París, marzo de 1979
La Asamblea General 1979-1980 marca una hora importante para la Compañía, la de la afirmación de nuestra fidelidad a san Vicente y a santa Luisa, es decir, al pensamiento de Dios sobre la Compañía.
Desde los orígenes, tenemos una identidad espiritual en la Iglesia, identidad dada por Dios que ha hecho la Compañía, dice san Vicente. Somos Hijas de la Caridad, siervas de los pobres.
Las primeras Hermanas eran conscientes de que este título era una gracia particular. Así, desde el siglo XVII ponían debajo de la firma estas iniciales: Ind. H. d. I. C. s. d. I. p. e. Queriendo simplificar hemos reducido estas letras a cuatro solamente pero, reflexionando sobre estos medios de los primeros tiempos conviene que sigamos siendo sensibles a lo que significan:
* «indigna Hija de la Caridad»: ¿quién puede encontrarse digno de servir al Dios vivo, nuestro Señor Jesucristo, en los pobres?
* «sierva de los pobres»: sierva de Jesucristo en los pobres, dirá y repetirá san Vicente. La caridad se hace sierva. El amor se expresa por el servicio. En el contexto del siglo XVII en Francia, la palabra sierva tenía un significado muy concreto, y correspondía
– a unas funciones,
– a un estilo de vida,
– a una actitud de la mente y del corazón.
San Vicente conocía bien el status de siervos y las funciones que sub-yacían bajo esta palabra. Los había visto trabajar, a estos siervos o sirvientes, en las casas de los ricos, particularmente en la casa de los Gondi, y él trataba de utilizar en favor de los pobres, este conjunto de funciones, de servicios prestados. Los cronistas dicen que «el servidor, la sirvienta, de hecho no se pertenecían ya, existían, vivían para y por el amo».
San Vicente querrá que las Hijas de la Caridad no pertenezcan sino a los pobres; y santa Luisa dirá: «Es justo que las siervas de los pobres sufran con sus amos, los pobres».1 Se trataba de que las sirvientas cumplieran todas las tareas del vivir, de preparar los alimentos, de la limpieza, todo, absolutamente todo: ir a buscar el agua, hacer leña, encender el fuego, lavar la ropa; trabajo agotador, sin organización alguna, que permitía a los que se veían servidos así, ser, parecer, desempeñar un papel en la sociedad, vivir en fin con una cierta dignidad.
El estilo de vida de las siervas era, en la época de san Vicente, extremadamente duro y representaba una gran prueba, ya se tratase del alojamiento, del vestido, del alimento, de las mismas condiciones de trabajo.
* El alojamiento, a menudo, se veía reducido al cuarto trastero; ni calefacción, ni ventilación suficiente.
* El vestido de la sirvienta era pobre, muy pobre, de una austeridad obligatoria, de color sombrío, oscuro, uniforme. San Vicente, por otra parte, dice a las Hermanas: «Cuando uno se ve mejor vestido que los pobres, ¡ah Hermanas!, hay para enrojecer de vergüenza y de confusión, porque los pobres son vuestros amos y vosotras sois sus sirvientas; y así, vosotras debéis tener menos que ellos».2
* El alimento consistía lo más a menudo en las sobras, siempre limitado y controlado.
* Las condiciones de trabajo variarían según la importancia de la casa; cuanto más reducido era el número de sirvientas, más duro era el trabajo, con una jornada indefinida, con una especie de convenio amistoso, casi siempre sin salario alguno.
En una palabra, las sirvientas pertenecían al mundo de los pobres, de los más pobres; constituían el último escalón social; obligatoriamente habían de sentir esa situación, asociada con la obsesión de ser despedidas, situación humillante, con humillaciones sin cesar, acumuladas. A veces les cambiaban el nombre; por otra parte, no tenían ningún documento de estado civil personal. (Los hombres no alcanzaron hasta 1848 el derecho electoral). Todos vivían en una dependencia continua, prontos a responder a la llamada de la campanilla.
He aquí lo que san Vicente precisa respecto a la función del sirviente. Su pensamiento, su meditación retiene las siguientes:
* la dependencia continua para obedecer a otro de quien se recibe misión de hacer alguna cosa;
* la vida de humillación y hasta de desprecio;
* la ofrenda de un servicio indispensable a la dignidad de otros, a su bienestar.
San Vicente ve y reconoce la elección de Jesucristo venido como servidor del Padre: «Yo estoy entre vosotros como el que sirve».3 Va a proponer a sus hijas que permanezcan ellas también en actitud de servicio, cerca de Jesucristo presente en los pobres. Les dará también como modelo a la Virgen María: «Yo soy la sierva del Señor».4
Él mismo experimentó en su vida lo que es el servicio, en dependencia de los demás, la falta de consideración, la indiferencia, la imposibilidad de organizarse el tiempo, la incomprensión, el desprecio. Sabe en verdad lo que nos pide al insistir en nuestro estado de siervas y las disposiciones del corazón que este estado exige.
Hoy, en nuestro mundo, la realidad de la función existe casi como en el siglo XVII. El vocabulario ha cambiado; se ha tratado de elevar el nivel social con la ayuda de las palabras. Pero hoy como ayer, el grupo social de los sirvientes y sirvientas persiste, es importante (en Francia, 234.000 más todas las empleadas de hogar). Cuando la Constitución 33 nos dice: «Se mantienen frente a los pobres, en una actitud de siervas», nos propone una referencia evangélica siempre actualizada, no según el modelo del siglo XVII. Esta referencia es válida, no sólo para la actitud de la mente, sino concretamente en la vida.
Los sirvientes hoy pertenecen siempre al mundo de los más pobres, se reclutan entre ellos, sin posibilidad de otro porvenir. Es significativo encontrar en la profesión, mujeres jóvenes, sin formación, que en cuanto pueden, buscan salir de la profesión donde el trabajo sigue siendo duro, la legislación no se respeta, los sindicatos son poco eficaces, estilo de vida inadmisible a veces. No se quedan verdaderamente más que las más frustradas de entre ellas, las no escolarizadas, las más dependientes. Hay una grave crisis de consideración en torno a la profesión de sirvientes.
Ahí está sin embargo la referencia dada por san Vicente. El movi-
miento actual de nuestras Asambleas que nos envía de nuevo a los orí-
genes, a lo originalmente verdadero, debe tenerlo en cuenta.
* ¿Qué hacemos de nuestra vida de siervas, de sirvientas? * ¿Cuál es su significación?
San Vicente quiere en primer lugar, que nos situemos como pertenecientes a la clase social pobre, pobreza interior y pobreza concreta. Tenemos que meditar sobre la pobreza interior asumida por las personas del servicio, para poder medir cuán difícil es para nosotras vivir esa humildad. Lo que san Vicente nos pide es vivir esa pobreza interior ante los pobres, situándonos a su mismo nivel; entonces servir se convierte en una función fraternal. Un mismo movimiento de fe y de humildad nos hace arrodillarnos ante Dios y nos pone al servicio de nuestros hermanos.
* Es la actitud del «diez veces al día encontraréis en ellos a Dios».5
* Es la actitud del Cristo, Servidor del Padre y Servidor de sus hermanos (el lavar los pies era una tarea realizada por los esclavos). «Estoy en medio de vosotros como el que sirve», es decir, no al frente como el que dirige, sino en medio, como uno de entre vosotros, que no pretende ninguna particularidad, sino que siempre está presto para el servicio espontáneo, recíproco y fraterno, justificado por el amor.
Ser la sierva entre los pobres y entre sus hermanas, aunque tenga ciertas posibilidades (títulos, diplomas, etc.). La que se quiere a sí misma sierva debe estar dispuesta a prestar los servicios de una esclava. La humildad no es una actitud de debilidad, sino de fuerza. Inclinarse como Cristo, libremente, sin ceder a ninguna coacción, a ningún cálculo, para ponerse al servicio del que es más débil. Humildad, disposición de la mente del que es siervo: «Tener en nosotras los mismos sentimientos de Cristo Jesús que lavó los pies a sus apóstoles».
Esta voluntad de servicio humilde y amoroso, auténtica actitud de siervo, lleva consigo la disponibilidad total hasta el fin: «El Hijo del Hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por la multitud».6
El siervo pertenece al amo; así la Hija de la Caridad pertenece a Dios, a quien reconoce y sirve en el pobre, y en este estado de pertenencia va a prestarle servicio «como si pagase una deuda» (San Gregorio Nacianceno).
Para la Hija de la Caridad de los años futuros, la actitud de sierva significa reencontrar su identidad profunda y dar prueba de ella comprometiéndose a servir a los pobres, misión recibida de la Iglesia y de la Compañía.
La novedad está ahí en la dura realidad de lo que vive la sirvienta, en los trabajos fatigosos, humildes y rudos, en situación de dependencia, en conformidad con el carisma «nada hay tan contrario a las Hijas de la Caridad como el orgullo»,7 nos dice san Vicente. Confesemos que es difícil no dejarse coger por el orgullo en unas funciones de dirección, de autoridad, de ir delante de los otros. Ocurre todo lo contrario en las situaciones de trabajo realizado como siervas.
Necesitamos reavivar nuestras convicciones, particularmente ésta. Dios nos pide hoy intensificar nuestra identidad particular de siervas de su amor. No se nos manda realizar todos los aspectos de la vida consagrada, sino que hemos sido llamadas por Dios para ser siervas de su amor hacia los pobres, incluso en nuestra oración; ser las que esperan las órdenes de Dios dándole gracias por servirse de ellas, admirándose de lo que les permite hacer y pidiendo su ayuda para aquéllos a quienes sirven.
Debemos tener el valor de cambiar, de descubrir y de aceptar tareas nuevas, a condición de que estén conformes con los designios de Dios que nos ha reunido desde los orígenes en una comunidad de vida y de servicio.
REAVIVAR NUESTRAS CONVICCIONES
- Sobre la pobreza: revisar individual y comunitariamente nuestra escala de necesidades (o de satisfacciones) que traduce nuestra escala de valores. Detectar nuestras convivencias, nuestras complacencias respecto a lo que sugiere la publicidad. Que verdaderamente la pobreza sea para nosotras valor evangélico y vicenciano prioritario. Pertenecemos por vocación al último escalón social de los trabajadores, el de las sirvientas.
- Sobre la humildad: con María, la sierva del Señor, estar completamente empapadas del sentimiento de nuestra flaqueza, de nuestra debilidad, de nuestra vulnerabilidad, de lo poco que somos capaces nosotras solas, aceptar la perspectiva de la indiferencia de los demás, del desprecio, de que se nos juzgue mediocres, de contar muy poco. «Dios ha escogido dice san Pablo lo que es vil y despreciado…».8
La formación en la humildad, que es la pobreza interior, forma parte de la vida vicenciana. La humildad auténtica se traduce por la discreción en el comportamiento, lo contrario de la afirmación de sí mismo.
La sierva realiza su trabajo sin atraer la atención y debe aceptar las sugerencias de los demás, las advertencias, control, órdenes, contraórdenes, dependencia, por amor a Cristo y en solidaridad con los pobres.
«Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón».9 Tratemos de aprender la humildad, la dulzura, si no, no continuemos pagándonos de las palabras. ¿Cuándo pasamos a los actos? ¿Cuándo aceptamos, cuándo acogemos de buena gana las ocasiones de renunciarnos en este plano a lo largo de las horas de nuestras jornadas?
La Misión… Nuestro Señor Jesucristo, precisamente por su misión salvadora sufrió las humillaciones de la Pasión, el rechazo y la muerte.
c. Revisemos nuestras convicciones sobre la obediencia: la obediencia condiciona la disponibilidad, nos pone en dependencia respecto de aquéllos que nos envían en misión cerca de los pobres. La obediencia no es un acuerdo de principio, algo teórico, sino que hay que reelegirla en la vida concreta de todos los días. Hay que aceptar, decía el P. Liégé, una cierta marginación a causa del evangelio, a causa de la vida a la que Dios nos ha invitado; hay que aceptar que nos cuestiona el parecer excesivas. No se trata de aislarse de la solidaridad humana, es tomar conciencia de la solidaridad que, en la fe, nos liga a Jesucristo.
La actitud de la Hija de la Caridad en los años futuros será una auténtica actitud de siervas, si de veras queremos encontrar de nuevo el «primer espíritu de la Compañía, es decir, todo lo contrario del orgu110»,10 decía san Vicente; lo opuesto al tener, al valer, al poder, lo contrario de aquella que sabe, que juzga, que decide, que excluye, sino pobreza, dependencia y servicio, humildad y disponibilidad de aquella que busca.
Hoy el Señor nos invita de nuevo a la humildad que se nos ha hecho tan difícil, la humildad cuyas modalidades de vida inspiró a san Vicente que nos propusiera, a través de Margarita Naseau y la señorita Le Gras.
* humildad-pobreza interior: condición necesaria, tanto para profundizar en la fe como para realizar un servicio auténtico;
* humildad-pobreza interior: primera fase de las ascesis;
* humildad-pobreza interior: reconocimiento de los dones de Dios, de su acción en nosotros;
* humildad-pobreza interior: respeto a los demás, a lo que tienen
que manifestarnos, ofrecernos y transmitirnos de parte de Dios;
* humildad-pobreza interior: suprema semejanza con Jesucristo, que ha adoptado esta actitud para salvar al mundo.
A nosotras nos corresponde discernir hoy, mediante la gracia que constituyen las Asambleas, la originalidad vicenciana en el servicio, a través de las iniciativas de un amor humilde y sincero.
La meditación, la contemplación de la vida de la Virgen es lo que nos servirá de apoyo en nuestra búsqueda. Coloquémonos como María en una dependencia total del Señor, de su palabra, de sus designios y conoceremos la verdadera libertad, la del amor servidor.
Roguemos por la Asamblea General, para que el Espíritu nos guíe por el camino de la originalidad vicenciana y nos haga entrar, siguiendo a María, en la auténtica disposición de siervas del Señor, de los pobres y de la Compañía. En ello ponemos nuestra esperanza. «Contempló la pobreza de sus siervas y ha hecho maravillas».








