Esta es mi experiencia
Los pobres han estado siempre, efectivamente, con nosotros, pero es necesario descubrirlos. Hay muchas maneras sutiles de pasar por alto su existencia. Están, primero, los mil ardides del egoísmo personal que rodean al creyente de una fuerte coraza que le aisla de la perturbadora presencia de los pobres. Y está también la adopción de formas de vida que, de paso que abren una distancia prudencial a la necesidad ajena, aseguran la salvación propia y la existencia:
«‘Mi cuarto, mis libros, mi misa. Con eso me basta. ¿Es eso ser misionero?».
A san Vicente de Paúl los pobres se le han venido encima en sus primeros años de creyente convertido. No los ha buscado, pero tampoco los ha rechazado dejándose llevar de su despreciable apariencia externa. Eso, al principio. Porque luego, convertida la sociedad francesa en una auténtica máquina de fabricar pobres, aunque tampoco le ha sido necesario hacer esfuerzos mayores para descubrirlos, ha intentado llegar a todos ellos: a los que rodean San Lázaro y a los que se encuentran en las lejanas provincias fronterizas. Y aún más allá, por encima de las fronteras de Francia. Pobres por todas partes. Parece que se los inventa él mismo…
Esta es mi fe
Para el cardenal Richelieu, hombre de Iglesia y primer ministro de su serenísima majestad católica, el pueblo pobre de su amada Francia está compuesto en su mayor parte de «mulets» (mulos), cuya función principal es producir hombres y contribuciones para mantener a las clases dominantes y sus rivalidades y guerras por la gloria de Francia. Para Vicente de Paúl, su contemporáneo y consejero ocasional, hombre también de Iglesia, el pobre es imagen viva de Jesucristo. Ambos recitan el mismo credo de la misma fe católica, apostólica y romana. Ambos recitan aproximadamente las mismas oraciones. Ambos rezan al mismo Dios.
¿Al mismo Dios? Jesucristo, su Hijo, dice que él y el Padre son una misma cosa (Jn 14, 10), y también dice que para llegar a él, y así llegar al Padre, no tenemos los hombres más camino que el prójimo (Mt 25, 40; 1 Jn 4, 20-21). En este único camino no hay posibilidad de error: en el prójimo se encuentra a Jesucristo, en Jesucristo a Dios (recuérdese aquello de san Agustín: el amor no se puede fraccionar). De manera que, a pesar de las apariencias, que son las que engañan a Richelieu, «yo no debo considerar a un pobre campesino o a una pobre mujer según su exterior…, aunque a menudo apenas si tienen la figura… de personas», pero, «dad la vuelta a la medalla y veréis por la luz de la fe que el Hijo de Dios, que ha querido ser pobre, nos es representado por estos pobres. Oh, Dios, qué bello es ver a los pobres si los vemos en Dios y en la estima que Jesucristo ha tenido de ellos».
Pues Cristo vino a redimir-evangelizar a los pobres, si éstos se encuentran aún sin redimir ni evangelizar, si siguen siendo irremediablemente pobres e ignorantes en la fe, puede llegar el alma creyente a un momento de crisis en el que se pone en cuestión la realidad misma de la redención y de la fe:
«Sí, hace ya veinte años que no tienen más que guerras. Si han sembrado, no tienen la seguridad de que recogerán nada. Vienen los ejércitos, que lo saquean y lo roban todo. Y lo que no han cogido los soldados se lo llevan los alguaciles. Después de esto ¿qué harán? ¿qué será de ellos? No les queda más que morir. Si hay una verdadera religión… ¿Qué he dicho, miserable de mí?… Si hay una verdadera religión… Dios me perdone».
¿Quién habla así? ¿Un joven revolucionario, románticamente enemigo del status quo, que pone en cuestión la realidad de la fe por la ineficacia que ha mostrado en la redención de los oprimidos? Quien habla así es un anciano sacerdote de setenta y cuatro años que se ha pasado los cuarenta últimos años de su vida obsesionado por la evangelización de los pobres, y que está ya maduro para la canonización.
Este hombre está, como san Pablo (Rom 9, 3), dispuesto a ser anatema por amor a sus hermanos, porque «no me basta amar a Dios si mi prójimo no le ama» 61. Hacia los 37 años descubrió en la evangelización de los pobres su vocación personal. Se puso con entusiasmo a evangelizarlos en cuerpo y alma, porque «el pobre pueblo se condena y se muere de hambre». Pero luego ha ido descubriendo con sorpresa que «entre estas pobres gentes se conserva la verdadera religión, una fe viva», que por su pobreza y su sufrimiento son la imagen viva de Jesucristo, que Jesucristo mismo ha gastado su vida sirviéndoles», que después de alimentarle a él mismo, a Vicente, con su sudor en esta tierra, de lo alto de los cielos rezarán por él para que se salve. En suma, que si en el fervor de su juventud convertida a la llamada de Dios creyó un poco ilusamente que iba a redimir y a evangelizar a los pobres, ha sido él mismo quien en ellos y por ellos ha descubierto el verdadero rostro de Jesucristo; él, Vicente, ha sido el redimido y el evangelizado. «Los pobres me han evangelizado», dice como resumen impresionante de una larga vida dedicada a su evangelización. Y «si ellos sufren por su ignorancia y por sus pecados, nosotros somos los culpables… si no sacrificamos nuestra vida entera» para evangelizarlos.
Esta es la fe de san Vicente de Paúl.
Las ideas fundamentales de la espiritualidad de san Vicente
1.° Jesucristo, evangelizador de los pobres
Jesucristo es la única clave de su vida espiritual. Pero no ya el Verbo encarnado que aprendió de Bérulle, que por ser Verbo del Padre hay ante todo que adorar, sino el Verbo encarnado que se hizo hombre para que aprendiéramos a ser hombres, y a quien hay que imitar (de quien hay que revestirse) en lo que le hizo convertirse en hombre: la redención-evangelización. En continuar la obra de la evangelización encuentra Vicente de Paúl su propio camino hacia Dios. Porque
«Nuestro Señor se ha hecho hombre para salvarnos a todos. Qué felicidad la de usted, ocuparse en hacer lo que él hizo. El vino a evangelizar a los pobres, y eso mismo es su trabajo y su ocupación. Si nuestra perfección se encuentra en la caridad, cosa que es cierta, no la hay mayor que la de darse a sí mismo para salvar a las almas, y de consumirse por ellas como Jesucristo».
Evangelizar a los pobres es «por excelencia el oficio del Hijo de Dios», porque ¿para qué vino al mundo, sino para evangelizar a los pobres?:
«Si se pregunta a Nuestro Señor: ¿qué has venido a hacer a la tierra?: A asistir a los pobres. Y ¿a qué más? A asistir a los pobres».
Para san Vicente pobre significa pobre. El no es un exegeta experto en semántica bíblica, sino un hombre de su tiempo para quien las palabras significan lo que todo el mundo entiende por ellas. Si de Jesús dice el evangelio que el Padre lo envió a evangelizar a los pobres (Lc 4, 18), Vicente entiende que para los pobres vino principalmente, y que si a veces iba a otros no pobres, eso lo hacía como de paso (ce n’était que comme en chemin faisant), porque el «reino de los cielos… es para los pobres», y a ellos hay que anunciarlo.
Puede que la imagen del pobre que tiene Vicente de Paúl no coincida exactamente con lo que un experto en Biblia calificaría de «el concepto bíblico del pobre». No importa. Para él el camino espiritual para encontrar a Dios no es otro que la imitación de Jesucristo evangelizador de los que el lenguaje común llama pobres. Jesucristo es más grande que él y que todos los santos juntos, y mucho más que todas las escuelas de espiritualidad. Hay que escoger. Vicente de Paúl ha hecho su elección espiritual: Jesucristo evangelizador de los pobres. Al hacerlo así, ha dado en el corazón mismo de la fe y de la espiritualidad.
2.° La imitación de Cristo evangelizador: el dinamismo de la espiritualidad vicenciana
Esta elección ha hecho de la espiritualidad de Vicente de Paúl una espiritualidad en marcha, y de él un hombre creyente en marcha. Al luchar por la creación de sus dos obras más caracterizadas, la Congregación de la Misión y las Hijas de la Caridad, sabe bien que lucha por una nueva estructura de consagración espiritual que no se define como religiosa, de perfección, sino como catequizadora, de evangelización. Por ejemplo: «Oh, Salvador, tú has esperado 1600 años para suscitar una compañía que hace profesión expresa de continuar la misión para la que tu Padre te ha enviado a la tierra».
Hay espiritualidades y espiritualidades. Todas pueden ser cristianas (y por eso en su raíz todas las formas de espiritualidad no son más que una) si tienen en cuenta a Cristo y su enseñanza. Ahora bien, la enseñanza de Cristo y su misma figura son de una gran riqueza tal que ningún ser humano ni ninguna escuela puede agotar. Históricamente la respuesta a Jesucristo y a su evangelio ha sido variada en sus expresiones y preferencias, y siempre ha sido sin remedio selectiva. Si al creyente concreto le impresiona en Jesucristo sobre todo su espíritu de adoración al Padre, se verá inclinado a centrar su propia espiritualidad, por ejemplo, en la adoración al Santísimo Sacramento. Si el sometimiento voluntario a su pasión, tenderá a adoptar un modo de vida en el que lo central serán la austeridad voluntaria y la aceptación del sufrimiento. Eso será la clave y la base de su espiritualidad. Su elección estará condicionada, ya se advirtió arriba, por los datos predominantes de su biografía y de su sicología. Todos los espíritus cristianos adoran al mismo Dios, todos creen en el mismo Señor. Pero no todos lo hacen de la misma manera. Hay temperamentos de carácter pasivo que definen su espiritualidad preferentemente en términos de pasividad 75. Los hay activos que la definen como acción. Para san Vicente, hombre de temperamento activo, el santificarse y llegar a Dios (la espiritualidad) no tienen más que un camino: hacer como Jesucristo. O sea, evangelizar.
3.° Oración-evangelización
Vicente de Paúl lee y admira a santa Teresa de Jesús, y en ella, sin duda, ha encontrado la clave de su oración: «En los efectos y obras de después se conocen estas verdades de oración, que no hay mejor crisol para probarse». Qué bella lección de la gran mística. Tampoco san Vicente se fía de la oración que se cierra en sí misma y no muestra su verdad a través de las obras. Desconfía como santa Teresa de las altas teorías contemplativas que se expresan en bellas palabras y en bellos pensamientos, pero no dan frutos de vida:
«Lo que algunas personas toman como contemplación, arrebatos, éxtasis, y lo que llaman movimientos anagógicos, uniones deificas, no son más que humo… mientras que la acción buena y perfecta es la verdadera característica del amor de Dios».
«Tantos actos de amor de Dios, de complacencia…, son muy sospechosos cuando: no se llega a la práctica del amor efectivo». Algunos «se gozan en dulces coloquios con Dios en la oración, hablan de ella corno ángeles, pero al salir de ella, si se trata de trabajar por Dios, de sufrir, de mortificarse, de instruir a los pobres… ay, les falta coraje. No, no; no nos engañemos: totum opus nostrum in operatione consistir.
Todo esto no quiere decir que la oración es poco relevante o secundaria en la vida espiritual. Nada de eso. Un hombre de oración es capaz de todo, pues le une a Dios; la oración es el alma del alma, tan necesaria como el aire y el alimento 81; Jesucristo, y con eso se dice todo, «era hombre de grandísima oración» 82. Lo que quiere Vicente evitar a toda costa es que se abra un abismo entre la oración y el trabajo por los pobres, con el peligro de que uno llegue a ilusionarse y engañarse con la idea de que su santidad depende del grado de emoción espiritual en la oración. No hay la menor duda de que Vicente mismo es un místico en sentido estricto. Pero no es en manera alguna un iluso que se contenta con altas abstracciones y emociones espirituales La verdadera contemplación alimenta su vida activa, y piensa que entre las primeras hermanas, muchachas sencillas y sin ilustración especial, se da también la verdadera contemplación. En cuanto a los misioneros, «la oración es un gran libro para un predicador». La oración debe ser continua, sin que la acción por los pobres sirva de excusa para interrumpirla, porque «servir a un enfermo es hacer oración». Hay que orar siempre, hay que estar siempre en la presencia de Dios, sin olvidar que «la presencia de Dios es buena, pero… ponerse en la práctica de hacer la voluntad de Dios… es aún mejor… Decidme… ¿no es estar en la presencia de Dios el hacer su voluntad?».
También la doctrina de san Vicente sobre la oración tiene este aspecto dinámico que observamos en todas sus ideas espirituales. No tiene teorías elaboradas sobre lo que es la oración en sí. Sus ideas sobre los modos de oración son deudoras de la enseñanza de Francisco de Sales y del espíritu de la Devotio Moderna. Pero san Vicente ha dotado a esas ideas prestadas de otros de un elemento suyo personal: el dinamismo. Oración-acción, acción-oración: no puede fallar una sin que la otra se convierta o en una ilusión engañosa o en una agitación activista que no contribuirá en nada a la verdadera extensión del reino de Dios.
4.° Las virtudes como potencias de la acción evangelizadora: «propriae perfectioni studere»
Las virtudes, se dice, son adornos del alma, actos habitualizados que perfeccionan sus potencias. Por ellas el alma se hace perfecta, más semejante a Dios. Si se insiste en este aspecto con suficiente fuerza se llegará a concluir (aunque sólo sea inconscientemente) que el problema verdadero de la vida espiritual es perfeccionarse a sí mismo o, como dice el texto de las Reglas Comunes de la Congregación de la Misión, propriae perfectioni studere (Reg. Com. I, 1). Ese sería el primer fin de la vida espiritual también para el misionero. Luego vendrían otros: evangelizar a los pobres, etc.
¿Piensa así también Vicente de Paúl? ¿Es lo primero también para él la perfección personal a través de la adquisición de las virtudes? ¿Son también para él las cinco virtudes básicas ante todo adornos del alma del misionero? ¿O son más bien principios de su trabajo evangelizador? ¿Para qué son, ante todo, las virtudes en la teoría espiritual de san Vicente: para perfeccionar el alma o para alimentar la acción?
La propia perfección, para empezar, no es algo que el misionero, en el pensar de san Vicente, pueda desgajar de sus otros aspectos de imitación de Cristo:
«Importa que trabajemos incesantemente en la perfección…, para que… seamos por este medio dignos de ayudar a los demás».
No es la perfección propia un fin privilegiado y primero de la vida del misionero. Si acaso, se definiría con más propiedad como un medio orientado a que su acción evangelizadora sea eficaz. No se trata de que se preocupe de ser primero santo y luego evangelizador, sino de que sea santo siendo evangelizador. Su propia perfección está orientada dinámicamente a su misión de evangelizador. También en Cristo la práctica de las virtudes está orientada a la evangelización, a servir de modelo viviente a los hombres:
«El (Jesucristo) ha hecho lo primero practicando todas las virtudes; ahora bien, todas las acciones que él ha hecho eran otras tantas virtudes convenientes en un Dios que se hizo hombre para ser ejemplo de los demás hombres».
San Vicente ha tomado una formulación tradicional de la vida espiritual-consagrada, y como quien no quiere la cosa le ha aplicado discretamente (tal vez sin darse cuenta, pero no lo creemos así) el principio que le caracteriza entre los maestros de la vida espiritual: hay que ser santos, sí, pero no ante todo para salvarse, sino para ayudar a salvarse al prójimo (et pro eis ego sanctifico meipsum, dice Cristo Jesús, Jn 17, 19). A través y en el trabajo por la salvación del prójimo encontrará el misionero su propia santidad. San Vicente es en muchas fórmulas que usa en las Reglas Comunes deudor en parte de órdenes anteriores, y parece sentirse obligado a veces a seguir las fórmulas de éstas para ser fiel a la tradición. Con las Hijas de la Caridad no tiene el mismo problema, pues no hay antecedentes ni tradición previa para ellas, y se siente libre para expresar su pensar con nitidez y entera libertad:
«El fin principal para el que Dios ha llamado y reunido a las Hijas de la Caridad es para honrar a Nuestro Señor Jesucristo como manantial y modelo de toda caridad».
¿Cómo harán eso las Hijas de la Caridad?
«Sirviéndole corporal y espiritualmente en las personas de los pobres» (Reglas de san Vicente, I, 1).
No hay aquí ni rastro de subordinación de fines parciales, ni siquiera enumeración, cual sí es el caso en las Reglas de los misioneros. La santidad personal («honrar a Cristo») y la obra de evangelización («sirviéndole en los pobres») son dos maneras de decir la misma cosa.
Siguiendo la misma línea, san Vicente de Paúl ve en las cinco virtudes que el misionero necesita no tanto maneras de perfeccionar el alma propia cuanto principios necesarios de acción evangelizadora. Veámoslo en sus mismas palabras:
La sencillez: «Si hay personas en el mundo que deben tener esta virtud esos son los misioneros, porque toda nuestra vida se emplea en hacer actos de caridad… Si miramos a nuestro prójimo, como debemos asistirles corporal y espiritualmente… qué necesario es guardarse de parecer cauteloso y astuto».
La humildad: «He aquí la segunda máxima absolutamente necesaria a los misioneros. Porque, decidme: ¿cómo un orgulloso se podrá acomodar a la pobreza? Nuestro fin es el pobre pueblo, gente grosera. Ahora bien, si no nos acomodamos a ellos no les serviremos de ningún provecho; y el medio de hacerlo es la humildad».
La mansedumbre: «Pobres gentes… tan groseras, tan ignorantes, tan obtusas… Una persona, si no tiene mansedumbre para aguantar su rusticidad ¿qué podrá hacer? Nada. Al contrario, rechazará a esas pobres gentes».
La mortificación: «¿Quién no ve que la mortificación debe ser inseparable del misionero para tratar no sólo con el pobre pueblo sino también con los ejercitantes, los ordenandos, los forzados y los esclavos?… No nos engañemos, hermanos míos: a los misioneros les hace falta la mortificación».
El celo: no hace falta elaborar este punto, porque el celo por sí mismo «consiste en un puro deseo de hacerse agradable a Dios y útil al prójimo».
Las virtudes no son en la visión espiritual de san Vicente ante todo adornos del alma, cuya función sería santificarla, sino principios dinámicos de acción evangelizadora. El misionero, y también la hermana, tiene que practicar las virtudes ante todo porque las necesita para llevar a cabo su misión.
Jaime Corera CEME







