5.° Los votos para la evangelización: la vida consagrada como acción evangelizadora
San Vicente conoce a fondo la teoría tradicional canónica y teológica sobre los votos, cuya profesión introduce en un estado oficial de perfección. La conoce y la expone expresamente. Es más: algunas veces echa mano de tal teoría como argumento para conseguir los votos para su propia comunidad. Incluso parece que en las fluctuaciones de su pensar sobre el tipo de votos que quería para la Congregación, y a pesar de la oposición al estado religioso en Francia y en Italia que él señala en múltiples ocasiones, llegó a pensar en votos religiosos en sentido estricto para su propia Congregación (testimonio del padre Almeras en la asamblea general de 1651).
Como quiera que sea, no fue eso lo que consiguió, sino un tipo de votos que no alteraba en nada el status de los misioneros en la Iglesia. Estos seguían estando, después de los votos, no en un estado de perfección, sino «en un estado de caridad, porque nos empleamos continuamente en la práctica real del amor». Pero en ese estado de caridad ya estaban los misioneros antes de tener votos, y lo están las hermanas que no los tienen. ¿Por qué, pues, este hombre, que sabe muy bien que sus hombres y mujeres no necesitan ningún tipo de profesión para ser santos, persigue con tanta fuerza el reconocimiento oficial de algún tipo de votos?
Aparentemente y a primera vista, ya lo hemos visto, por las razones tradicionales: los votos colocan al que los hace en un estado de perfección. El mismo Jesucristo parece que los hizo, y así ellos nos pondrían en el estado del Señor mismo. Ahora bien, ¿cómo se tienen en pie esas razones ante las múltiples afirmaciones del mismo san Vicente de que los misioneros están ya por su dedicación a los pobres en el mismo estado que Jesucristo, y de que las hermanas están en ese mismo estado por la misma razón? Si ya están en el estado de Nuestro Señor ¿para qué quieren votos? Tal vez sea él mismo quien mejor pueda responder a esa pregunta. Dejémosle hablar:
«Dios ha querido corfirmar a las personas de cada estado en su vocación por promesas expresas o tácitas que ellas hacen a Dios de vivir y morir en ese estado… Siendo esto así, ¿no es justo que la Congregación de la Misión tenga alguna ligadura que ate a los misioneros a su vocación para siempre?».
La respuesta lógica a esta pregunta es que sí, que los misioneros necesitan alguna ligadura para confirmar su vocación. Ahora bien, san Vicente escribe esto para probar la necesidad para todos los misioneros no de cualquier tipo de ligadura sino de los votos expresamente. Pero no se prueba en el argumento de san Vicente la necesidad de esta ligadura concreta, los votos, pero sí prueba la necesidad de conseguir lo que cualquier tipo de ligadura 106 pretende conseguir: vivir y morir en el estado que Dios señala a cada uno, y ser fiel a su vocación para siempre. En otras palabras: la estabilidad y perseverancia en la vida misionera, eso es lo que san Vicente busca realmente. O, dicho de otro modo: con los votos san Vicente busca ante todo asegurar la obra evangelizadora (l’affermisement de la Compagnie, dice otras veces), asegurando por medio de ellos la perseverancia en su estado de cada uno de los misioneros.
Si esto es así, no es extraño que san Vicente calificara la cuestión como «uno de los asuntos más grandes que tendrá jamás la Congregación». En efecto, en su manera de ver las cosas se trata en ellos nada menos que de la estabilidad y supervivencia de la Misión. El misionero hace votos para que la Misión (la misión) no muera. No suponen los votos misioneros ante todo una consagración de la persona, como lo son en la teoría teológica tradicional. Este aspecto lo menciona san Vicente ocasionalmente, como vimos. Pero no es eso lo que le mueve a solicitarlos de Roma. Tampoco se refiere san Vicente a aspectos de perfección o salvación personal cuando un individuo abandona el camino comenzado en la Misión, pero sí le preocupa el hecho de que cuando alguien abandona la Misión, ésta «recibe un perjuicio notable en sus funciones», o sea, en su trabajo de evangelización.
Todo en su pensar y en su vida, también los votos, está dirigido a asegurar la misión. También en los votos encontramos el dinamismo que caracteriza la sensibilidad espiritual de san Vicente. Y así, la consagración a Dios que supone la vida de misioneros y hermanas no constituye en manera alguna lo que se califica tradicionalmente como «vida religiosa», un estado estático (valga la redundancia) de perfección, sino una dedicación (consagración) dinámica al trabajo de evangelización. En efecto, el misionero y la hermana, con votos o sin votos, tienen que hacer lo que hizo Jesucristo. Esa es su santidad: no simplemente vivir el evangelio, sino hacer efectivo el evangelio». Con votos o sin votos, la espiritualidad del alma consagrada vicenciana se caracteriza, como la del mismo san Vicente, por la acción evangelizadora.
No tiene otra posibilidad de acceso al Dios de Jesucristo evangelizador de los pobres. Ni otra misión consagrante que la de «continuar la misión que su Hijo había comenzado, y servirse de las mismas armas… por medio de los votos de pobreza, castidad y obediencia, y aplicarnos el resto de nuestra vida a la salvación de las pobres gentes de los campos». San Vicente de Paúl es totalmente consciente de que esta visión supone un cambio fundamental de perspectiva en la larga historia de la vida consagrada en la Iglesia:
«Esto es inaudito, porque jamás ha habido una compañía que tuviese por fin el hacer lo que Nuestro Señor ha venido a hacer al mundo».
6.° La acción evangelizadora: cuerpo y alma
Evangelizar no es sólo hablar. La Buena Noticia de salvación no es sólo un anuncio verbal de lo que el hombre necesita para la salvación. Evangelizar es tratar de ayudar a los hombres para que conformen su vida personal y su entorno social a las enseñanzas de Jesucristo: justicia, verdad, desprendimiento, amor… En esto consiste el reino de Dios que Cristo anuncia. No ya sólo en una predicación de verdades eternas, sino sobre todo en una práctica de acción salvadora:
«Se puede decir que venir (Jesucristo) a evangelizar a los pobres no se entiende solamente para enseñar los misterios necesarios para la salvación, sino para hacer efectivo el evangelio».
«De manera que si se encuentra alguien entre vosotros que piense que está en la Misión para evangelizara los pobres y no para aliviarles, para remediar sus necesidades espirituales pero no las temporales, respondo que debemos asistirles y hacer que se les asista, nosotros mismos y por medio de otros, de todas las maneras… Hacer eso es evangelizar por palabras y obras… Eso es también lo que Nuestro Señor ha practicado…
Adviértase que eso está dicho en diciembre de 1658, y que lo dice un anciano santo que ha dedicado los últimos cuarenta años de su vida a dar a los pobres el pan, el sacramento y la palabra. Tiene que saber de qué habla. No es un discípulo espiritualista de Buda a quien sólo le interesan las almas. Es un discípulo de Cristo que quiere ayudarle a salvar a los hombres. «Los pobres me han evangelizado»; en el contacto con ellos y trabajando por ellos ha aprendido por fin este seguidor de Jesucristo lo que significa eso de evangelizar.
Las mujeres no predican en la Iglesia. Las Hijas de la Caridad son mujeres. Lo más que podrían hacer en la obra de evangelización del mundo es ayudar a los que de verdad predican y evangelizan. En suma: una labor complementaria de caridad. ¿Sólo una labor complementaria?
«El que viera la vida de Jesucristo vería una vida semejante en la de una Hija de la Caridad. ¿Qué vino a hacer? Vino a enseñar, a iluminar. Eso es lo que vosotras hacéis. Continuáis lo que él comenzó».
El trabajo de las hermanas, que en su forma concreta se centra preferentemente en los aspectos corporales, no debe limitarse a esos aspectos, pues el hombre es también alma, y el trabajo de las hermanas es también trabajo de evangelización, porque
«sirven… a los pobres corporal y espiritualmente. Estáis obligadas a enseñarles a vivir bien. Repito, hermanas, a vivir bien. Eso es lo que os distingue de tantas religiosas que están sólo para el cuerpo. La Hija de la Caridad no debe tener cuidado de la asistencia a los enfermos sólo corporalmente… debéis llevar a los pobres enfermos dos clases de alimento, el corporal y el espiritual… Las historias eclesiásticas y profanas no dicen que se haya hecho jamás lo que hacéis vosotras. Hay que exceptuar a Nuestro Señor… Ah, hermanas: desde toda la eternidad estabais destinadas a servir a los pobres como Nuestro Señor les ha servido. Sí, salvador mío, habéis esperado hasta esta hora para formaros una compañía que continúe lo que habéis comenzado».
Toda sociedad impone una diversificación y especificación de funciones que se basan en la diferencia de sexo. También la Iglesia. La predicación verbal se reserva a los hombres; las mujeres pueden dedicarse a obras de caridad. Si predicar y evangelizar se toman como sinónimos, entonces la evangelización se convierte en asunto reservado a los hombres. ¿De qué figura femenina se ha dicho jamás en la Iglesia que fue una gran evangelizadora? Hacen falta visión y coraje para romper estos esquemas sociales inconscientes que condicionan y estrechan tan fuertemente las ideas y el comportamiento. San Vicente de Paúl lo ha hecho. Ve en los misioneros un grupo de profesionales de la evangelización. Profesan dedicación a la evangelización. Porque lo hacen, deben asistir también corporalmente a los pobres. ¿Qué dirá este hombre de Dios de esta figura extraña, nueva en la historia de la Iglesia y del mundo, la Hija de la Caridad? Que es una profesional de la evangelización. Evangelizar: tampoco la Hija de la Caridad tiene otra profesión. Es cierto que las Hijas de la Caridad, que son mujeres, en virtud de la especialización de funciones que reparte la sociedad civil, y también la eclesiástica, sobre la base diferencial del sexo, han «entrado en el orden de la providencia como un medio que Dios nos da (que Dios da a la Misión: véase el contexto) de hacer por sus manos (por las de las hermanas) lo que nosotros no podemos hacer con las nuestras».
Pero esta diferencia funcional es totalmente accidental, porque
«estas jóvenes se aplican igual que nosotros a la salvación y al alivio del prójimo»(ibid.).
Predicar es evangelizar; administrar los sacramentos es evangelizar; pero también lo es dar de comer al hambriento, vestir al desnudo, visitar al que está en la cárcel y enseñar al ignorante. La práctica de las obras de caridad deja de ser en la visión espiritual de san Vicente meramente la función de una de las virtudes para convertirse en lo que es en la enseñanza de Jesús: una de las exigencias centrales de la redención de la humanidad. Al olvidarlo, la espiritualidad posterior no ha hecho más que empequeñecer míseramente el poder redentor de la enseñanza de Jesucristo. Aún estamos padeciendo en la Iglesia, y está padeciendo el mundo, los efectos lamentables de ese empequeñecimiento del mensaje salvador.
7.° La responsabilidad social y política del evangelizador
San Vicente de Paúl ha enseñado a la Iglesia que la fe en Jesucristo debe llevar al creyente ante todo y en primer lugar no a asegurar la salvación personal, sino a redimir al mundo. Apenas es posible encontrar en la larga historia de la espiritualidad una sensibilidad más alejada que la suya del horrible dicho popular que asegura dogmáticamente, con pretensiones además de reflejar el verdadero espíritu cristiano, que «la caridad bien ordenada empieza por uno mismo». Para san Vicente la caridad bien ordenada empieza por el prójimo. Esto es cierto en el plano puramente espiritual, pues «no me basta amar a Dios si mi prójimo no le ama». Y es también cierto en el plano temporal. La escasez material y las estrecheces privadas personales, dice a las Damas de la Caridad, no pueden ser excusa para dejar de atender las necesidades públicas. San Vicente lo dice, pero predica antes con el ejemplo. Y llega al extremo de dispersar a sus propias comunidades de san Lázaro y de los Buenos Hijos para que en estas se pueda atender cada día a «dos o tres mil pobres».
Es vital para el creyente vigilar con cuidado la legitimidad cristiana de sus ideas espirituales, pues éstas tendrán sin remedio repercusiones en su comportamiento social. La espiritualidad centrada con exceso en la idea de la propia perfección y la propia salvación tenderá a hacer del cristiano un irresponsable social que busca ante todo su seguridad personal también en el plano material. Si la misión de Jesucristo es una misión «para asistir a los pobres», y el discípulo de san Vicente tiene la misma misión que Jesucristo, es claro que un tal discípulo es un creyente cuya espiritualidad se basa, por encima de cualquier otra idea, en una aguda sensibilidad que le debe llevar no a la preocupación espiritual y material por sí mismo, sino a un sentido vivo de la responsabilidad social de su fe. San Vicente detesta toda actitud espiritual que reduce miserablemente la anchura de la visión del misionero, y la describe con una ironía punzante:
«¿Quién será el que nos desvíe de estas obras comenzadas?… Serán gentes mimosas, gentes que no tienen más que una pequeña periferia, que limitan su visión y sus ideas a una circunferencia dentro de la que se encierran como en un punto. No quieren salir de ahí, y si se les enseña alguna cosa más allá y se acercan para verla, vuelven a su centro, como los caracoles a su cascarón».
Una actitud como la de san Vicente de fe abierta hacia la sociedad tropezará sin remedio con el tenebroso mundo de la necesidad y de la injusticia, y también con el no menos tenebroso mundo de la política. San Vicente es un enemigo declarado de la pequeña o grande trama política, ambiciosa, partidista y guerrera. Pero no es insensible a un conocimiento de las consecuencias de la política de los grandes y de las naciones sobre todo en cuanto afectan al bienestar espiritual y material del pobre pueblo.
Y es que este maestro espiritual no es en modo alguno un creyente que piense que por un lado va la mundanal agitación de los políticos y por otro la vida de las almas, sin que haya entre ambas relación que importe de verdad para la obra de la redención del mundo. San Vicente de Paúl sabe que las decisiones de los grandes afectan profundamente a la obra de la redención de Jesucristo y al bienestar social, espiritual y temporal de las pobres gentes. No quiere él «meterse en política», menos aún participar en las rivalidades de los partidos por el poder, ni cree que eso sea una exigencia de su vocación. Pero si el remedio de una necesidad social exige de su parte una intervención que, vista desde fuera, sólo se puede calificar como participación en la política, tampoco es un hombre que se eche atrás para mantener las manos limpias y la espiritualidad intacta. No le mueve a hacerlo la ambición política; tampoco cae en los enredos y ambiciones de los partidos. Sólo le mueven a ello las condiciones miserables de la vida y de la fe de los esclavos cristianos, o el hambre y las calamidades que producen en el pueblo las rivalidades entre los grandes. No es en modo alguno un político, pero tampoco deja de lado la participación directa en la política como si fuera un mundo extraño a su evangelizador, pues en la cocina política se guisan las grandes decisiones que determinan el bienestar material y espiritual de los pobres de Jesucristo.
Responsabilidad social del hombre de espíritu: esa es otra de las grandes lecciones de este hombre a quien los expertos tienen por una figura poco original y secundaria en la historia de la espiritualidad. Vamos a preguntar las cosas con crudeza para que mejor se entiendan: ¿qué importa más, qué es más fundamental para la vida del creyente y para la obra de Dios, para la redención inacabada del mundo: la muy original teoría beruliana de los estados del Verbo encarnado o la efectiva evangelización de los pobres? ¿La beruliana conformidad con Jesús «en su oración, en sus sentimientos, en su adoración» la imitación de Jesucristo evangelizador y redentor del mundo? Naturalmente, no se trata de elegir excluyendo. San Vicente de Paúl no excluyó, ni podía, la conformidad interior con Jesús. Una tal exclusión no tendría ningún sentido. Se trata de colocar en su justa perspectiva lo que importa más y lo que da sentido a todo. Para la espiritualidad de Bérulle la adoración del Verbo encarnado es la clave de todo. Para san Vicente de Paúl, la imitación efectiva de Cristo evangelizador. ¿Es justo este cambio de perspectiva? ¿Es poco original? ¿Es de poca importancia para la riqueza de la vida espiritual? ¿Qué es lo que busca ante todo el único Dios verdadero: adoradores del Verbo continuadores de la figura y misión de Jesucristo? ¿Qué es, además lo que necesita el mundo para ser redimido?
San Vicente de Paúl aprendió de Bérulle que su sacerdocio era mucho más que un modo de asegurarse una vida tranquila. Pero luego aprendió, guiado por el Espíritu y por su exigencia, algo que a Bérulle nunca le pasó por su bien ilustrada cabeza: que el sacerdote, participante en el sacerdocio eterno del Verbo encarnado, es, igual que el Verbo encarnado, responsable de la redención espiritual y material del hombre. O, de otro modo, que el sacerdote no es sólo el hombre de la liturgia, la oración comunitaria y los sacramentos, sino también un responsable del verdadero bien espiritual y material de la sociedad. ¿Se imagina alguien a Bérulle escribiendo un párrafo de espiritualidad sacerdotal como el que sigue?:
«Los sacerdotes de este tiempo tienen un gran motivo para temer los juicios de Dios, porque, además de por sus propios pecados, El les hará dar cuentas por los pecados del pueblo; pues no han tratado de satisfacer por ellos a su justicia irritada, tal como están obligados a hacerlo. Y lo que es peor, El les imputará la causa de los castigos que envía, porque no se oponen como deben a las plagas que afligen a la Iglesia, como son la peste, la guerra, el hambre y las herejías».
8.° La caridad, alma de la vida espiritual
San Vicente es, como todo hombre de personalidad rica, un temperamento complejo. Si se le lee superficialmente aparece incluso contradictorio en sus expresiones. Es un hombre de actividad desbordante, pero encuentra tiempo para alabar muchas veces, como vimos, el no hacer de Jesucristo y de quien quiera imitarle. El modo de vida de los misioneros y hermanas está en dignidad por debajo de las formas de vida de los religiosos, pero imitan mejor a Jesucristo. Los pobres se condenan, pero entre ellos se encuentra la verdadera religión. En cuanto a desprendimiento de los bienes materiales es un espíritu auténticamente franciscano, pero su correspondencia está llena de una preocupación que parece obsesiva por la adquisición de ellos y por su buena administración.
¿Es san Vicente un hombre contradictorio, e incluso algo astuto, como a veces se dice, que cambia y adapta sus ideas según las exigencias de los fines que quieren conseguir en cada caso? Hay que decirlo claramente: quien lo lee así no entiende a san Vicente de Paúl. La complejidad de esta persona tiene una clave que lo explica todo, también las aparentes contradicciones. Esta clave es la caridad, y la ha encontrado en un conocimiento profundo del evangelio. Para descubrirla ha tenido que dejar de pensar en sí mismo y de preocuparse por sí mismo para volverse a los pobres. En los pobres, en su pobreza material y espiritual, ha encontrado a Jesucristo, y en Jesucristo a su Dios. Todo en san Vicente de Paúl encuentra su sentido y la clave de su explicación en este sencillo esquema espiritual. Mandamientos, reglas, teorías de los estados de perfección, virtudes, ascética, ideas místicas: todo lo que en las teorías de espiritualidad aparece como un sistema complicado de pensamiento, nada fácil de entender, y desesperante por inalcanzable en sus detalles a la hora de practicarlo, todo recibe en la visión espiritual de san Vicente una relación a un punto central que lo ilumina y explica todo. Este punto central es la caridad: la dedicación efectiva a la redención de los pobres en imitación de Jesucristo. La caridad no es en su pensamiento una de las virtudes teologales. Es el alma de todas las virtudes, también de las teologales, y está por encima de toda virtud y de toda regla.
La idea vicenciana de la caridad no se expresa en una teoría elaborada, sino que es un principio de acción. Ha aprendido de Jesucristo mismo que el valor real de las ideas, también de las espirituales, se expresa en sus frutos. El problema verdadero de la fe cristiana es llegar a amar a Dios, pero no con palabras ni con sentimientos, sino «con el esfuerzo de nuestros brazos y con el sudor de nuestra frente… Todos esos actos de amor de Dios, de complacencia…, aunque buenos y deseables, son sin embargo sospechosos cuando no se llega a la práctica del amor efectivo… No, no; no nos engañemos: totum opus nostrum in operatione consistit».
San Vicente fundó dos comunidades que no agotan toda la riqueza de su enseñanza espiritual. Pero sí expresan, sin duda, lo central en ella. En los lemas que él mismo escogió para ellas se encuentra lo fundamental de esta rica y original personalidad espiritual. San Vicente es un hombre urgido, empujado por el amor de Jesucristo. ¿A qué le urge ante todo este amor? A evangelizar a los pobres. Todo en su contextura espiritual depende de esta intuición fundamental y se ordena a ella. Ser un espíritu vicenciano consistiría en ese caso en sentir y vivir como clave de la propia vida no una teoría determinada de la oración, o de la vida ascética o mística, o de las virtudes, sino la dedicación efectiva a la evangelización de los pobres, en seguimiento y en imitación de Jesucristo. Sobre esa única clave tiene el alma vicenciana que construir los demás detalles de su vida espiritual. Al intentar hacerlo descubrirá con sorpresa que lo único que se le pide es que intente vivir el evangelio en serio.
Jaime Corera CEME







