La peregrinación a Chartres
El acontecimiento providencial de Pentecostés del año 1642 ha fortalecido a Luisa de Marillac en su misión. Dios protege a la Compañía de las Hijas de la Caridad. Dios la ama con un amor especial.
El año 1643 empieza con la célebre conferencia sobre la imitación de las buenas aldeanas. El mismo día de dicha conferencia, ya a última hora de la tarde, Luisa de Marillac da las gracias al Señor Vicente:
«Espero que nuestras Hermanas harán buen uso de la instrucción que su caridad nos ha dado hoy; su corazón abunda en ese deseo, por lo que desearían recordar siempre lo que nos ha dicho; esto me mueve a rogarle encarecidamente nos envíe el resumen de los puntos que tenía usted; creo que con ello recordaré buena parte de lo que nuestro buen Dios nos ha dicho por su boca…»
Después de haber recibido el esquema de la Conferencia, Luisa redacta con arte el contenido de la misma. Hace resaltar cada una de las virtudes necesarias a las Hijas de la Caridad con estas palabras que repite como un estribillo:
«En esto conoceréis que lo sois de verdad (verdaderas Hijas de la Caridad)…
si no sois obstinadas en vuestras opiniones… si no os creéis más de lo que sois…
si conserváis la sobriedad de las buenas aldeanas… si os contentáis con lo que se os da…
si preferís la comodidad de los pobres a la vuestra…
En la Conferencia se presenta a la Santísima Virgen como modelo de la Hija de la Caridad.
«Si queréis ser verdaderas Hijas de la Caridad, os tiene que servir el ejemplo de la Santísima Virgen…»
En junio de 1643, una sencilla circunstancia llevó a ambos Fundadores a interrogarse. Una Hermana de una Parroquia ha pedido que se le dé por escrito «la práctica de lo que se hace en la Casa». Nada hay redactado todavía. ¿No habrá llegado el momento de hacerlo? Luisa de Marillac anota al principio del texto de la Conferencia del 14 de junio de 1643:
«Nuestro muy honorable Padre todavía no había podido decidirse a redactarlo por escrito; en lo cual tenemos un motivo para reconocer que la Divina Providencia se ha reservado la dirección de esta obra a la que hace avanzar o retroceder como a ella le place».
El Sr. Vicente, consciente de que «las obras que se refieren al servicio de Dios acaban ordinariamente con los que las comenzaron si no hay algún vínculo espiritual entre las personas que trabajan en ellas», se decide por fin a redactar el reglamento de las Hijas de la Caridad y piensa en pedir el reconocimiento de la Compañía al Arzobispo de París.
Luisa de Marillac se ve feliz con tal decisión, pero se da cuenta de las dificultades que no dejarán de presentarse. ¿Aceptará la Iglesia reconocer a esta Cofradía «secular» de Siervas de los Pobres? ¿No existirá el riesgo de que se renueve lo ocurrido con las Hijas de la Visitación, de Monseñor Francisco de Sales, que han tenido que encerrarse detrás de las rejas de un claustro? Si el Arzobispo de París se niega a aceptar la existencia de unas Hermanas consagradas a Dios «que van y vienen» por las calles y los pueblos, ¿cómo podrá proseguirse después el servicio a los Pobres?
Pero, por otra parte, el reconocimiento oficial dado por la Iglesia es necesario para la supervivencia de la Compañía; Luisa de Marillac piensa entonces en hacer la peregrinación a Chartres para solicitar la intercesión de Nuestra Señora. Y expresa al Señor Vicente, que se halla ausente de París, la finalidad de su viaje:
«Le suplico humildemente me permita hacer el viaje a Chartres durante su ausencia, para encomendar a la Santísima Virgen todas nuestras necesidades y las proposiciones que le he hecho a usted. Ya es tiempo de pensar en mí y delante de Dios le aseguro que creo va en ello el interés de nuestra pequeña Compañía…».
En octubre de 1644, Luisa de Marillac se pone en camino. Llega a Chartres el viernes 14. Al día siguiente, sábado, sube a la Catedral para rogar a Nuestra Señora. El lunes 17 de octubre, con cierta solemnidad, confía la Compañía naciente a María, la humilde esclava del Señor y le pide quiera ser su Madre para mantenerla fiel a la misión que Dios le ha encomendado.
El acto de Luisa va dictado por su profundo deseo de fidelidad a la voluntad de Dios, su gran inquietud por proseguir el Servicio a los Pobres puesto en manos de la Compañía. María es para ella la que durante toda su vida, y a pesar de las dificultades, ha dicho Sí plenamente al proyecto de Dios.
«¡Sea eternamente gloriosa esa hermosa alma, elegida entre miles y millones por su adhesión a los designios de Dios!»
El relato de la consagración de la Compañía a María que Luisa redacta a su regreso, expresa con toda claridad los motivos de haber elegido a María como Madre y Guardiana de la Compañía.
«El lunes, día de la Dedicación de la iglesia de Chartres, lo empleé EN OFRECER A DIOS LOS DESIGNIOS DE SU PROVIDENCIA SOBRE LA COMPAÑIA DE LAS HIJAS DE LA CARIDAD ofreciéndole enteramente dicha Compañíay pidiéndole su destrucción antes de que pudiera establecerse en contra de su santa voluntad,pidiendo para ella por las súplicas de la Santísima Virgen, Madre y Guardiana de dicha Compañía,la pureza de que tiene necesidad.
Y VIENDO CUMPLIDAS EN LA SANTISIMA VIRGEN LAS PROMESAS DE DIOS A LOS HOMBRES, y en la realización del Misterio de la ENCARNACION, cumplido el voto de la Santísima Virgen, pedí para la Compañía esa fidelidad por los méritos de la SANGRE DEL HIJO DE DIOS Y DE MARIA, y que El mismo fuese el lazo fuerte y suave de los corazones de todas las Hermanas, para honrar la unión de las TRES DIVINAS PERSONAS».
Luisa de Marillac hace un paralelo entre los designios de Dios sobre la Compañía y las promesas hechas a los hombres. María se halla en el centro de la Encarnación y de la Redención. En efecto, es María la que ha dado a Cristo su humanidad, esa vida que El va a entregar por la salvación de todos los hombres; es María la que le ha dado su sangre, esa sangre que va a derramar en el Calva’ iu.
«Ten compasión, Santísima Virgen, de todas las almas rescatadas por el Hijo de Dios y tuyo. Muestra a la justicia divina los purísimos pechos que le han ofrecido la sangre derramada en la muerte de tu divino Hijo para nuestra Redención, a fin de que el mérito de ésta sea aplicado a todas las almas de los agonizantes para darles una completa conversión, y a nosotros alcánzanos con tus súplicas todo aquello de que tenemos necesidad para glorificar a Dios eternamente…».
A María, tan estrechamente asociada a la Redención, Luisa de Marillac le pide que conceda a la Compañía la fidelidad a la vocación que Dios le ha confiado. Luisa admira la adhesión plena de María al designio de Dios que quiso hacer depender de su «Sí» la Encarnación del Verbo y, como consecuencia, la Redención de los hombres. Por eso le pide para todas las Hijas de la Caridad esa misma adhesión a la voluntad de Dios manifestada en su vocación, esa misma disponibilidad para servir a la humanidad doliente, para ser las humildes siervas de Cristo en los Pobres.
María participa de una manera especial en el Misterio de la Santísima Trinidad, y Luisa se complace en glorificarla por sus títulos de Hija amada del Padre, Madre del Hijo y digna esposa del Espíritu Santo.
«Quiero durante toda mi vida y en la eternidad, amarla y honrarla tanto como pueda en agradecimiento a la Santísima Trinidad por la elección que hizo de Ella (la Santísima Virgen) para estar tan estrechamente unida a su Divinidad, y quiero honrar a las tres Divinas Personas distinta y conjuntamente en la Unidad de la esencia divina».
Luisa pide a María sea Ella la guardiana de la vida comunitaria, que tantas veces ha presentado y quiere ver como imagen de la Santísima Trinidad.
María, en la pureza de su amor, no puso obstáculo alguno entre Dios y ella; Luisa le pide para la Compañía esa misma pureza en su entrega a Dios, esa misma integridad en su adhesión a la misión que ha recibido.
Al aceptar ser el eslabón, la intermediaria para la Encarnación de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, Maria se compromete mediante una entrega total
de sí misma a participar en la misión salvífica de su Hijo. Acepta en Fe seguirle a través de la incomprensión y el sufrimiento. Al primer «Sí» de María seguirán otros muchos. María fue adelantando paso a paso en la comprensión y en la realización de su misión de Madre del Salvador. Luisa reconoce hasta qué punto vivió María en la intimidad del Misterio del Redentor.
«… es de tu amado Hijo, mi redentor, de quien has recibido las heroicas virtudes que has practicado en este mundo…».
En el Calvario, María acoge la Palabra de su Hijo agonizante. Su maternidad se extiende a Juan, a la Iglesia, a la humanidad toda… «Esta maternidad de María (con relación a los hombres)… tiene su momento culminante… cuando se realiza el sacrificio de la Cruz de Cristo, su misterio pascual», dice Juan Pablo II en su encíclica «Redemptoris Mater». Luisa de Marillac admira la total disponibilidad de María con relación a su nueva misión cerca de todos aquellos a quienes su Hijo le confía desde lo alto de la Cruz.
«…mirando a la Santísima Virgen, cómo acepta la privación de su Hijo, quedándose Ella en la tierra por el bien de los cristianos»….
María derrama sobre los hombres toda su ternura de mujer, toda su bondad de madre.
«…con decir que es la Madre de tu Hijo, se ha dicho todo, pero ¡qué admirables son en sí mismas todas las operaciones de María! No sin razón la Santa Iglesia la llama Madre de Misericordia…».
La misericordia nace en el corazón, en las entrañas de una madre. Es la manifestación de un amor fiel, lleno de atención y compasión. En su meditación sobre las virtudes de María, Luisa se detiene en
«… su gran desprendimiento y la dulce tranquilidad de su alma en medio de los padecimientos y muerte de su Hijo, su desasimiento de todas las cosas al permanecer en la tierra después de la Ascensión, por el puro amor que tenía a Dios y por la salvación de las almas en la que trabajó el resto de sus días, en perfecta imitación del espíritu de su Hijo…».
Al establecer a María Madre de la Compañía, Luisa de Marillac le pide que guíe a cada una de las Hermanas y a la Compañía entera, en la plena aceptación de la vocación que ha recibido. Le pide que oriente a cada una de las Hermanas y a toda la Compañía para que puedan descubrir y reconocer a Cristo en todos aquellos a quienes tratan. Luisa encomienda a María ese servicio corporal y espiritual hecho a los Pobres, humilde participación en el Misterio de Amor de la Redención. Cumplir el designio de Dios es, para cada Hija de la Caridad y para toda la Compañía, vivir como humilde sierva, entregada a Dios para la liberación, para la salvación de los Pobres, de todos aquellos a quienes Cristo ama con amor preferencial.
De regreso a París, Luisa de Marillac va a proseguir, secundando al Señor Vicente, la preparación de la súplica que habrá de entregarse, un año después, hacia septiembre de 1645, a Mons. Juan Francisco de Gondi, Arzobispo de París.






