Luisa de Marillac (11)

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

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Author: Elisabeth Charpy, H.C. · Year of first publication: 1987 · Source: Ecos de la Compañía.
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Años tormentosos. Aprobación de la Compañía

OLYMPUS DIGITAL CAMERAHacía ya varios años que Luisa de Marillac percibía la necesidad de que la auto­ridad eclesiástica y la civil reconocieran «la Pequeña Compañía». Ya sabemos cómo en Angers, en 1640, había tenido dificultades para la firma del contrato con el Hospi­tal en nombre de la Compañía, que no tenía existencia legal. Yen 1641, la compra de la nueva Casa Madre había tenido que hacerla la Congregación de la Misión.

El Sr. Vicente, por su parte, no parecía tener prisa en hacer las gestiones nece­sarias para este reconocimiento oficial de la Compañía de las Hijas de la Caridad. Es probable que se debiera a sus temores de que se llegara a considerar a esta Cofra­día de Mujeres que iban y venían por las calles como Congregación religiosa y que se les impusiera la clausura como había ocurrido a las Hijas de la Visitación de Mon­señor Francisco de Sales.

Por fin, en 1645, parecía que había llegado el momento de dar los pasos oportu­nos para la aprobación. El Sr. Vicente prepara, pues, un primer documento.

Después de exponer el relato del establecimiento de las Cofradías de la Caridad, hecho por los Sacerdotes de la Misión en diversas parroquias de París y de numero­sos pueblos de la diócesis, el texto explica cómo nació la Compañía de las Hijas de la Caridad:

Pero como las damas que componen esta Cofradía son en gran parte de elevada condición, que no les permite realizar las funciones más bajas y vulgares que es preciso llevar a cabo en el ejercicio de dicha Cofradía, como llevar el puchero por la ciudad, hacer las sangrías y las lavativas, curar las llagas, hacer las camas, velar a los enfermos que están solos y próximos a morir, han tomado a algunas jóvenes campe­sinas, a las que Dios les había dado el deseo de asistir a los pobres enfermos, para que se entreguen a todos estos pequeños servicios, después de haberlas preparado para ello por medio de una virtuosa viuda, llamada Señorita Le Gras.

Se enumeran a continuación los diferentes pobres a los que las Hijas de la Cari­dad sirven en París: los enfermos de las parroquias, los del Hospital General, los ni­ños expósitos, los condenados a trabajos forzados, y a renglón seguido se nombran también las ciudades del Reino de Francia en que trabajan: Angers, Richelieu, Saint Germain en Laye, Sedan, Saint Denis; y como no es posible nombrar todos los pue­blos pequeños en que están establecidas las Hijas de la Caridad, el texto menciona simplemente: «y en otros pueblos del campo».

Mediante su servicio, las Hijas de la Caridad alcanzan al hombre en todo su ser:

«Y lo que es más digno de consideración en el trabajo de estas pobres jóvenes es que, además del servicio corporal que les prestan a los po­bres enfermos, procuran contribuir a su ayuda espiritual de la forma que pueden, sobre todo diciéndoles alguna buena palabra de vez en cuando y dándoles algunos consejos para su salvación, tanto a los que ya están para morir, a fin de que salgan de este mundo en buenas dis­posiciones, como a los que tienen que sanar, para ayudarles a vivir co­mo Dios manda…».

El texto queda rematado por el Reglamento de las Hijas de la Caridad, la pri­merísima redacción de nuestras futuras Constituciones. La primera parte del Regla­mento se refiere al gobierno de la Compañía:

«Dicha Cofradía estará compuesta de viudas y solteras, que elegirán a cuatro de entre ellas, por mayoría de votos, cada tres años, para que sean sus «oficialas», la primera de las cuales será la superiora o direc­tora, y podrán continuar en el cargo…».

Después del orden o empleo del día, la última parte del texto explica el espíritu con el que las Hijas de la Caridad deben cumplir sus tareas:

«Y para mejor honrar a Nuestro Señor, su patrono, tendrán en todas sus acciones la recta intención de agradarle siempre y procurarán con­figurar su vida a la de El, particularmente en su pobreza, su humildad, su mansedumbre, su sencillez y sobriedad…

Recordarán que se llaman Hijas de la Caridad, esto es, Hermanas que hacen profesión de amar a Dios y al prójimo; y por consiguien­te que, además del amor soberano que han de tener a Dios, tienen que distinguirse en el amor al prójimo, y especialmente a sus compañeras».

Vicente somete el largo documento a Luisa de Marillac, y en las observaciones que ella hace puede verse cuánto le gusta la precisión y cuánto desea que la Compa­ñía viva en humildad.

«El número de Hermanas empleadas en el servicio a los niños expósitos es mayor y tiene que aumentar para Todos los Santos».

Al citar el empleo u orden del día no se han consignado ni la lectura ni el silencio de las dos de la tarde. Luisa de Marillac pregunta:

«… ¿quizá no sea necesario (especificarlos)?».

Le parece que el texto insiste demasiado en hacer el elogio de las Hijas de la Caridad. ¿Es verdaderamente necesario?

«No sé si es necesario extenderse tanto en las alabanzas a esas Herma­nas… «.

La primera redacción del documento queda modificada según las sugerencias de Luisa. Y tanto la petición —firmada por el Sr. Vicente— como el Reglamento se remiten a Monseñor Juan Francisco de Gondi, Arzobispo de París, hacia el mes de septiembre de 1646. Quizá no pudiera Luisa volver a leer el texto modificado por­que desde el 26 de julio a fines de septiembre estuvo ausente de París. Había ido a Nantes a relevar a las primeras Hermanas destinadas a cuidar a los enfermos en aquel Hospital.

El 20 de noviembre de aquel mismo año 1646, el Coadjutor del Arzobispo de Pa­rís, Monseñor Juan Francisco Pablo de Gondi, su sobrino, firma el acta de aproba­ción de la Compañía de las Hijas de la Caridad.

«Hemos erigido y erigimos por las presentes la asociación de dichas don­cellas y viudas en esta diócesis en forma de cofradía particular, con el título de Sirvientes de los Pobres de la Caridad; queremos y ordena­mos que las que actualmente están admitidas en ella y las que en ade­lante sean recibidas, puedan libremente ejercer todo lo que puede ali­viar y consolar a los pobres enfermos, con la carga de que dicha cofra­día estará y seguirá estando perpetuamente bajo la autoridad y depen­dencia del citado Arzobispo, mi Señor, y de sus sucesores, y observará exactamente los estatutos adjuntos que hemos aprobado y aproba­mos por las presentes».

Cuando Luisa lee este texto de la aprobación, queda profundamente descon­tenta y así se lo manifiesta al Sr. Vicente. Empieza por no querer comunicar este documento oficial a las Hermanas:

«No se me ocurrió preguntarle si debía comunicar esto (el acta de apro­bación) a nuestras Hermanas, y no lo he hecho».

Muestra su disconformidad con el título de «Sirvientas de los pobres de la Cari­dad», que da a las Hermanas el Arzobispo, y expresa su firme deseo de conservar el de Hijas de la Caridad, que es el que consta en el Reglamento.

«Permítame que diga a su caridad que la explicación que aparece en nuestro Reglamento de «Hijas de la Caridad», me hace desear se con­tinúe dándonos este título que quizá por inadvertencia se ha omitido en el documento de aprobación del Establecimiento».

Pero lo que Luisa de Marillac rechaza más especialmente, es que la Compañía quede bajo la autoridad y dependencia del Arzobispo de París y de sus sucesores.

«Esos términos de dependencia tan absoluta del Señor Arzobispo, ¿no podrían perjudicarnos en el futuro al dejar libertad para apartarnos de la dirección del Superior General de la Misión? ¿No es necesario, Se­ñor, que mediante este documento de aprobación su caridad se nos dé como Director perpetuo?».

Luisa de Marillac sabe muy bien que ha sido el Obispo de Annecy el que ha im­puesto la clausura a las Hijas de la Visitación, cuando llegaron a establecerse en su diócesis. Hacer depender a la Compañía de los Obispos, es correr el mismo riesgo. El final de la carta cobra un tono a la vez solemne y suplicante:

«En nombre de Dios, Señor, no permita usted que se haga nada que abra una posibilidad, por pequeña que sea, de separar la Compañía de la dirección que Dios le ha dado, porque puede usted tener la segu­ridad de que inmediatamente dejaría de ser lo que es, y los pobres en­fermos ya no serían socorridos, y así creo que tampoco se cumpliría ya por nosotras la voluntad de Dios».

Estos dos argumentos: el servicio a los pobres y la voluntad de Dios, volverán de continuo a los labios o a la pluma de Luisa de Marillac para conseguir de Vicente de Paúl la revisión del documento de establecimiento de la Compañía de las Hijas de la Caridad. Luisa sabe muy bien la atención que pone Vicente en cumplir la volun­tad de Dios, así como su interés por servir a los pobres. Pero tendrá que esperar nue­ve años hasta lograr la modificación de dicho texto.

Si Luisa no tiene deseos de hablar a las Hermanas de la aprobación de la Com­pañía por el Arzobispo de París, en cambio Vicente, por su parte, sí lo tiene. Para ello espera una ocasión propicia. Durante la conferencia del 30 de mayo de 1647 (seis meses después de la firma del acta de aprobación), piensa que ha llegado el momen­to. El tema de que ha tratado es la importancia de guardar las Reglas. Pues bien, saca el texto, que debía de llevar preparado para poderlo leer, y dice:

«Tengo aquí la petición que se le presentó (al Sr. Arzobispo de París), las reglas y luego la aprobación. Os las voy a leer un tras otra».

Isabel Hellot, en la recopilación de esta conferencia, hace constar que el Sr. Vi­cente «se tomó la molestia de hacerlo (leerlo), aunque había muchos papeles».

Cuando Luisa de Marillac escucha el párrafo sobre la elección de las «oficia las», se pone de rodillas y suplica que se empiece ya a elegir por tres años a la Superiora General. El Sr. Vicente le responde con mucha bondad:

«Sus Hermanas y yo, Señorita, tenemos que pedir a Dios que la deje todavía largos años. La voluntad ordinaria de Dios es conservar por medios extraordinarios a los que son necesarios para el cumplimiento de sus obras. Y si se fija, Señorita, hace ya más de diez años que no vive usted, al menos de manera ordinaria».

Corre el año 1647, de modo que Luisa de Marillac habrá de desempeñar todavía durante trece años la dirección de la Compañía de las Hijas de la Caridad.

Después de que se hubo levantado la Señorita, el Sr. Vicente prosigue la lectura y va añadiendo sus propios comentarios. Luisa de Marillac había manifestado su pe­sar porque desapareciera el título de Hijas de la Caridad. El Sr. Vicente se detiene ante el artículo que dice: «Será una Cofradía que llevará el nombre de Cofradía de Hermanas de la Caridad, Sirvientas de los pobres enfermos». Isabel Hellot anota sus palabras:

«Entonces exclamó dulcemente: «¡Ah! ¡qué hemoso título, hijas mías, qué hermoso título y qué hermosa cualidad! ¿Qué habéis hecho a Dios para merecer esto? Sirvientas de los pobres, es como si se dijese sir­vientas de Jesucristo, ya que El considera como hecho a sí mismo lo que se hace por ellos, que son sus miembros».

Prosigue la lectura. El Sr. Vicente recuerda que Luisa de Marillac había pedido que el silencio quedara consignado en el Reglamento. Entonces se detiene en ese punto (quizá para hacerse perdonar todo lo demás…):

«A continuación, el Sr. Vicente siguió leyendo el Reglamento; al lle­gar al artículo sobre el silencio, añadió: «También yo, hijas mías, os exhorto a ello. Honrad durante ese tiempo la vida oculta del Hijo de Dios»».

Al finalizar la lectura, Vicente de Paúl señala la importancia de observar debida­mente las Reglas. Rápidamente y sin detenerse en ello hace notar, sin embargo, que la Compañía depende del Arzobispo de París:

«Tenéis que considerar estas reglas como dadas por la mano del mismo Dios, ya que os han sido dadas por orden del Sr. Arzobispo de quien dependéis… «.

El acta de la Conferencia no menciona ninguna reacción o intervención de Luisa a este respecto… Pacientemente, durante meses, ora y reflexiona. Cuando siente que la paz reina en ella, redacta una nueva carta para Vicente de Paúl, en noviembre de 1647. Han tanscurrido seis meses desde la célebre Conferencia:

«Me ha parecido que Dios ha establecido mi alma en una gran paz y sencillez en la oración, muy imperfecta por parte mía, que he hecho acerca de la necesidad que tiene la Compañía de las Hijas de la Cari­dad de hallarse siempre, sucesivamente, bajo la dirección que la Divi­na Providencia le ha dado, tanto en lo espiritual como en lo temporal; y en ella (en la oración) he creído haber visto que sería más ventajoso para su gloria que la Compañía llegara a desaparecer por completo que estar bajo otra dirección, ya que esto parece sería contrario a la volun­tad de Dios…».

El Sr. Vicente no contesta: no tenemos ninguna carta sobre este asunto y, de haberla escrito, Luisa de Marillac no hubiera dejado de conservarla cuidadosamente.

Luisa sabe que, normalmente, la aprobación episcopal debe quedar refrendada por la aprobación real. El texto de la aprobación real, llamada «Cartas Patentes», sur­te efecto después de haber sido registrado en el Parlamento. Las Cartas Patentes destinadas a la Compañía se redactan y quedan depositadas en la oficina del Procu­rador General, Sr. Méliand. ¿Qué ocurre? Es difícil saberlo. Lo único que se sabe es que esas Cartas Patentes se pierden…

Además, la Reina Ana de Austria, no se sabe tampoco por iniciativa de quién, redacta una súplica al Papa solicitando que la Compañía de las Hijas de la Caridad dependa a perpetuidad del Superior General de la Congregación de la Misión:

«… la Reina suplica a su Santidad que nombre, como directores perpe­tuos de dicha Cofradía o Sociedad de Sirvientes de los Pobres de la Caridad, a dicho Superior General de la repetida Congregación de la Misión y a sus sucesores en el mismo cargo. Si así se hace, hay moti­vos para esperar que esa buena Obra irá siempre aumentando, con edificación de toda la Iglesia y para el mejor servicio a los enfer­mos».

Esta aprobación por parte del Papa suprimía definitivamente las dificultades con los Obispos. Luisa de Marillac debe de estar seguramente al corriente de esta súpli­ca; la cuestión es que no interviene ya más, de momento, sobre este punto, sin duda en espera de la Bula pontificia. Sólo en abril de 1650 (28 meses después) viendo que no llega nada, reanuda sus gestiones.

En esa misma época tiene otras muchas preocupaciones, como hemos visto: su hijo Miguel, la crisis violenta que afecta a la Compañía; y a ello se añaden las graves dificultades por las que pasa la Obra de los Niños Expósitos.

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