Lucía Rogé: Santa Catalina Labouré

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Lucía RogéLeave a Comment

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Author: Lucía Rogé, H.C. .
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Fain-les-Moutiers, junio 1976

… Al dar a santa Catalina, a la Compañía y a la Iglesia, Dios nos propone un cierto modelo de vida misionera que es un poco el reflejo de María.

Si el centenario tiene lugar en este período de la vida de la Iglesia y de la Compañía, es sin duda porque su mensaje es particularmente nece­sario a nuestro tiempo. Dicho mensaje me parece que puede conden­sarse en tres principios de acción:

ESCUCHAR – QUERER – ORAR

I. Escuchar

Santa Catalina escuchó un mensaje e inmediatamente este mensa­je llenó su vida. Lo recibió con atención, sencillez y humildad.

Para persuadirse de la atención con que lo acogió, basta leer su relato. Todo está anotado: hora, duración, detalles de situación, colores, luz, hasta el menor ruido. Todos esos aspectos que señala santa Catali­na indican la gravedad del momento y, al mismo tiempo, su integración en lo concreto de su vida. Por encima de la grandeza del acontecimien­to, vemos que ningún detalle carece de importancia en la vida de los hombres y en el plan de Dios. Ellos constituyen el soporte del mensaje espiritual que, a través de los hechos, santa Catalina se encarga de transmitirnos.

¿Qué consecuencia sacar para nosotras, sino que, sin prestar aten­ción a la vida de las personas, no se puede pensar que se logrará una tarea de acercamiento misionero? Sin tener en cuenta las condiciones de vida, resulta imposible anunciar la Buena Nueva. La atención es la primera de todas las exigencias misioneras. Ella nos abre a la Palabra de Dios, ya sea ésta proclamada o bien nos llegue por diferentes cami­nos escogidos por Dios: acontecimientos, encuentros, intercambios y también pruebas y alegrías. En la oración, delante del Señor, debemos considerar toda nuestra vida para tratar de discernir lo que el Señor quiere hacernos comprender.

La atención de Sor Catalina está cimentada en la sencillez, sencillez de corazón libre y desprendido, por consiguiente, receptivo. Si recibe el mensaje con sencillez es porque no hay en ella ninguna idea preconce­bida que ponga obstáculo. Vive sencillamente de fe sin dar cabida a la duda, había pedido y orado y estaba segura que iba a ser escuchada. La sencillez es más o menos esto: no poner ningún obstáculo a la acción de Dios y vivir de fe en la verdad. Nada que venga de parte de Dios, sor­prende. Por la tanto, todo mensaje enviado por Él se recibe sin turbación.

En Sor Catalina, la atención y la sencillez van acompañadas de la humildad. Porque se considera una pobre aldeana, sin gran instrucción, santa Catalina concentra toda su atención y acoge el mensaje con humildad y pobreza. El orgullo nos ciega de tal manera por la hipertro­fia de nuestra dimensión personal, que nos hace incapaces de escu­char, comprender y acoger lo que quieren decirnos los demás. La humil­dad, por el contrario, cimenta en nosotros la esperanza. Uno se considera pobre y falto de algo y espera todo de Dios con más facilidad. La humildad debería constituir en nosotros ese sentimiento profundo de nuestra pobreza interior.

Por lo tanto, el primer punto sobre el que santa Catalina nos invita a reflexionar es sobre nuestra atención, sobre si sabemos escuchar con humildad cuando Dios nos habla, a fin de ser auténticas siervas junto a los pobres a los que Él nos envía.

II. Querer

Otro punto que me impresiona en la vida de santa Catalina es su fuer­za de voluntad, voluntad puesta en acción, por amor. ¡Cuánta fortaleza tuvo que desplegar! Primero, para convencer a los demás de su mensa­je, y segundo, íntimamente unido a lo anterior, para vencerse ella misma. Pensemos en las primeras reacciones normales del Padre Aladel. Y sin embargo, santa Catalina, fiel a la misión recibida, insistirá día tras día, perseverantemente. Es demasiado fina de espíritu para no percibir lo insólita que debe parecer su demanda y aun ella misma. Sin embargo, continúa obedeciendo a la Santísima Virgen y prosigue el objetivo fijado. ¡Qué diferencia con nuestra lasitud, nuestro miedo, dejadez y cobardía y, lo que es peor aún, nuestros abandonos! Nosotras, ¿qué queremos, dónde y en qué ponemos nuestros deseos? ¿Dónde y cómo traducimos en nuestra vida, nuestras teorías, por ejemplo, de pobreza, auténtico ser­vicio y profunda humildad? ¿No nos estancamos demasiado fácilmente en síntesis y en resoluciones de pequeños grupos? Ahora bien, ¿qué sig­nifica el amor cuando no se traduce en actos de la voluntad? ¿Tenemos suficiente humildad para empezar de nuevo? ¿Estamos revestidas de esa sencillez evangélica exterior e interiormente? En nuestra vida con­creta, ¿cómo se traduce nuestro querer misionero con los pobres?

Querer: Sin ese afán de conversión de todas y cada una, ningún adelanto es posible para la Compañía. Querer tomar en serio el evan­gelio y san Vicente, esto es, decidirnos a ser siervas de los pobres y de los más pobres; pero, con humildad, pobreza y sencillez. En esto, san Vicente va muy lejos. Por lo menos, hay doce textos bastante largos en los que nos pide que amemos el desprecio, el desprecio personal y el desprecio para toda la Compañía. San Vicente previó: «Dirán que lo estropeáis todo, que no entendéis las cosas, que hacéis más daño que provecho».1 ¿Somos capaces de llegar hasta este punto en nombre del evangelio? Querer, querer volver a empezar con el impulso de la prime­ra savia de san Vicente como una nueva primavera. Deseo verdadera­mente que ese querer penetre en nosotras decididamente, porque si volvemos de nuevo a esa primera semilla de san Vicente, Dios mismo nos dará la respuesta.

III. Orar

El tercer punto que me inspira santa Catalina es la importancia de la oración en su vida. La santa obtuvo todas las gracias por la intensidad de su oración. Y si se ha podido decir de ella que era la santa del silen­cio, sabemos perfectamente que su silencio no estaba vacío, sino que estaba lleno de la presencia de Dios. De aquel Dios por el que, durante su juventud, recorría cada mañana tres kilómetros hasta llegar a la Igle­sia, y de aquel Dios de la Eucaristía que la había asido de la misma manera como nos cuenta san Pablo, que fue él asido por Cristo.

Y nosotras, ¿cómo asistimos a la Eucaristía de cada mañana? ¿Qué lugar damos a la oración y al silencio en nuestra vida? Porque el silen­cio es el que permite que relativicemos las presiones contra las que tan mal nos defendemos. El silencio es el que, poco a poco, va calmando las agitaciones interiores de nuestra sensibilidad, el que garantiza el uso de nuestra libertad interior y, en el silencio, es donde podemos contac­tar con la gracia de Dios en nosotras. En el silencio, escuchamos lo que Dios quiere decirnos. Y en el silencio, se fortifica nuestra voluntad. No dejemos perder este valor en nuestra vida misionera. Silencio, oración, el uno prepara al otro, completándose.

El orar es también una parte de nuestra misión en la Iglesia; orar por los pobres, orar con ellos. Orar e implorar de la Santísima Virgen la ayuda del Espíritu Santo para escuchar las llamadas de los pobres y descubrir sus necesidades.

Orar, y en esto, ¿cómo no evocarlo? Rezar el rosario como santa Catalina. No cedamos ni mucho ni poco a las presiones, teñidas de cier­to esnobismo espiritual que considera el rosario como palabras que se repiten mecánicamente. Leamos la Exhortación de Pablo VI, del 22 de marzo de 1974,2 en particular la última parte, que habla del rosario. Sí, rezar el rosario como santa Catalina es una gracia que hay que pedir, a fin de que, como ella, mediante la oración pongamos cierta cohesión en nuestra vida y, sobre todo, un verdadero acuerdo entre nuestra acción y nuestra oración. Nada de disociación. La vida de una Hija de la Caridad es un todo; es contemplación y servicio, es servicio y oración; ambas cosas forman una unidad.

Fijémonos en santa Catalina. No se le concedió que pudiera ver las repercusiones de su vida que, aparentemente, fue insignificante. Ella no se dio cuenta de la importancia que iba a tener, para la Iglesia y para el mundo, su manera de comprender y reflejar el mensaje y el empeño con que quiso que se transmitiera. Ignoró el impacto que iba a producir su vida de silencio, renunciamiento y oración. Ahora bien, cuando se viaja un poco por el mundo entero, se encuentra a santa Catalina por todas las latitudes y civilizaciones, en las grandes ciudades y en los más insig­nificantes pueblos. ¡Qué misterio! ¿Quién puede poner realmente, en duda, que recibió un mensaje, después de descubrir su influencia en la Iglesia y en el mundo? Y ese mensaje no es otro que el de la Inmacula­da, que nos guía hacia su Hijo: «Venid al pie de esta altar…». ¿Quién puede decir que nuestra vida, si seguimos sus huellas de renunciamiento, de servicio humilde y atento a los demás no tendrán esta misma repercusión misionera, aunque no percibamos actualmente su alcance?

No puedo terminar esta reflexión sobre santa Catalina sin conden­sarla en una sencilla oración, al sentir la urgente necesidad que tengo yo también de escuchar, de sostener mi voluntad hasta el final y de intensificar mi vida de oración.

Santa Catalina,

Concédeme la gracia de estar atenta a los demás y a sus necesi­dades, y de responder con la sencillez de un corazón verdaderamente desprendido, con la disponibilidad y humildad de una verdadera sierva. Que escuche las llamadas que Dios hace resonar en torno mío por el clamor de mis hermanos los pobres, clamor ante tantas injusticias, tan­tas incomprensiones y tantas miserias. Concédeme la gracia de orar, suceda lo que suceda, siempre en acción de gracias, por Jesucristo nuestro Señor.

  1. IX, 809.
  2. Pablo VI, Marialis Cultus, nn. 42-55.

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