Lucía Rogé: “Ser sirviente”

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Lucía RogéLeave a Comment

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Autor: Lucía Rogé, H.C. .
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Sor Lucía Rogé, H.C.

París, noviembre de 1976

Desearía poner de relieve la responsabilidad, tanto de las Hermanas Sirvientes como de las demás Hermanas, a partir de este párrafo de las Constituciones: “Cualquiera que sea su forma de trabajo y su nivel pro­fesional, se mantienen ante los pobres en una actitud de siervas”.

Me voy a detener en tres puntos:

*    la Sierva es humilde,

*    la Sierva es pobre,

*    la Sierva está disponible.

Ser sierva supone según la definición y en el plano de una situación concreta, tener que desempeñar ciertos trabajos a favor de una deter­minada persona. Generalmente, son trabajos indispensables para la vida, para el mantenimiento de la casa, el cuidado de los niños; traba­jos rudos, monótonos, ejecutados con la fuerza de los brazos y el sudor de la frente.

El servicio se presta mediante una relación personal; se dirige más o menos directamente a una o varias personas que tienen derecho a ese servicio, que son los amos. Nosotras dependemos pues, de quienes reclaman nuestros servicios y tienen necesidad de ellos. Por este mismo hecho, si las necesidades de los amos varían, hemos de seguir estando disponibles para los que nos pidan. Tienen derecho a modificar nues­tros proyectos, puesto que hemos aceptado subordinar los nuestros a los suyos.

El pensamiento de san Vicente referente al servicio es claro. Se trata siempre de todo el hombre, al que hay que ayudar a vivir en todas sus

C. 33. Ed. de 1975.

 

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dimensiones. Es interesante observar cómo esta idea está siempre pre­sente en su mente y la expresa con matices apropiados cuando se diri­ge a las Hermanas o a los Misioneros.

En la conferencia sobre el espíritu de la Compañía, después de haber especificado en tres ocasiones, que se trata de un servicio cor­poral y espiritual, san Vicente insiste con las Hermanas: “Debéis llevar por tanto, a los pobres enfermos, dos clases de alimentos, el corporal y el espiritual”2. Y como si tuviera miedo de que las Hermanas se conten­ten con el servicio corporal, les explica la manera de realizar la ayuda espiritual, ayuda que debe brotar de la oración.

Cuando se dirige a los Misioneros, hace el razonamiento a la inversa. El 6 de diciembre de 1658, les dice:

“De suerte que, si entre nosotros hubiera quienes piensan que están sólo para evangelizar a los pobres y no para aliviarlos, para remediar sus nece­sidades espirituales y no las temporales; les respondo que debemos asis­tirlos y hacer que los asistan de todas las maneras”3.

De este modo, el servicio se dirige a todo el hombre para su pro­moción total; no cabe la menor duda.

I. LA ACTITUD DE SIERVA

Es ante todo, según san Vicente, una actitud de humildad, hasta tal punto que asegura que la que no tiene humildad y caridad, está muer­ta, porque no tiene espíritu. Y da como referencia la persona de Jesu­cristo, Servidor del Padre, y de la Virgen María, primera Sierva del Señor.

El servicio humilde -lavar los pies de aquéllos a quienes servimos-sigue siendo el primer gesto, el que prueba la ternura. Lo mismo que en el Antiguo Testamento, el servidor, al mismo tiempo, debe cumplir una misión y ser portador de un mensaje, el amor de Dios. La ternura que pone la Hermana de la Caridad en su gesto de sierva, proviene de alguien a quien ella recurre, transmite sin cesar, lo que recibe de Él. El servicio se hace humildemente, sin esperar correspondencia, desintere­sadamente. Constituye un gozo estar al servicio de quien se ama, y basta esto para satisfacernos. Amor humilde, ya que los desprovistos de todo necesitan el afecto y la amistad tanto como el pan.

2 IX, 535.

3 XI, 393.

 

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La humildad de la sierva le facilita la apertura y la colaboración. El servicio es una tarea que se debe realizar conjuntamente en el plano profesional, comunitario y eclesial. San Vicente, a través de su expe­riencia de Chátillon, reconoció el excelente resultado de la acción colectiva organizada. Lo que le importa a la sierva es que los amos estén servidos, cualesquiera que sean las exigencias de subordinación por las que ella tenga que pasar. Además, poco a poco, la humildad debe ir creciendo en su corazón a medida que se desarrolla su voca­ción, sólo así adquirirá la auténtica actitud de sierva que piden las Constituciones.

San Vicente insiste sobre la humildad en numerosos escritos y confe­rencias. Sin poder citarlas todas, voy a destacar únicamente los signos de humildad que enumera en el año 1659:

*    tener bajos sentimientos de sí misma y creer que no se hace el bien;

*    no dar una importancia exagerada a lo que hacemos, diciendo por ejem­plo: “Yo sé ganarme la vida, sé hacer cantidad de cosas” o presumiendo de que, en todas partes, se nos echa de menos;

*    tomar siempre lo peor para sí, considerarse la última;

*    no soportar ser alabada, ni preferirse a las demás.

También, en 1654, había enumerado san Vicente ocho puntos con­trarios al espíritu de humildad. Querría destacar solamente tres que nos alejan de la actitud de siervas y del verdadero servicio:

  1. Tener una elevadísima estima de lo que hacemos y de lo que somos, con el corolario: desear que los demás tengan buena opinión de nosotras, “sobre todo, los sacerdotes y las damas”.
  2. Tratar de singularizarse en general, sea en el comportamiento, manera de ser e, incluso, en las cosas de devoción.
  3. Discutir con sus Hermanas y no querer ceder en nada, aferrarse a su propio juicio y permanecer obstinada (san Vicente dice textualmente: “Ha arraigado bien esa idea en el cerebro, no es posible quitársela de la cabeza”).

Después de tres siglos, desgraciadamente, podemos ver con toda facilidad que seguimos cometiendo estas faltas de humildad y, como dice san Vicente, en la misma conferencia: “El peligro está en que esto se hace bajo apariencias de bien”5.

4 IX, 606

5 IX, 607.

 

Por consiguiente, planteémonos algunas cuestiones:

  1. ¿Estimo excesivamente lo que hago y lo que soy, en lo que se refiere a mi trabajo apostólico? La verdadera actitud de sierva consiste en tener el sentido de equipo al servicio de las diversas necesidades. En los intercambios, ¿no estoy demasiado persuadida de ser la única que posee el verdadero sentido misionero y la mejor comprensión de la pastoral? Esta certeza o persuasión, ¿no me lleva a no querer ceder nunca, bajo pretexto de bien? ¿He procurado analizar los motivos con­cretos de mi tozudez?
  2. La singularidad de que habla san Vicente como obstáculo a la humildad, es lo contrario de la sencillez. Quizá en eso tenga que hacer­me algunos interrogantes, incluso en el plano espiritual.
  3. Estar segura de tener siempre razón es una actitud de orgullo ocul­to, nos dice san Vicente, y el permanecer obstinada, la acentúa más. Con la humildad viene la duda y, entonces, se puede comenzar el diálogo.

¡Qué difícil es adquirir esa actitud esencial de la sierva inútil, la humildad!

Sin embargo, san Vicente quiere para nosotras una humildad toda­vía más profunda que llegue hasta amar el desprecio. Al recordarles esto, me doy cuenta que estas palabras son difíciles de comprender, pero ¿cómo callarme cuando san Vicente insiste por lo menos en una docena de textos? Escuchémosle:

“Podrá suceder muy bien que se quejen de vosotras, que os desprecien. Dirán que lo estropeáis todo, que no entendéis las cosas, que hacéis más daño que provecho. Incluso las personas a las que habéis hecho mayores servicios os llenarán de injurias; pero entonces, hijas mías, alegraos. ¡Qué no dijeron de Nuestro Señor, que hacía el bién a todo el mundo! Y podrá suceder quizás, hermanas mías, que el desprecio con que os traten sea tan grande, que toda la Compañía sufra alguna calumnia. Pues bien, her­manas mías, en eso es en donde podréis practicar una verdadera humil­dad… Hay que querer además el desprecio más general, que se extiende a toda la Compañía”6.

La humildad de la sierva debe llegar hasta sobrepasar el plano per­sonal y extenderse a toda la familia religiosa.

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6 IX, 809.

 

II.

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LA ACTITUD DE POBREZA

Es tanto más indispensable a la verdadera sierva, cuanto que debe ser pobre. “¿Cómo se podría acomodar el orgullo a la pobreza?” nos dice san Vicente.

Es papel de la Hermana Sirviente provocar un esfuerzo continuo, comunitario y personal en el trabajo de liberación, frente a toda pose­sión, a toda instalación y a todo lo que suponga refugiarse en una segu­ridad material. Las revisiones deben desembocar en un reajuste a una vida más pobre, reajuste que lleve a detalles concretos y decisiones pre­cisas: gastar menos, vigilar y limitar las necesidades, acrecentar las posibilidades de compartir con los demás.

Esta actitud de pobreza será ante todo interior, de forma que esta­blezca una proximidad de corazón entre la sierva y el amo a quien sirve. Sin ella, las aproximaciones exteriores se convertirían en un mimetismo desprovisto de significado. Es posible siempre, en efecto, dejar una situación demasiado grande, demasiado espaciosa, dema­siado rica, por un nidito confortable y coquetón, con independencia en el estilo de vida. Se ha hecho evidentemente una mudanza. ¿Se está realmente, sin embargo, en situación de sierva? El cambio de direc­ción debe ir acompañado desde un principio, de una mayor exigencia evangélica y orientar a cada una hacia la autenticidad inatacable de una vida de sierva de los pobres.

Sé muy bien que esto se hace ya en muchos lugares. Últimamen­te, visitando Hispanoamérica, experimenté una gran alegría al pasar unas horas en una comunidad de éstas. Las Hermanas viven bastante lejos, en las afueras de una gran ciudad y han renunciado, entre otras cosas, a toda motorización, con el fin de tomar en cada desplaza­miento los autobuses repletos que hacen el trayecto hasta el centro de la ciudad. Esto mismo les proporciona ocasiones suplementarias de intercambio.

III. SAN VICENTE DESEA TAMBIÉN PARA SUS HIJAS UNA ACTITUD DE DISPONIBILIDAD

Para cualquier forma de servicio, disponibilidad, que él llama indife­rencia. Estar disponible es casi una obligación permanente para la sierva. Acepta alegremente lo que se le manda porque, en último término, es el amor el que domina sobre cualquier otro sentimiento:

 

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“La que tiene el espíritu de una verdadera Hija de la Caridad está dis­puesta a marcharse a cualquier sitio; está pronta a dejarlo por el servicio del prójimo. Si se ama a nuestro Señor, se le encuentra en todas partes”7.

Convendría leer otra vez toda la conferencia del 6 de junio de 1656. Es el amor a Cristo a quien reconoce en el pobre el que calma las apren­siones de la sensibilidad y del amor propio, cuando se nos propone un oficio que nos da miedo.

La actitud de disponibilidad es imprescindible para el servicio auténtico. Ningún proyecto comunitario, local o provincial, puede prose­guirse, ninguna perspectiva misionera puede alcanzarse si cada sierva, es decir, cada Hermana, hace lo que quiere, donde quiere y como quie­re. Puesto que se comprometió libremente para servir a Cristo, su entre­ga debe ser un don, como el de una sierva humilde, pobre y disponible.

Añadamos unas palabras. La verdadera sierva comulga con la vida del amo; cuanto más desgraciado, tanto más deseosa está de prestarle servicio, estando “obligada por vocación”, dice san Vicente, “a servir a los más miserables, a los más abandonados y a los más agobiados por la miseria corporal y espiritual”.

Después de lo que se acaba de decir, viene de forma natural este pasaje de las Constituciones: “Cuando sea preciso tomar opciones, se dará la prioridad a los más pobres”8.

Cada comunidad local, impulsada por la Hermana Sirviente, debe verificar su servicio a los pobres a partir del proyecto comunitario. A la Hermana Sirviente, corresponde transmitir a la Visitadora y al Consejo Pro­vincial las nuevas llamadas que dejan oír los más necesitados, y hacerles saber todo lo que se podría hacer por ellos. Las iniciativas nacen del amor. Las iniciativas pueden desaparecer por la costumbre. El peligro, para una Hija de la Caridad, consiste en tener la mirada y el corazón habi­tuados a lo que vive, a lo que ve y a lo que hace. Por eso, una comunidad que se reúne regularmente para hacer revisiones apostólicas se abre a los más pobres y busca la manera de actuar con los demás, en Iglesia.

De esta suerte podremos vivir tanto en el plano local como a nivel provincial, una diversidad de compromisos al servicio de los pobres, respuestas variadas a sus llamadas y a las de la Iglesia. Estos compro­misos, sin embargo, no pueden conducir a una dispersión que borre la identidad común, ya que sería entonces una especie de atomización de la comunidad.

7 IX, 544.

8 C. I. p. 18 . Ed. de 1975.

 

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Una vez más, la vocación vicenciana nos quiere junto a los pobres, a los más pobres en actitud de sierva,

–  humilde y sencilla,

–  pobre y casta,

–  disponible y obediente.

Con mucha facilidad atenuamos el rigor de los términos de san Vicente, bajo pretexto de que es necesario interpretar el vocabulario del siglo XVII. Pero las palabras básicas de san Vicente, en relación con la vocación de Hija de la Caridad, son palabras del evangelio y tie­nen la fuerza de persuasión del evangelio, que perdura a través de los siglos.

Dejémonos interpelar por una regla de vida de nuestro siglo XX, de la que ha dicho Monseñor Rhodain: “Sin palabras, humildemente, a ras del suelo, he aquí un reflejo auténtico de san Vicente de Paúl”. Ya habrán adivinado de quien se trata, de la Madre Teresa. Vean lo que ella dice: “Nuestra pobreza rigurosa es nuestra salvaguarda. No queremos, como han hecho otras órdenes en el curso de la historia, empezar por servir a los pobres para llegar insensiblemente a servir a los ricos. Para com­prender y ayudar a los que carecen de todo, debemos vivir como ellos. La diferencia consiste en que ellos son pobres por fuerza y nosotras por opción. Y no es menos cierto que, sin la convicción de que es Cristo mismo a quien se ve a través de los desheredados, tal género de vida sería imposible”.

De ese género de vida conocemos algunos detalles:

–  Levantarse a las cinco;

–      Media hora de expansión al día solamente;

–      Alimentación muy pobre;

–      Dos saris y muy pocos objetos personales;

–      Dormitorio común.

La Misionera de la Caridad puede estar presta a partir en veinte minutos, a fin de que, dice la Madre Teresa, “no se apegue a un solo lugar, sino que esté pronta a correr el mundo”.

¿No hemos escuchado también nosotras este lenguaje? “Ellas (las Hijas de la Caridad) serán tratadas como los pobres a quienes asisten, en los que verán a Dios”. Y más todavía: “Yo no soy ni de aquí ni de allá, sino de todas partes donde Dios quiera que esté”9. El paralelo podría continuarse.

9 IX, 30.

 

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Resultado de este ardor en el amor a Dios y a los más pobres entre los pobres: 350 novicias de las cuales 150 son europeas, y apertura de varios noviciados en Europa. La Madre Teresa, en una entrevista, da las razones de la falta de vocaciones: “Hay demasiada riqueza, demasia­das comodidades, un nivel muy alto de vida no sólo en las familias, sino hasta en la vida religiosa”.

El tiempo de los Ejercicios es un tiempo de reflexión, de oración, de trabajo espiritual con la gracia del Señor, de firme propósito de conver­sión. En el tiempo presente, con sus peligros y riesgos, pero también con su posibilidades, descubramos cómo podemos responder a las pro­vocaciones de la producción, del materialismo que nos invade, de la injusticia y de la falta de amor, cómo dar voluntariamente mayor pobre­za y mayor justicia y verdad a nuestra vida.

Busquemos en san Vicente y santa Luisa lo que debemos vivir con fidelidad al amor, y pidámosles que conviertan nuestros corazones a la caridad. Entonces seremos como María, realmente siervas.

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