Luisa de Marillac (01)

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

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Author: Elisabeth Charpy, H.C. · Year of first publication: 1987 · Source: Ecos de la Compañía.
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OLYMPUS DIGITAL CAMERA«Contra viento y marea, conserven su identidad», decía Juan Pablo II a las Hijas de la Caridad en la Asamblea General de 1985.

Durante toda su vida, Luisa de Marillac tuvo también que enfrentarse con vientos y mareas, tempestades y huracanes. Con el ancla firmemente hundida en la Fe, orien­tó la proa hacia Cristo, Hijo de Dios e Hijo de María, hacia Cristo que ha querido ha­cerse presente en los miembros más pobres de su Cuerpo Místico.

Luisa de Marillac alimentó toda su vida un gran deseo: el de ser fiel al designio de Dios sobre ella. Pero, ¿cómo llegar a realizar ese proyecto de Dios, cómo ser fiel a su voluntad, si numerosos obstáculos le cerraban el camino y amenazaban con hundir su frágil embarcación? En octubre de 1655, escribía al Señor Vicente:

«… Tengo gran necesidad de aprender a prepararme a ello (a salir de este mundo), y es lo que espero de su caridad para no naufragar antes de llegar a puerto, meta de mi navegación…».

Las cartas y meditaciones de Santa Luisa de Marillac nos permiten descubrir su dinerario, verla avanzar entre sombras y luces, alegrías y penas, hacia el Señor. En sus escritos, Luisa de Marillac se revela como una mujer en la que han dejado profunda huella sus orígenes (nacimiento, ambiente social); una mujer afectada por los aconte­cimientos políticos y religiosos de su época; una mujer llena de vitalidad, a la que le wista reír, que vibra intensamente ante cada situación que se le presenta. Luisa de Marillac se nos muestra también como una teóloga y una mística: ha pasado por la experiencia de Dios y de El ha recibido el amor y respeto hacia todo hombre.

«… mi espíritu ha recordado el pensamiento que había tenido de que el de­signio de la Santísima Trinidad era que el Verbo se encarnase ya desde la creación del hombre, para hacerle llegar a la excelencia del ser que Dios quería darle por la unión eterna que quería tuviese con El…», escribe en una de sus meditaciones.

En el transcurso de este año 1987, los ECOS de la Compañía se proponen ofrecer sus lectores una reflexión sobre Santa Luisa de Marillac, su personalidad, su inter­vención en la fundación y afianzamiento de la Compañía de las Hijas de la Caridad.

Infancia y adolescencia de Luisa de Marillac

«Dios me ha concedido tantas gracias como la de darme a c su santa voluntad era que yo fuese a El por la cruz que su bondad ha que­rido que yo tuviese desde mi mismo nacimiento y no habiéndome dejado casi nunca en toda edad (de mi vida) sin ocasiones de sufrimiento…».

La infancia y adolescencia de Luisa de Marillac se ven, efectivamente, surcadas por sufrimientos que penetran profundamente en su ser. Su personalidad recibe y conserva esa impronta dolorosa.

Luisa de Marillac no habrá de conocer nunca lo que es la ternura de una madre, tampoco habrá de gozar del calor de un hogar familiar. Su padre, Luis de Marillac, nacido en 1556, era viudo en el momento del nacimiento de su hija. ¿Quién era la madre de ésta? Nadie lo sabe y nadie lo llegará a saber jamás. La partida de bautismo de Luisa no se ha encontrado, pues numerosos registros del siglo xvii han desaparecido.

El padre de Luisa vuelve a casarse el 15 de enero de 1595, con Antonia Le Ca­mus, viuda también y madre de tres hijos. En tal momento, previendo, sin duda, futu­ras dificultades, Luis de Marillac constituye para su hija, mediante acta notarial, una renta; y lleva a Luisa interna al Convento de Poissy, sin ir a vivir con su madrastra. En sus escritos, Luisa habla de sus primos los Marillac y los Attichy, pero no hay en ellos una sola alusión a su hermana de padre, lnocenta, nacida en 1601.

Luisa de Marillac nace el 12 de agosto de 1 591. No se conoce el lugar de su naci­miento; pero lo más probable es que su madre residiera en París y tuviera que sufrir, durante su embarazo, las privaciones del largo asedio de la ciudad. En efecto, en 1590, París se ve cercado por las tropas de Enrique IV, heredero del trono de Francia después del asesinato de Enrique III. Enrique IV es hugonote y se ve rechazado por una parte de los franceses. El asedio de París lleva consigo una gran hambre que han de sufrir todos sus habitantes. Esto explica también la frágil salud de Luisa y sus frecuentes jaquecas.

A los 13 años, Luisa experimenta un nuevo sufrimiento. Su padre fallece el 25 de julio de 1604. Luis de Marillac amaba profundamente a su hija, aunque ese afecto lo manifestara de una manera irregular. En su testamento escribe:

«Que había sido su mayor consuelo en el mundo y que creía que Dios se la había dado para solaz de su espíritu en las aflicciones de la vida».

A la muerte de su padre, Luisa se ve aquejada por una enorme soledad, por un sentimiento de abandono. Está sola en la vida. Su tío, Miguel de Marillac, pasa a ser su tutor, pero se muestra distante, lejano.

A pesar de todos los sufrimientos que ha tenido que soportar en su juventud, Luisa va a encaminarse y a alcanzar la santidad. En esto podemos leer un mensaje que Dios nos dirige para revelarnos que cualquier niño herido por la vida puede llegar a hacer algo bueno, puede realizarse y conseguir una verdadera santidad.

Luisa recibe una educación que le aporta indudablemente alegrías y riquezas, pero que es también fuente de nuevos sufrimientos. Muy niña, se ve confiada a las Reli­giosas Dominicas del Real Convento de Poissy. Fundado por el santo Rey Luis IX, este Convento recibe como educandas a algunas niñas de la nobleza para darles una formación en consonancia con su rango en la sociedad.

Luisa de Marillac pertenece a una de las familias francesas más conocidas, que, en los siglos XVI y XVII, ocupaba puestos importantes en el Ejército y en la Administra­ción. Su tío Miguel —su tutor— llegará a ser Ministro de Justicia, el primer personaje después del Rey. Su tío Luis es Mariscal de Francia, la más alta dignidad del Ejército. El marido de su tía Valence será Ministro de Hacienda.

De su familia, oriunda de Auvernia, Luisa recibirá la herencia de un agudo senti­miento del honor, un gran sentido de responsabilidad en el trabajo, cierta impetuosi­dad, un alma mística. También se dice de los Marillac que son hermosos físicamente y altivos.

En Poissy, Luisa recibirá una educación esmerada: una formación religiosa profun­da; aprenderá a conocer a Jesucristo, a amarle, a comunicarse con El en la oración, a servirle en los pobres. La jornada en el monasterio queda regulada por la oración y la vida sacramental.

Las Religiosas Dominicas imparten a sus alumnas una sólida cultura humanística. Luisa aprenderá a leer, escribir, estudiará latín y quizá griego. Se la iniciará en la pintu­ra y en la música.

En Poissy gozará del afecto firme y profundo de una tía suya, la Madre Luisa de Marillac, Religiosa de gran erudición.

Pero de improviso, Luisa tiene que dejar el convento en el que vive feliz. ¿Fue su padre quien la sacó por no poder hacer frente a la pensión de Poissy? Sabemos que en 1602 Luis de Marillac entabló un proceso contra su mujer que había dilapidado sus bienes… O bien ¿fue Miguel de Marillac quien, después de la muerte de su herma­no, no quiso hacerse cargo de los gastos del pensionado real? Luisa va entonces a una «pensión de familia».

«Se la puso en manos de una maestra hábil y virtuosa para que le enseñara las labores propias de su clase social».

Es ahora cuando Luisa va a hacer la primera experiencia de pobreza concreta. En aquella pensión el estilo de vida es completamente diferente al de Poissy. Luisa reci­birá una educación práctica: aprenderá a cocinar, las labores domésticas, la costura, todo cuanto una mujer debe saber.

Mediante esta educación tan diversificada, Dios va preparando a Luisa a su futura misión de educadora de las Hermanas y fundadora de la Compañía. Con ello tenemos también un nuevo mensaje que El nos dirige para invitarnos a saber descubrir en todo acontecimiento los signos de su Amor.

En 1606, un hecho relacionado con la Iglesia despierta o enardece en Luisa, con 15 años a la sazón, el deseo de consagrarse a Dios. Las Religiosas Capuchinas entran solemnemente en el convento de la calle de Saint Honoré, de París. «Fueron en pro­cesión con los pies descalzos, precedidas por un cortejo a cuya cabeza iba el Arzobis­po en persona. Aquellas Capuchinas eran la encarnación, por decirlo así, de la más alta ascesis y de la piedad franciscana».

La joven Luisa de Marillac se sintió atraída por aquella vida de oración, de trabajo manual y de gran pobreza. Va con frecuencia a rezar a la capilla del Convento de Ca­puchinas, y por entonces promete (o hace voto) de consagrarse a Dios en esa vida de clausura rigurosa. Según la mentalidad de la época, sin duda ve en ello una manera de «vencer la justicia de Dios» y de reparar la falta de su padre al traerla al mundo.

Algunos años después, Luisa se dirigirá a su tutor para comunicarle su deseo y pe­dirle la autorización para entrar con las Capuchinas. El tío Miguel le aconseja una en­trevista con el Provincial de los Capuchinos, el Padre Honorato de Champigny. La res­puesta de éste es clara y firme. Luisa, de precaria salud, no podrá soportar la austeri­dad de la Regla. Dios no la llama a la vida del claustro de las Capuchinas. Y ya sea para consolar a la joven, ya por inspiración de lo Alto, el Padre concluye la entrevista con estas palabras:

«Dios tiene otros designios sobre usted».

Para Luisa es éste un nuevo y profundo desgarrón, con la impresión de que traicio­na la promesa hecha. Quizá sienta también el zarpazo de la pobreza y la soledad, puesto que toda joven que entra en religión debe aportar una dote. ¿No entraría, en parte, la dificultad de disponer de esa dote en la negativa recibida?

En todo caso, en el corazón de Luisa quedan grabadas las palabras del Padre de Champigny: «Dios tiene otros designios sobre usted». Pero ¿qué desea Dios de ella? Esta pregunta la asalta con frecuencia en sus oraciones. Durante los Ejercicios que hace en 1632, Luisa sigue interrogándose. Con tal ocasión, escribe:

«… y aceptando esa ignorancia… de las vías por las que Dios quiere le sirva, me he de abandonar enteramente a sus disposiciones para ser completa­mente suya…».

El tío Miguel, para distraer a Luisa, la envía a vivir a casa de su tía Valence donde podrá ocuparse de sus siete primos y primas. Y la familia de Marillac se dispondrá a buscar un marido para esta joven, que va a cumplir 22 años.

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