III. LA REVOLUCIÓN PERDIDA
Vamos a soñar por unos instantes. Vamos a imaginarnos que la sociedad francesa y la Iglesia, que admiran a san Vicente, quieren hacerle caso. Ana de Austria, Mazarino, Luis XIV, la aristocracia, la burguesía, los altos y los bajos personajes eclesiásticos, las órdenes religiosas, el clero y el pueblo llano, se ponen en actitud de escuchar a un hombre que admiran. ¿Qué les dirá este hombre? ¿Cómo resumirá en pocas palabras inteligibles la razón última y la obsesión de su vida, lo que le urge, lo que le quita el sueño? Soñemos que por un instante se ponen en sus manos los destinos de Francia y de la Iglesia. El futuro de la sociedad pende de sus labios. Se hará lo que él diga.
Es un hombre popular en todos los sentidos, también en el de haber salido del pueblo. Y aunque ha conocido de primera mano las altas esferas civiles y eclesiásticas, y es muy admirado en ellas, ha gastado lo mejor de su vida en contacto con el pueblo sufrido y trabajando por él. Y ahora, en este momento de expectación de las gentes que esperan una palabra de salvación, va sin duda a resumir la experiencia de su vida. ¿Qué dirá?: «Vamos, hermanos, a hacer entre todos efectivo el evangelio».
¿Es posible tan siquiera imaginar lo que hubiera sido de la historia posterior si se le hubiera hecho caso? Estamos soñando sin duda un sueño utópico. Ese es precisamente el problema: el sueño es utópico porque la sociedad, el hombre, se resisten fieramente a hacer efectivo el evangelio. Y a una sociedad que se resiste, ¿qué otro mensaje de salvación verdadera se le puede ofrecer fuera del evangelio? Por eso se quita hierro y fuerza a la palabra de Jesús, pues no hay apenas quien quiera aceptarla. Y al rico y al gobernante que controla y maneja vidas humanas se le dirá que para asegurar su salvación personal, que de eso se trata, le bastará la asimilación interior de los sentimientos del Verbo encarnado, el espíritu de oración, los sacramentos dignamente recibidos, los diez mandamientos bien guardados, y alguna que otra obra complementaria de caridad. Pero que sea de lo sobrante. No está uno obligado, dicen en latín todos los manuales de moral, a rebajar a fuerza de limosnas la dignidad socialmente definida de su estado de vida. ¿Será eso todo lo que quiere decir san Vicente cuando habla de «hacer efectivo el evangelio»?
Es totalmente vital para la eficacia de la levadura evangélica en cuanto se refiere a la redención del mundo que la espiritualidad cristiana sepa basar su mensaje en lo que es verdaderamente esencial. No debe descuidar ni una gota de ese mensaje, pues hasta la palabra en apariencia más insignificante es palabra de Dios. Pero eso no quiere decir que cualquier palabra define por sí misma lo esencial de la tremenda historia de la salvación, el camino del hombre hacia Dios. ¿Dónde pondrá el acento principal la espiritualidad cristiana? ¿En la adoración, por ejemplo? Ahí lo ha puesto el mahometismo y lo sigue poniendo diariamente hasta en gestos físicos, expresivos y muy religiosos. ¿En el desprendimiento ascético de este mundo? El hinduismo ha llevado a sus fieles por ese camino durante milenios, y los lleva aún, a extremos de ascética escualidez. ¿Va por esos caminos la salvación del mundo querida por Dios y anunciada en Jesucristo?
Un repaso a la fascinante historia de la espiritualidad cristiana nos ha mostrado que ésta no siempre ha sabido escoger como base y polo de orientación lo que es fundamental en el mensaje de redención: Jesucristo-hombre como modelo absoluto de comportamiento para el hombre. Por ahí pasa necesariamente la redención del hombre y la historia de la salvación. Cuando los santos y los grandes maestros espirituales que dan la pauta en la Iglesia escogen más o menos conscientemente como base de su espiritualidad aspectos que no son verdaderamente centrales en la palabra de Dios, la espiritualidad general corre el peligro de descuidar lo que es central en la revelación: la responsabilidad colectiva, bajo la guía de Dios, por la verdadera y completa liberación de toda la humanidad.
La tesis de este estudio es que san Vicente de Paúl dio, con su idea de hacer efectivo el evangelio en imitación de Cristo evangelizador, en el corazón mismo de la espiritualidad cristiana. Que si la sociedad (y en primer lugar la espiritualidad general eclesiástica) le hubiera hecho caso, muy otra hubiera sido la desgraciada historia posterior de esa misma sociedad (también, por supuesto, la de la Iglesia). Pero que no se le hizo caso, y que, por eso mismo, la verdadera revolución que suponen las ideas de san Vicente en la espiritualidad y sociedad de la primera mitad del siglo XVII ha sido una revolución perdida.
Échese un vistazo a cualquiera de las historias de la espiritualidad del gran siglo francés y se verá con sorpresa que en su segunda mitad las energías espirituales de todos los hombres que significan algo en Francia están absorbidas por dos problemas periféricos a la empresa de redimir el mundo: el jansenismo y el quietismo. Esos son los problemas que fascinan a los mejores espíritus, pero ya nadie parece acordarse de lo que siguió siendo, después de la muerte de san Vicente de Paúl, el principal problema espiritual y social: el pobre pueblo que se condena y se muere de hambre. San Vicente vio claramente el peligro de una tal diversión de las energías espirituales hacia temas no centrales. Al comienzo luchó con fuerza para que el jansenismo no congelara las energías de los espíritus bajo la apariencia de una piedad más pura. Pero, conseguida su condenación rehusó el verse envuelto en las controversias partidistas y mezquinas que agotaron las energías espirituales de uno y otro bando. El volvió a lo suyo, a evangelizar a los pobres, y veló con energía para que los misioneros no se vieran envueltos en controversias insípidas que les podrían distraer de su misión evangelizadora:
«¿Hace falta que los misioneros prediquen contra las opiniones del tiempo (contra el jansenismo)… que se entretengan, que disputen, que ataquen y que defiendan a toda costa las opiniones antiguas? Oh, Jesús, de ningún modo. He aquí lo que hacemos nosotros: jamás disputamos de esas cuestiones, nunca predicamos de ellas».
Y a un misionero que enseñaba teología en San Lázaro, y que mostraba excesivo celo en atacar al jansenismo en sus lecciones y en sus retiros a los ordenandos, después de una serie de advertencias infructuosas lo destinó a otra cosa.
Tal vez por causa de esta actitud se corrió la voz, que llegó hasta Roma, de que san Vicente era algo tibio en su rechazo del jansenismo. Nada más falso: la cosa era clara por todo su comportamiento. Pero por no perder el tiempo en cuestiones «espirituales» en que no entra en juego de verdad la redención de la humanidad, no quiso perderlo ni siquiera para justificarse de la torpe calumnia.
Semejante fue su postura en el movimiento antimístico que se dio con virulencia en su tiempo. No es san Vicente de Paúl un temperamento místico en el sentido de la escuela abstracta, ya lo hemos visto. Pero tampoco es un hombre que se dedica a la «caza de brujas», como lo hizo Richelieu en un movimiento que, por influencia de la condenación de los alumbrados españoles, hizo verdaderos estragos en los medios espirituales de su tiempo. Se le llamó incluso a hacer de interrogador oficial en el célebre caso de los hermanos Bucquet. También intervino en algún otro caso de monasterio de monjas iluminadas. Pero en modo alguno se convirtió en inquisidor, ni permitió que actividades semejantes le distrajeran de su misión.
Por si el jansenismo, con todos sus planteamientos falsos de lo que es la verdadera piedad cristiana, hubiera sido poca carga para la siempre frágil vida espiritual, vino a añadírsele el no menos lamentable asunto del quietismo. En él volvieron a caer, distrayendo a la espiritualidad del problema primero de la imitación de Cristo redentor, los mejores espíritus del tiempo. Tal, por un lado, Fenelon; tal, por otro, Bossuet, que no desdeñó rebajarse, para conseguir la victoria sobre el quietismo, a echar mano de medios indignos de acusación contra Fenelon y los principales quietistas. Esto ya no tenía nada que ver con la predicación del evangelio. Esto era ya cerrarse la Iglesia, o buena parte de ella, como en el caso del jansenismo; cerrarse en sí misma con disputas feroces y banales, y olvidar de paso al pobre pueblo que se condena y se muere de hambre. Cien años después vino la gran revolución…
El terreno para una privatización de la vida espiritual estaba ya preparado por la corriente de sicologismo individualista e introspectivo que comenzó a principios del siglo con los autores de la escuela abstracta. El énfasis se pone en la santificación individual, en el análisis del proceso personal de unión con Dios. Eso se presenta como la clave y lo fundamental de la espiritualidad. El pensamiento cartesiano de análisis interior no hace más que reflejar por un lado en términos laicos la tendencia de una tal sensibilidad espiritual, a la vez que influye poderosamente en ella. En un tal ambiente hacía falta ser un genio para llegar a destacarse como lo hizo san Vicente no como un hombre de rica espiritualidad centrada en sí misma. Eso hubiera sido lo fácil, eso hubiera sido estar al día. Lo genial, lo original era salir de sí mismo y salir de ese ambiente enrarecido, y encontrar el problema mayor de la espiritualidad donde realmente estaba, y donde siempre ha estado: en la evangelización de los pobres. Para su desgracia, la espiritualidad francesa posterior prefirió seguir otros caminos interiores y «espirituales». Para su desgracia y para su muerte. Cognet, uno de los hombres que mejor la conocen, dice que «esta espiritualidad francesa encuentra en el siglo de la razón el fin de su historia». ¿Sólo la espiritualidad francesa? ¿No se murió la espiritualidad en todas partes? ¿Quién ha oído hablar de ideas espirituales importantes en ningún país de Europa a lo largo de los siglos XVIII y XIX?
Epílogo: hacia una recuperación de la revolución
La espiritualidad se ha hecho, ya en tiempo de san Vicente, cartesiana con Descartes: introspectiva y cerrada en sí misma. Y en tiempos posteriores se ha hecho individualista con el feroz individualismo liberal. Las teorías económicas de la escuela clásica liberal conducen sin remediar a la exaltación del individualismo, a la adoración del interés individual. La armonía social, el bien general, será el resultado, así lo ve Adam Smith, de una mágica «mano invisible» que de alguna manera hará que los estragos producidos por la desatada búsqueda del bienestar personal sean reducidos y anulados. En perfecto paralelismo, el ethos predominante en la espiritualidad católica a lo largo de los siglos XVIII y XIX, y hasta ayer mismo, se basa en un individualista «sálvese el que pueda», y deja a una providencia entendida de manera mágica la alta dirección de la historia y de la sociedad. El carácter individualista predominante en la espiritualidad durante este tiempo produce un talante espiritual de búsqueda obsesiva de la propia salvación y, como consecuencia, de irresponsabilidad social.
Algunos privilegiados del Espíritu Santo se han visto libres de caer en esa trampa general. Uno de ellos fue, sin duda, Federico Ozanam. Lo más curioso del caso de este hombre es que ni por educación familiar ni por sus aficiones personales se podía esperar de él la aguda conciencia social de que dio muestras en su corta vida 139. Su familia es la típica familia burguesa creyente y practicante, bien educada y de un pasable bienestar social. La afición personal básica de Ozanam es inicialmente la literatura, y luego una especie de obsesión apologética que le lleva a un estudio de vastas proporciones para probar la fecundidad de la fe cristiana a lo largo de la historia. Muy joven sufre una crisis aguda de fe que parece ya superada a la temprana edad de veinte años. A esa misma edad tienen lugar los primeros pasos que darán en la fundación de la Sociedad de san Vicente de Paúl. Una Hija de la Caridad, Rosalía Rendu, muy conocida por su trabajo en los suburbios de París, ayuda a dotar de sustancia y contenido los primeros trabajos de la Sociedad.
Ozanam es un alma de sensibilidad netamente vicenciana. A veces hasta sus mismas palabras evocan con fuerza expresiones bien conocidas de san Vicente:
«¿Qué hacer para ser verdaderamente católicos sino lo que más agrada a Dios? Socorramos a nuestro prójimo como hacía Jesucristo».
Y en otra ocasión:
«Los pobres los vemos con los ojos de la carne; ahí están, y podemos meter el dedo y la mano en sus llagas; las marcas de la corona de espinas son visibles en sus frentes… Vosotros sois nuestros amos, y nosotros seremos vuestros servidores».
Las ideas de Ozanam sobre «la caridad hacen de ella lo que es realmente: el centro y el motor de toda la vida cristiana, tanto en las comunidades y en las naciones como en las personas».
Ozanam es un hombre de cátedra, y sus aficiones por un lado y su formación profesional por otro le llevan inicialmente por los caminos de la literatura y del derecho. Desconoce, y lo admite expresamente, el análisis crítico de los hechos sociales, los problemas que plantea a la sociedad, y también a la fe cristiana, el modo de producción industrial y la teoría y práctica de mercado capitalista. Pero a partir de los veintitrés años, llevado por su sentido de la caridad, muestra un gran interés por esos problemas, escribe con frecuencia sobre ellos, y diseña un esbozo de solución al problema social que, cómo no, se basará en la caridad. Pero no en la caridad entendida como se entiende en la piedad burguesa común: la virtud particular que intenta tapar vergonzosamente algunos de los estragos producidos por la injusticia organizada, sino la caridad entendida como la virtud universal que llega allí donde no puede ni siquiera llegar la justicia más cumplida. Merece la pena escucharle a él mismo:
«Si la cuestión que agita hoy al mundo no es ni una cuestión de personas, ni una cuestión de formas políticas, sino una cuestión social; si es la lucha de los que no tienen nada y de los que tienen demasiado; si es el choque violento de la opulencia y de la pobreza que hace temblar el suelo bajo nuestros pasos, el deber de nosotros, los cristianos, es interponemos entre estos enemigos irreconciliables, y hacer… que la igualdad llegue a conseguirse en cuanto es posible entre los hombres…; que la caridad haga lo que la justicia sola no podría hacer».
Tiene razón Celier cuando observa que «al mismo tiempo que los pensadores revolucionarios o incrédulos, adelantándose a los seglares católicos y al clero, Ozanam supo discernir la importancia del problema social que planteaba la evolución económica del mundo moderno». Pero también la tiene cuando observa que Ozanam no encontró apenas colaboración para sus planes de acción social, y que ni siquiera sus ideas fueron aceptadas en el mundo católico sino mucho después, a finales de siglo, sobre todo a través del valiente giro social que dio León XIII a la fe y a la espiritualidad católica en la encíclica Rerum Novarum. No es una mera coincidencia que fuera el mismo León XIII quien, seis años antes de publicar su encíclica, declarara a Vicente de Paúl patrono universal de las obras de caridad. Pero ahora, cuando todo un concilio ha dado por fin carta de legitimidad y de preferencia a perspectivas espirituales que pueden sin exageración retórica ser calificadas de vicencianas, es grato (pero también muy exigente para sus seguidores) encontrar en el pórtico de esta nueva etapa de la espiritualidad la evocación explícita de la figura de san Vicente de Paúl. Se puede dudar de que hoy sea posible alimentar una espiritualidad viva con las ideas de Bérulle, de Canfeld o de Taulero. Pero sí se la puede alimentar sin duda con las de san Vicente de Paúl.
Jaime Corera CEME







