Lucía Rogé: Las mártires de Angers

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Lucía Rogé0 Comments

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Autor: Lucía Rogé, H.C. .
Tiempo de lectura estimado: 6 minutos

París, diciembre de 1983

Han transcurrido casi dos siglos desde que fueron martirizadas Sor María Ana y Sor Odila. Pero el mensaje que nos dirigen es de una sin­gular actualidad. Juntas, podemos descubrir en él una luz y un apoyo para nuestra vida de Hijas de la Caridad hoy.

San Vicente siempre pensó que, como Hijas de la Caridad, nuestra entrega a Dios debía llegar hasta la de la vida. Y así le vemos proponer a las primeras Hermanas que no descarten de su pensamiento el marti­rio como testimonio que se da de Cristo y de su doctrina hasta el sacri­ficio total. Al enviar a cuatro Hermanas a Calais para sustituir a las que allí acaban de morir, san Vicente les dijo, el 4 de agosto de 1658:

“Vais al martirio, si a Dios le place disponer de vosotras”.1IX, 1089.

Para ellas se trataba de ponerse enteramente en manos de Dios, sin detenerse a pensar en las consecuencias de su fidelidad a las llamadas recibidas de Él.

Penetradas de esta doctrina, Sor María Ana y Sor Odila se muestran tan firmes en la fe que sus perseguidores: Vacheron, Brémaud, se ven, no sin furor, impotentes para hacerlas renunciar a ella. Hasta el final de su vida, demostrarán con su actitud su fidelidad a Cristo y a la Iglesia. Alimentadas con el evangelio, que leen y meditan sin cesar, habrían de vivir en sus horas de cárcel el texto mismo de san Lucas:

“… Os meterán en prisión, os conducirán ante los reyes y gobernadores por amor de mi nombre. Será para vosotros ocasión de dar testimonio”.2Lc 21, 12-13.

Es fácil descubrir en el sobrio relato del interrogatorio, que las Her­manas no habían preparado nada para su defensa:

“Haced propósito de no preocuparos de vuestra defensa”.3Lc 21,14.

El único argumento que una y otra presentan son los derechos de su conciencia.

Repasando las Actas de los mártires de Angers y pensando en lo que viven tantas de nuestras Hermanas a través del mundo, bueno es que entremos en sus mismos sentimientos de fe y de confianza. Como lo recordaba el Santo Padre en Lourdes, el 14 de agosto de este año:

“Las persecuciones por la fe son a veces semejantes a las que el martiro­logio de la Iglesia tiene ya escritas en los pasados siglos. Toman diversas formas de discriminación de los creyentes y de toda la comunidad de la Iglesia. Esas formas de discriminación se aplican, a veces, al mismo tiempo que se insiste en reconocer el derecho a la libertad religiosa, a la libertad de conciencia… Existen hoy centenares y centenares de testigos de la fe…”.4Juan Pablo II, Lourdes, 14.8.1983.

Y puede llegar nuestro turno. Basta con repasar los casos que el Papa evoca en ese discurso. ¿Estamos íntimamente persuadidas de que el martirio forma parte de la vida de la Iglesia que

“nació en la Cruz de Cristo y creció en medio de las persecuciones?”5Ibídem.

La persecución se desencadena a partir del rechazo a transgredir un mandamiento o a negar la Palabra de Dios y la Revelación, en su totalidad o en parte. También surge la persecución ante la adhesión firme a un dogma que los perseguidores rechazan. Podíamos nosotras, en comunidad, ilustrar con ejemplos esas causas de persecución y bus­car en ellas un poderoso dinamismo para desarrollar nuestra fe.

“No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, y no pueden matar el alma”.6Mt 10, 28.

Estas palabras, el Señor las firmó con su sangre, y con toda humil­dad y sencillez, Sor María Ana y Sor Odila siguieron sus huellas. Su esperanza permanece intacta y sostiene su penoso caminar a lo largo de los tres kilómetros de su última marcha, “por un camino estrecho, pedregoso, poco transitable en cualquier estación”.7Monseñor MONTAULT, 17.3.1817. La amplia carre­tera asfaltada de hoy no debe llevarnos a engaño. La prueba de aquel largo caminar fue tremendamente dura bajo todos los aspectos. No es de extrañar que Sor Odila se sintiera desfallecer. Las palabras de aliento de Sor María Ana, en el lenguaje de la época, “tenemos casi a la mano esta corona, no la dejemos escapar, unos instantes más y será nuestra”, revelan hasta qué punto estaban sus corazones impregna­dos del evangelio:

“Con vuestra paciencia compraréis (la salvación) de vuestras almas”.8Lc 21,19.

Saben también que

“… Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, quedará solo; pero si muere llevará mucho fruto”.9Jn 12, 24.

El Concilio Vaticano II recuerda a la Iglesia de nuestro tiempo que, como cristianos, estamos llamados

`… a dar este supremo testimonio de amor ante todos”.10LG, 42.

Hay un vínculo interno entre la fecundidad espiritual, el dinamismo de la Iglesia y el martirio.

Ese testimonio de amor delante de todos, quisieron darlo Sor María Ana y Sor Odila al rechazar taparse el rostro con un velo que les ofrecí­an. Se sentían orgullosas de morir por Cristo y deseosas de que toda la ciudad contemplase y supiese cómo se muere por la fe. Era la fuerza victoriosa del Espíritu de Jesucristo la que obraba en ellas y la que nos permite descubrir también los frutos de una vida teologal, vivida habi­tualmente, de una vivencia mística de unión con Jesucristo. Sin duda, habían meditado profundamente la circular en que la Madre Dubois decía a las Hermanas:

“La santificación depende también de nuestra constante fidelidad en cum­plir el doble voto del servicio espiritual y corporal a los pobres, confiados a nuestros cuidados, en cuyas personas hemos de ver la de Jesucristo”.11Archivos de la Compañía.

Estar en relación constante con Jesucristo les comunica una con­fianza extraordinaria. Están seguras del poder de Dios con quien no han cesado de estar en comunión.

La espiritualidad de Sor María Ana y Sor Odila abre ante nosotras perspectivas todavía válidas para la Iglesia y para nuestra vida de Hijas de la Caridad dentro de esa Iglesia. La fe es siempre la causa del mar­tirio, ¿Es necesario recordar a Mons. Romero? Él también habló en pie, con el rostro descubierto. Anunciaba la Palabra de Dios y sus exigen­cias. No es cuestión de que nos limitemos a limpiar un poco el polvo que en estos ciento noventa años haya podido depositarse sobre Sor María Ana y Sor Odila, como imágenes de un pasado de la Compañía. De lo que se trata es de que nos interroguemos, ¿por qué pone el Señor, ahora, sus vidas ante nuestros ojos? ¿No será acaso para que nos despertemos?

¿Qué profesión de fe vivimos? ¿Son para nosotras las Bienaven­turanzas una fuente de esperanza escatológica?

“Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan…”.12Mt 5,11.

¿Tendemos hacia su realización en nosotras y en torno nuestro? ¿Nos atrevemos a “anunciar”? ¿Anunciar la Buena Noticia del amor y de la fidelidad de Dios en un mundo en el que triunfa la injusticia, el odio, la violencia? Como Sor María Ana y Sor Odila, ¿tenemos el valor de rechazar las componendas? “No sólo no queremos prestar el juramento, sino que tampoco queremos que parezca que lo hemos prestado”, dicen. ¿Nuestro amor fraterno se convierte en apoyo, fortaleza, sostén inquebrantable en las pruebas que compartimos?

Esta actitud de confianza inalterable se apoya también en la inter­cesión de la Reina de los Mártires. La tradición refiere que después del canto de los Salmos y de las Letanías de la Virgen, las Hermanas empe­zaron la vieja tonada: “Pongo mi confianza, Virgen, en tu socorro…”. ¿Cómo dudar de que su única Madre las haya sostenido en esos mo­mentos decisivos en que

“nadie tiene amor mayor que el de dar la vida por sus amigos?”.13Jn 15, 13.

Sor María Ana y Sor Odila realizaron el mayor acto de amor siguien­do a Cristo hasta el sacrificio voluntario de su vida. Como san Vicente lo quería, “reprodujeron de una manera natural la vida de Cristo”.

El 15 de mayo pasado, decía el Santo Padre:

“Cuando la Iglesia propone un modelo de vida a los fieles, lo hace tenien­do en cuenta las necesidades particulares de la época en que hace tal pro­clamación”.14Juan Pablo II, 15 de mayo de 1983.

Nos sentimos doblemente aludidas, como cristianas y como Hijas de la Caridad. Propongámonos meditar la vida de Sor María Ana Vaillot y de Sor Odila Baumgarten; vida de siervas de Jesucristo en los pobres, de hijas de la Iglesia, de hermanas que se aman entre sí y se sostienen mutuamente.

Con toda humildad, en proporción a nuestras fuerzas y a nuestras circunstancias, tratemos de imitarlas.

Francisco Javier Fernández Chento

Director General y cofundador de La Red de Formación Vicenciana.

Javier es laico vicenciano, afiliado a la Congregación de la Misión y miembro del Equipo de Misiones Populares de la provincia canónica de Zaragoza (España) de la Congregación de la Misión.

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Notas   [ + ]

1. IX, 1089.
2. Lc 21, 12-13.
3. Lc 21,14.
4. Juan Pablo II, Lourdes, 14.8.1983.
5. Ibídem.
6. Mt 10, 28.
7. Monseñor MONTAULT, 17.3.1817.
8. Lc 21,19.
9. Jn 12, 24.
10. LG, 42.
11. Archivos de la Compañía.
12. Mt 5,11.
13. Jn 15, 13.
14. Juan Pablo II, 15 de mayo de 1983.

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