París, octubre de 1979
Nuestra Madre Guillemin, en una instrucción sobre las características de nuestro espíritu propuso este paralelismo:
HUMILDAD – SENCILLEZ – CARIDAD
POBREZA – VERDAD – CARIDAD
Este punto de la verdad me ha venido a la mente al leer esta frase de Juan Pablo II: «Se encuentra en nuestra vida la mentira con excesiva frecuencia».
Esta afirmación debe provocar en nosotras una seria reflexión sobre la verdad en nuestra vida. Verdad en nuestra vida de relación con Dios. Verdad en nuestra vida de relación con los demás, con todos los demás, en la comunidad y fuera de la comunidad.
¿Por qué medios podemos expresar esta autenticidad? ¿Qué signos nos indicarán que desfallecemos en este aspecto? A decir verdad, es todo nuestro comportamiento el que traducirá nuestra verdad interior; porque la verdad no radica en la superficie, emana de la actitud profunda. Hasta tal punto que todo en nosotras puede hablar en favor o en contra de esa verdad. Nuestras actitudes y los gestos de nuestra cara; nuestras miradas; tanto nuestras palabras como nuestros silencios; nuestra afectación al andar o al hablar, nos decía san Vicente.
Todo lo que va contra la sencillez ataca la verdad. Ser sencillo es vivir en la verdad obrando por Dios.
Ser verdaderas, auténticas ante Dios depende de la humildad con la que nos presentemos a la oración, conscientes de que somos pobres, estamos vacías, no poseemos nada, a fin de encontrarle a Él y sólo a Él. Sin embargo, hemos de ofrendarle todos nuestros esfuerzos para reconocerle, amarle y servirle en aquéllos que Él ha puesto en nuestro camino, especialmente en los pobres.
Los ejercicios espirituales son momentos propicios para descubrir los peligros que acechan nuestra sinceridad en las relaciones con Dios. Sea porque tengamos tendencia a tranquilizarnos con las oraciones formularias (pero ya conocemos las palabras que nos ponen en guardia, «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí»1.). Sea porque pasemos nuestra meditación en introspección sobre nosotras mismas, nuestras pequeñas preocupaciones, nuestros pequeños sinsabores, nuestros pequeños recuerdos.
Una relación filial es más sencilla. Dios espera que reconozcamos nuestra pobreza para actuar en nosotras: «Lo que yo hago, leemos en los salmos, eres Tú quien lo realizas».
Esta verdad que se busca en nuestras actitudes interiores, en nuestra relación con Dios transforma nuestras actitudes exteriores. Nuestra sensibilidad a las faltas de verdad, a las ocultaciones, a las mentiras, en una palabra va aumentando cada vez más y nos incita a luchar contra todas las formas de mentira. Nuestra preocupación se manifiesta en interrogantes: cómo plantear actos de verdad, decir palabras verdaderas, decir la verdad sin herir, sin molestar, sin causar rebeldía. Sólo la presencia del amor más allá de las palabras, el amor que ha pensado las palabras, puede hacer que brille la verdad y alcance su fin.
La verdad en las palabras es a veces difícil; pero si le sirve de vehículo, la amistad penetra suavemente en el otro e introduce en él algo de la luz de Jesucristo que ha dicho: «Yo soy el camino, la verdad y la vida».2
El buscar la verdad, el progresar juntas en la verdad, sólo puede darse si tratamos nosotras mismas de ponernos en situación de verdad, es decir, de humildad; ser conscientes de nuestras propias debilidades y errores, ser capaces de reconocerlos, es crear alrededor nuestro un clima de verdad, un clima de claridad sin misterios, sin tapujos, sin disimulos, sin ambigüedades, sin restricciones mentales, es vivir con limpidez de corazón y de espíritu.
Una auténtica Hija de la Caridad, como nos recuerda san Vicente, no puede tener dos caras, ni dos maneras de comportarse, de hablar, de comer, de vestirse; una con la gente de fuera y otra en la comunidad, una en la comunidad local y otra en la Casa Provincial o en la Casa Madre. Es sincera, no disimula, ni en las cosas que le conciernen personalmente ni, sobre todo, en el servicio a los pobres. Si cambia, es para poner en su vida más amor a Dios y a los pobres.
Renuncia a todo lo que permite aparentar más. El buscar aparentar más, más inteligentes, más cultas, más jóvenes y más bellas, con más sensibilidad social y más comprometidas, nos hace asemejarnos a los ricos. No nos maquillemos ni exterior ni interiormente; es una señal de regresión a la adolescencia. En esa persecución de la verdad en nuestra vida, sabemos que el valor real de una Hija de la Caridad no radica en su capacidad profesional ni en sus valores desde el punto de vista social, sino, como dice san Vicente, en su unión a Dios: «Dios pide primero el corazón, después las obras».3
Con el Salmo 118 decimos:
«Que venga a mí tu amor, Señor,
tendré con qué responder al insulto,
que no se separe de mi boca la palabra de verdad».
El faltar a la verdad podría incluso conducirnos insensiblemente a asemejarnos a los fariseos. El Salmo 118 prosigue:
«Aléjame del camino de la mentira,
que tu ley se convierta en gracia para mí, he elegido el camino de la verdad
he querido seguir tus sentencias».
Las Palabras de Juan Pablo II nos conciernen a todos: «La mentira se encuentra en nuestra vida con excesiva frecuencia». ¡Hay tantas maneras de mentir! Mentiras por vanidad, por orgullo, mentiras por cobardía, por vergüenza, mentiras de defensa, de protección, mentiras por piedad, mentiras diplomáticas, para conseguir algo, mentiras para halagar. San Vicente precisa así a las Hermanas lo que es la mentira: «Si vuestros corazones piensan en una cosa mientras que vuestras bocas dicen otra».4
En la misma categoría pueden incluirse las palabras desagradables que se dicen en ausencia de la interesada; los ataques por la espalda con la lengua, que denunciaban las Hermanas jóvenes en el curso de su reunión internacional, pueden parangonarse con las faltas a la verdad: «El Señor es verdad en sus palabras, amor en todas sus obras».5
Es algo que tiene fuertes exigencias. Recuerden a Solzhenitsin, que había tomado esta resolución, negarse a participar personalmente en la mentira, no escribir nada, no firmar nada, no publicar nada que supusiese deformación de la verdad. Sólo así pueden llegar a crearse estructuras de la verdad en torno a sí, porque la verdad es contagiosa. Pero también en este caso, si se quiere decir la verdad, si se quiere actuar en la verdad, hay que aceptar la Cruz.
La deformación de la verdad, la actitud mentirosa en una Hija de la Caridad, resultan altamente escandalosas, incluso cuando parecen cosas sin importancia. Todo lo inexacto, cualquiera que sea el destinatario o el motivo, es una mentira, y resulta mucho más grave en una persona que hace profesión de la verdad, consagrada a la verdad y que debe irradiarla.
San Vicente, cuando comenta el pasaje de los Hechos de los Apóstoles en que se ve a Ananías y Safira mentir a san Pedro, se muestra muy severo: «En verdad, han mentido a Dios».6 Que nuestro sí sea sí.
Si soy Hija de la Caridad, lo soy en todos los minutos de mi vida, cualquiera que sea el sitio donde me encuentre o el ambiente que me rodee; estoy, quiero estar totalmente entregada a Dios para servir a los pobres. Los dos aspectos de mi compromiso son inseparables con todas sus exigencias: radicalismo de la consagración a Dios y autenticidad del servicio.
Atrevámonos a algunas autocríticas; por ejemplo:
Examinémonos sobre la autenticidad de nuestro estilo de vida; ¿no está más próximo al tipo de vida que llamamos burguesa que a la del servicio doméstico? La pobreza de las religiosas de la Madre Teresa resulta una punzante interpelación para las Hijas de la Caridad, pero demos gracias a Dios porque una confrontación nos permite comprobar que muchos de los textos de la Madre Teresa son análogos a los de san Vicente.
Nuestra pobreza ¿es auténtica? ¿No estamos muchas veces pendientes de algunas necesidades nuestras que, verdaderamente, los pobres no pueden satisfacer? Por ejemplo, en Francia han viajado este verano de vacaciones un 57%, el resto de sus habitantes, un 43% son pobres.
Establecer nuestra vida sobre lo que verdaderamente pretendemos ser exige una búsqueda permanente, fuente de paz, camino hacia Dios, encuentro con los demás. Las jóvenes detectan rápidamente en lo que les rodea la autenticidad, la sinceridad, la lealtad, la tensión hacia la verdad. Desechan todo lo que es camuflaje, como también todo lo que supone hipertrofia o deformación de una situación, de un hecho o de una doctrina.
«¡Si la mentira me persigue, ayúdame!».7
Ante la posible presencia de la mentira en nuestras vidas, de que habla el Papa, situémonos de nuevo ante Jesucristo.
- Gozaba de una plena libertad interior porque estaba entregado por entero al servicio de su Padre y a obedecer su voluntad por amor;
- Renunció a la seguridad, al éxito, al poder, a la eficacia;8 dejó a su Madre, a su familia, para consagrar todo su tiempo a la Misión hasta dar finalmente la vida por ella;9
- Realizó hasta el Calvario la obra de su Padre.
Vivir en verdad nuestra vocación es contemplar al Hijo de Dios, revestirnos de Jesucristo; esto supone buscar renunciamientos efectivos y dolorosos, encontrar alegría en el servicio a Jesucristo en los pobres, por deformado que esté su rostro divino, o por humilde y penoso que sea el servicio. «No se juega con la verdad» (Car. Marty).
San Vicente habla de la sencillez en las palabras, en las obras.








