Luisa de Marillac (10) (Daydi)

Mitxel OlabuénagaLuisa de MarillacLeave a Comment

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Madre y maestra

AMOR DE LA B. LUISA DE MARILLAC A LA COMPAÑÍA DE LAS HIJAS DE LA CARIDAD.             MADRE TIERNA. — VIGILANCIA.—LA B. LUISA DE MARILLAC Y SAN VICENTE DE PAÚL ESTABLECEN A LAS HIJAS DE LA CARIDAD EN EL ESPÍRITU PROPIO DE SU VOCA­CIÓN. — LAS TRES FACULTADES DEL ALMA DE LA COMUNIDAD  HUMILDAD, SENCILLEZ Y CARIDAD. — RESPETO Y SUFRIMIENTO. LAS VIRTUDES DE LOS VOTOS. — NUESTROS SEÑORES LOS POBRES. EL SERVICIO DE LOS POBRES Y LAS PRÁCTICAS DE PIEDAD.

Una vez instituida de modo estable la Compañía de las Hijas de la Caridad, la B. Luisa de Marillac, sin dejar de dirigir las grandes empresas de caridad en las que empleaba a sus Hijas, se aplicó con particular ahínco durante los cinco últimos años de su vida a su formación espiritual. El pro­fundo amor que profesaba a sus Hijas, amor verdaderamente de madre, la facilitaba el cumplimiento de este delicado oficio.

El interés de sus Hijas era el suyo propio, como suyas eran también sus penas y sus alegrías. Por su parte, las Hijas de la Caridad la miraban como a su madre, correspondiéndole con amor respetuoso y tierno. Su trato siempre igual, siempre dulce y suave la ganaba los corazones, inspirando en todas confianza verdaderamente filial. Las recibía siempre que nece­sitaban hablarle, por muchas que fuesen sus ocupaciones, sin manifestarles por ello el menor desagrado, dándoles toda liber­tad para exponerle sus penas y dificultades, procurando reme­diarlas en todo cuanto le era posible, de tal modo, que salían de su presencia llevándose la paz en el alma; pues poseía en alto grado el don de consejo y gracia especial para animarlas a sufrir con buen ánimo, con humildad y resignación perfecta los trabajos, las penas y las enfermedades. Su amor de madre se manifestaba, sobre todo cuando alguna Hermana se veía combatida por tentaciones contra su vocación; entonces redo­blaba su celo y las animaba a perseverar en el camino comen­zado. «Animo, Hermana mía, ánimo, les decía, esta vida es breve y la recompensa de nuestros trabajos será eterna; pero ésta no se dará sino a las que hayan peleado valerosamente.»

La perseverancia de sus Hijas en su santa vocación era su más dulce consuelo, como grande era su pena cuando veía alguna defección.

Si siempre y con todas era madre buena y tierna, esta ter­nura se manifestaba más peculiarmente en la enfermedad. Pro-. curaba a las Hermanas enfermas cuanto era posible para ali­viar sus males y suavizar sus sufrimientos, no omitiendo gasto ni sacrificio alguno, a fin de que aquellas buenas Hermanas, que habían sacrificado su juventud, sus fuerzas, su salud v su vida por servir a los pobres de Jesucristo, estuvieran bien asistidas, participando plenamente de los sentimientos de san Vicente de Paúl, quien decía que para aliviar a los enfermos, si fuera necesario, había que vender hasta los cálices de la iglesia.

Apenas tenía noticia de que algunas Hermanas de las casas de París se hallaban enfermas, las visitaba personalmente con frecuencia, llenándolas de consuelo y alegría, informándose de sí estaban bien atendidas, animándolas y exhortándolas a santi­ficar la enfermedad por medio de la paciencia y resignación ; y, cuando por sus propios achaques no le era posible prestarles en persona este servicio de caridad, les enviaba su Asistenta o les escribía, si se hallaban fuera de la capital, informándose dia­riamente del curso de la enfermedad y, llegado el caso, las disponía y preparaba con especial cuidado, a morir con las más santas disposiciones.

Por muy perfectas que sean las criaturas, siempre a la humana fragilidad se escapan algunos defectos que, aun cuan­do no sean gran cosa en sí mismos, en una Comunidad, si no son corregidos a tiempo, engendran el desorden; por esto la B. Luisa de Marillac unía a su grande amor a las Hermanas, gran vigilancia sobre la observancia y fidelidad en el cumpli­miento del deber y las obligaciones de los distintos oficios. Cuando se veía precisada a corregir, lo hacía siempre impul­sada sólo por la caridad, haciéndolo con tanta prudencia y amor, que quitaba a la corrección lo que ésta tiene de amargo y disponía los ánimos a la enmienda. Reprendía, pero sin ofen­der ni lastimar, proponiéndose la corrección, no la confusión, de las que incurrían en alguna falta.

Uno de los principales objetos de su atención, era formar a sus Hijas en la verdadera y sólida piedad, en hacerlas aptas para desempeñar sus oficios de caridad en favor de los pobres; y, para conseguirlo, nada omitió, llegando hasta enseñar ella misma a leer y escribir a algunas buenas postulantes que venían del campo.

Procuraba que se penetraran bien del fin peculiar de su voca­ción, tal como lo exponen las Reglas: «El fin principal por el que Dios ha llamado y congregado a las Hijas de la Caridad, es para honrar a nuestro Señor Jesucristo, como fuente y modelo de toda caridad, sirviéndole corporal y espiritualmente en la persona de los pobres, ya sean enfermos, niños, encarcelados, ya otros que por vergüenza no se atreven a manifestar sus necesidades. Por este motivo, para que puedan corresponder dignamente a tan santa vocación e imitar tan perfecto ejem­plar, deben procurar vivir santamente y trabajar con gran cui­dado en su propia perfección, uniendo los ejercicios interiores de la vida espiritual a los empleos exteriores de la caridad cristiana en favor de los pobres.»

Un fin tan hermoso como sobrenatural exige perfección poco común, un grado de santidad superior al de las mismas religiosas, cuna vida piadosa se desliza tranquila a la sombra del claustro.

En esta obra de la formación de las Hermanas, san Vi­cente de Paúl la ayudó poderosamente. «Hasta aquí, decía el Santo en su segunda conferencia a las Hijas de la Caridad, mis ocupaciones me han impedido ayudaros, de lo que no dejo de tener algún remordimiento; por lo que he resuelto hablaros cada quince días. Tenemos que revisar vuestro Reglamento, a fin de que, en cualquiera parte donde os halléis, hagáis todas vuestras cosas, vuestra plegaria, vuestra oración, vuestros exámenes, vuestras comidas a la misma hora. Humilláos mucho, mis muy amadas Hermanas y trabajad en haceros per­fectas, en llegar a ser santas.»

Fiel a este programa, san Vicente de Paúl desarrolló todo el espíritu de las Reglas, tal como deben ser observadas en todo lugar y en todo tiempo, en una serie de conferencias que son un tesoro para las Hijas de la Caridad.

La B. Luisa de Marillac les hacía cada semana una ins­trucción, ya sobre el Evangelio o la fiesta del día, ya sobre los misterios de la fe, la necesidad de la oración y modo de hacer­la, sobre la grandeza de su vocación, sobre el servicio espiri­tual y corporal de los pobres, con tanta sencillez y a la vez con tanta unción y amor, que las Hermanas experimentaban gran consuelo en oirla. Animábalas a aplicarse cuidadosamente a la adquisición de las virtudes cristianas, haciendo todas sus cosas en espíritu de humildad, de sencillez y de caridad, tres virtu­des que, como decía san Vicente, eran como las tres faculta­des del alma de su Comunidad y como la más pura expresión del espíritu que debe animar a todas las Hijas de la Caridad.

Las instrucciones que la B. Luisa de Marillac daba a sus Hijas, iban siempre acompañadas del ejemplo que a todas daba, a imitación del buen Jesús, a quien se proponía imitar en todo, quien empezó por practicar aquello mismo que quería enseñar.

Por humildad, en lugar de titularse Superiora, se llamaba la sirvienta de las pobres Hijas de la Caridad y, a su ejemplo, hasta hoy, la Hermana que en una casa particular ejerce el cargo de Superiora, se llama la. Hermana sirvienta.

En la práctica de esta virtud fundamental, les encargaba mucho que procurasen formar siempre baja idea de sí mis­mas, teniendo el mejor concepto y opinión de sus Hermanas, hablando bien de ellas en todas ocasiones, encargándoles tuvie­sen siempre gran deferencia con respecto al modo de pensar de sus compañeras, procurando no contradecirlas, sino adherirse, en cuanto se pueda, a su juicio y opinión.

Por lo que toca a la sencillez, la segunda de las virtudes que constituyen el espíritu de la vocación de las Hijas de la Cari­dad ; virtud por la que el alma va derecho a Dios, derecho a la verdad, derecho al deber, sin torcerse hacia ningún lado, la B. Luisa de Marillac la recomendaba encarecidamente a sus hijas, a fin de que hicieran las obras de su vocación en silencio, ocultamente y lejos de las miradas de las criaturas, desdeñando las alabanzas humanas y procurando mostrarse siempre francas, abiertas, leales y llenas de candor. «Vivamos = les decía — como muertas en Jesucristo ; nada hagamos que no sea por Jesús, no pensemos más que en Jesús, no vivamos más que para Jesús y para el prójimo. Considerad que Dios ama de preferencia a las que parecen más débiles y más pusilánimes, y que, en la distribución de sus gracias, no atiende a las dispo­siciones naturales, sino que se comunica con mayor largueza a las almas sencillas.»

La caridad, Virtud fundamental del Instituto, fue punto que jamás perdió de vista y la que más recomendaba en sus instrucciones; pues, siendo esta virtud el primordial objeto por el cual la Compañía había sido instituida y llamándose ellas Hijas de la Caridad, debía ser el suave y hermoso vínculo que las mantuviera unidas entre sí, prestándose toda suerte de mutuos y caritativos servicios.

«Amáos como hermanas que Jesucristo ha unido por su autor; tened presente que, habiéndoos Dios elegido y juntado en comunidad para servirle en un mismo ejercicio, debéis ser como un cuerpo animado de un mismo espíritu y ‘miraros las unas a las otras como miembros de este cuerpo.»

Su frase favorita era: Practicad la santa» cordialidad, es decir, quería que hubiese entre ellas aquella efusión de cora­zones, aquel afecto mutuo, pero respetuoso, fino y delicado, que es la forma exterior de la caridad. «Si la humildad, la sencillez y la caridad, que hace que nos soportemos las unas a las otras, están bien arraigadas en vuestras almas, vuestra pequeña Compañía estará compuesta de tantas santas cuantas sean las personas que se hallen en ella».

Las virtudes que constituyen la materia de los santos votos, era también objeto frecuente de sus maternales instrucciones La pobreza evangélica, la angelical virtud de la pureza, la obe­diencia ciega, el amor a su santa vocación; para todo tenía palabras llenas de piedad y persuasión.

Siendo el servicio de los pobres la razón de ser de la Com­pañía de las Hijas de la Caridad, ya se comprenderá fácil­mente cuánto debía preocuparse de formar a las Hermanas en este servicio. A los pobres hay que mirarlos y servirlos con gran respeto, hay que ver en ellos a la persona misma de Nuestro Señor que ha dicho: Lo que a ellos hiciereis, a mí me lo hacéis. Con esta vista sobrenatural, con este espíritu de fe, quería que las Hijas de la Caridad mirasen a los pobres como a sus señores, teniendo a grande honor estar a su servicio.

El servicio de los pobres es cosa tan esencial a la vocación de las Hermanas, que este servicio debe preferirse a todo, absolutamente a todo, aun a los mismos ejercicios de piedad, sin tener escrúpulo en interrumpir la oración o cualquier otra práctica piadosa para ir a asistir a un enfermo, si en aquel momento éste necesita sus servicios; pues esto no es sino dejar a Dios por Dios.

Con este mismo fin, quería que las Hermanas se instruye­sen en todo lo concerniente a la asistencia de los enfermos, a la preparación de los medicamentos y al modo de aplicarlos.

Junto con el respeto y veneración que debían tener a los pobres, les encargaba mucha paciencia para soportar sus inco­modidades y molestias, tratándolos siempre con igual dulzura y afabilidad, sin descuidar las necesidades de su alma, inspi­rándoles santos y piadosos pensamientos, ayudándoles a san­tificar su enfermedad, excitando en ellos sentimientos de su­misión y conformidad a la voluntad de Dios, procurando pre­pararlos y disponerlos bien para una buena y santa muerte.

 

 

 

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