Luisa de Marillac (11) (Daydi)

Mitxel OlabuénagaLuisa de MarillacLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: .
Tiempo de lectura estimado:

Los hospitales

ORDEN CRONOLÓGICO DE LAS OBRAS DE CARIDAD. — LOS GALEOTES. – MUERTE DE LA PRESIDENTA GOUSSAULT. — EL HOSPITAL DE ANGERS. — LA PESTE — TRASLADO DE LA CASA MADRE. — HOSPTAL DE SAN DIONISIO. — HOSPITAL DE MANS. — HOSPITAL DE NANTES. — HOSPITAL DEL NOMBRE DE JESÚS. — HOSPITAL GE­NERAL O LA SALPETRIERE. — OTRAS OBRAS EMPRENDIDAS. — ALISTA SANTA REINA.

Según el orden cronológico, la primera obra en que se ocuparon las Hijas de la Caridad fue la visita de los pobres a domicilio, auxiliares poderosos de las Damas de la Caridad; la segunda obra fue la de los huérfanos, los niños expósitos, a las que siguió después toda una verdadera eflorescencia de empresas de caridad.

Oigamos al mismo san Vicente de Paúl desarrollando ante sus Hijas los admirables designios de la Providencia divina: » Vosotras os habéis dado a Dios para ser buenas cristianas y asistir a los pobres enfermos por todas partes, como lo hacía Jesucristo, yéndolos a buscar a sus mismas casas. Viendo Dios vuestra conducta, ha dicho: estas Hermanas me agradan, han cumplido bien el empleo que les di, voy a confiarles otro, y fue el de las criaturas abandonadas que no tenían a nadie que se cuida se de ellas. Demos gracias a Dios por haberse dignado servir de vuestra Compañía para este objeto.

Y como Dios ha visto que habéis abrazado este segundo empleo con tanta caridad, ha dicho: voy a confiarles todavía otro. Sí, hijas mías ¿y cuál es este otro empleo? Es la asistencia de los pobres presidiarios.»

En París mismo se emplearon las Hermanas en la asistencia de los forzados, condenados a galeras, pobres infelices, por los que se interesaba con gran caridad san Vicente de Paúl, por haber sido en 1617 nombrado por Luis XIII, capellán general de las galeras de Francia. No se limitaba el Santo a instruirlos, consolarlos y moralizarlos, sino que les procuraba todo el bien que estaba en su mano. El año 1632 había alcanzado para ellos del mismo Luis XIII un alojamiento cómodo e higiénico en la torre de la puerta de san Bernardo, en lugar de tenerlos haci­nados en la Consergería, mientras aguardaban el momento de ser enviados a galeras.

Desde aquella época ya se había ofrecido la B. Luisa de Marillac a trabajar en favor de aquellos infelices y aun contri­buir con sus propios bienes a socorrerlos en sus necesidades; pero sólo en 1639 pudo satisfacer completamente sus deseos, organizando en su favor una asistencia regular por medio de sus Hijas de la Caridad.

En efecto, un rico comerciante de París, el señor Cornuel, dejó en su testamento seis mil libras de renta anual en favor de los criminales condenados a galeras. Su hija y heredera, después de haber constituido en el Tesoro público el capital necesario para asegurar esta renta, juzgó que el mejor alivio que podía proporcionarse a aquellos desgraciados era la asistencia de las Hijas de la Caridad, sobre todo, para los enfermos. Aquel mismo año comenzaron éstas su caritativo ministerio en la torre san Bernardo, siguiendo el reglamente especial que, para esta nueva obra, escribió la B. Luisa de Marillac.

El inmenso bien que hacía la B. Madre con su nueva Comu­nidad, no podía quedar circunscrito a los límites de la capital; así es que muy pronto se desbordó, extendiéndose a otras pobla­ciones que pedían con instancia los buenos oficios de las Hijas de la Caridad.

El 20 de septiembre de aquel mismo año 1639, murió piado­samente en París la Presidenta Goussault, gran amiga de la B. Luisa de Marillac y su constante cooperadora en las empre­sas de caridad, principalmente en la formación de la nueva Comunidad, a la que amaba tanto y se interesaba tanto por ella, que las Hermanas la llamaban su segunda madre. La muerte impidió a esta piadosa dama ultimar los arreglos que estaba haciendo para establecer las Hijas de la Caridad en el Hospital (le Angers, su país natal; pero al morir recomendó esta funda­ción a su bienaventurada amiga, dejando en su testamento un cuantioso legado en favor de la Comunidad.

La B. Luisa de Marillac se apresuró a satisfacer los deseos y cumplir la última voluntad de su buena amiga, y, en el mes de diciembre, fue personalmente a Angers para fijar las bases (le aquella primera fundación fuera de París.

El hospital de Angers era uno de los tres hospitales que el rey Enrique II de Inglaterra había hecho edificar como expia­ción del asesinato de santo Tomás, arzobispo de Cantorbery, que había ocasionado por una imprudentísima palabra, pronun­ciada en un momento de exasperación.

Después de penoso viaje, llegó la B. Luisa de Marillac a Angers, tan fatigada que cayó enferma de algún cuidado, siendo asistida en casa del Vicario general de la diócesis, el señor de Vaux. Al tener noticia de ello, le escribió san Vicente de Paúl en los siguientes términos: «Sé que estáis ahí enferma, señora, por disposición de la Providencia de Dios. ¡Bendito sea su santo nombre! Espero de su bondad que se glorificará también en esta enfermedad, como lo ha hecho en todas las otras y esto es lo que hago que le pidan aquí y donde quiera que yo me halle. Quisiera que Nuestro Señor os diera a conocer el fervor con que cada cual lo hace y la ternura de las Damas de la Cari­dad del Hospital para lo mismo».

Una vez restablecida la B. Luisa de Marillac, instaló a las Hijas de la Caridad en el hospital de Angers, dejándoles muy precisas y juiciosas recomendaciones, para asegurar la unifor­midad y la buena marcha de aquel gran establecimiento.

Después que la B. Luisa de Marillac hubo regresado a París, se declaró en Angers grande y mortal epidemia, durante la cual, las buenas Hijas de la Caridad se dedicaron sin límites ni re­serva, al servicio de los pobres apestados, dando admirable ejemplo de abnegación, mostrándose siempre prontas a sacri­ficar su propia vida, deseosas de ofrendarla en aras de la caridad; por cuyas buenas disposiciones se ganaron el afecto de toda la población.

Con motivo de esta epidemia, que tantas víctimas hacía, la bienaventurada fundadora les dirigió la carta siguiente:

«Estas muertes repentinas son avisos para que estemos pre­venidas para cuando Dios quiera llamarnos. Me dais gran con­suelo en no querer abandonar a los pobres enfermos y en que esos señores y las Damas sean de la misma opinión. Me persuado de que no dejaréis de recurrir a san Roque, a fin de obtener de Dios las fuerzas necesarias para soportar la aprensión de ese mal y todo lo que pueda suceder, con sumisión a su santa vo­luntad, y así, nada os debe causar temor.»

En la misma carta les decía que, en París, había también aparecido un mal contagioso, y que morían muchas personas súbitamente.

Sus Hijas, que estaban todas animadas del mismo espíritu, expusieron allí su vida, lo mismo que en otros muchos lugares, asistiendo con admirable caridad a los pobres enfermos.

Como las obras de caridad se multiplicaban de modo asom­broso, la presencia en París de la B. Luisa de Marillac se hacía necesaria, a fin de poder tratar más fácil y frecuentemente con las personas que se interesaban por semejantes obras. Con tal motivo, de acuerdo con san Vicente de Paúl, trasladó la resi­dencia de su Comunidad de La Chapelle al barrio de san Dionisio, a una casa que se hallaba casi frente a la residencia de san Vicente y de sus Misioneros, casa que, no sabemos por qué motivo acababa de pasar al dominio del Priorato de san Lázaro. La B. Luisa de Marillac la tomó, primero en alquiler, hasta que a los doce años de habitarla, esto es, en 1653. la Comunidad la compró por la cantidad de 9.000 libras, debiendo, sin em­bargo, volver la propiedad a la Congregación de la Misión, en el caso de que la nueva Compañía de las Hijas de la Caridad llegara a desaparecer. Tal era, según dice el contrato, la condi­ción que habían puesto los bienhechores que habían dado de limosna una parte del dinero para dicha compra; la otra parte, para completar la suma necesaria, procedía del legado de la Presidenta Goussault.

Esta fue considerada como la primera Casa madre de las Hijas de la Caridad; en ella vivió y murió la B. Luisa de Marillac, conservándola la Comunidad con gran veneración, como una reliquia hasta que le fue confiscada por la Revolución en 1793. Allí estableció la B. Luisa de Marillac el primer semi­nario formal, verdadera escuela de piedad y de caridad, en donde instruía y formaba a sus Hijas, disponiéndolas para el buen desempeño ^de las obras de su vocación, formando para ellas un pequeño reglamento con su horario muy circunscrito, que sometió a la aprobación de san Vicente de Paúl, el cual sirvió como de base para las reglas de las Hijas de la Caridad, y que el mismo Santo les explicó, comentando todos sus puntos.

Desde aquel momento, la Compañía de las Hijas de la Ca­ridad, gracias al considerable aumento de vocaciones, empezó a extenderse por todas partes. En París, las vemos prestando sus preciosos servicios en las cárceles, en el Hotel Dieu como auxiliares de la Damas de la Caridad, en todas las parroquias asistiendo a los enfermos en sus casas, abriendo escuelas gra­tuitas para niñas en los barrios más necesitados.

El 22 de agosto de 1645, tres Hijas de la Caridad, Sor Isabel Le Goutteux, Sor Francisca Noret y Sor Margarita Le Soin, tomaron posesión del hospital de san Dionisio, a dos leguas de París, después de haberse firmado el contrato, en el que san Vicente de Paúl hizo estipular cuatro cosas 1.a, que las Hijas de la Caridad, en lo que toca al servicio del hospital, depende­rían de los señores administradores; pero que personalmente continuarían siempre bajo la dirección ordinaria de la Compañía y de la señora Legrás, como Superiora de las mismas; 2ª, que permanecerían al servicio del hospital todo el tiempo que fuese la voluntad del Abad de san Dionisio; pero que, mientras ellas permanecieran allí, no se agregarían para este servicio otras personas que no fueran de su Comunidad; 3.a, que la dicha señora Legrás y sus sucesoras tendrían la facultad de cambiar las Hermanas y reemplazarlas por otras que tuvieran capacidad para este servicio, y 4a, que debían ser tratadas como personas dedicadas al servicio de Dios y de los pobres y no como em­pleadas mercenarias, gozando de completa libertad para seguir sus usos y costumbres y usando su hábido y tocado ordinarios. A estas tres primeras Hermanas se agregaron muy pronto otras más, que se juzgaron necesarias para el buen servicio de aquel hospital.

El 4 de mayo de 1646 fueron enviadas cuatro Hermanas para el hospital de Mans, del que no llegaron a tomar posesión; pues, habiendo en dicho hospital algunas jóvenes piadosas que habían tomado el nombre de Hermanas Hospitalarias, los admi­nistradores estaban divididos : unos, querían que el servicio de los enfermos lo tomaran las Hijas de la Caridad; otros, querían que se conservara a las jóvenes Hospitalarias, y, por fin, cre­yeron que podría arreglarse todo conservando las dos Comuni­dades para el servicio del hospital, lo que era absolutamente inaceptable; así es que, a principios de junio, dos de las Her­manas destinadas al hospital de Mans fueron enviadas a Angers y las otras dos regresaron a la Casa madre de París.

Este pequeño contratiempo tuvo en seguida su compensación; pues por aquellos mismos días la ciudad de Nantes, teniendo conocimiento de la transformación favorable que había experi­mentado el hospital de Angers, bajo la dirección de las Hijas de la Caridad, quiso también que las Hermanas se encargasen de su hospital y para conseguirlo con mayor seguridad, se dirigió a san Vicente de Paúl. El Santo envió allá a la B. Luisa de Marillac con ocho Hermanas. Dejemos a la misma piadosa fundadora referirnos este viaje y la fundación del Hospital de Nantes.

«Nuestro muy honorable Padre, dice nos hizo la caridad de darnos una conferencia sobre el objeto de este viaje el lunes, veintitrés de julio, al fin de la cual nombró las Hermanas que debían venir. El miércoles siguiente fuí a recibir sus órdenes y habiéndole manifestado el temor que tenía de incurrir en muchas faltas, me mandó que escribiese con claridad y preci­sión todos los acontecimientos de este viaje. Cumpliendo, pues, con sus instrucciones, no me he propuesto otras miras ni otra intención, que la santa voluntad de Dios y la observancia de nuestras reglas.

El jueves, día veintiséis, entramos en la barca de Orleans y Dios nos hizo la gracia de hacer el viaje sin faltar a nuestras instituciones. Al llegar a los pueblos, alguna de nosotras nos recordaba que debíamos saludar a los ángeles custodios, con deseos de que redoblasen su protección en favor de las almas de aquellos vecinos para ayudarles a glorificar a Dios eterna­mente. Pasando por delante de las iglesias, hacíamos un acto de adoración al Santísimo Sacramento, saludando también a los santos Patronos.

En las posadas, antes de comer y de acostarnos, iban algu­nas de las Hermanas a la iglesia a dar gracias a Dios por su asistencia y pedirle que nos la continuase juntamente con su bendición para hacer su santa voluntad. Si allí había hospital, iban las mismas Hermanas a visitarlo, o si no, a algún enfermo del lugar y esto a nombre de la Compañía, como continuación de nuestro servicio y de nuestros deberes, los que ofrecemos a Dios en la persona de los pobres.

En estas ocasiones les decíamos alguna palabra, ya sea de los principales puntos de la fe y de lo que es necesario saber para salvarse, ya de alguna otra cosa relativa a las buenas cos­tumbres, adaptada a las circunstancias ; pero muy brevemente. Cuando podíamos, íbamos también a la iglesia por la mañana.

En Puente de Cé, tuvimos el honor de ser despedidas del mesón, a donde llegarnos muy tarde un jueves; pero, al salir de él, encontramos a una buena señora que nos recogió benigna­mente en su casa.

Llegamos a Nantes el 8 de agosto, a eso de las tres de la tarde. Fuimos luego a la iglesia de las Ursulinas, que era la más inmediata, para adorar en ella a Dios y ofrecernos de nuevo a su santa voluntad y ponerla en ejecución.

Al poco rato, vinieron allí a encontrarnos muchas señoras y nos condujeron al hospital, en donde, apenas entramos, nos dieron sus administradores todas las facultades; pero, por más facultades que nos dieran, no emprendimos cosa alguna sin comunicársela y sin haber obtenido su beneplácito.

Todas las señoras de la ciudad se tornaron la molestia de venir a visitarnos, y aun muchas que en aquella sazón se halla­ban en sus casas de campo, lo mismo que algunos Superiores de Órdenes regulares. Muchos conventos de religiosas se intere­saron con las señoras para que nos condujeran allá, deseosas de ver a las Hermanas y su hábito.

Desde la mañana siguiente se pusieron las Hermanas a trabajar con gran celo y en pocos días se vio aquello tan mu­dado, que las gentes iban con gusto a visitar el hospital, ha­biendo, en las horas de comida y cena, tal concurso, que apenas podíamos acercarnos a las camas de los enfermos para repar­tir las raciones.

A algunas señoras de la ciudad, que de muchos meses antes habían tenido la devoción de ejercitarse en visitar a los enfer­mos y de traerles caldo y otras cosas, les propusimos que los visitaran de otra manera, no viniendo por la mañana, tiem­po quizá incómodo para sus familias, como también que se abstuvieran de traer caldo; que harían mejor en venir a una hora más cómoda por la tarde con algunas golosinas de dulce u otro postre, como lo practican las Damas de la Caridad en el hospital general de París, y resolvieron conformarse con nues­tro modo de pensar.

Algunos días después que se hubo formalizado la escritura de nuestro establecimiento, me dispuse para el regreso. Todas las Hermanas me manifestaron Que se quedaban con gran de­see de hacer todo el bien posible a aquellos pobres, y me reno- varan sus resoluciones antes de irme; de manera que he que­dado con el mayor consuelo.

Esta relación de la B. Luisa de Marillac, impregnada toda ella del más acendrado espíritu de fe, nos demuestra la gran piedad de la Madre y de las Hijas y nos explica el entusiasmo con que eran recibidas en todas partes, considerándolas como mensajeras de paz y de consuelo, que Dios les enviaba para el socorro de los pobres.

La vida de la B. Luisa de Marillac está tan enlazada con la de san Vicente de Paúl, que casi se confunden en una sola, sin que sea posible separarlas. Un mismo fuego de caridad ardía en aquellos dos corazones, con la misma actividad y tesón trabajaban en sus obras de beneficencia, pudiendo decirse que, al contacto de aquellas dos almas, el fuego del amor de Dios y del prójimo tomaba tales proporciones, que no podían vivir sin emprender nuevas obras, a medida que se presentaban nue­vas necesidades.

En el año 1653, cierto piadoso vecino de París, cuyo nom­bre sólo Dios conoce, se presentó un día a san Vicente de Paúl y le comunicó el designio que tenía de consagrar parte de su fortuna en alguna buena obra que dejaba a su elección, con la sola condición de que perpetuamente se había de guardar el secreto sobre este asunto. San Vicente le pidió algún tiempo para pensarlo delante de Dios, y, después de haber reflexio­nado seriamente sobre el empleo que convendría dar al capi­tal que se ponía a su disposición, juzgó que lo mejor que podría hacerse era fundar un hospital o asilo para artesanos pobres, que, por su avanzada edad, ya no se hallaban en aptitud de ganarse la vida por medio del trabajo. Agradó la idea al des­conocido benefactor y la aceptó, designando al Superior de la Misión como administrador único y perpetuo de esta obra, tanto en lo espiritual como en lo temporal.

Inmediatamente puso san Vicente de Paúl manos a la obra; compró dos casas cerca de San Lázaro y formó de las dos un solo edificio, el que, añadiéndole un terreno colindante, adaptó al objeto que se proponía; lo amuebló convenientemente y con el dinero sobrante aseguró una renta fija para el sostenimiento de cuarenta pobres ancianos de la honrada clase jornalera. La B. Luisa de Marillac se encargó del régimen interno con sus Hijas de la Caridad. Erigido este establecimiento con el título de Hospital del Nombre de Jesús, alojó en él a veinte hombres ya veinte mujeres en sus respectivos departamentos, con talle­res apropiados a cada sexo, para que el trabajo les sirviera de entretenimiento, ya que no era para ellos una necesidad.

Una vez que todo estuvo dispuesto, invitó el Santo a las Damas de la Caridad para que lo visitaran. Quedaron las Damas tan agradablemente impresionadas al ver el orden y la limpieza que reinaba en todas partes, aquel aire de satisfac­ción, de alegría, de paz y piedad que se manifestaba en todos los semblantes, que luego concibieron un proyecto grandioso: el de la erección de un asilo semejante, pero de grandes proporciones, para recoger en él a los mendigos y vagos que pulu­laban por las calles de París.

Ya lo hemos dicho en otro lugar, la B. Luisa de Marillac y san Vicente de Paúl tenían el don especial, la gracia parti­cular de producir en rededor suyo cierta especie de contagiosa caridad. Un pequeño hospicio de cuarenta ancianos, regen­teado admirablemente por las Hijas de la Caridad, sirvió de plan y modelo a un gran establecimiento, destinado a la re­presión de la mendicidad en París.

Comenzaron las Damas por consultar la opinión de la B. Luisa de Marillac, cuya contestación ha llegado hasta nos­otros : «Si miramos esta obra, decía, como obra de caridad y no como obra política, creo que las Damas pueden empren­derla ; pero con dos condiciones : primera, que tengan un con­sejo compuesto del señor Vicente de Paúl y de algunos otros hombres de reconocida piedad y prudencia, y segunda, que las Damas estén dispuestas a preferir y seguir siempre el dicta­men de esos señores antes que su propia opinión.»

Cuán juicioso y prudente era este consejo de la B. Luisa de Marillac, lo demuestra muy claro la experiencia; pues siempre hemos visto surgir grandes dificultades e inconvenientes en los hospitales y otras instituciones benéficas dependientes exclu­sivamente de juntas compuestas sólo de señoras, no obstante su gran piedad y excelente buena voluntad.

Animadas las Damas de la Caridad con esta opinión de la B. Luisa de Marillac, hablaron a san Vicente de Paúl acerca de su proyecto. Una de aquellas Damas ofreció en el acto cincuen­ta mil libras, otra dijo que estaba pronta a asegurar una renta anual de tres mil libras. Alabó el Santo tan hermosos y cristia­nos sentimientos; pero, según su costumbre, dijo que este designio exigía serio y detenido estudio y, sobre todo, que era necesario consultarlo mucho con Dios por medio de la ora­ción.

El celo impetuoso de las Damas de la Caridad quería ir más aprisa, no se acomodaban bien con las prudentes dilacio­nes a que el santo sacerdote las sometía; así es que, en la si­guiente reunión, volvieron a la carga sobre el mismo asunto, asegurando a san Vicente de Paúl que los recursos no falta­rían, proponiendo se pidiera a la reina el edificio y terrenos de la Salpétriére, a lo que se allanó el Santo, encargándose él mismo de tratar este asunto con la soberana.

No es este el lugar de seguir paso a paso todas las peri­pecias de este grandioso proyecto; bastará decir que, vencidas al fin todas las dificultades, el rey Luis XIV publicó un edicto en el mes de abril de 1656, autorizando el Hospital para men­digos, cediendo para ello el edificio y jardines de la Salpétriere, adjudicándole, además, la Piedad y el castillo y tierras de Bicétre. La Duquesa de Aiguillón donó cincuenta mil libras para esta obra y el cardenal Mazarino, a petición de esta se­ñora, ciento cincuenta mil, nombrando director espiritual del nuevo establecimiento al Superior de la Misión y director tem­poral al Presidente del Parlamento de París.

«Van a suprimir la mendicidad de París, escribía san Vi­cente de Paúl, y a congregar a todos los pobres en lugares idó­neos, para mantenerlos, instruirlos y ocuparlos. Gran designio es este y muy difícil en verdad; sin embargo, está ya muy ade­lantado y cuenta con la aprobación de todo el mundo. Muchas son las personas que hacen cuantiosos donativos. El Rey y el Parlamento lo han apoyado vigorosamente y, sin darme noti­cia de ello, han designado para el servicio de los pobres a los sacerdotes de nuestra Congregación y a las Hijas de la Cari­dad, con el beneplácito del señor Arzobispo de París.»

Jamás se habían visto nacer, a la vez, tantas instituciones de beneficencia, tantas obras de caridad cristiana. San Vicente de Paúl y la B. Luisa de Marillac eran los resortes que impul­saban todo este movimiento, decidiendo a gran número de per­sonas, distinguidas por su nacimiento y mérito personal, a em­plear cristiana y dignamente sus riquezas.

Las obras que acabamos de describir, no eran, sin embar­go, las únicas: había aun muchas otras que no pasaban inad­vertidas al ardiente celo e inflamada caridad de aquellos dos corazones generosos y magnánimos. No hemos hablado, en efecto, del hospital de la Piedad, para la preservación de las jóvenes, cuyo honor corría peligro, de la Magdalena, del Temple, para la rehabilitación de las que habían tenido algún desliz; de los locos encerrados en el hospital de las Pequeñas Estancias o de las Jaulas, que la piadosa fundadora aceptó en 1655 para ponerlo al cuidado de las Hijas de la Caridad.

Daremos fin a este capítulo con la relación de la fundación del Hospital de Alisia Santa Reina, en Borgoña.

Un señor Noyers, vecino de París, habiendo ido en pere­grinación con su esposa al sepulcro de la Santa Virgen y Már­tir de Borgoña, se sintió movido a lástima y compasión al ver allí a muchas personas, que, después de las fatigas del viaje, no hallaban alojamiento alguno, habiendo entre ellas muchas enfermas que, con el fin de alcanzar la salud, habían ido en peregrinación al sepulcro de la Santa. En vista de esto, aquel hombre, asociado a algunas otras personas de buena voluntad, formó el proyecto de establecer allí un albergue para recibir a los peregrinos y un hospital para los enfermos.

Atraídos por la fama de san Vicente de Paúl, apenas re­gresaron a París, fueron a exponerle su piadoso proyecto y consultarle los medios de llevarlo a la práctica.

Alabó el Santo su designio sin ocultarles lo difícil de su realización e invitó a aquellos señores a que hicieran unos días (le retiro en San Lázaro para mejor conocer la voluntad de Dios.

Al terminarse el retiro, san Vicente los reunió y les dijo que su designio era cosa de Dios y que, en consecuencia, era necesario emprenderlo. Pero ¿de dónde sacaremos el dinero necesario para una obra de esta naturaleza? se preguntaban asustados aquellos buenos señores.  Será necesario empezarlo en seguida? Entonces, en medio de la deliberación, levantó san Vicente de Paúl la voz y exclamó: «Incontinenti, ¡bendito sea Dios! Sí, señores, él quiere indudablemente esta obra, tened confianza en su bondad, esperadlo todo de su Providen­cia, poned resueltamente manos a la obra, y echad los cimien­tos de un hospital sin preocuparnos de otra cosa más que del bien de los pobres: Dios hará lo demás.»

El hospital y albergue de Alisia Santa Reina se edificó y aun subsiste hoy. San Vicente ayudó a aquellos señores con sus oraciones y limosnas, la B. Luisa de Marillac puso allí a las Hijas de la Caridad para asistir a los pobres y peregrinos, consiguiéndose la protección de la reina y las rentas necesa­rias para su sostenimiento.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *