Lucía Rogé: «Se acercó y siguió con ellos»

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Lucía RogéLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Lucía Rogé, H.C. .
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Pastoral Vocacional Cursillo de 1984

Hace unos días, cuando llegó el momento de escribir unos sencillos pensamientos sobre este tema del ACOMPAÑAMIENTO… me encontré muy desprovista… porque, aunque hablo a menudo, en las diferentes Provincias, con jóvenes con inquietud, esto nada tiene que ver con un acompañamiento. Y ahora, después de haberles escuchado atenta­mente, me encuentro todavía mas desprovista. Por eso, les pido perdo­nen mis torpezas, y probablemente mis repeticiones.

Me pregunté en primer lugar de qué acompañamiento había que hablar… Me pareció comprender, después, que se trataba del tiempo que va desde la toma de conciencia del germen vocacional hasta el momento de una primera decisión. Pero la vocación se abre camino a través de varios pasajes y hay que reconocer que su origen es diferen­te para cada uno de nosotros. Se trata de una experiencia única de encuentro con Dios. Ya el evangelio nos muestra la diversidad de llama­das y de respuestas… En mi dificultad, continué mirando en el evan­gelio, como a ello nos invita san Vicente con tanta frecuencia.

I. Y pensé en el «acontecimiento de los discípulos de Emaús«…1 llama­dos a una vocación, y aparentemente tentados de renunciar a ella. ¿Que hace Jesús?

1. Se pone en el camino de los discípulos: se acerca y sigue con ellos

Me pareció que era este verdaderamente un primer paso para el acompañamiento: ponerse en el camino de los jóvenes y acercarse a ellos, aunque visiblemente nos presten poca atención: «Mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos…».

2. Cuando se ha establecido la proximidad, conseguir favorecer la expresión de sus preocupaciones, de sus decepciones, sus amarguras, sus deseos, sus ilusiones y sus esperanzas: «¿De que discutís entre vosotros mientras vais andando?», dice Jesús.

La pregunta les puede sorprender: «Ellos se detuvieron».

Esa pregunta puede incluso provocar reacciones de irritación: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella…?»

Sin embargo Jesús continúa para suscitar un intercambio mas com­pleto: «¿Qué cosas?…»

En nuestro caso, esto se convierte en una ocasión para escuchar todo lo que los jóvenes llevan en sí: una «escucha-oracion», lo que quie­re decir, escuchar, claro está, pero interiormente y simultáneamente orar mientras ellos hablan.

3. Y terminada la comunicación, con su nota personal de desencanto: «… hallaron las cosas como las mujeres decían, pero a Él no le vieron…»,

Jesús se dedica a devolver la esperanza a sus discípulos, ense­ñándoles a leer los acontecimientos: «¿No era preciso que el Mesías padeciese esto y entrase en su gloria?»

Quizá tengamos que hacer adquirir a los jóvenes el gusto de leer los acontecimientos de su vida, ayudarles a discernir en ellos un mensaje, personal o colectivo, llamadas a la solidaridad, a saber compartir, a la justicia, al sentido de los demás… a la confianza, a la esperanza; hacer­les descubrir, a partir de acontecimientos, los verdaderos valores que llevan en sí mismos y leer la acción de Dios en su vida.

4. Jesús «fingió seguir adelante». Es una manera de recordar al acompañante que no debe imponerse, sino saber esperar a que le digan el: «¡quédate con nosotros!», a través de los lazos de amistad que se hayan creado.

Me parece que este punto es muy importante para que el joven se encuentre libre interiormente y pueda hacer una verdadera opción de vida. Pero también hay que saber responder a ese «quédate con noso­tros», sobre todo si «el día ya declina».

5. Jesús se quedó con ellos y, «tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio».

Aquí tenemos una invitación a la oración, a compartir espiritualmente.

Saber partir con ellas el pan de la Palabra de Dios, el de la Eucaristía, «centro de la vida y de la misión de las Hijas de la Caridad, en torno a la cual se realiza todos los días su principal asamblea».2

6. «… Y desapareció de su presencia».

De nuevo, progresivamente, a medida que en la acompañada se va haciendo más profunda la relación con Dios, y porque quizá ha llegado el momento de que entre en contacto con otros acompañantes, hay que saber retirarse.

II. Acompañamiento al estilo vicenciano

Si me detengo en esta presentación, demasiado superficial, distin­go tres tiempos para un acompañamiento a estilo vicenciano:

  1. Un tiempo de acercamiento
  2. Un tiempo de familiarización, de confianza
  3. Un tiempo de profundizar en la vocación.

1. Un tiempo de acercamiento

Se trata de un acercamiento concreto: llegar a conocerlas en sus costumbres y modos de vida, de los que estamos muy alejadas, en su lenguaje: en los jóvenes está surgiendo un lenguaje nuevo. Por lo tanto, un acercamiento intelectual y espiritual -cultural, dijeron ustedes ayer-para descubrir qué es lo esencial para ellas, cuáles son sus valores. No acaban de llenarnos de extrañeza; tenemos, pues, que estar siempre dispuestas a esa extrañeza y también a la admiración… pero sobre todo a la escucha, a esa escucha-oración. Nuestra actitud de acogida, de gratuidad en la acogida, de desinterés, tiene que abrir la puerta a la confianza y a la espontaneidad de cada una. No esperan -por lo menos, así lo creo- que seamos «como ellas», sino que sepamos compartir «un poco de vida» con ellas: un poco de la vida suya y un poco de la vida nuestra, para que puedan abrirse, hablar de ellas y preguntarnos; hablar de ellas a través de una comunicación sencilla de la vida, que les per­mita expresarse libremente. Este tiempo de acercamiento favorece las preguntas recíprocas y también, a veces, descargas de agresividad y ciertas reacciones repletas de eslóganes y críticas sobre las instituciones eclesiales e incluso sobre algunas partes del dogma. Ese es, para el acompañante, el momento de dar su opinión y sus motivaciones de fe, con serenidad. El acompañante debe aceptar también, así me lo parece, el riesgo de no poder dar respuesta a todos los interrogantes de las jóve­nes. Pero tiene que acoger todas las preguntas y prestarse al diálogo. Así es como puede nacer el segundo tiempo, el de la familiarización.

2. Un tiempo de familiarización

Este tiempo se establece según el ritmo de cada una y los lazos de amistad que se han ido tejiendo progresivamente. Por lo que se refiere al acompañamiento, yo creo mucho en la amistad. Aceptemos el tiempo de la maduración, tengamos el sentido de los plazos necesarios, que permiten el avanzar en el conocimiento más específico de la espirituali­dad vicenciana.

Esta etapa de familiarización constituye -así me lo parece- un momento de diagnóstico diferencial, o si se prefiere, una primera etapa de discernimiento con miras a una opción por determinada espirituali­dad. Así será como se irá perfilando la diferencia entre «conformarse con un sistema de vida» y percibir progresivamente las exigencias de una espiritualidad. Poco a poco, llega uno a descubrir y reconocer una coincidencia, una armonía, entre los atractivos personales que el Señor ha dado a cada una y esa espiritualidad

Para lograr una apertura a la espiritualidad vicenciana, bueno es tener presente al espíritu el pensamiento de los Fundadores. Lo tenemos expre­sado en una carta de san Vicente a las Hermanas de Saint Fargeau. En dicha carta reproduce casi textualmente lo que santa Luisa le había escri­to con el mismo motivo: es necesario que las futuras postulantes sepan:

  • «Que su Compañía no es una congregación religiosa…, sino una asociación de mujeres que van y vienen continuamente para asis­tir a los pobres enfermos, en diversos lugares y en horas concre­tas, haga el tiempo que haga.
  • Que las Hijas de la Caridad, por ser sirvientes de los pobres, van también vestidas y alimentadas pobremente… .
  • Que, al venir a la Compañía, no hay que tener más intención que la de servir a Dios y a los pobres.
  • Que hay que vivir en una continua mortificación de cuerpo y de espíritu y con la voluntad firme de observar exactamente todas las reglas, especialmente la obediencia sin replicar.
  • Que aunque vayan a una parte y a otra de la ciudad de París, no les es posible ir a visitar a las personas…»3 (callejear, decía san Vicente).

Así pues, para esta apertura a la espiritualidad vicenciana, cuando parezca que es el momento oportuno, se puede:

a)  Proponer a la joven un «baño de pobres», es decir, la participación en un servicio a «verdaderamente pobres», que será para ella como un «test», una prueba de su capacidad de entrar en comunión con ellos». Esta comunión con los pobres, que san Vicente quiso, va a revelar la aptitud para llegar a ser sirvienta de Jesucristo en los pobres, esa sir­vienta vicenciana humilde y llena de amor ante su Señor y su Amo, pre­ocupada por cuanto le concierne.

b)  Intentar, en seguida, recoger, mediante una escucha atenta, lo que la joven ha comprendido, cómo ha captado lo que debe ser para ella un acontecimiento espiritual. Estamos ante un período que puede ser decisivo para su porvenir. De todas formas, hay que desconfiar de los fenómenos de identificación con el acompañante y saber distinguir algunos reflejos y mimetismo.

Por eso, será necesario renovar la experiencia, dedicando el acompañante una escucha especialmente profunda. Será necesario descubrir la aptitud de la joven en su contacto con la pobreza, su apti­tud con relación al dinero y sus iniciativas personales para reducir sus propios caprichos, sus necesidades. Es preciso darle tiempo para que llegue a ver con claridad lo que está viviendo. Según su ritmo propio de crecimiento, se podrá ayudarla, después, a que se haga cargo de la coherencia que existe entre su propia conducta y los objetivos a los que tiende. Y, más adelante, ayudarla a adoptar actitudes más res­ponsables frente a lo que cree es su vocación. El acompañante debe orientarse entonces hacia esa perspectiva, si reconoce en la joven la capacidad de, según expresión de santa Luisa, «agradar al Señor sir­viendo a nuestros amos, sus queridos miembros, con devoción, dulzura y humildad».4

c) El tiempo de familiarización con la vocación vicenciana es tam­bién, me parece, el de una evaluación: ¿cuál es el comportamiento de la joven en la vida de grupo? Este punto de conocimiento, indispensa­ble tanto para ella como para el acompañante, revela qué disposicio­nes tiene para participar en un trabajo de conjunto, para la Misión den­tro de la Iglesia, lo primero, y también en el seno de un Instituto y de una comunidad local. En lo que a nosotras, Hijas de la Caridad, se refiere, la vida fraterna comunitaria es un elemento fundamental de la vocación vicenciana.

Preciso es convenir en que con frecuencia la joven vive superficial­mente los fenómenos de grupo, ya se trate de su pertenencia a Movi­mientos de Acción Católica u otros Movimientos espirituales, como las Juventudes Marianas, o bien al grupo vocacional… Sería, pues, muy conveniente que el acompañante suscitase el análisis de los hechos que se dan en la vida del grupo, que puede funcionar, en cierto modo, como un revelador de lo que será la vida fraterna y la aceptación mutua en medio de las diferencias.

Por lo que a nosotras, Hijas de la Caridad, se refiere, esa acepta­ción de los demás reviste una especial importancia, puesto que per­mitirá, a lo largo de las etapas siguientes de la vocación, el vivir jun­tas para la Misión, con todo lo que exige: entre otras cosas, los intercambios o comunicación espiritual, hechos en un ambiente de serenidad, por ejemplo, la revisión de vida comunitaria y la revisión de vida misionera. De todas formas, la vida en grupo es una riqueza y puede ayudar a la joven a conocerse a sí misma, a desasirse de sí y a adelantar.

3. Se impone un tercer periodo: el de profundizar «a estilo vicenciano» en la vocación

Este tiempo implica siempre, con miras al discernimiento y a la madurez de la decisión que ha de tomar la joven, un profundizar en la fe; también en la oración personal y colectiva, en grupo. Es este el momento de adquirir la seguridad de que la «acompañada» conoce a fondo el carácter mariano de la Compañía y de hacerle descubrir a María como Maestra de vida espiritual; el momento, al mismo tiempo, de hacerle reconocer el valor de la «oración de contemplación» que es el rosario, según expresión de Madre Guillemin.

En efecto, no basta con dar por seguro su atractivo por los verda­deramente pobres y su servicio; no basta con que la vida fraterna le resulte a la joven como algo normal, en la aceptación de las diferencias; es preciso, además, sostener en ella el deseo, la búsqueda, de una uni­dad de vida. Este descubrimiento de la unidad de vida indispensable, «mirada de fe, puesta en práctica del amor, tiene que conducirla a eva­luar por sí misma sus propias aptitudes para vivir la vocación vicencia­na según el carisma de los Fundadores.

Además, parece importante también que la joven descubra las vir­tudes del estado, no solo la sencillez y la caridad, sino asimismo la pobreza interior, es decir, la humildad, en el plano personal y en el plano del Instituto, si es que quiere adherirse a la intención de los Fundadores. Esto es algo de gran importancia: acaso hayamos dado una imagen contraria; pero por voluntad explícita de los Fundadores, somos un Ins­tituto que no debe hacer ruido, que debe considerarse como el menor en la Iglesia. Ya conocen ustedes el radicalismo de san Vicente a este respecto, radicalismo que santa Luisa reforzaba por su parte. Suyas son estas palabras:

«Evitemos cuanto nos sea posible el deseo de que se sepa lo que Dios hace por medio de nosotras».5

Es, pues, necesario que la postulante adopte esa humildad, no sólo a nivel personal, sino también en el plano colectivo de la comunidad.

La conclusión que se saque de este tiempo será, por lo tanto, una primera idea del designio de Dios sobre la joven; esto permitirá encami­narse hacia la opción -o no- por el Instituto. Es indispensable contar con la seguridad de que la decisión por esta opción se toma con el apoyo de un consejero espiritual que conoce a la joven por un trato regular con ella. Efectivamente, es una decisión que requiere tomarse con el apoyo de esa «presencia» o dirección espiritual que, en cierto modo, participa en lo que vive la joven en lo íntimo de sí misma, y que aporta luz y orientación para la vida, sin condicionar. Ser «presencia», por lo que al consejero espiritual se refiere (y también aunque de otro modo, al acompañante), es estar cercano, sin impedir a la joven ser ella misma. La respuesta y la fideli­dad a una vocación no son verdaderas sino a condición de emanar de una auténtica libertad interior.

III. El acompañante

Todas estas observaciones dejan poco claro el papel del acompa­ñante -por lo menos, tal como yo lo veo-. Su papel es el de testigo en las dos acepciones de la palabra:

  • el que da testimonio con su propia vida (y este es el sentido mas importante),
  • el que es testigo porque ve, porque esta presente a una evolución.

Las personas llamadas son, cada una, única; las modalidades de la llamada son múltiples; secretos son los caminos de la experiencia perso­nal del encuentro con Dios… Los caminos que se abren ante los jóvenes son muchos; grande es la fragilidad de estos ante los asaltos de diversas solicitaciones. Pero ¡cuán poderosas son la oración y la ofrenda, que soli­citan para ellos la gracia del Señor! Esa gracia de luz, de fortaleza de la que nosotras mismas tenemos la experiencia personal.

Esa experiencia personal nuestra nos recuerda la humildad necesa­ria, que requiere no menos el acompañante que la acompañada… Dios es el que llama, Dios es el que escoge… Es una gracia ofrecida en abun­dancia, que, según santa Luisa, permite avanzar por el camino hacia Él, a imitación de la Santísima Virgen, «por la gran humildad que le ponía siempre ante la vista lo que Dios hacía en ella».6

De este modo, la Hermana que acompañe a una joven llegará a tra­ducir la mística y la espiritualidad de la Hija de la Caridad (esa mística y esa espiritualidad de sierva) si, compenetrada con el sufrimiento de los pobres, se deja «hechizar» por Cristo (es el «apresado» de san Pablo, o el «¡oh Salvador!» de san Vicente, o el «mi Todo, oh Jesús mío», de santa Luisa), ese Cristo a quien reconoce y quiere servir espiritual y corporal­mente en los pobres; si está «sedienta» de la Palabra de Dios y presen­te sencillamente a los demás, mirando a María para aprender de Ella la humildad de la sierva y la alegría íntima de ser de Dios.

  1. Lc 24, 13-32.
  2. C 2.12.
  3. VII, 48
  4. SLM, p. 87.
  5. SLM, p.193.
  6. SLM, p. 670.

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