Lucía Rogé: Las constituciones y la vida

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Lucía RogéLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Lucía Rogé, H.C. .
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París, septiembre de 1984

Me gustaría meditar con ustedes la visita que hice en el mes de agosto a unas Hermanas nuestras, quienes, como toda Hija de la Cari­dad, enfocan su vida a la luz de las Constituciones.

Entregadas a Dios para el servicio de los pobres

Ahí, radica toda su vida, que se desenvuelve en condiciones muy duras:

  • El servicio: no tienen autorización para servir sino a los disminuidos men­tales profundos y a los ancianos de la tercera y cuarta edad,
  • las condiciones del servicio: son rudimentarias y agotadoras. Los edificios son viejos, muy difíciles de reformar o adaptar, con frecuencia, aislados en pueblos remotos, lejos de las ciudades importantes. La higiene y posi­bilidades de organización pastoral, casi imposibles.

En esas condiciones, sirven verdaderamente a los pobres «con el sudor de su frente y el esfuerzo de sus brazos». Sólo una mirada de fe, el reconocer a Cristo en los pobres, puede mantener su celo.

La Eucaristía, centro de la vida

Su trato con Dios es lo que mantiene viva en ellas esa mirada de fe. Son mujeres de oración. Como nos indica la Constitución 2. 12, «la litur­gia es el eje de su vida espiritual, la Eucaristía, centro de su vida y su misión».

En muchas casas, la misa se celebra a las 5 ó 5,30 de la mañana, por varios motivos. El servicio de los pobres es uno de ellos. Para estas Hermanas, la misa es el gran momento de la jornada que van a empezar.

Jesucristo, regla de su vida

La alabanza de Dios, la atención a su Palabra, el rezar en común, forman verdaderamente parte integrante de su vida. Significan y dan a comprender que la fe es para ellas referencia a Alguien cercano, en cuyo nombre se reúnen.1

Estas Hermanas son para nosotras un interrogante y una interpela­ción, en cuanto a nuestra vida de oración, y nos obligan a hacernos inte­riormente una serie de preguntas:

  • Los momentos de oración en mi Comunidad ¿son para mí, momentos de plenitud espiritual?
  • El punto de partida, el punto de apoyo de nuestro servicio, ¿es el «estar juntas para la oración, juntas para escuchar y compartir la Palabra de Dios?»
  • ¿Nos sentimos Comunidad, llamada por el Evangelio, por la Palabra de Jesucristo y, como respuesta a esa Palabra, Comunidad sierva siguiendo el ejemplo de Jesucristo?

La ascesis, exigencia de amor

Prosiguiendo la referencia a las Constituciones, leo en C. 2. 13: «La ascesis personal y comunitaria es igualmente exigencia del amor, encuentro con Cristo y medio indispensable de conversión en la vida diaria. Para las siervas de los pobres, implica la imitación de Jesús Cru­cificado, que las acerca a los que sufren, así como la aceptación gozo­sa de las condiciones de su vida, lo que las libera para la Misión».

Tengo que hacer constar que la ascesis, ¡y qué ascesis!, acompa­ña la vida diaria de esas Hermanas nuestras. Las Hermanas mayores están reunidas —no me atrevo a decir «aparcadas»— en casas compuestas de viejos edificios. Muchas veces, están juntas varias comunidades de diferentes congregaciones. Las camas muy juntas unas de otras, todos los espacios están medidos al centímetro. No hay intimidad posible.

Viéndolas vivir en esta forma, me acordaba de san Vicente cuando decía a las primeras Hermanas, el 31 de mayo de 1648: «La oración y la mortificación son como dos hermanas tan estrechamente unidas que nunca van separadas. La mortificación va primero y la oración la sigue».2

Yo creo, en efecto, que hacen bien la oración (¿cómo podrían resis­tir de otro modo?), una oración que se hace «contemplación desintere­sada, escucha del Señor».3

El silencio impresionante reina en aquellas casas, silencio del que están desterradas las cosas fútiles, las noticias también, silencio reforzado por la prudencia y la discreción. Es verdaderamente «clima de Dios» y «prepara los momentos de mayor riqueza en el plano es­piritual».4

La Palabra de Dios, luz para sus vidas

La C. 2. 15 nos recuerda que «la lectura espiritual alimenta toda vida entregada a Dios». Estas Hermanas, que se han visto, en ocasiones, obligadas a trabajar en el campo, apresuraban todo lo posible el ritmo de su trabajo para poder dejar libre a una de ellas, que, mientras las demás seguían trabajando, les leía la Palabra de Dios. De nuevo, son para nosotras un interrogante:

  • ¿Dónde vamos a buscar la luz para nuestra vida?
  • ¿Tenemos la preocupación de centrar nuestra atención en las actividades de Cristo, descubiertas en esa lectura hecha de la Palabra de Dios, repe­tida una y otra vez?
  • La vida y enseñanzas de los Fundadores ¿nos sirven de guía para buscar esa referencia en Jesucristo?

María, su única Madre

La C. 2. 16 nos recuerda la devoción a la santísima Virgen. María es para nosotras, verdaderamente, «Maestra de vida espiritual» y «única Madre». Las Hermanas de ese país a que me estoy refiriendo expresan su devoción por medios muy sencillos, como, por ejemplo, el de una oración de todas ellas, llena de confianza, para conseguir que mi visita se hiciera posible. Se unieron en la oración, sirviéndose de uno de esos grandes rosarios de madera típicos allá (han regalado uno igual al Santo Padre), que fue pasando de casa en casa. Todas pudieron rezar con él para pedir la gracia de mi visita, la posibilidad de que visitase varias casas y los frutos espirituales de estos encuentros.

Su vida: un reto para nosotras

Personalmente, en todo caso, yo he recogido muchos frutos espiri­tuales:

  • el descubrimiento de la tibieza de mi propia fe, comparada con la suya, el descubrimiento de la frialdad de mi caridad, mientras verificaba su serenidad y su paz interior en medio de circunstancias tan difíciles, y su entrega incondicional a los más pobres;
  • la convicción, al verlas, de que a una Hija de la Caridad le basta el amor de Dios;
  • el encuentro, en ellas, de una gran intensidad de vida interior, de una relación casi constante con Dios;
  • el reconocimiento de su sentido de pertenencia a la Compañía y de par­ticipación en la misión universal de la Iglesia, a través de las preguntas que me dirigieron.

«La acción apostólica de las Hijas de la Caridad se nutre de contem­plación, a ejemplo del Hijo de Dios que, íntimamente unido a su Padre, se retiraba con frecuencia para orar.

Uno de los momentos clave de su jornada es, por tanto, la oración, contemplación desinteresada, escucha del Señor, búsqueda de su vo­luntad, presentación de la vida y de las necesidades del mundo».5

Si sabemos responder al reto que, para nosotras, es la vida de estas Hermanas, entonces, nuestro servicio será también, cada vez más, en­cuentro con Dios, relación mística con Cristo, y podrán leerse en nues­tra vida las Constituciones, como respuesta fiel a Dios.

  1. Cfr. C. 2.12.
  2. IX, 391.
  3. Cfr. C. 2.14.
  4. C. 2.14.
  5. C. 2.14.

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