Las públicas calamidades
LA GUERRA EXTERIOR. — LA FRONDA. — CALAMIDADES DE LA LORENA. DEVASTACIONES DE LAS PROVINCIAS DE PICARDÍA Y CHAMPAÑA. RECURSOS Y SERVICIOS PRESTADOS A LAS PRO‑VINCIAS. — EN PLENA GUERRA CIVIL. — ETAMPES. — SOR MARÍA JOSEFA. — SITIO DE PARÍS. — EN EL CAMPO DE BATALLA. — OFRECIMIENTOS GENEROSOS. ELOGIO HECHO POR SAN VICENTE DE PAÚL. LAS HIJAS DE LA CARIDAD SIGUEN ANIMADAS DEL MISMO ESPÍRITU. LA REINA ANA DE AUSTRIA. —LA B. LUISA DE MARILLAC ATIENDE A TODAS LAS NECESIDADES.
Aunque Francia sólo intervino en el tercer período de la guerra de los treinta años, esto es, desde 1635 ; con todo siempre pasaron trece años, durante los cuales el país tuvo que experimentar los horrores de la guerra, agregándose, corno consecuencia de ella, el hambre y la peste.
Cinco ejércitos a la vez había lanzado Richelieu sobre Flandes, el Luxemburgo, Alsacia, Italia y los Pirineos, siendo la Lorena, la Champaña y la Picardía las provincias más atrozmente castigadas por la guerra.
Con la muerte de Richelieu, acaecida en 1642, poco tiempo antes que la del rey Luis XIII, no terminaron las devastaciones de la guerra. A la política de Richelieu siguió la política del cardenal Mazarino. Al mismo tiempo que se firmaba la paz de Westfalia, estallaba la revolución de la Fronda. París mismo, retirada la corte a San Germán, después de la jornada de las Barricadas, se vió sitiado por el ejército real y reducido a la más deplorable miseria.
Parecía imposible que Francia, después del cúmulo de vici si (tules que venía soportando por tan largos años de guerra,
Encontrará en sí misma recursos para aliviar males tan grandes; pero allí donde abundaban la desolación y la miseria, sobreabundó la caridad, sirviendo san Vicente de Paúl y la B. Luisa de Marillac de verdadera providencia en aquellos calamitosos tiempos.
Devastada la Lorena por la guerra y el hambre, san Vicente promovió el celo de las Damas de la Caridad, para poder mandar grandes recursos a aquella afligida comarca, mientras que en París eran recibidas todas las jóvenes que llegaban en gran número, huyendo de las regiones invadidas, buscando refugio seguro para su honor y su vida. La Casa madre de las Hijas de la Caridad estuvo siempre abierta para aquellas desgraciadas, a las que la B. Luisa de Marillac atendía con el más compasivo cariño e iba colocando poco a poco, ya empleándolas en casas honorables, ya poniéndolas en condiciones de ganarse honradamente la vida, sin que faltasen algunas que, atraídas por los ejemplos de virtud de las Hermanas, se quedasen entre ellas, uniéndose voluntariamente a la Comunidad.
La Casa madre de las Hijas de la Caridad fue durante mucho tiempo el refugio general de todos los pobres. Allí encontraban alimentos y medicinas; y, lo que vale más, acogida siempre cariñosa, viéndose a la misma B. Luisa de Marillac, rodeada de sus Hijas, lavando y curando las llagas de los pobres y abandonados.
Después de la Lorena, vinieron las provincias de Picardía y de Champaña, siendo difícil imaginarse el estado a que la guerra las dejó reducidas: Saqueados los pueblos, afligidos por el hambre y las enfermedades, proscritas las principales familias, arrojados de sus casas los pacíficos moradores, privados de hogar y de recursos, metidos unos en chozas miserables, dispersos otros por’ campos y caminos, profanadas las iglesias, muertos o fugitivos los sacerdotes, expulsadas las religiosas de sus claustros, privados todos de pastores, de sacramentos y de consuelos.
El 5 de enero de 1653, escribía san Vicente de Paúl: «Iba yo a casa de la señora Legrás, para dar una pequeña conferencia a sus Hijas, cuando las señoras Duquesa de Aiguillón y Presidenta de Herse me mandaron llamar para buscar algún medio de socorrer a la pobre Champaña. Mucho me temo que no podarnos hacer gran cosa, por los muchos gastos que ya hemos tenido que hacer, pues necesitamos enviar de seis a siete mil libras por semana.
Los Misioneros, las Damas y las Hijas de la Caridad se multiplicaban por todas partes preparando hospitales y ambulancias para enfermos y heridos, lugares de seguridad para doncellas que no tenían donde guarecerse. No hubo servicio, por penoso que fuese, que la B. Luisa de Marillac y sus admirables Hijas no hicieran en esta ocasión, distribuyendo alimentos, remedios y limosnas, salvando la vida a infinidad de pobres, arruinados por las guerras.
La ciudad de Etampes y muchos pueblos de la comarca experimentaron las más crueles calamidades. Allí volaron las Hijas de la Caridad para asistir a los pobres en todas sus necesidades, mientras los Misioneros por su parte los consolaban y confortaban administrándoles los Sacramentos. Hicieron allí oficios de madres para gran número de huerfanitos, a los que la cruel guerra había arrebatado a sus padres, recogiéndolos en una casa que tuvieron cuidado de arreglar con todo lo necesario para su asistencia. Atendieron, con admirable solicitud, a gran número de enfermos, sucumbiendo algunas de ellas en esta caritativa empresa, víctimas de su ardiente y laboriosa caridad.
Hubo allí actos sublimes, actos de un heroísmo enternecedor, como el de aquella buena hermana Sor María. Josefa, sucumbiendo bajo el peso de un trabajo que no tenía término ni mitigación. Llegada a tal extremo de agotamiento que ya no tenía fuerzas para ir a asistir a lob enfermos, y, no resolviéndose a dejar de asistirlos para cuidarse a sí misma, se los hacía conducir a la casa que habían alquilado, y, no pudiéndose tener en pie, sentada los sangraba y curaba con maternal solicitud, hasta que, exhausta ya y próxima a entrar en agonía, oye decir que un pobre necesitaba que lo sangraran y, levantándose de la cama, va y presta este servicio a aquel pobre, concluyendo en aquel infante su vida, teniendo así la dicha, como decía san Vicente de Paúl con lágrimas en- los ojos, de morir con las armas en la mano, recogiendo en el mismo campo de honor de la caridad la palma y la corona destinados a los que luchan hasta el último suspiro.
Muy pronto a todas esas calamidades se agregó el sitio de París con todas sus tristes consecuencias. Sin amilanarse ante la grandeza de la calamidad, la B. Luisa de Marillac realiza en esta ocasión esfuerzos que tienen algo de prodigioso. Las Damas, movidas por san Vicente de Paúl, sacan recursos de todas partes, la B. Luisa de Marillac y sus Hijas de la Caridad organizan cocinas y ollas del pobre en todos los barrios de París, repartiendo raciones de comida, suavizando así en lo posible la miseria, a que tanta gente se vio reducida durante todo el tiempo que duró aquella calamidad.
Los admirables ejemplos de abnegación dados durante la guerra por las Hijas de la Caridad, impulsaron a la Reina a pedir Hermanas paró asistir a los soldados heridos o enfermos. Así las vemos en Sedán, en Chalons, en Calais, en Arrás, prodigándose sin medida hasta el punto de sucumbir muchas de ellas, dando al mundo la más grande prueba de caridad que puede darse, cual es la de dar la vida por nuestros semejantes.
En Calais, de las cuatro Hermanas que allí fueron enviadas, no pudiendo resistir al trabajo abrumador, dos de ellas sucumbieron heroicamente al poco tiempo.
Apenas se supo en París que se trataba de reemplazar a las dos Hermanas que habían fallecido y que la Reina pedía que, si era posible, se aumentara el número de ellas, multitud de Hermanas, con noble emulación, se ofrecieron como víctimas, para ir a morir, si era necesario, asistiendo a los pobres soldados heridos en la guerra.
Gratamente sorprendido y profundamente edificado quedó san Vicente de Paúl al ver entre las Hijas de la Caridad, formadas por la B. Luisa de Marillac, tan alto grado de espíritu de sacrificio, de abnegación y de generosidad, que les hacía despreciar la vida y volar a la muerte en servicio de los pobres enfermos.
Eligieron san Vicente y la B. Luisa de Marillac cuatro Hermanas entre las muchas que se ofrecían y las enviaron inmediatamente a la ambulancia de Calais, para ayudar a las dos que habían quedado allí; las cuales partieron llenas de santa alegría, glorificando a Dios por haber tenido el honor de ser preferidas para este ministerio de caridad.
He aquí las tiernas y conmovedoras palabras con que san Vicente de Paul recomendó a sus Misioneros rogasen a Dios por esas Hermanas: «Encomiendo a vuestras oraciones a las Hijas de la Caridad que han salido para Calais con el fin de asistir a los pobres soldados heridos. De cuatro que eran, han fallecido ya dos, cabalmente las más robustas, habiendo sucumbido al peso de sus tareas. Imagináos lo que son cuatro Hermanas para asistir a quinientos o seiscientos soldados heridos o enfermos. Pensad en el proceder admirable de la bondad divina al suscitar tal Compañía en estos tiempos : en verdad, señores, que es esto una cosa muy interesante y de gran mérito a los ojos de Dios, que vayan estas Hermanas con tanto espíritu y resolución a meterse entre soldados para asistirlos en sus necesidades y contribuir a su salvación, exponiéndose a tantas fatigas, a enfermedades y aun a la misma muerte por aquellos pobres soldados que han expuesto su vida en los peligros de la guerra para el bien del Estado.. Ved cuán grande es el celo de esas pobres jóvenes por la gloria de Dios y por la asistencia del prójimo.
En verdad, ellas serán nuestros jueces, si, como ellas, no estamos nosotros dispuestos también a dar nuestra vida por los intereses de la gloria de Dios…
No llegaréis a imaginaros las bendiciones con que ha colmado el Señor a esas buenas Hermanas por todas partes, siendo solicitadas en muchos lugares. Un Obispo las pide para tres hospitales, otro para dos… Pregunté el otro día a un párroco de esta ciudad, cómo se portaban las Hijas de la Caridad en su parroquia: yo no me atrevo a repetir el magnífico elogio que hizo de ellas!»
Este patético panegírico que hizo san Vicente de Paúl de las primeras Hijas de la Caridad, podría hacerlo atm hoy: pues, por la gracia de Dios, este espíritu de piedad, de abnegación y de sacrificio de sí mismas se ha conservado en toda su integridad y lozanía hasta nuestros días.
Ejemplos admirables de ello nos han dado en la última guerra, que desgraciadísimamente se desencadenó en Europa como furioso huracán sobre los pueblos. Lucha titánica, en la que las Hijas de la Caridad se han manifestado a la altura de su santa vocación y de sus nobles tradiciones. Ellas han marchado sin vacilación al frente de las líneas de batalla, con sus ambulancias, exponiéndose mil veces a perder la vida; ellas han soportado en las comarcas invadidas los más furiosos bombardeos, sin abandonar a sus huérfanos, a sus pobres, a sus asilados, hasta que las autoridades las obligaban a concentrarse, lo que no hacían jamás, sino después de haber puesto a salvo a sus queridos pobres ; ellas han soportado los perniciosos efectos de los gases asfixiantes con que intoxicaban la atmósfera los soldados enemigos: algunas de ellas han caído también en el campo de honor, muriendo por su Dios, por su amada vocación y por su patria, atravesadas por las balas del ejército enemigo, o sucumbiendo a las fatigas de una campaña superior a sus fuerzas.
El mundo se ha llenado de admiración al contemplar tales ejemplos de heroica abnegación e inextinguible caridad, y, venciendo la profunda humildad de esas verdaderas Hijas de la Caridad, los jefes de las naciones han condecorado a muchas de ellas, honrándolas con las más altas distinciones.
No hay que extrañar que la Reina Ana de Austria manifestase en todo tiempo, puro y sincero afecto a la B. Luisa de Marillac y a sus Hijas, sirviéndose de ellas para todas sus obras de caridad, honrándolas con su alta protección en todas ocasiones. Las múltiples y graves atenciones de su regencia, durante la menor edad de su hijo Luis XIV, no la impidieron tomar parte en todas las obras de piedad y de caridad de la piadosa fundadora, apoyándola siempre con su autoridad, ayudándola con sus tesoros, que prodigaba con ejemplar liberalidad sin exceptuar sus preciosas joyas, que en más de una ocasión sirvieron para atender a las apremiantes necesidades de los pobres. Su ejemplo animó poderosamente a las Damas de la Caridad para hacer frente a las calamidades de la época.
LA REINA ANA DE AUSTRIA
Hija de Felipe III rey de España y de Margarita de Austria, Regente de Francia durante la menor edad de su hijo Luis XIV. Fue entusiasta favorecedora de las obras de caridad emprendidas por san Vicente de Paúl y la B. Luisa de Marillac.
Cuando los efectos de la guerra se manifestaban con más violencia, cuando los pobres aumentaban y disminuían los recursos, pues hasta a las familias ricas alcanzaban los desastres de la situación, la B. Luisa de Marillac no se limitaba con sentir en el fondo de su corazón la más tierna compasión por los desgraciados ; ella comprendía que esta compasión, por más que sea un sentimiento noble y delicado que puede ser el principio de muchas buenas obras, si se queda en puro sentimiento, nada remedia. Por esto procuraba convertir este sentimiento en actos de verdadera caridad cristiana que se manifiesta por las obras.
No se contentó, en efecto, con dar todo cuanto tenía, confiando su casa y su Comunidad al cuidado de la Providencia divina, sino que llegó a pedir dinero prestado para atender a las necesidades de los pobres y de los huérfanos, reduciéndose las Hijas de la Caridad a comer tan sólo una vez al día mientras persistían las calamidades públicas, a fin de economizar algo en favor de sus queridos pobres.
Tales eran el temple de alma y la disposición de perfecta caridad de la B. Luisa de Marillac y de sus fervorosas Hijas de la Caridad ante la angustiosa situación por que pasaba el país a causa de la guerra exterior y de las guerras intestinas.







