Lucía Rogé: La universalidad de la Compañía

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Lucía RogéLeave a Comment

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Author: Lucía Rogé, H.C. .
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Sor Lucía Rogé, H.C.

7 de marzo de 1975

El título, un tanto triunfalista, que encabeza las siguientes reflexio­nes, requiere aclaración, ya que parece muy lejos de los sentimientos de humildad y bajeza que san Vicente deseaba que tuviésemos respecto a la Compañía. Este título, propuesto por varias Visitadoras en la Asam­blea General, responde al desconocimiento que existe respecto a la dimensión global de la Compañía. Aunque sean muy generales. las notas siguientes presentan sucintamente la situación de hecho y la evo­lución que en los últimos años se observa.

En sentido estricto, no puede aplicarse a la Compañía el término universalidad. La Compañía de las Hijas de la Caridad no está extendida por todos los países del mundo, aunque es cierto que está implantada en 70 de las 153 naciones que componen el mundo actual, lo que auto­riza a decir que es internacional. A petición expresa de los miembros de la Asamblea General, se introdujo esta idea en las nuevas Constitucio­nes, donde se lee: «En su vida, en su organización y representación, en las relaciones que se establecen entre sus miembros, la Compañía tiene presente el hecho de que es internacional. Según san Vicente, es Dios «quien ha querido esta Compañía de hermanas de diferentes países para que todas ellas no fuesen más que un solo corazón».1

No se trata de presentar esta situación con tono de apología ni como exigencia de especial consideración, sino más bien como una caracte­rística de la Compañía desde sus orígenes, desde el tiempo mismo de san Vicente en que se establecieron en Polonia las Hijas de la Caridad. Esta expansión fuera del país de origen, en vida de los Fundadores, tuvo como motivación la llamada de los pobres. Cincuenta años más tarde, existían ya ocho casas en Polonia y una en España. Este matiz de uni­versalismo de las Hijas de la Caridad constituye, hoy como ayer, una res­puesta a las llamadas de Cristo doliente, cualquiera que sea el país de donde procedan.

En el siglo XIX, las 1.054 casas que tiene la Compañía fuera de Fran­cia justifican plenamente el calificativo de internacional. Hoy, las Asam­bleas Generales dan fe de ello oficialmente, puesto que reúnen 70 pro­vincias y tres Vice-Provincias en torno a un Consejo General, cuyos 11 miembros son de ocho nacionalidades diferentes. En 1975, la Compañía está integrada por: 4 Provincias en África, 24 en América, 7 en Asia, 37 en Europa y 1 en Oceanía

Internacional por sus implantaciones, la Compañía lo es también por sus miembros. El predominio europeo (unas 30.000 Hermanas de 40.700 que existen en la Compañía) existe todavía actualmente, pero, ahora que se han cerrado algunos Seminarios de Europa, se van abrién­do otros en los demás continentes para albergar vocaciones autóctonas (Hebo, en Etiopía).

Las páginas dolorosas de la Historia, y paralelamente las de la Com­pañía, nos recuerdan que cuatro Provincias, aunque vivas aún, se asfi­xian lentamente bajo la persecución y la prohibición de reclutar nuevos miembros. Estas Provincias son Hungría, Rumanía, Checoslovaquia y China. Veamos las cifras de cada una de ellas antes de la persecución y en el momento actual:

Por la variedad de sus implantaciones, la Compañía se sitúa en una diversidad de culturas y de condiciones sociopolíticas. La mayoría de sus casas se encuentran en países que sufren un viento de descristia­nización, bajo la influencia del ateísmo, del materialismo y del marxismo. Se trata, sobre todo, de los países de Europa de tradición cristiana. Pero también, está presente en los países del Islam, tales como África del Norte, Irán, Egipto, Siria, Turquía, Indonesia y muchos otros. Se encuen­tra igualmente con las religiones del Estado, como anglicanismo y la ortodoxia griega. Vive con otras religiones, como el budismo y numero­sas sectas en la India, África, etc. Conoce también los problemas de Iberoamérica.

La guerra y el odio entre los hombres no cesan en el mundo. Por eso, siempre hay un rincón de la tierra en que la Compañía sufre con los pobres. Es el caso actual, en diversos grados, del Vietnam, Etiopía o Mozambique, en Madagascar y en otros lugares siempre en eferves­cencia.

¿Cómo se traduce, a nivel de las personas, esta diversidad de inser­ciones? Después de pasar algunos años formando parte del Consejo General, estaría tentada cada vez más a decir: Existe un tipo de Hija de la Caridad a la que se puede llamar con toda realidad universal. ¿Por qué? Porque se comportan por todas partes de la misma manera, ya que en todas partes ha aceptado las mismas prioridades en sus vidas, Dios y los pobres, a los que sirven sencillamente. Una filiación no se revela solamente por los rasgos del rostro. Y unos rasgos espirituales pueden ser tan reconocibles como los de la carne y la sangre. En Viet­nam como en Egipto, en Filipinas como en Argelia, las Hermanas me ha parecido que tenían semejanzas. Podría decir, por analogía, se presen­tan un poco como esos productos de tipo internacional que se encuen­tran por todas partes, estilo Coca Cola.

En todas partes, además, los pobres tienen acceso a las Hijas de la Caridad, sin complicaciones ni restricciones, con la sencillez que justifi­ca la garantía, la casi certidumbre de obtener una respuesta.

Una Hermana europea va a Asia, una Hermana americana desem­barca en la vieja Europa. El arrancar de la patria la primera vez es espantoso, pero la experiencia vivida es extraordinaria. Todo es extraño y extranjero para la recién llegada, excepto las personas, porque es de la familia y se encuentra en familia. Quiero contarles a este respecto, una anécdota que me parece muy significativa. Hace algunos años, una Hermana americana vino a París para perfeccionarse en francés. Se quedó a vivir en la casa Central de Obras. En este momento, teníamos dificultades para la limpieza de la casa. Desde el tercer día de su llega­da, encontré a la Hermana que, después de buscar una escoba, barría las escaleras sin que nadie se lo hubiese pedido, sencillamente. Este pequeño detalle me parece que da testimonio de una capacidad de adaptación, de un sentido de familia y, por encima de todo, un estar tan impregnada de lo espiritual que la hacía capaz de superar la expatria­ción para encontrar reflejos de servicio. Estos reflejos son como la pie­dra de toque que permite reconocer hoy todavía a las que tienen verda­deramente espíritu de siervas. Este espíritu se manifiesta en una participación espontánea en las tareas indispensables en la vida, tareas que realizan todos los días las mujeres del mundo obrero, del mundo rural y tantas madres de familia de la clase media. En cualquier ambien­te, una Hermana puede revelar esta identidad de Hija de la Caridad que, desde su ingreso en la Compañía, lleva el sello de sierva.

Este test positivo me parece que permite también comprobar que en primer lugar pertenecemos, no a una Provincia, sino al cuerpo entero de la Compañía. He aquí, otro testimonio. Después de la Asamblea Gene­ral, una Hermana que había formado parte de la misma como delegada escribía: «Sí, haber asistido a la Asamblea es una gran ventaja. Y yo haré que, en la medida de lo posible, las demás saquen provecho de ello. Desde el punto de vista personal, me ha hecho mucho bien. Siempre he amado a la comunidad, pero ahora la tengo ante mí de una manera más concreta. Y cuando siento que me ahogo un poco en mi ambiente limi­tado, mi pensamiento y mi alma se dilatan hasta los confines de la tierra, donde vuelvo a ver tal o cual cara conocida en la Asamblea, y me doy cuenta que amo a todas las Hermanas, y que en todas partes me encon­traré como en mi propia casa». Sólo una espiritualidad común, de un vigor excepcional, puede justificar esta admirable unidad.

La formación en la fe por todo el mundo ha impregnado el corazón de cada miembro de la Compañía de una certeza: el pobre es Jesucristo. Él espera nuestro amor y nuestros servicios. Siguiendo a san Vicente, nosotras reivindicamos solamente el honor de servirlo. Sólo aspiramos, cualesquiera que sean las condiciones de nuestro entorno, a poder asu­mir libremente este servicio y a perseverar en él, aun en condiciones político-sociales difíciles. De ahí, desde hace ya largos años, la flexibi­lidad de ciertas modalidades externas (citaré, como ejemplo, la secula­rización en Turquía). El universalismo de la Compañía arranca de la doc­trina vicenciana y se basa en el amor a Dios, en la persona de los pobres, que se puede resumir así. Lo que ha hecho la universalidad de la Compañía, es el reconocer a Cristo presente en los pobres, al que se sirve en la sencillez y el amor desde hace tres siglos, en cualquier lugar del mundo: «yo no soy ni de aquí ni de allí, sino de todas partes a donde Dios quiere que vaya».2

Estamos así comprometidas en la vida internacional, seamos o no conscientes de ello, tratando de formar una comunidad unida y fraterna. Y aquí hay, para la Iglesia, una posibilidad de tener un papel activo y positivo en la evangelización de los pobres del mundo. Participamos en cierta manera en el acontecimiento de la unión mundial en la Iglesia, «querido por Dios y que debe llegar a la unión de los espíritus y de los corazones», decía ya Pío XII en 1957. En cierta manera, también somos responsables y nos toca cuidar mucho este instrumento de evangeliza­ción de los pobres que es la Compañía. El Señor la ha dado a la Iglesia, y en toda justicia debemos tratar de conservarla.

Sin embargo, la afirmación formal de la unidad de la Compañía no basta para crearla y mantenerla. Las divisiones actuales del mundo y de la Iglesia la llevan, puesto que estamos en el mundo y en la Iglesia, a que resurjan continuamente nuestros motivos de división. También, al per­cibir el verdadero significado de la presencia que la Compañía mantiene en el mundo, nos sentimos llevadas a modificar nuestro comportamiento personal y comunitario. Cada vez que una Hermana toma contacto con esta realidad tan dilatada de la Compañía, es decir, cuando encuentra Hermanas de otras nacionalidades, su espíritu y su corazón se abren y se dilatan. Sale entonces de un estrechamiento en que las preocupacio­nes pastorales locales, legítimas por otra parte, amenazan encerrarla. Ante la actualidad de las migraciones, el pueblo de Dios, muchedumbre de todas las razas, pueblos y lenguas, se hace más plenamente pre­sente. Los esfuerzos desplegados por las Hermanas de los países que acogen a las gentes, para comprender costumbres, convicciones reli­giosas, regímenes políticos, vienen a unirse a los de las Hermanas que vienen a insertarse en un país y contribuyen a tender puentes, a anudar lazos y a hacer que avance un movimiento de fraternidad universal. No explotamos bastante en favor de los pobres los recursos que nos ofre­cen los lazos familiares vicencianos. En la medida en que somos sensi­bles a lo universal, se modifica la vida de cada día. No se escucha la televisión de la misma manera, no se lee el periódico del mismo modo, con los mismos ojos. Si los acontecimientos de nuestro país retienen ciertamente nuestra atención, no consiguen apartarla de la guerra de Vietnam, de Camboya, donde cada cinco minutos cae una bomba sobre la carretera de avituallamiento de Pnom Pehn, ni de las manifestaciones de odio racial de aquí o de allá. No se trata de dispersión, sino de comu­nión con la Pasión de Cristo, que continúa y cuyas graves horas viven intensamente los pobres. Se los ve entonces con la Familia Vicenciana que los acompaña en su penoso Vía Crucis. La oración se ensancha hasta una dimensión universal, tratando de suplir por la intercesión ante Dios la penuria de medios humanos.

Sin duda, es más fácil vivir esto cuando cada uno de estos países se presenta a nuestra mente con uno o varios rostros, una o varias caras conocidas. Quizá aquí, es donde puede intervenir el plano provincial, por una parte, a nivel de formación y, por otra parte, con la ayuda de medios concretos.

Hoy, diez años después de «Gaudium Spes», ceder a la tentación de dejarnos absorber por la realidad provincial sería una manifestación de conservadurismo, quizá de egoísmo o de independencia coloreada con un tanto de orgullo. ¿No sería un criterio de amor fraterno la capacidad de soportar nuestras diferencias? Ciertamente, la opción común del ser­vicio de los pobres en la Iglesia no va a nivelar las particularidades pro­vinciales ni los imperativos de cada sector del apostolado. Sin embargo, hemos de tener en cuenta igualmente una solidaridad en el plano mun­dial que en verdad existe. Todas las Provincias, después de la Asamblea General, han tomado mayor conciencia de esta solidaridad y pueden ahora asumirla tratando de someterse a las exigencias que de ella se desprenden. Todos sabemos que las células de un organismo vivo son interdependientes y que el buen o mal funcionamiento de cada una de ellas repercute en la totalidad del organismo.

Imaginamos a veces que la unidad de la Compañía, fortificada por sus tradiciones y sus normas, es garantía contra una eventual dispersión en el porvenir. Realmente esta unidad actual es una construcción per­manente. Se efectúa a partir de valores vicencianos transmitidos de generación en generación, como también a partir de nuestras diferen­cias y de los sufrimientos a que dan lugar. Los trabajos de la Asamblea General de 1974 dan fe de que nos ha sido posible a unas y a otras cap­tar nuestra diversidad, sin caer por ello en la indiferencia pasiva que pre­cede a las separaciones.

Me parece que para todas las Provincias sería muy conveniente poner de relieve lo que en el seno de la Compañía constituye nuestra comunión íntima, nuestra común identidad específica, por encima de las nacionalidades. Esta comunión entre nosotras resulta, digámoslo una vez más, de la misma contemplación de Cristo en los pobres y de la misma voluntad de servirles corporal y espiritualmente, en una gran diversidad de lugares, climas, regímenes políticos y exigencias eclesia­les locales, humildemente, sencillamente. Ahí, está el carisma comparti­do de las Hijas de la Caridad. Si se desvían hacia otras pistas, ya no se puede entrar en un dinamismo comunitario que se extiende a las dimen­siones del mundo, ya no se puede comulgar con las demás. Ya no hay nada que pueda unir a las que se han dispersado a través del mundo. Ahí es donde se sitúa la base de comunión y de amor entre nosotras. La unión, a nivel internacional, proviene de un compartir conscientemen­te el mismo carisma encarnado en la Compañía.

Hasta ahora, unas ciertas modalidades de vida, comunes a todas las latitudes, han representado un papel de sostén para la unidad de espíritu. Hay que reconocer que, siendo mujeres y por ello más sensi­bles a los aspectos concretos de la vida, tenemos necesidad de signos. Se puede decir, sin embargo, que comienza a establecerse una cierta liberación o aumento de madurez en la vocación. También en esto, hemos de imitar la paciencia de san Vicente, aceptando la ayuda de ins­trumentos de comunión.

Que todas las Provincias entren en un movimiento de comunicación general. El instrumento habitual del Eco Provincial puede favorecer una cierta confrontación de los acontecimientos, así como de los modos radi­calmente diferentes de vivir y expresar las experiencias de base al servi­cio de los pobres. El Eco de la Casa Madre, por su parte, se dedica a esta comunicación, pero en cada Provincia, debe reservarse un lugar pri­vilegiado a las demás Provincias, según las circunstancias, vínculos cre­ados en el curso de las Asambleas, presencia en una Provincia de Her­manas misioneras que pertenecen a otras, etc. La lengua oficial de la comunidad es el francés, pero se puede pedir un esfuerzo, en especial a las Hermanas jóvenes, para que aprendan las otras lenguas básicas, español e inglés. Sin este esfuerzo, seremos víctimas de una especie de ruptura de comunicación, que inevitablemente lleva consigo una rigidez en nuestra toma de posición, en nuestros criterios, y que perjudica a la unidad. La unidad acompaña el caminar de un diálogo abierto, en que cada una suaviza por humildad la intransigencia de su propósito en una voluntad de pobreza espiritual. En un mismo movimiento de acogida y de don, buscamos juntas el designio de Dios sobre la Compañía. Esto lleva consigo la superación de las propias ideas, de los gustos y temores, de sus propios intereses. Para aquellas de entre nosotras, que han tomado parte en la Asamblea General, ha sido impresionante experimentar en la fe que Dios se ha hecho presente en esta superación.

La vocación vicenciana, servicio a Cristo en los pobres, es tam­bién puesta en común de lo que se es, de lo que se tiene y de lo que se ha hecho en la Compañía. Esto es cierto en el plano local y pro­vincial, mas también en el general. En este sentido, tuvieron lugar los intercambios sobre las experiencias apostólicas, en las reuniones de Visitadoras de 1972, primera etapa en el plano general del compartir, del compromiso de las Hermanas en diálogo con los pobres de tantos países, Gorgona en Colombia, My An en Vietnam, Osaka. Sin duda, ha llegado el tiempo de que el Consejo General busque y favorezca aquellas proposiciones susceptibles de reforzar nuestros lazos inter­nacionales. Se trata de provocar un esfuerzo de aperturas y, a la vez, de asentimiento a las diferencias, dentro de la más pura línea de la caridad.

Los medios que han de mantenerlo siguen siendo:

  • desarrollar las relaciones y multiplicar los contactos: la reunión de las Visitadoras en 1977 entra en esta perspectiva;
  • intensificar la colaboración en el seno mismo de las Provincias: presencia de Hermanas de la nacionalidad de los emigrantes en el país de acogida; otros institutos internacionalizan sus comuni­dades locales;
  • favorecer la presencia en las organizaciones internacionales, cuando en ello está interesada la suerte de los pobres, para dejar oír su voz en ellas: aquí, se encuentran algunas reservas: elección de las Hermanas, duración estricta de los mandatos.

En otro plano:

  • acentuar, lejos de todo repliegue nacionalista, la formación en el espíritu universal y misionero;
  • profundizar el vínculo, «mundo universal y Compañía de las Hijas de la Caridad». Conocer la historia mundial de la familia e intere­sarse en la evolución actual de esta historia.

Una revisión de vida sobre este tema podría contribuir a reforzar el sentido comunitario ampliado a las dimensiones de todas la Provincias. Tratar de precisar nuestras ideas sobre la noción de universalidad y lo universal, para captar mejor el sentido cristiano y las realidades humanas subyacentes, profundizar en nuestra fe y combatir un cierto egoísmo.

Para terminar, les propongo una corta plegaria:

«Ante el mapa del mundo, Señor…
Ante el mapa de la Compañía en el mundo para salvar al mundo, Ante el cansancio, el dolor y la desgracia del mundo,
Ante el cansancio de tus siervos y tus siervas…
Ante la inmensa tarea, los ambientes pobres y tantas gentes que nada quieren saber de Dios,
Ante todos los problemas del mundo, siento angustia, y no comprendo, Señor,
Pero ten piedad de estas muchedumbres…
Ante el mapa de la Compañía en el mundo
por todos los sufrimientos de que se hace cargo, por todas las soledades que encontraron la amistad, por todas las debilidades que hallaron un apoyo, por todas las amarguras que encontraron la paz;
por los hambrientos de pan y de justicia que han descubierto la ternura de tu respuesta, por y en la caridad,
quiero darte gracias…
Guárdanos, Señor, en la fidelidad de tu amor en la persona de los pobres.

  1. C. 1.18; IX, 235-236.
  2. IX, 30.

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