Lucía Rogé: Un servicio de amor

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Lucía RogéLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Lucía Rogé, H.C. .
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24 de marzo, 1985

En su alocución a los sacerdotes y religiosos de Venezuela, el Santo Padre les dijo: «Vuestra vida es un servicio de amor». Esta frase ha reso­nado sin cesar en mí, durante las oraciones preparatorias a la Renova­ción. Me ha parecido que era una palabra para las Hijas de la Caridad que, siguiendo el ejemplo de la Santísima Virgen y desde situaciones tan diversas a través del mundo, mañana van a repetir: «He aquí la esclava del Señor». Ser la esclava del Señor es, en verdad, hacer de la propia vida un servicio de amor.

Estos días de retiro se nos ofrecen para que, de una u otra manera, hagamos una revisión de nuestra vida de amor. ¿Estamos (y éste será quizá el primer acto de amor), estamos maravilladas ante la obra de la gra­cia en nosotras y a nuestro alrededor? Dios está constantemente presente en nuestra vida, y lo que llamamos nuestras cruces son otras tantas posi­bilidades que se nos brindan para amarle más, para entrar en comunión con Él, para acompañarle por el camino del Calvario. La oración colecta de esta mañana ponía en nuestros labios esta súplica: «Que tu gracia nos ayude para que vivamos siempre con alegría, de aquel mismo amor que movió a tu Hijo a entregarse a la muerte, por la salvación del mundo».

Hacer de la propia vida un servicio de amor es indudablemente entre­garla. Esto es lo que hemos prometido y lo que nos disponemos a prome­ter de nuevo mañana. Ése es el compromiso que deseamos renovar.

«La Regla de las Hijas de la Caridad, es Cristo», nos dicen las Cons­tituciones. Esto quiere decir que, con Él y como Él, por el camino que nos lleva al Padre, queremos entregar nuestra vida por amor al mundo y especialmente por amor a los pobres.

Pero esta entrega pasa por determinadas exigencias: las de la cas­tidad, es decir, del Reino de Dios en nuestro corazón, corazón que tene­mos que liberar todos los días para que Dios encuentre en él su lugar, todo el lugar que a Él le corresponde. Que la visibilidad de nuestra pure­za de corazón se manifieste en la alegría y la espontaneidad con las que refiramos a Él los hechos de nuestra vida, nuestras motivaciones en el obrar, nuestros deseos.

Las exigencias de la entrega son también las de la pobreza, querida, buscada en sus dos dimensiones, la material y la espiritual. La aceptación desprendida y gozosa (la alegría, signo del amor) de las renuncias, de la reducción voluntaria de nuestras necesidades. La pobreza espiri­tual que procede del amor nos hace recurrir con una confianza humilde y sencilla a la gracia de Dios. Esa gracia de estado, cualquiera que sea nuestro estado, se les da todos los días a las que la piden con sencillez y con un corazón que lo espera todo de aquél a quien ama, el Señor nuestro Dios. La petición del pan nuestro de cada día va unida a la de la gracia de cada día también.

«Hacer de la propia vida un servicio de amor».

Pero las consecuencias de nuestro voto de obediencia nos asustan, nos encuentran a veces reticentes, sin humildad de juicio. Nuestra vida, un servicio de amor, cualquiera que sea ese servicio. Eso es lo que vamos a prometer mañana al Señor, tu voluntad, Señor, a veces tan difí­cil de descifrar, de comprender, ya nos llegue por uno u otro interme­diario, queremos vivirla «como servicio de amor».

El Santo Padre prosiguió su exhortación insistiendo en estas pala­bras: «Sois servidores y servidoras del amor, por amor a Cristo. Sois pues, realización de esa humanidad madura que ofrece su propia liber­tad a Dios y la emplea en su servicio».

Sí, mañana, todas volveremos a ofrecer de nuevo nuestra libertad a Dios para el servicio a los pobres y a los más pobres, y cada una nos pro­ponemos realizarlo gracias al amor que debe impregnar nuestra vida.

Porque el compromiso de servicio de amor es también la ofrenda libre, lúcida, confiada, de los achaques, de las limitaciones físicas, de la edad o de la enfermedad. Servicio de amor es igualmente la ofrenda silenciosa y oculta, en los países en que reina la persecución o la de los trabajos corrientes, no vistosos, de la vida general de la Compañía.

Nuestra vida, servicio de amor es indudablemente, y quizá sobre todo, la oración por tantos pobres y en nombre de ellos, de esos pobres creados por la violencia, el desempleo, la guerra, el odio, el hambre. Esos pobres, faltos de porvenir y de esperanza que fabrica nuestra época. La oración es el primer servicio de amor que podemos prestarles para que persista en ellos en medio de la inmensa tribulación que oprime a todos los hombres de hoy la esperanza de que alguien los ama.

Para ser en verdad, siervas del amor como Hijas de la Caridad, tene­mos que añadir la nota de humildad permanente en el servicio. La gran santa Teresa decía que no podía concebir el amor sin humildad. Lo mismo pensaban nuestros dos Fundadores.

Así, pues, en humildad, humildemente, nos disponemos a renovar ma­ñana nuestros compromisos. Bien nos prueba la experiencia nuestra fragilidad ante los obstáculos y nuestras vacilaciones ante los esfuerzos nece­sarios. Pero una etapa nueva se nos presenta, la fe nos hace descubrir que de lo que se trata es de proseguir nuestro camino con Jesucristo, al servi­cio del amor humilde. Vayamos a buscar la humildad junto a aquél que nos ha dicho: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón».

Aquél que se dejó conducir en silencio, como un cordero, a manos de sus verdugos. Esta dimensión esencial del verdadero amor, la humil­dad, no consiste únicamente en los actos de humildad que podamos hacer, es también esa disposición del corazón que nos hace aceptar las humillaciones, las contestaciones, incomprensiones y rechazos en pos de Cristo y en comunión de vida con los pobres.

La humildad del amor verdadero se escuda en el silencio y no toma parte ni presta su apoyo a los comentarios desagradables, a las críticas destructivas, a las medias palabras llenas de ambigüedad. Los esfuer­zos vividos de esta manera llegan a ser también servicio de amor.

La Renovación de mañana nos une a cada una de nuestras Herma­nas que hacen y quieren vivir el mismo compromiso de amor. Este lazo fuerte con el Señor y con los pobres es también un lazo entre nosotras, renovado bajo la mirada de la Santísima Virgen, la única Madre de todas. Cuanto hagamos por impedir que las faltas de caridad fraterna destruyan este lazo, será también servicio de amor.

El Señor nos ha llamado a un don absoluto, siguiendo las huellas de María. Como hizo con ella, su mirada se ha fijado en nosotras desde la primera llamada, y podemos decir que el Señor nos va acompañando de Renovación en Renovación. En respuesta y mediante nuestro amor, podemos hacerlo presente en el mundo de los pobres, especialmente, de los más pobres, ya que ésa es nuestra vocación. Pero sin ruido, sin apartarnos de la realidad de las necesidades de los que nos esperan. Sólo el amor es significativo, sólo el amor puede preparar la venida del Salvador a un corazón.

«Ha mirado la humillación de su esclava», y la Salvación ha llegado hasta nosotras. Seamos verdaderamente, a lo largo de este nuevo año de entrega al Señor, a lo largo de toda nuestra vida, la esclava del Señor, con­sagrada a su amor. Tomemos con empeño nuestros compromisos para que se conviertan auténticamente en un servicio de amor por amor a Cristo.

Que toda nuestra vida, dentro de la humildad, llegue a ser, según las palabras del Santo Padre, servicio de amor. Que nuestra entrega, como la de la Santísima Virgen, sea, aun en medio de las pruebas, fidelidad gozosa y fecunda: «Proclama mi alma la grandeza del Señor… Porque ha mirado la humillación de su esclava».

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