nada comparado con lo que Jesús ha sufrido por mi!

Alma sencilla, inocente y pura, enteramente dedicada a la oración y a la caridad. En el corto tiempo, que vivió en la Co­munidad, edificó a todos con el suave perfume de sus virtudes.

 

SOR MARIA LULLEN

Aun antes de entrar en la Comunidad, Sor María Lullen, viendo el abandono en que se hallaban los enfermos y el des­orden que reinaba en el hospital de Mans, su país natal, se dedi­có a visitarlos y a asistirlos, logrando poner algún orden en aquel establecimiento. Ardientemente deseaba que el servicio del hospital de Mans se entregara a las Hijas de la Caridad; pero, en vista de que aquella fundación no pudo realizarse por la división que reinaba entre los administradores y, deseando consagrarse a Dios, dejó su familia, que era de las más acomo­dadas del país, y sé fue a París, ingresando en la Comunidad.

Las contrariedades, las penas y trabajos inherentes al servicio de los pobres eran su delicia, y, cuando en cierta ocasión le manifestó otra Hermana su extrañeza de verla impasible en medio de una gran contrariedad, contestó: Es preciso que yo me anonade, para que Jesús pueda vivir en mí.

Su obra predilecta era la de las niñitas, para cuya instruc­ción tenía gracia especial. Se ocupaba en ellas con tal espíritu de fe, que a veces les besaba los pies, diciendo que le parecía besar los pies del Niño Jesús.

A su temprana muerte, la B. Luisa de Marillac dijo de ella estas hermosas palabras: Sor María Lullen era toda de Dios, quien la había elegido para sí. Era un alma privilegiada.

Este elogio en la bienaventurada Madre, por lo común tan sobria en prodigar alabanzas, es de excepcional valor.

SOR MARGARITA BOSSU

He aquí otra Hija de la Caridad que no hizo más que pasar por la Comunidad y arrebatar en un momento la gloriosa coro­na de la inmortalidad. Ella también mereció el más cumplido elogio de labios de la B. Luisa de Marillac con estas palabras : Su afecto por su vocación era tan grande que, habiendo ven­cido las grandes dificultades que le oponían, sus padres, al llegar a la Comunidad, se sentía tan feliz, que no hubiera cambiado su suerte con nadie. No vivió más que un año en la Compañía; pero su fervor la hizo digna de recibir la recompensa, como los obreros que llegaron a la última hora y recibieron igual salario que los que habían trabajado todo el día.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *