Luisa de Marillac (05)

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

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Author: Elisabeth Charpy, H.C. · Year of first publication: 1987 · Source: Ecos de la Compañía.
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La gran intuición

OLYMPUS DIGITAL CAMERASin dejar de trabajar activamente al servicio de las Cofradías de la Caridad, Luisa de Marillac reflexiona en lo que Dios le había hecho entrever en la Fiesta de Pente­costés de 1 623: vivir en una comunidad, hacer los votos de pobreza, castidad y obediencia…

Ignora totalmente cómo podrá realizarlo y se esfuerza, siguiendo los consejos del Sr. Vicente, por vivir en paz y alegría, manteniéndose disponible.

Por su parte, Vicente de Paúl prosigue su actividad misionera en las aldeas. En 1630, durante una misión, ve cómo se le acerca una campesina. Desde el primer mo­mento queda impresionado por su mirada, profunda y llena de vitalidad, que irradia alegría y refleja el amor de Dios que reside en ella.

Brevemente, Margarita Naseau cuenta su historia. Muchas veces habrá de recor­darla el Sr Vicente en sus conferencias a las Hermanas. Natural de Suresnes, Marga­rita fue durante años vaquera en casa de sus padres.

«Movida por una fuerte inspiración del Cielo, tuvo el pensamiento de instruir a la juventud, compró un alfabeto, y, como no podía ir a la escuela para aprender, fue a pedir al señor Párroco o al Vicario que le dijese qué letras eran las cuatro primeras; otra vez les preguntó sobre las cuatro siguientes, y así con las demás. Luego, mientras seguía guardando sus vacas, estudiaba la lección. Si veía pasar a alguien que daba la impresión de saber leer, le preguntaba: «Señor, ¿cómo hay que pronunciar esta palabra?» Y así, poco a poco, aprendió a leer. Luego, instruyó a otras muchachas de su aldea. Y en­tonces se resolvió a ir de aldea en aldea para enseñar a la juventud, con otras dos o tres jóvenes que ella había formado.»

Margarita acaba de oír al Sr. Vicente hablar de las Cofradías de la Caridad y de los numerosos enfermos que socorren. Quizá tendría ella que consagrarse a este nue­vo servicio y dejar la enseñanza de las niñas en manos de las otras jóvenes a las que ha preparado.

Vicente queda admirado. La Providencia vela por las Cofradías que desde hace tiempo le preocupan. Las Señoras de esas Cofradías de las Parroquias de París todas ellas de «buena posición» (es decir, de la aristocracia o de la alta burguesía) tienen muy buena voluntad para servir a los pobres, pero, según dice el Santo al relatar los comienzos de la Compañía:

«…pero cuando llegaron a la ejecución, se vieron impedidas de hacerles los servicios más bajos y penosos…».

«…muchas veces les resultaba molesto llevar aquella olla, de forma que esto les repugnaba…».

Entonces, las Señoras se descargaban de esas tareas enojosas en sus criadas. ¿Qué iba a ser de la Caridad? se pregunta Vicente de Paul. Aquellas criadas obedecían a sus señoras, ejecutaban el trabajo, pero no transmitían a los pobres enfermos el afecto y la ternura que ellos esperaban. ¿No llegará a convertirse la Caridad en un trabajo frío e impersonal? De modo que Vicente acepta con emoción la propuesta de Margarita.

«…Las Señoras de la Caridad de San Salvador, como eran de elevada posi­ción, buscaban a una joven que quisiese llevar el puchero a los enfer­mos…».

Sencillamente, Margarita empezó su servicio en la Parroquia de San Salvador de París, y con la misma naturalidad, el Sr. Vicente puso al corriente a su colaboradora de este acontecimiento. Luisa de Marillac y Margarita Naseau habían de verse varias veces.

«Le suplico, Señorita… que me diga… si esa buena muchacha de Suresnes que otras veces la ha visitado y que se dedica a enseñar a otras muchachas, ha ido a verla, como me lo prometió el domingo último…».

Durante aquellos encuentros, Luisa de Marillac inicia a Margarita en el cuidado de los enfermos. Margarita cuenta todo lo que ha sido su vida durante los dos años dedicados por ella a la enseñanza de las niñas. Una y otra se maravillan de los cami­nos de la Providencia, una y otra se van enterando mejor de las necesidades de los más abandonados: los enfermos pobres que no tienen a nadie que los asista, las niñas pobres a los que no admiten en las escuelas.

Luisa de Marillac descubre la fe profunda de Margarita, Fe sellada por una docili­dad al Espíritu, una humildad sencilla, una alegría interior. Admira la delicadeza de Margarita hacia todos los pobres, incluso los más repugnantes.

Una tarde, Margarita recibe a una pobre mujer enferma y le ofrece su propia cama para pasar la noche. Días después, Margarita cae enferma, todo deja suponer que ha contraído la peste, enfermedad rápidamente mortal en aquellos años de epide­mia. El Señor Vicente recomienda a Luisa de Marillac que se haga todo lo posible por salvar aquella sierva de los pobres:

«…En cuanto a Margarita, sería conveniente que la visitara el cirujano del Hospital de la «Santé»… habrá que hacerlo cuanto antes…».

A pesar de las precauciones tomadas, el estado de salud de Margarita empeora. Se la lleva al Hospital de San Luis, reservado a los apestados.

«…Dijo adiós a la Hermana que estaba con ella como si hubiese previsto su muerte, y se marchó a San Luis, con el corazón lleno de alegría y de confor­midad con la voluntad de Dios».

Margarita murió en los últimos días de febrero de 1633. Tenía 39 años. En el co­razón de San Vicente y de Santa Luisa, quedó grabada como «la primera Hermana que tuvo la dicha de mostrar el camino a las demás.

El ejemplo de Margarita fue comunicativo. Pronto, otras aldeanas se presentaron para ayudar en las Cofradías: Germana, Juana, Jacoba, Micaela, María … Generalmen­te, es el Sr. Vicente quien las recibe y luego se las envía a la Srta. Le G ras.

«María (se trata de María Joly) me ha contestado con mucho interés, cari­ño y humildad que está dispuesta a hacer cuando usted quiera y de la manera que quiera; que lo único que siente es no tener bastante juicio, fuerza y humildad para servir para eso; pero que usted le dirá lo que tenga que hacer y ella seguirá enteramente sus instrucciones».

Luisa de Marillac instruye a estas muchachas, les enseña los rudimentos de los cuidados que dar a los enfermos, les explica cómo funciona una Cofradía de la Cari­dad. Además, les hace seguir unos breves Ejercicios Espirituales, teniendo en cuenta su evolución en el camino de la perfección. Cuando estas muchachas llegan a ser más numerosas, Luisa reparte el trabajo, escoge las Parroquias en las que hay más que hacer… Vicente aconseja, pero deja toda la iniciativa a su colaboradora.

Durante la visita a la Cofradía de Mesnil, Luisa de Marillac informa al Sr. Vicente de que ha encontrado una maestra de escuela, pero que es muy joven:

«Si esa buena muchacha de dieciocho años tiene sentido común y firmeza de espíritu, no ponga ninguna dificultad en confiarle el cuidado de las niñas. Un buen juicio a esa edad es mejor que uno torcido a los cincuenta años».

En un momento en que se recrudeció la epidemia de peste, el Sr. Vicente expre­sa a Luisa de Marillac su deseo de que sea prudente. Tiene reciente el recuerdo de la muerte tan rápida de Margarita Naseau:

«Le ruego… acepte que le diga que no debe enviar a sus muchachas al lugar que me dice sin saber antes por el médico si hay peligro o no…

Luisa de Marillac que está a diario en contacto con estas aldeanas, tan deseosas de servir a los pobres y de vivir en plenitud su vida cristiana, piensa que habrá que hacer algo más. ¿No se halla ante lo que le indicaba la Luz de Pentecostés: «Una co­munidad en que habría movimiento de idas y venidas»?

De la correspondencia parece deducirse que ya desde 1630 Luisa de Marillac ha­bla a Vicente de esta intuición. Pero él se muestra muy reticente.

«Me alegro del establecimiento de esas buenas jóvenes …(probablemente en una de las Cofradías de la Caridad de París); alabo su deseo de darles al­gún cuadro, pero no así que dé lugar a los pensamientos que tiene sobre este asunto. Usted pertenece a Nuestro Señor y a su Santa Madre. Entré­guese a ellos y al estado en que la han puesto, esperando que ellos indiquen que desean alguna otra cosa de usted…».

A otra pregunta de Luisa, su director le responde que debe honrar la vida oculta de Nuestro Señor:

«Esa es la posición que le corresponde a una hija querida de Dios. Mantén­gase en ella, señorita, y resista animosamente a todos los sentimientos que le lleguen contrarios a éste, segura de que está por este medio en el estado que Dios le pide para hacerla pasar a otro, para su mayor gloria, si así lo juz­ga conveniente…».

Pasan los meses y parece que la intuición se precisa cada vez más en el pensa­miento de Luisa de Marillac. Quizá hubiera hablado de ello con Margarita Naseau… Humildemente, Luisa somete de nuevo su pensamiento al Señor Vicente (hacia 1631 ó 1632). Este permanece firme:

«En cuanto a lo otro, le ruego, una vez para siempre, que no piense en ello hasta que Nuestro Señor haga ver que Él lo quiere, ya que ahora deja ver sentimientos contrarios a ello… Usted intenta convertirse en sierva de esas pobres muchachas, y Dios quiere que sea sierva de El…».

El deseo de Luisa de llegar a ser la Sierva de las muchachas de la Caridad, parece entonces a San Vicente opuesto a los designios de Dios. Las Religiosas de la Visita­ción, fundadas por Monseñor Francisco de Sales, se han visto obligadas a encerrarse en un claustro… Formar una Comunidad, puede suponer el suprimir el servicio a los pobres a domicilio. Además, estas muchachas que Luisa de Marillac desea reunir son campesinas sin dote, sin cultura. ¿Cómo pensar en fundar con ellas una Comunidad en aquel siglo XVII en que la vida religiosa estaba reservada a las jóvenes de las «fa­milias pudientes»? Todo parece oponerse al deseo de Luisa. El Señor Vicente la invita a que permanezca en paz.

«…El reino de Dios es la paz en el Espíritu Santo, que reinará en usted si su corazón se halla en paz. Guárdese, pues, en paz, señorita, y honrará sobera­namente al Dios de la paz y del amor».

¿Qué hacer cuando una inspiración que parece procede de Dios, que resulta evi­dente, sólo encuentra oposición y rechazo? Esperar, orar, pedir signos más claros para los que deben tomar las decisiones… Es lo que hace Luisa de Marillac. Su proyecto, o más bien, el proyecto de Dios, no lo abandona por su parte. Lo deja madurar en su co­razón y suplica al Señor que ilumine a Vicente de Paúl.

Hacia mayo de 1633, parece como si el Sr. Vicente empezara a tomar en consi­deración el proyecto de Luisa de Marillac. Por lo menos, se ve que reflexiona en él.

«Y en relación con el asunto en que se interesa, todavía no tengo el corazón bastante iluminado ante Dios, por una dificultad que me impide ver si es esa la voluntad de su divina Majestad. Le ruego, señorita, que le encomie de este asunto durante estos días en que Él comunica con mayor abundan­cia las gracias del Espíritu Santo, así como el propio Espíritu Santo. Insista­mos, pues, en nuestras oraciones y manténgase muy alegre».

Lentamente, prudentemente, Vicente de Paúl intenta discernir los signos de Dios, descubrir su voluntad. Luisa querría una solución más rápida y manifiesta cierta impa­ciencia:

…»lo que me parece que El pide de usted es que honre su santa Providencia, sin prisas ni agobios…».

…»y permita que añada la recomendación de las santa indiferencia, aunque la naturaleza clame por lo contrario, y que le diga que hay que temerlo todo hasta que hayamos llegado a esa indiferencia, ya que nuestras inclinaciones son tan malignas que se buscan a sí mismas en todo.

La admirable conclusión de esta carta muestra hasta qué punto, por fin, ha hecho suyo el Sr. Vicente el proyecto presentado por su colaboradora, y cuánto desea que, verdaderamente, sea el proyecto de Dios:

«Ahora bien, que Nuestro Señor esté en nuestro corazón y nuestro corazón en el Suyo, a fin de que sean tres en uno solo y uno solo en los tres, y no queramos más que lo que El quiere».

El Sr. Vicente aprovecha los ocho días de silencio y oración de sus Ejercicios es­pirituales, en agosto de 1633, para consultar con Dios la oportunidad de reunir a las muchachas. Sabe que éstas son capaces de las más altas virtudes cristianas (tanto como cualquier religiosa). Margarita Naseau dio el ejemplo, y desde entonces, las ha visto trabajar, sencillas y sin pretensiones, sin escatimar esfuerzo ni cansancio, para atender a los enfermos, movidas por un profundo amor a Dios. Reunirlas en una pe­queña Cofradía sería el medio de ayudarlas, sostenerlas, «perfeccionar» su servicio en las Caridades…

Al final de sus Ejercicios, el Sr. Vicente comunica sencillamente a Luisa de Mari­Ilac el resultado de sus meditaciones:

«Creo que su ángel bueno ha hecho lo que me indicaba en la que me escri­bió. Hace cuatro o cinco días que ha comunicado con el mío a propósito de la Caridad de sus hijas; pues es cierto que me ha sugerido con frecuencia su recuerdo y he pensado seriamente en esa buena obra. Hablaremos de ello, Dios mediante, el viernes o el sábado».

Unas semanas después, queda tomada la decisión. Luisa de Marillac propondrá a las jóvenes esta «aventura» de una vida consagrada en medio del mundo. No to­das respondieron que sí. Parece que Germana, la maestra de Villepreux, no llegó nun­ca a unirse al grupo. A finales de octubre, el Sr. Vicente, con su acostumbrada pru­dencia, escribe a la Señorita:

«Tenemos que vernos antes de decidir lo de las jóvenes. Y no podremos hacerlo antes del fin de semana. Cítelas para dentro de doce o quince días, en cuyo momento las avisará…».

El 29 de noviembre de 1633, Luisa de Marillac, segura ya de la voluntad de Dios, recibe en su casa, cercana a la parroquia de San Nicolás «du Chardonnet», a cinco o seis jóvenes para hacerlas vivir en Comunidad y servir a los pobres. Así nace la Compañía de las Hijas de la Caridad.

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