Lucía Rogé: Renacer a una nueva vida con las Constituciones

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Lucía RogéLeave a Comment

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Autor: Lucía Rogé, H.C. .
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París, 19 de diciembre de 1983

Una vez más, el misterio de Navidad está ante nosotras. La venida de Jesús que nace, de Jesús Salvador, nos hace comprender cosas nuevas, en armonía con el designio de Dios sobre nosotras, del desig­nio de Dios sobre la Compañía, para el tiempo en que vivimos, en la situación en que nos encontramos.

Cada Navidad es una llamada a nacer nosotras también, como Jesús. Nacer por amor y nacer para el amor, en la pobreza, la humildad, la obediencia, la dependencia de la Cuna. Nacer, comenzar una vida nueva. Sabemos bien cómo la Compañía, en su primer nacimiento, brotó de la moción del Espíritu. Brotó del amor de Dios que invadía el corazón de san Vicente y santa Luisa. Juntos presidieron el comienzo de la Com­pañía, en aquellas pocas jóvenes del campo, pobres, humildes, dispo­nibles, porque eran obedientes por amor, como el Cristo que debían reproducir, deseosas, como san Vicente y santa Luisa, de hacer nacer este mismo amor en el corazón de los pobres.

Éstas son las disposiciones interiores que se nos revelan en la Cuna. La interpretación de estos valores evangélicos está ante nosotras, inse­parablemente unida al Misterio de la Encarnación, en esta Navidad de 1983. Este año, que para nosotras no es del todo como los otros, me veo, una vez más, impresionada por la ternura de Dios. Efectivamente, al mismo tiempo que pone en nuestro corazón el ardiente deseo de una conversión, de un nacimiento nuevo a la vocación y el deseo particular de ver que se realiza, de alguna manera, un segundo nacimiento de la Compañía, el Señor en su ternura, nos da los medios para conseguirlo.

Este medio providencial dado por Dios, acaba de ser confirmado en todo su valor, hace apenas un mes, por la promulgación oficial de nues­tras Constituciones, el 29 de noviembre de 1983. El medio es, pues, la fidelidad activa y actual a las Constituciones y Estatutos. Las Constitucio­nes son el «regalo» particular de Dios a las Hijas de la Caridad para esta reforma, cuya imperiosa necesidad, en nosotras, hemos reconocido repe­tidas veces. Digo «reforma» en el sentido de «recuperación de la forma espiritual inicial de la Compañía». Recuperar la forma espiritual inicial, re­nacer, pues, por la fidelidad a la plenitud del espíritu, fundamentalmente.

El pensamiento de los Fundadores es muy claro sobre este punto de la fidelidad activa a las Reglas y Constituciones. San Vicente no tiene miedo de las palabras. Con él, atrevámonos a escucharlas en su verdadero sen­tido. Sería necesario releer toda la Conferencia del 30 de mayo de 1647. Leamos un fragmento. «Es cierto que ya que estáis en la Compañía, estáis obligadas a observarlas (las Reglas). Es un camino que Dios os ha señalado, son los senderos por donde quiere conduciros».1

Dice esto, pocos años después de la fundación, pero hoy, trescien­tos cincuenta años más tarde, estas mismas palabras se dirigen igual­mente a nosotras. Y haciendo eco a estas palabras, veamos otras de santa Luisa que escribía a Bárbara Angiboust el mismo año: «Haga de su parte todo lo que pueda para ser fiel a Dios en su vocación y en el cumplimiento de sus reglas».2

Para santa Luisa, el «ser fiel a Dios» está unido al cumplimiento de las Reglas. Convencidas de esta verdad, es necesario que nos nutra­mos de nuestras Constituciones, que las leamos, las releamos, las medi­temos en la oración. Que en este primer tiempo en que se nos han dado, sean ellas nuestro «libro de vida» y, como deseaba san Vicente, refirién­dose a las Reglas, el compañero fiel de nuestros viajes.

Necesitamos llegar a un conocimiento de mente y de corazón tan profundo como sea posible de nuestras Constituciones, para poder vivir de ellas. Necesitamos que, en cierto sentido, ellas nos habiten. Es una ventaja memorizar los textos para mejor llevarlos a nuestra vida. Son tex­tos por los cuales Dios ha querido proponernos su designio sobre noso­tras. Si estamos atentas, encontraremos en ellas el mensaje de Navidad, como, por ejemplo, cuando las Constituciones nos indican «Contemplan a Cristo en el anonadamiento de su Encarnación Redentora. Del Hijo del Hombre, aprenden a revelar a sus hermanos el amor de Dios por el mundo».3 Todo el misterio de Navidad está ahí. Santa Luisa, que con­templó y meditó intensamente este misterio, nos dice: «Nuestro Señor, al nacer en la pobreza y en el abandono de las criaturas, me enseña la pureza de su amor».4

Y siguiendo la lectura de su meditación ante la Cuna, leemos: «Esta pobreza (es) la virtud más amada del rey de los pobres. No es recono­cido más que por los que son pobres, en verdad y sencillez».5

Tomemos y releamos nuestras Constituciones, y nos veremos impre­sionadas al volver a encontrar en ellas la misma doctrina, con la invitación apremiante a que entremos en el misterio del amor y anonadamiento que nos presenta la venida del Hijo de Dios que nace entre los hombres. En seguimiento suyo, con la ayuda de las Constituciones, descubramos cómo jamás se termina de amar, cómo nunca se acaba de ser pobre.

Misterio de la pobreza de Jesús al nacer…

  • Dios que puede todo… Recién nacido impotente.
  • Dios que sabe todo… Recién nacido, incapaz de expresarse.
  • Dios presente en todas partes… Recién nacido, en la imposibilidad de moverse.
  • Dios creador de todo… que no posee nada.

¡Qué proximidad con todos los que son incapaces de echar a andar, los paralíticos, física y espiritualmente!

¡Qué proximidad con todos los que no tienen voz, incapaces de expresarse!

¡Qué proximidad con todos los marginados de nuestro mundo! Nin­guna pobreza, ninguna privación le resulta extraña!

Es la obsesión de tantas Hijas de la Caridad que sirven a los pobres. Lo he percibido especialmente a través de las preguntas de las Herma­nas de la última Provincia que he visitado ¿Cómo acortar un poco la dis­tancia entre los pobres y nosotras? O también, ¿cómo nuestro estilo de vida podría aproximarse más al de los pobres?, me preguntaban.

Renacer, comenzar una nueva vida con la ayuda de las Constitucio­nes, en la pobreza, la humildad, el don total. La meditación ante la Cuna, nos dice todo eso.

Pero el mensaje de Navidad es también un mensaje de esperanza y alegría:

— la esperanza y la alegría de la fuerza del amor de Dios. Sólo el amor puede conducir hasta la «desmesura» del pesebre;

— la esperanza y la alegría de sabernos amados por Él, de estar seguros de este amor. ¿Qué más necesitamos?

— la esperanza y la alegría de reconocer, como dice santa Luisa, que si se ha hecho Niño, es para hacerse más cercano a nosotros, para atraernos por esta cercanía.

Las Constituciones nos hablan también de la alegría, al menos cua­tro veces, y siempre en relación con Jesucristo y su imitación, que «les acerca a los que sufren, así como la aceptación gozosa de las condi­ciones de su vida, lo que las libera para la Misión». Esta conclusión del artículo 2. 13, toma toda su elocuencia ante la pobreza, la humildad, la dependencia del recién nacido del pesebre: alegría y pobreza, alegría y humildad, alegría y dependencia.

Otros artículos evocan también la esperanza y la alegría que brotan de la fe compartida, de la Eucaristía y el misterio de Cristo muerto y resu­citado, de la vida de comunidad, fuente de celo apostólico en la alegría.

Que, situándonos al lado de la Virgen María y tratando de participar en su meditación, nos dejemos penetrar por este misterio de Dios hecho Niño. Ante nosotras, se abre, con las Constituciones, una nueva etapa de nuestra vida, una nueva etapa con María, con Jesús recién nacido. Pidamos, por Ella, la asistencia del Espíritu Santo, para «pensar» nues­tra vida más auténticamente, según Jesucristo, según san Vicente y santa Luisa, para «renacer de lo Alto».

Madre de Jesús, única Madre de la Compañía, ayúdanos a prepa­rar nuestros corazones con vistas a un descubrimiento más íntimo del misterio de Navidad. Ayúdanos a dejarnos penetrar, impregnar por el amor, la pobreza, la humildad, la esperanza y la alegría de Navidad, esta alegría profunda de ser totalmente de Dios. Que ello nos lleve a seguir a santa Luisa en esta resolución con la que pone fin a una de sus medita­ciones de 1633: «Me pareció que nuestro buen Dios me pedía mi con­sentimiento, que yo le di por entero, para operar Él mismo lo que quería ver en mí».6

Sí, ella había comprendido bien el respeto que tiene el Señor a nues­tra libertad. Esta libertad, entreguémosela toda entera.

  1. IX, 295.
  2. SLM, p. 192.
  3. Cfr. C. 2.2.
  4. SLM, 694.
  5. Ibídem.
  6. SLM, 696.

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