Luisa de Marillac (15a) (Daydi)

Mitxel OlabuénagaLuisa de MarillacLeave a Comment

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Primeras flores del jardín de !a caridad

SOR. MARGARITA NASEAU. — SOR MARGARITA CHETIF. — SOR MATHURINA GUERIN.—SOR BÁRBARA ANGIBOUST.—SOR JUANA DALLEMAGNE. — SOR  JULIANA LORET. — SOR ANA DE GÉNOVA.

SOR MARÍA LULLEN. — SOR MARGARITA BOSSU. — SOR CECI­LIA  DELAITRE. — SOR MARTA DELTEUIL. — SOR BÁRBARA BAI I               — SOR ANDREA. — SOR  MARGARITA MOREAU. — UN RAMILLETE DE FLORES.

Así como, merced a los asiduos e inteligentes cuidados de un buen jardinero, las plantas bien cultivadas se cubren de hermo­sas y fragantes flores; así, gracias a los amorosos y solícitos cui­dados, no menos que a la sabia dirección de san Vicente de Paúl y de la B. Luisa de Marillac, se debe el que aquel primer plan ni el del Instituto de las Hijas de la Caridad se convirtiera muy pronto en delicioso jardín de cristianas virtudes, en donde brotaron desde el primer momento, con extraordinaria exuberancia, las más bellas flores de piedad, encanto del Rey de los edificación de la tierra.

Después de tres siglos no se ha desvanecido aun el suave aroma de estas modestas flores, ellas siguen exhalando sus agradables perfumes, y nosotros, reuniendo en este capítulo algunas de ellas, formaremos un hermoso ramillete, que aspira­remos con fruición para arraigar más y más en nuestros cora­zones el acendrado amor que profesamos a la Compañía de las Hijas de la Caridad.

 

SOR MARGARITA NASEAU

Al hablar en el curso de esta historia del origen de la Comu­nidad de las Hijas de la Caridad, hemos dicho algo acerca de esta joven, la primera que san Vicente de Paúl puso en manos de la B. Luisa de Marillac, para formarla en el servicio de los pobres y a la que el mismo Santo llama, en una de sus conferencias, la primera Hija de la Caridad.

Nació Sor Margarita Naseau en Soresnes, pueblo que se hallaba situado cerca de Nanterre, manifestando en todo tiempo sólida piedad y energía poco común para el bien.

Pobre pastorcilla, sentía en su inocente y puro corazón gran deseo de hacer el bien a sus semejantes, instruyéndolos en las prácticas de la vida cristiana. Para mejor realizar sus piado­sos proyectos, aprendió sola a leer, venciendo mil obstáculos. Al efecto, compró una cartilla y empezó a aprender las letras del alfabeto, preguntando al señor Cura o a su Vicario el nombre de las primeras letras. Después, siguiendo el mismo método, aprendió las otras; luego empezó a formar sílabas y palabras, empleando en este estudio todo el tiempo que la dejaban libre sus ocupaciones; y, cuando veía a alguna persona que le pare­cía instruida, se dirigía a ella y con gran candor y sencillez admi­rables, le preguntaba : Cómo se pronuncia esta palabra?

Así, con esta constancia, que revela su gran fuerza de vo­luntad, aprendió a leer y entonces se dedicó a enseñar a las niñas del pueblo y aun a mujeres ya grandes. Viendo que la ins­trucción que daba producía buenos resultados, llena de santo celo, empezó a recorrer los pueblos, ganando para esta obra otras dos o tres jóvenes que ella había instruido, poniendo a una en un pueblo, a otra en una aldea, y así fue propagando su obra, y todo esto sin contar con recursos humanos de ningún género, sólo confiando en la Providencia divina que, en algunas ocasio­nes, la protegió visiblemente.

Según parece, san Vicente de Paúl conoció a esta joven en una misión que dió en Villepreux, y, prendado de sus bellas disposiciones, la agregó a la Cofradía de la Caridad de aquella población. Cuando en 1630 se fundó en París la Cofradía de la parroquia de San Salvador, a cuya cabeza se hallaba la B. Luisa de Marillac, como la piadosa joven manifestase deseos de con­sagrar su vida al servicio de los pobres enfermos, san Vicente la llamó a París, entregándola a la bienaventurada Fundadora, a fin de que la formase para este caritativo empleo, viniendo a ser por este medio, como dice san Vicente de Paúl en su confe­rencia de 13 de febrero de 1646, la primera Hija de la Caridad.

Una vez en París, atrajo con su ejemplo a otras jóvenes que ella separó de las vanidades del mundo, haciéndoles em­prender una vida de abnegación y piedad bajo la dirección de san Vicente de Paúl y de la B. Luisa de Marillac.

Era tal su desprendimiento y generosidad que daba todo cuanto tenía, privándose muchas veces aun de lo necesario para darlo a los pobres. Gracias a su industriosa caridad, hizo seguir los estudios a algunos jóvenes pobres, pero piadosos, los que alimentados, sostenidos y animados por ella llegaron a ser muy buenos sacerdotes.

Grande era su humildad y completa su sumisión, pidiendo siempre consejo a sus Superiores para todo cuanto hacía. En virtud de su perfecta y ejemplar sumisión a las más pequeñas insinuaciones de sus Superiores, pasó en poco tiempo por tres parroquias distintas, con gran sentimiento de los pobres que dejaba.

Su paciencia en servir a éstos era inalterable; jamás se que­jaba ni murmuraba de nadie, y su modestia y amabilidad le ganaban los corazones.

Nada nos dará a conocer mejor su ardiente caridad, que el hecho que le ocasionó la muerte. Una pobre muchacha, atacada de la peste, se hallaba completamente abandonada; y, no te­niendo la buena Sor Margarita Naseau otra cama que darle, la puso en su propia cama. Contagiada por la terrible enfer­medad, se despidió con amable sonrisa de la Hermana que es­taba con ella, y, alegre y sumisa a la divina voluntad, se fue al hospital de San Luis, en donde murió mártir de la caridad a fines de febrero de 1633.

 

SOR MARGARITA CHETIF

Nació en París el 8 de septiembre de 1611 y fue de las pri­meras jóvenes que, llevada del amor de Jesús y de los pobres, entró en la Comunidad de las Hijas de la Caridad el 11 de marzo de 1649, cuando este piadoso Instituto apenas comen­zaba. Formada en la piedad por san Vicente de Paúl y en el espíritu de su vocación por la B. Luisa de Marillac, se penetró tan profundamente de él, que siempre y en todas partes fue motivo de edificación por sus relevantes virtudes. Su tacto y prudencia la hacían triunfar de todas las dificultades, mereciendo la confianza de los santos Fundadores, quienes la encomendaban las misiones más difíciles y delicadas.

En el mes de agosto de 1655, Sor Chetif, con otras dos Her­manas, fue designada para ir a Polonia, donde ya se hallaban tres Hijas de la Caridad, llevadas allí por la reina Luisa María de Gonzaga. Había ya salido de París con sus Compañeras y se hallaba en Rouen para embarcarse, cuando recibió orden de regresar a la Casa madre: pues se supo que en Polonia había estallado la guerra.

En el mes de abril de 1656 se pensó mandarla como Supe­riora del hospital de Angers, proyecto que tampoco llegó a rea­lizarse; pues la parroquia, en donde estaba prestando sus servi­cios, exigía una persona de sus condiciones para llevar las obras a buen término. Sin embargo, en el mes de septiembre de aquel mismo año, los Superiores se vieron obligados a sacarla de allí para enviarla a Arrás con otra Hermana, a fin de ocu­parse en el servicio de los pobres de aquella ciudad, que se hallaban en el más lamentable abandono.

Los principios (le aquella obra fueron muy difíciles; las pri­meras semanas todo fue fatigas y privaciones, no teniendo ni siquiera casa donde vivir, viéndose reducidas a recibir la hospitalidad que de caridad les ofrecían algunas buenas personas. Con todo, rebosaban alegría en medio de su extremada pobreza. al ver que de todas partes acudían a ellas los pobres enfermos para recibir los caritativos cuidados de las buenas Hermanas, a lo que no estaban acostumbrados.

No obstante sor Sor Chetif persona muy delicada y la gran repugnancia que le causaba la vista de la suciedad y podredumbre de aquellos pobres, se vencía a sí misma y los limpiaba y curaba con la más ardiente caridad. «Yo la he visto, escribía su compañera, más de una vez vomitar, curando a una pobre muchacha, cuya pierna estaba tan podrida que hasta había que sacarle los gusanos que la corroían y, a pesar de lo que sufría su naturaleza en este penoso ministerio, siempre quiso desempe­ñarlo personalmente.

En medio de las grandes dificultades que se presentaron en esta fundación, llegó un momento en que Sor Chetif dudó de su vocación; pero san Vicente la tranquilizó por medio de una hermosa carta que le escribió el 18 de febrero de 1657, en la que le decía que aquello no era más que tentación del maligno espíritu, Quien, viendo todo el bien que hacía, quería arran­carla de los brazos de Jesús.

Ya hemos visto en el curso de esta historia que la B. Luisa de Marillac la había designado para sucederla en el cargo de Superiora General de la Compañía, cargo que desempeñó du­rante seis años, dándose sin reserva al bien y prosperidad de todas las obras, hasta el extremo de agotar casi por completo sus fuerzas Esto no obstante, al cumplir su segundo trienio de Superiora General, no dudó en aceptar la dirección del hospi­tal de Angers. Sin poder casi sostenerse, debilitada en extremo por sus vómitos de sangre, Sor Chetif era modelo (le actividad y de regularidad, hasta llegar a querer velar por turno, como todas las demás, para aliviar así el trabajo de las otras Her­manas.

Llamada a la Casa madre, siguió siendo allí, los últimos años de su vida, lo que había sido siempre, perfecta y edifi­cante Hija de la Caridad; pues, no teniendo más que un soplo de vida, se la veía bajar todas las mañanas a la Capilla, no que­riendo nunca dejar de asistir a la santa Misa y recibir la sa­grada comunión.

Nunca se la oyó hablar mal de nadie, ni aun cuando las faltas del prójimo fuesen públicas, no permitiendo que en su presencia se faltase a la caridad. Su amor a la pobreza era tan grande, que siendo Superiora General se la oyó decir que pre­feriría ver hundirse la casa, antes que verla rica. Su espíritu de fe y de religión hacían que mirase con tanto respeto a los ministros del altar, que estando encargada de la sacristía, su compañera de oficio la vió varias veces besar la tierra por donde pasaban los sacerdotes al volver de celebrar la santa Misa.

Se refiere de Sor Chetif un hecho que tiene algo de prodi­gioso, que sucedió como cuatro años antes de su muerte. Es el caso, que en 1690, habiéndose pegado fuego durante la noche en la lavandería de la Casa madre, tomó el fuego tal incremento que amenazaba destruir toda la casa. La buena Sor Chetif, des­pués de haber orado unos instantes en la capilla con algunas otras Hermanas, se dirigió al lugar del incendio, quitóse el esca­pulario que llevaba y se lo dio a uno de los Padres Recoletos que habían acudido a prestar auxilio a las Hermanas, rogán­dole lo arrojara en medio de las llamas en nombre de la Santí­sima Trinidad y de la Virgen Inmaculada.

Inmediatamente empezó el fuego a apaciguarse sin comu­nicarse al resto del edificio. Cuando el fuego estuvo completa­mente apagado, se encontró el escapulario intacto, sin quema­dura alguna, volviéndoselo a poner la piadosa Hermana con grande alegría y gratitud, bajando con él al sepulcro.

Allí, en su querida Casa madre, terminó sus días llena de años y de méritos, yendo a recibir la recompensa eterna prome­tida por Nuestro Señor a las almas amantes de los pobres, el día 9 de enero de 1694, a los ochenta y tres años de edad y cua­renta y cinco de vocación.

 

SOR MATHURINA GUERIN

Sor Mathurina Guerin debe contarse entre las figuras más sobresalientes de la Compañía de las Hijas de la Caridad. Nació en Bretaña en el pueblo de Moncontours el 16 de mayo de 1631. Dios la favoreció desde su infancia con excelentes dones de naturaleza y de gracia. A su belleza poco común, unía clara, viva y despejada inteligencia, juicio sólido, bien formado, debido a la esmerada educación que había recibido, dando gran realce a todas estas bellas cualidades, su natural candoroso y su encantadora modestia, que la hacían dueña de todos los cora­zones.

Las vanidades de la tierra y las diversiones del mundo no tenían para se corazón atractivo alguno, dándose desde su más tierna edad a las prácticas de la piedad cristiana, aspirando a la dicha de dejar el mundo, consagrándose a Dios en la vida reli­giosa; deseos que encontraron fuerte oposición de parte de sus padres, cuyo amor a su querida hija les hacía insoportable el pensamiento de perderla, empleando, en consecuencia, todos los medios imaginables para hacer que desistiera de sus piadosos designios.

Cuanto mayores eran los obstáculos, más firme era su cons­tancia; le cual determinó a sus padres a no contrariar su voca­ción, dándole, al fin, permiso para entrar en el Convento de las Carmelitas de Rennes.

No era allí donde Dios la llamaba: así es que, cuando todo estaba dispuesto para tomar el hábito y empezar su noviciado, una grave enfermedad la hizo desistir de su empeño.

Recobrada por completo la salud, creyó su padre que lo me­jor sería casarla, invitándola a que aceptase alguno de los ven­tajosos partidos que se le presentaban; pero la joven Mathurina que, había ya consagrado su corazón a Dios, rogó a su padre no la hiciera ninguna instancia sobre este punto, ale­gando ser aun demasiado joven para pensar en el matrimonio; mas su padre, no atendiendo a sus razones, siguió adelante sus proyectos, llegando hasta a prometerla a un joven y empezando a disponer desde luego las cosas para la realización de su pro­yectado enlace.

Consternada la joven Mathurina al ver la invencible resolu­ción de su padre y no sabiendo qué partido tomar, se resolvió a cortar por lo sano, y, llamando a su padre, le dijo resuelta­mente que jamás daría su consentimiento; pues hacía ya mucho tiempo que tenía hecho voto a Dios de perpetua virginidad y que por nada del mundo faltaría a su sagrado compromiso.

El padre, que era hombre de fe, al oir estas palabras, dio un gran suspiro, e, inclinándose ante la voluntad de su hija, le prometió que no la molestaría más en adelante sobre este punto.

En cuanto a la realización de sus aspiraciones de entrar en una Comunidad religiosa, quedaban siempre en pie los mismos insuperables obstáculos. Dios vino, sin embargo, en su auxilio, por medio de una misión que los Hijos de san Vicente de Paúl dieron en Langourla, lugar en donde por entonces habitaba la familia Guerin.

Asistió la joven Mathurina a los ejercicios de la misión con su acostumbrada y ejemplar piedad; y, después de confesarse con uno de los misioneros, el señor Tibaut, sacerdote de mucha pie­dad y experiencia, le abrió su corazón y le expuso sus deseos y aspiraciones, haciéndole conocer los obstáculos que tenía para realizarlos.

El buen misionero examinó con mucho cuidado aquella alma que Dios le conducía y reconociendo en ella las señales de una verdadera vocación, le propuso la Compañía de las Hijas de la Caridad, dándosela a conocer, diciéndola que en esta Comuni­dad tendría por modelo a Jesucristo, al que habría que imitar en todo, abrazando la pobreza, la humildad y la abnegación, con­sagrando su vida al servicio de los pobres. Recomendóle pidiese mucho a Dios le hiciera conocer cuál era su voluntad.

Hízolo así la piadosa joven y, reconociendo que Dios la llamaba a este santo estado, se resolvió a abrazarlo. El mismo misionero escribió a los Superiores de París, los que contesta­ron que la joven Mathurina Guerin era admitida en la Comuni­dad, fijándose el día en que, con algunas otras jóvenes que aspi­raban a lo mismo, debía emprender el viaje para París.

Momentos de verdadera angustia fueron estos para nuestra joven. Se sentía fuertemente llamada por Dios hacia la Com­pañía de las Hijas de la Caridad; por otra parte, no quería faltar a la obediencia y respeto debido a sus padres; mas apenas expuso su resolución, cuando su padre salió de la casa diciendo que no quería saber nada de aquel asunto.

En esta perplejidad, acudió la piadosa joven a la Santísima Virgen, auxilio de los cristianos, a la que profesaba tierna y filial devoción, yendo a una capilla que le estaba dedicada, para implorar su socorro. La buena Madre del cielo escuchó sus ruegos y le inspiró que esperara a su padre que había de pasar por la capilla, al regresar a su casa, y que allí mismo le hablase.

Apenas vio a su padre, se arrojó a sus pies y le rogó que no se opusiera por más tiempo a la voluntad de Dios y a su pro­pia felicidad; y tales fueron sus instancias, que, al fin, éste, profundamente emocionado y con lágrimas en los ojos, le dió el permiso que tanto deseaba. Inmediatamente hizo sus prepa­rativos, abrazó a sus padres y hermanos y se puso en camino de Rennes, para tomar allí la diligencia que la debía conducir a París. El buen padre quiso acompañarla, siquiera hasta Rennes y fue bastante dueño de sí mismo para acomodarla en la diligencia ; pero apenas ésta arrancó, cuando todo el cariño pa­ternal se sublevó en él, el sentimiento y el dolor lo enloquecie­ron y, sin saber lo que hacía, echó a correr tras el coche llo­rando y gritando : ¡hija mía! ¡hija mía! hasta que la diligencia se perdió de vista y, entrando en sí mismo, aquel pobre padre regresó a su casa triste y pesaroso, no encontrando ya en ella a aquella hija que era su encanto, el consuelo y alegría de su vida.

Sor Mathurina Guerin entró en el Seminario de la Casa madre de París el 12 de septiembre de 1648, en donde se aplicó con especial cuidado a adquirir el espíritu de la Comunidad, tornando el santo hábito el 24 de diciembre del mismo año.

Al salir del Seminario, fue enviada a la parroquia de San Juan, en Greve; pero, habiendo caído allí enferma, fue de nuevo llamada a la Casa madre. Cuando se hubo restablecido por completo, fue enviada a Liancourt, en donde hacía poco que las Hermanas habían comenzado un pequeño hospital.

Las virtudes que más brillaban en ella eran su piedad y hu­mildad, su exactitud, su afable dulzura y su angelical modestia. Hablaba muy poco, pero siempre muy a propósito.

Sucedió, hallándose en Liancourt, que las Hermanas se vie­ron atrozmente calumniadas y su honor corría de boca en boca, sin que ellas se dieran cuenta de lo que pasaba ; pero el día de San José fueron las Hermanas a confesarse como de ordinario, y el confesor’, prevenido ya contra ellas por el falso crimen que se les imputaba, las recibió muy mal y sin decirles claramente de lo que se trataba, les dijo: «Retiráos, sois unas embusteras ; venís aquí a acusaros de faltas ligeras y calláis los enormes pecados que cometéis; buscad otro confesor, yo no puedo daros la absolución.»

Las tres (Hermanas se retiraron humildemente y permane­cieron en esta situación durante cuatro meses, privadas de los Sacramentos, no cumpliendo ni siquiera con el precepto pas­cual.

Sor Mathurina, que no comprendía la razón de lo que estaba pasando ; viendo, por otra parte, que su superiora no hacía nada para salir de aquel estado, escribió a san Vicente, informándole de todo. El Santo, con su prudencia habitual, no quiso que las Hermanas abandonasen el lugar hasta que Dios disipase aquella calumnia, exhortándolas entre tanto a sacar buen fruto de ella.

Por su parte, la B. Luisa de Marillac fue a hablar a la Du­quesa de Liancourt, que se encontraba en París, rogándole que procurara remediar este mal.

Apenas llegada la Duquesa a sus tierras de Liancourt, pro­curó informarse con el párroco de la razón por la que había tenido tanto tiempo privadas de los Sacramentos a las tres Hijas de la Caridad. El señor cura le dijo que las Hermanas tenían muy mala reputación en la población; pues dos jóvenes del lugar, que nombró, habían asegurado ante él y todos los sacerdotes de la parroquia reunidos, que habían visto entrar en casa de las Hermanas a dos hombres a altas horas de la noche, y que lo mismo hacían durante el oficio parroquial y las vísperas de los domingos y días festivos, dando tantas particu­laridades, que parecía imposible que no fuera cierto.

La duquesa de Liancourt llamó a Sor Mathurina y le mani­festó claramente el crimen que se les imputaba y que las Her­manas ignoraban por completo. Sin inmutarse en lo más mí­nimo, contestó con tal paciencia y dulzura, que no pudieron menos que edificar’ a la señora Duquesa: «Yo pongo toda mi confianza en Dios; de El sólo espero mi justificación; este asunto es más suyo que mío; mi causa es su causa.»

La señora de Liancourt comprendió en seguida que se tra­taba de una atroz calumnia; y el ejemplo de Daniel, confun­diendo a les falsos acusadores de la casta Susana, cruzó por su mente como una inspiración del cielo. Hizo comparecer por separado a los dos jóvenes, procurando que el párroco pudiese oirlo todo desde una pieza cercana. Aquellos jóvenes empezaron por cortarse, por decir incoherencias y caer en tales contradiccio­nes, que, al fin, desconcertados, se vieron obligados a confesar ingenuamente sus mentiras y maliciosas calumnias ; oyendo lo cual el pobre párroco, quedó confuso por haber dado crédito a la calumnia y haber tratado con tanto rigor e injusticia a aque­llas buenas Hermanas.

Llena de indignación la Duquesa de Liancourt quiso que se castigara públicamente a aquellos miserables calumniadores; pero Sor Mathurina intercedió por ellos pidiendo su gracia de rodillas, no queriendo ni siquiera conocer el nombre de aquellos que tanto daño le habían causado.

San Vicente de Paúl quedó profundamente edificado de la conducta de Sor Mathurina, la que fue llamada a la Casa madre para desempeñar el cargo de secretaria y encargada de la for­mación de las jóvenes Hermanitas del Seminario.

Según el testimonio de las Hermanas de su tiempo, tenía don especial para comprender y reproducir el pensamiento de los Fundadores. Como secretaria de la B. Luisa de Marillac, se formó no sólo en su espíritu, sino hasta en su estilo. Ella fue la que escribió algunas de las conferencias de san Vicente, según las notas que la bienaventurada Fundadora y ella tomaban jun­tamente.

Habiendo surgido algunas dificultades en el hospital de Angers, la B. Luisa de Marillac, que ante todo miraba el bien gene­ral de la Compañía, hizo el sacrificio de desprenderse de Sor Mathurina, que tan útil le era, mandándola a encargarse de aquel hospital algunos meses antes de su muerte. Los adminis­tradores del hospital de Angers tuvieron ocasión de admirar su entereza, a la vez que su inteligencia y su gran corazón.

En el mes de mayo de 1660, dos meses después de la muerte de la bienaventurada Madre, san Vicente envió a Sor Mathurina a Bretaña, para regentar el nuevo hospital de Belle-Isle, donde trabajó sin descanso y donde brillaron sus virtudes, a tal punto, que el representante del rey en Belle-Isle, el señor de Chevigny, edificado de tan hermosos ejemplos de virtud y de abnegación, no sólo se convirtió de veras a Dios, emprendiendo una vida prácticamente cristiana, sino que renunció al mundo, in­gresando en la Comunidad de los Padres del Oratorio.

En 1667 fue elegida Superiora General de la Compañía de las Hijas de la Caridad, cargo que desempeñó en tres períodos distintos de seis años cada uno y uno de tres años, que fue el último, habiendo desempeñado veintiún años el importante cargo de Superiora General.

Durante los generalatos de los señores Almerás, y Jolly, Sor Mathurina Guerin organizó completamente la Comunidad, con tanta inteligencia y tan admirable tacto, que vino a completar la obra de san Vicente de Paúl y de la B., Luisa de Marillac.

En 1685, siendo Superiora General, san Vicente obró en su favor un milagro, que es el tercero de los cuatro aprobados por la Santa Sede, para la beatificación del santo Fundador.

Hacía tres años que venía sufriendo de una horrible úlcera en una pierna, úlcera que los médicos llamaban phagedénica, porque corroe hasta los huesos. Viendo Sor Mathurina los mila­gros que se realizaban en el sepulcro del Siervo de Dios, se animó a pedir a su buen Padre hiciera por su hija uno de los prodigios que hacía en favor de toda clase de personas. Comenzó, al efecto, una novena, yendo todos los días al sepulcro de su ve­nerado Padre. El último día de la novena, su pierna se halló de repente completamente sana, como si jamás hubiera tenido mal alguno.

El último día de su vida, en el año 1704, no obstante sentirse muy mal, quiso recibir la santa comunión en la capilla con la Comunidad y, al terminar su acción de gracias, aquella bella alma voló al cielo a recibir el premio de sus trabajos y de sus virtudes.

 

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