Luisa de Marillac (13) (Daydi)

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Ultimes días y muerte de la B. Luisa de Marillac

ACRECENTAMIENTO EXTRAORDINARIO DE LA COMUNIDAD. – EN­FERMEDADES DE LA B. LUISA DE MARILLAC.- DESASIMIENTO DE LA VIDA. – ELECCIÓN DE NUEVAS OFICIALAS. – PRESENTI­MIENTO DE SU FIN. – ULTIMA ENFERMEDAD. – EL TESTAMENTO ESPIRITUAL. – SU SANTA MUERTE. – SU SEPULTURA. – CONFE­RENCIA NECROLÓGICA. – TEMORES DE LAS HERMANAS SOBRE LA FUTURA SUPERIORA. – LA NUEVA SUPERIORA GENERAL. – SORPRESA DE SOR MARGARITA CHETIF.       MUERTE DE SAN VICENTE DE PAÚL. – LOS RESTOS MORTALES DE LA B. MADRE.

Desde el momento en que la Compañía de las Hijas de la Caridad fue pública y legalmente reconocida, adquirió extra­ordinario desarrollo. Sus obras se multiplicaban por todas partes con general aceptación. La visita de los pobres a domicilio descongestionó el Hotel Dieu, en donde se produjo una baja considerable en los enfermos, con lo que fue posible aten­derlos mejor. En la inclusa, los niños expósitos eran debida­mente cuidados y rodeados de cariño maternal, que suavizaba su inocente desgracia; los hospitales, las clases gratuitas para niñas del pueblo, los pobres encarcelados, los infelices locos, todos encontraban en la nueva Comunidad de las Hijas de la Caridad el remedio posible a sus necesidades.

Las Hermanas tenían a su cargo innumerables estableci­mientos de beneficencia en París, como el asilo del Nombre de Jesús, el hospital general de la Salpétriere, la nueva casa de Expósitos, el manicomio de las Pequeñas Estancias, el servicio de los galeotes, las escuelas y caridades parroquiales de San Salvador, San Nicolás de Chardonet, San Benito, San Pablo, San Sulpicio, San Lorenzo, San Germán l’Auxerrois, San Es­teban, San Jaime de Haut Pas, San Lupo, San Eustaquio, San Juan, San Jaime de la Carnicería, San Gervasio y San Severino.

París era ya pequeño para su celo y caridad, la que, des­bordándose de la capital, se manifestaba con espléndida exube­rancia en toda la Francia por medio de las numerosas casas de las Hijas de la Caridad, San Germán de Laye, San Fargeau, Sedán, Nanteuil, Fontainebleau, Fontenaiy, Montnledy, La Fére, Issy, Rethel, San Dionisio, Brienne, Nantes, Calais, Metz, Angers, Chars, Montreuil, Ceraueux, Chantilly, Crespieres, Maule, Liancourt, Valpuisean, Ruel Richelieu, Etampes, Hen-nebont, Chálons, Varize, Santa María del Monte, Bernay, Arras, Chateaudun, San Flour, Ussel, Alisia Santa Reina, Cahors, Vaux, Narbona. Hasta en Polonia, a donde las Hijas de la Caridad habían sido llamadas por la reina María Luisa de Gonzaga.

Contaba la Comunidad unos sesenta y siete establecimientos y el número de las Hijas de la Caridad ascendía a unas dos­cientas cuarenta.

La obra, pues, de san Vicente de Paúl y de la B. Luisa de Marillac estaba, no sólo definitivamente establecida, sino que además se manifestaba llena de vigor y en plena prospe­ridad, aumentándose de día en día las vocaciones y las funda­ciones de caridad. Los dos fundadores, llegados a edad avan­zada, habían llenado su misión sobre la tierra; ambos debían recibir la recompensa inmortal en el mismo año, con sólo seis meses y medio de diferencia.

Nunca había sido muy buena la salud de la bienaventurada Fundadora. De constitución débil y delicada, parecía imposible hallara en sí misma fuerzas y energía para aplicarse con infa­tigable ardor, como lo hizo, a tantas y tan penosas obras corno las que realizó durante su vida. Sujeta a continuos achaques y enfermedades, era la admiración del mismo san Vicente de Paúl, quien, como hemos visto, decía de ella que «parecía salir del sepulcro: tan débil era su cuerpo y tan pálido su rostro».

En 1656, un año después de constituida canónicamente la Compañía de las Hijas de la Caridad, cayó tan gravemente enferma, que todos, y ella la primera, creyeron que había llegado al término de su existencia. Sin embargo, se repuso y vivió aun cuatro años más, completamente resignada a los amorosos de­signios de Dios, en cuyas manos están la vida y la muerte de las criaturas.

He aquí en qué términos anunció a sus Hijas el restable­cimiento de su salud: «No ha sido la voluntad de Dios sacarme de este mundo, aunque hace mucho tiempo que lo merezco. Preciso es someternos con entera sumisión a los designios de su Providencia. En esta disposición debemos estar siempre, ya sea con motivo de la muerte de nuestros parientes, conocidos y amigos, ya sea por la nuestra o por cualquier acon­tecimiento adverso ; de modo que la divina voluntad no pueda reconvenimos por no habernos sujetado a sus disposiciones y mandatos».

El 22 de mayo de 1657, martes de Pentecostés, tuvo lugar una asamblea de las Hijas de la Caridad, presidida por el mismo san Vicente de Paúl, para la renovación del Consejo. El Santo les habló de la importancia de aquel acto y de las cualidades que debían reunir las oficialas, nombre con que designaba el Santo a las Hermanas que formaban el Consejo por razón de los oficios que desempeñaban. Emitieron su voto en esta ocasión todas las Hermanas presentes que tenían cuatro años de voca­ción. Este punto de disciplina se modificó después en las Cons­tituciones, disponiendo que para el voto electivo debían las Her­manas tener ocho años cumplidos de vocación. Resultaron ele­gidas en aquella asamblea: Sor Juana La Croix, Asistenta; Sor Genoveva Poisson, Tesorera, y Sor Magdalena Menage, Ecó­noma.

Al principio, estos cargos eran sólo para un año; pero la misma bienaventurada Madre hizo notar los inconvenientes que había en desempeñar estas altas funciones por un período tan corto, y desde 1658 se nombraron ya las oficialas por tres años.

El día 31 de diciembre de 1658, presintiendo ya su cercana muerte, dijo a san Vicente: «He aquí las últimas horas de este año. Yo me arrojo a vuestros pies para suplicar’ a vuestra ca­ridad me alcance misericordia, no esperando ya más que el momento en que Dios me llame, para darle cuenta. Es sobre todo para este momento supremo que imploro vuestra caridad, a causa de mis infidelidades e inmortificaciones continuas, que con tanta frecuencia me hacen ofender a Dios».

Ya en el año 1659 su agotamiento de fuerzas era tal, que se vio obligada a servirse de Sor Mathurina Guerin, como secre­taria.

El día 4 de febrero de 166o enfermó gravemente la bienaven­turada Fundadora, haciendo la enfermedad tan rápidos pro­gresos, que el día 12 se le administraron los Santos Sacramen­tos, los que recibió con gran paz y tranquilidad. Bendijo a su hijo Miguel y a su familia, que se hallaban presentes en este acto, recomendándoles llevaran una vida de buenos cristianos: bendijo también a sus afligidas y muy amadas Hijas de la Caridad, encargándoles mucho gran amor a su vocación y fide­lidad en el servicio de los pobres.

Con algunas alternativas siguió la enfermedad su curso durante algunas semanas, notándose positivo alivio, que hizo concebir las más halagüeñas esperanzas; pero el 9 de marzo se agravaron los síntomas de la enfermedad, recibiendo de nuevo el día 13 la santa comunión con tanta piedad, con tan santas disposiciones, que llenó de edificación a todos los cir­cunstantes. Después de recibir a Nuestro Señor, le rogó el pá­rroco que bendijera de nuevo a la Comunidad, lo que hizo en estos términos: «Muy amadas Hermanas: Ruego instantemente a Dios os conceda su bendición y le suplico os otorgue la gracia de que perseveréis en vuestra vocación para servirle en el modo que El quiere de vosotras. Tened gran cuidado del servicio de los pobres y vivid en la más perfecta unión y cordialidad, amándoos las unas a las otras para honrar así la unión y la vida de Nuestro Señor. Pedid a la Santísima Virgen que ella sea vuestra madre.»

Este vino a ser como el testamento espiritual que la buena Madre dejaba a sus Hijas.

Visitáronla durante esta su última enfermedad muchas de las Damas de la Caridad que habían sido sus cooperadoras en sus buenas obras, edificando a todas por su paciencia y confor­midad, no obstante tener la pena de verse privada del consuelo de ser asistida por san Vicente de Paúl en sus últimos momen­tos por hallarse él también enfermo sin poderse tener en pie.

El día 15 de marzo, cerca de las once de la mañana, hizo avisar a las Hermanas, como se lo había prometido, que vinie­ran; pues se acercaba su último momento. Arrodilláronse éstas alrededor de su cama y juntamente con su amiga y admiradora la Duquesa de Ventadour, que había pasado la noche cabe la piadosa enferma, rezaron las preces de los agonizantes. El sa­cerdote de la Misión, que san Vicente de Paúl le había mandado para asistirla en aquel trance, le pidió bendijera de nuevo a sus Hijas, lo que hizo, recibiendo ella a su vez la bendición apostólica que para ella y toda su Comunidad le había concedido el Papa Inocencio X, en 1647, para el artículo de la muerte, falle­ciendo tranquilamente poco después el 15 de marzo de 1660, lunes de la semana de Pasión, a las doce del día, contando se­senta y ocho años, siete meses y tres días de edad.

Fue sepultada el miércoles inmediato en la parroquia de San Lorenzo, donde estaban sepultadas las Hijas de la Cari­dad, poniéndose junto a su sepultura, por disposición especial de ella misma, una simple cruz con estas palabras : Spes unica, que debía ser el epitafio común de la sepultura de la Madre y de las Hijas.

Al día siguiente de la muerte de la B. Madre, san Vicente de Paúl anunció la triste nueva a todas las casas de los Misio­neros y de las Hijas de la Caridad. En una de estas cartas decía: «Encomiendo su alma a vuestras oraciones, aunque tal vez no necesite este socorro ; pues tenemos poderosos motivos para creer que se halla actualmente gozando de la gloria pro­metida a los que sirven a Dios y a los pobres, como ella lo ha hecho.»

Celebráronse funerales en sufragio de su alma en la iglesia de San Lázaro pocos días después de su sepultura, por dispo­sición del mismo san Vicente de Paúl.

Durante este tiempo, san Vicente se ocupaba de modo par­ticular de las Hijas de la Caridad, que habían quedado huér­fanas de su buena Madre. En lugar del difunto señor Portail, nombré como Director de la Comunidad al señor de Horgny. La Asistenta Sor Juana Gressier dirigía la Casa madre y atendía a las necesidades de las otras casas.

Los días 3 y 24 de julio del mismo año, siguiendo san Vi­cente de Paúl más y más enfermo, hallándose incapacitado para andar, llamó a san Lázaro a las Hermanas para tener la confe­rencia necrológica, de uso en la Comunidad, sobre las virtudes de la inolvidable difunta.

Acostumbraba san Vicente de Paúl dar sus conferencias en forma dialogada, a manera de una conversación familiar, ha­ciendo hablar a las Hermanas, añadiendo él a lo que iban di­ciendo, algunas piadosas reflexiones.

Esta conferencia, por tratarse de las grandes virtudes que habían observado en su querida Madre y Fundadora, fue de lo más tierno que puede imaginarse. La emoción fue tan grande entre aquellas buenas Hijas de la Caridad, testigos de tantos y tan hermosos ejemplos de virtud, que algunas de ellas no podían hablar, embargadas por los sollozos y las lágrimas, lle­gando a conmover profundamente al mismo san Vicente, quien, no pudiendo contener las lágrimas, lloró largo rato en silencio.

Después de haber hablado varias Hermanas de las admira­bles virtudes de la bienaventurada Madre y haber san Vicente añadido muy sólidas y prácticas reflexiones a todo lo que se iba diciendo, animando a las Hijas de la Caridad a seguir las huellas de su Madre, terminó dándoles la bendición en esta forma: «Ruego a Nuestro Señor, aunque indigno y miserable pecador, que os dé su santa bendición por los méritos de la que dio a sus apóstoles al separarse de ellos y le suplico que os desprenda de todas las cosas de la tierra y os aficione a todas las del cielo. Benedictio Dei.»

Al fin de esta conferencia, san Vicente de Paúl abordó la cuestión del nombramiento de la nueva Superiora General

«Será necesario que procedamos pronto a este asunto, ¿de dónde la tomaremos? de entre vosotras mismas, mis muy amadas Her­manas; es necesario rogar mucho a Dios».

Estas palabras las dijo san Vicente con el fin de tranquilizar a las Hermanas; pues, en efecto, temían éstas que para reem­plazar a la B. Luisa de Marillac, se les diera como Superiora otra Dama de la Caridad. Un día, refiere Sor Margarita Guerin, una Hermana dijo a la B. Madre que no quería tener después de ella una superiora que no fuera de la Comunidad, como las Hijas de la Cruz y otras, que tienen como superioras a damas seculares y que, si después de su muerte intentaban tal cosa, ella no lo podría soportar. La B. Luisa de Marillac le contestó que había que bendecir a Dios de que tuviese estas disposiciones y que ella misma había siempre deseado que la superiora fuese una Hermana.

San Vicente de Paúl, que no ignoraba estos temores, las tranquilizó diciéndoles que no se inquietasen y que no hablasen entre ellas de este asunto, sino que lo encomendasen a Dios, terminando con estas palabras: «No queremos superiora ni oficialas de la mano de los hombres, sino de vuestras manos, Dios mío! Ya tendremos, Hermanas, otra conferencia sobre esto.»

El 27 de agosto del mismo año, un mes justo antes de la muerte de san Vicente, éste reunió de nuevo a las Hijas de la Caridad para proceder al nombramiento de la Superiora Gene­ral, que debía reemplazar a la B. Luisa de Marillac. Esta vez no se procedió tampoco por elección, sino por nombramiento directo de san Vicente de Paúl. He aquí cómo se realizó este acto.

Abrió el Santo la sesión hablando de la importancia de los cargos: «Todo el bien de la Compañía, dijo, como en todas las otras Comunidades, depende de las oficialas. Si en todas las Congregaciones, tanto de hombres como de mujeres, se hace mucho bien, cuando los que tienen cargos cumplen con su deber; al contrario, cuando éstos dejan o descuidan su obligación o quieren gobernar, no como se debe, sino a su manera, todo va en desorden.

En cuanto a la Superiora, he aquí lo que sucedió en una enfermedad grave, no la última, de la señora Legrás. Yo le dije, ¿señora, no habéis puesto los ojos en alguna de vuestras Hijas para reemplazaros? Ella me contestó, Señor, como vos me escogisteis por la divina Providencia, me parece que, por la primera vez es conveniente que no sea elegida a pluralidad de votos, sino que vos mismo la designéis sólo por esta vez. A mí me parece que Sor Margarita Chetif sería muy a propósito para este cargo; es persona que en todas partes se ha manifes­tado juiciosa y ha salido bien en sus empresas; en Arrás, en donde se encuentra ahora, ha hecho mucho bien y se ha mani­festado muy animosa entre los soldados. Se necesita, en efecto, una buena cabeza y quedamos en esto. En cuanto a mí, yo soy del mismo parecer. Así, pues, Sor Margarita Chetif será la Superiora. No faltan otras muy a propósito para este cargo; pero yo me atengo a la opinión de la señora Legrás y lo hago sólo por esta vez.

En cuanto a las oficialas he ahí seis, dos para cada oficio, Asistenta, Tesorera y Ecónoma, de las Que vosotras elegiréis una. No soy yo quien las ha designado, son las Hermanas que han sido Asistentas que nos las han señalado. Se han puesto dos, para imitar a los apóstoles en la elección Que hicieron de otro apóstol para el lugar que había quedado vacante. Vosotras veréis en la presencia de Dios, entre las que se os proponen, la que os parezca más conveniente para el oficio a que se las des­tina. Es preciso tener cuidado en no seguir, en esta elección, vuestra inclinación natural, sino al contrario, considerarlo todo en Dios.

Sor Margarita Chetif, una vez nombrada, fue llamada de Arrás, en donde se encontraba, sin saber nada de lo que había pasado en París. Oigámosla a ella misma, escribiendo a Sor Mathurina Guerin. «Dejo a vuestra consideración, querida Her­mana, la aflicción en que yo me encuentro con esta sorpresa. En lo que yo menos pensaba era en recibir tal empleo, cuando me llamaron de Arrás. Todo estaba ya hecho y yo no pensaba en ello; todo el mundo, de dentro y de fuera, lo sabía, y yo lo ignoraba, hasta el día de la Exaltación de la Santa Cruz, que me llevaron con otras Hermanas a ver a nuestro muy Honora­ble Padre, y entonces me impuso esta pesada carga, diciéndome que tal era la voluntad de Dios».

Este fue el último acto oficial de san Vicente de Paúl, con relación a la Compañía de las Hijas de la Caridad. Sus achaques se multiplicaron, agravose su enfermedad y el lunes, 27 de sep­tiembre, después de corta agonía, entregó su hermosa alma al Señor, falleciendo a las cuatro de la mañana, a los setenta y nueve años, cinco meses y tres días de su edad.

Causará no poca extrañeza que nos apartemos en este punto del común sentir de todos los biógrafos de san Vicente, quienes, siguiendo a Abelly, fijan su muerte a los ochenta y cuatro años cumplidos de su edad. Respetable es, por cierto, la opinión de Abelly y demás autores que han escrito acerca de esta materia; pero mucho más respetable, sin disputa, debe ser para todos la afirmación del mismo san Vicente.

En efecto, existen y se conservan a lo menos ocho cartas y otros documentos en los que el Santo fija la cuestión de su edad de modo tan claro y preciso, nue no deja lugar a la menor duda. Sólo citaremos los siguientes:

I.° En la deposición canónica de 17 de abril de 1628 que, con motivo del proceso de beatificación de san Francisco de Sales envió a Roma, contestando de su puño y letra a una de las preguntas del interrogatorio, se expresa así: Ego vocor Vincentius de Paulo, sum presbyter, indignus superior presbyterorum Missionis et elemosynarius regius in triremibus galliae, annos quadraginta octo aut circiter natus. (Archi. de la Sag. Congr. de Ritos-Causa de san Francisco de Sales.)

2.° En la deposición canónica, relativa al Abate de Saint-Cyran, escrita por él mismo en 31 de marzo de 1639, declara igualmente que se halla cerca de su quincuagésimo nono año de edad.

3.° En carta que a fines de 1639 escribió al señor Lebretón de la Congregación de la Misión, le dice que en el próximo mes de abril, esto es, en 1640, entrará en sus sesenta años.

4.° En su carta de 28 de abril de 1655, en la que felicita al Papa Alejandro VII por su elevación al Pontificado, se leen estas palabras: Annum ago septuagesimum quintum.

5.° En la conferencia que el 3 de noviembre de 1656 dirigió a los Misioneros, les dice que se halla ya en su septuagésimo sexto año, y lo mismo repite en otra conferencia dada dos meses más tarde a las Hijas de la Caridad, el 6 de enero de 1657.

6.° Dos cartas escritas por san Vicente en 1659, cuyos autó­grafos hemos tenido en nuestras manos, la una dirigida el 15 de julio al Cardenal de Retz y la otra al señor Feydin, sacerdote de la Misión, fechada el 24 de agosto, afirma el Santo que se halla en el septuagésimo nono año de su edad.

De donde resulta que debemos fijar la fecha del nacimiento de san Vicente de Paúl en 24 de abril de 1581.

Toda la dificultad proviene de no haber tenido a la vista los primeros biógrafos de san Vicente su partida de bautismo, cosa que no debe de extrañarnos en modo alguno, ya que eran muy contadas en aquella época las parroquias que llevasen los libros de registro de bautismos y matrimonios. Sólo en 1620 vemos aparecer una Real Orden de Luis XIII, mandando se establezcan en toda la Francia los Registros o libros parro­quiales.

A los funerales del Santo asistieron, sumergidas en el más profundo dolor, las Hijas de la Caridad que se veían huérfanas por segunda vez. Entre ellas se distinguía la nueva Superiora General Sor Margarita Chetif en un estado de abatimiento tal, que daba lástima el verla. Apenas hacía quince días que san Vicente de Paul le había confiado la dirección de la Compañía de las Hijas de la Caridad y ya se veía privada de los consejos y del poderoso apoyo de su santo Director.

Al salir de la iglesia, viendo las Hermanas su grande aflicción que no le permitía retener las lágrimas, corrieron a ella llenas de emoción y, abrazándola con filial cariño, la decían: consolaos buena Madre, consolaos, estad segura de que nada tendréis que sufrir en vuestro gobierno… os respetaremos, os amaremos y os obedeceremos.

Este bello acto de filial ternura y sumisión pareció tan her­moso al señor Almerás, sucesor inmediato de san Vicente, que escribió una circular a las Hermanas congratulándose de su buen espíritu y de la firmeza de ánimo que habían demostrado ante tan grandes pérdidas, terminando con estas palabras: «Todo esto es el precioso efecto de las oraciones que en el cielo hacen nuestros queridos difuntos».

Veinte años más tarde, el 10 de abril de 168o, tuvo lugar en la parroquia de san Lorenzo la exhumación del cuerpo de la B. Luisa de Marillac, con permiso del señor Arzobispo de París y en presencia del señor Gobillón, cura de San Lorenzo y primer historiador de la bienaventurada Madre, del señor Jolly, Supe­rior General, del señor Moreau, Director General de las Hijas de la Caridad, de la señora de Miramión, de Sor Mathurina Guerin, Superiora General de la Comunidad; Sor Susanna, Asistenta; Sor Chesse, Ecónoma; Sor Michaut, Despensera; Sor Margarita Chetif, antigua Superiora y la nieta de la Bien­aventurada.

Se abrió la caja de madera y se colocaron piadosamente los preciosos restos, envueltos en un lienzo muy fino, que para este efecto dio la señora de Miramión, en un ataúd de plomo, vol­viéndolos a colocar en su sepulcro, poniendo sobre el ataúd una placa de cobre con esta inscripción:

Señora Luisa de Marillac, viuda del señor Legrás, Secretario de la Reina de Médicis, Fundadora y Primera Superiora de las Hijas de la Caridad, fa­llecida el 15 de marzo de 166o, a la edad de 68 años.

La exhumación, que comenzó a las nueve de la noche, ter­minó hacia media noche, de todo lo cual se levantó el acta correspondiente.

El cuerpo de la B. Luisa de Marillac permaneció en la pa­rroquia de San Lorenzo hasta el 24 de noviembre de 1755, en cuya fecha fué trasladado a la Casa madre de las Hijas de la Caridad en la calle de San Dionisio, asistiendo la Duquesa de Villars, el Superior General, señor Debrás; el Director de las Hermanas, señor Jacquier; la Superiora General Sor de Bonne-joix; acompañándolo el párroco y clero de San Lorenzo y gran número de Misioneros y Hermanas, siendo colocado su cuerpo en la capilla, cubierto con una lápida de mármol negro, en la que se leía este epitafio :

Aquí yace la noble Dama Luisa de Marillac, viuda del señor Legrás, Secretario de gobierno de la reina María de Médicis, Fundadora y pri­mera Superiora de las Hijas de la Caridad, siervas de los pobres enfermos, enterrada en la capilla de la Visitación, en la iglesia parro­quial de San Lorenzo el 17 de marzo de 1660 y trasladada a esta capilla para consuelo de la Compañía el 24 de noviembre de 1755. Verdadera madre de los pobres, modelo de todas las virtudes, digna del descanso eterno. Puedan sus cenizas respetables, recordándonos su caridad, excitar y hacer revivir su espíritu.

Después de la gran Revolución, como la Casa madre y ca­pilla de las Hijas de la Caridad de la calle de San Dionisio habían sido vendidas, la Madre Deleau, Superiora General, rescató secretamente el cuerpo respetable de la B. Luisa de Marillac, haciéndolo transportar a la casa donde residía en com­pañía de algunas Hermanas, en la calle de Macons Sorbonne, número 445.

Cuando se restableció la Comunidad en 1802 y el gobierno francés cedió la casa de la calle de Vieux Colombier, para que sirviera provisionalmente de casa Central de las Hijas de la Ca­ridad, fueron también allí trasladados los preciosos restos de la Fundadora.

Por fin, el 29 de junio de 1815, fueron trasladados a la ca­pilla de la nueva Casa madre de las Hijas de la Caridad en la calle de Bac, número 140.

 

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