9-21 de abril de 1979
«Deberían mantenerse ustedes siempre fieles al lugar de su nacimiento, allá donde está la Casa Madre en que, por primera vez, brotó la luz de la nueva vocación, de la nueva misión en la Iglesia» (Juan Pablo II).
Efectivamente, estas Jornadas Internacionales de Hermanas Jóvenes han tenido lugar en la Casa Madre. Los Ecos de diciembre de 1978, pp. 516-517, publicaron el texto del Cuestionario que debía prepararlas. Están todas aquí, reunidas, representando 62 de las 75 Provincias de la Compañía, y de unos cuarenta países. Dios las ha unido y reunido, y están espiritualmente con ustedes todas aquellas a quienes ustedes representan y con quienes van a compartirlo todo a su regreso. Algunas Hermanas delegadas no han podido venir, aunque las hemos estado esperando hasta el último momento. Son las Hermanas de Checoslovaquia, de Alemanía del Este, de Vietnan y de Mozambique.
Esta es su Casa Madre, en el pleno sentido de la palabra, es decir,
- la Casa de su única Madre, la Virgen María,
- la Casa a la que les gusta a los hijos venir y volver, porque saben que son amados y esperados,
- la Casa, finalmente, donde se encuentran los recuerdos de familia, su herencia, su mensaje, las huellas de auténticos testimonios.
Muchas cosas, aquí, efectivamente, nos recuerdan el pasado, pero hoy todo es alegría cara al porvenir. Alegría por la presencia de ustedes, por su deseo de venir a las fuentes, por su trabajo de reflexión sobre el servicio vicenciano a Cristo en los pobres, adecuado a la época en que vivimos. Alegría y esperanza por lo que va a nacer:
- del diálogo y búsqueda entre ustedes,
- de la unidad reforzada de la Compañía, por su encuentro, verdadero tiempo fuerte de vida comunitaria internacional.
La presentación de las Jornadas se encuentra condensada en la primera página del programa:
- la Compañía tal como es en sus orígenes,
- la Consagración,
- el Compromiso,
- la Virgen María.
Cuatro jalones en el camino que vamos a recorrer juntas, cuatro ráfagas de luz sucesivas en este trayecto.
Al ver el programa, descubrirán el estilo en el sentido de la síntesis. En el conjunto de las Jornadas, pocas conferencias magistrales, intervenciones relativamente cortas. Se trata más bien de un movimiento de comunicación, de comunión, de reflexión y, finalmente, de un común acuerdo entre ustedes sobre lo que atañe a nuestra vocación. La Comisión de coordinación ha concedido una cierta importancia a la dinámica que se deduce de la síntesis de las respuestas al cuestionario y ha procurado seguirla.
Sin querer anticipar, porque finalmente el resultado de este encuentro depende de ustedes, es posible que, de sus intercambios, de su afán de búsqueda y de sus convergencias, surjan algunas proposiciones, algunas resoluciones, de las que el Consejo General tratará de hacer buen uso en la Asamblea General.
Quisiera detenerme solamente en el primero de los puntos que se señalan, que concierne a la génesis de la Compañía y que ocupará el centro de los trabajos de la Asamblea General, que se reunirá dentro de siete meses. Estas Jornadas, repito, se desarrollan un poco como preludio de la Asamblea General, cuyas participantes deberán, bajo la moción del Espíritu, en fidelidad activa al carisma de los orígenes, especificar cómo vivir la continuidad y la innovación sin ruptura, en la Compañía.
Se trata de que ustedes participen, a través de un conocimiento de la Compañía, afectivo y efectivo, intelectual y visual, en el esfuerzo que la Iglesia pide a todos los Institutos. Una reflexión intensiva, una profundización en nuestros orígenes, para vivir hoy la misma inspiración que las primeras Hijas de la Caridad, y para descubrir mejor los vínculos comunes de nuestra pertenencia a la Compañía y cómo vivir auténticamente el carisma vicenciano.
A lo largo de este descubrimiento de la Compañía, les propongo que tomen nota de lo que les parece ser las características específicamente vicencianas, es decir, los trazos de san Vicente y de santa Luisa, en la Compañía naciente. Y lo que fueron, siguiendo su doctrina y su ejemplo, las primeras Hermanas y las que las siguieron, todas las que ustedes van a conocer, para plantearse a sí mismas la cuestión ¿y hoy?
¿Qué es lo que hace que me sienta Hija de la Caridad? ¿En qué señales pueden reconocerme como Hija de san Vicente o de santa Luisa, en mi campo de actividad?
La Compañía, ¿tiene algo especial que aportar al servicio de los pobres?
En la evolución actual del mundo y de la Iglesia, ¿qué tipo de servicio a los pobres debe ser el privilegiado?
¿Qué significa la presencia de las Hijas de la Caridad junto a los pobres, a los jóvenes, a los menos jóvenes, a los ancianos y a otros?
Con relación a los compromisos adquiridos por los Fundadores, es decir, los primeros compromisos de las Hijas de la Caridad, ¿en qué punto nos encontramos nosotras?
Presten especial atención al establecimiento de las estructuras, porque sin un mínimum de soporte, nada se sostiene y esas estructuras han favorecido desde hace tres siglos, la dinámica de las respuestas, siempre en el sentido:
- de querer vivir, en primer lugar, como cristianas, luego, como consagradas (radicalmente a Cristo en los pobres);
- del valor, del esfuerzo, del don desinteresado de sí mismas, de la pobreza, paciencia, dulzura, humildad, que no excluyen la.audacia;
- de la confianza absoluta en la providencia de Dios: «No les faltará nunca nada, mientras se ocupen de los pobres»;
- de un alcance internacional: «No soy ni de aquí ni de allí», y de misión universal: «Si es a la India, a la India, si a África, a África.»
Capten el contenido del mensaje de los Fundadores en su totalidad, partan de la fe y del amor, y de la realidad de su época.
Para ellos, se trata siempre de reconocer a Cristo en los pobres y de que sea amado y servido por las Hijas de la Caridad.
Y como corolario, si se puede decir así, la misma frase de Juan Pablo II: «La revelación del amor y de la misericordia tiene, en la historia del hombre, un rostro y un nombre, se llama Jesucristo.»
Ya conocen ustedes los objetivos que se propusieron los Fundadores, ofrecer a los pobres unas sirvientas, para un servicio auténtico que tendiera a devolver al pobre:
- su dignidad humana, como persona, su dignidad social
- y su dignidad espiritual (releer el discurso de san Vicente, a propósito de los niños abandonados).
En la presentación de la génesis y en las ilustraciones de lo vivido en los orígenes, reconozcan también las orientaciones de san Vicente y santa Luisa y su actualidad, es decir:
- Las características del servicio auténtico, de sus exigencias, recordadas últimamente por el Santo Padre: «Para poder servir digna y eficazmente a los demás, hay que saber dominarse, es necesario poseer las virtudes que hacen posible tal dominio».1 La primera de esas virtudes es la humildad. Los testimonios de vida de los Fundadores y de Margarita Naseau, confirman lo que dice Juan Pablo II.
- La flexibilidad y la movilidad en el servicio, a través de la diversidad de situaciones en relación con el mundo del siglo XVII. La lista de respuestas es variada, instituciones e implantaciones según las necesidades, hospitales, pequeñas escuelas, hasta el servicio de los forzados y la presencia en el ejército.
- Y, sobre todo, la radicalidad de la entrega a Dios, manifestada en la actitud de cada una, cualquiera que fuera su situación.
Esta profundización en el estudio de la génesis de la Compañía les permitirá descubrir mejor las posibilidades del mensaje vicenciano en el mundo de hoy y su extraordinaria y apremiante actualidad.
Como este encuentro se desarrolla aquí, en la Casa Madre, en su Casa, las Jornadas se sitúan bajo la protección de María, causa de nuestra alegría. Alegría mencionada tantas veces en la síntesis y con razón. María es causa de nuestra alegría, porque nos ha dado a Jesús, a Cristo, a quien encontrarán constantemente en los pobres, a quienes sirven cada día.
Les deseo que vivan estas Jornadas bajo el signo de la alegría, alegría que nace del encuentro, del compartir, de la comunión con las demás, pero también la alegría íntima y fuerte de descubrir, como un don particular a Dios, la gracia de la vocación y la sintonía profunda de todo nuestro ser con esa vocación. Alegría de nuestra pertenencia a esta familia, en la que Dios nos ha hecho, en cierta manera, nacer y crecer en su amor. Ya conocen el hermoso texto de Pablo VI sobre la alegría. A mí, me parece que hay tres puntos en la conclusión que nosotras, Hijas de la Caridad, debemos retener especialmente:
- «La alegría nace siempre de una cierta visión del hombre y de Dios.»
- «La alegría no puede separarse de la participación.»
- «En el mismo Dios, todo es alegría, porque todo es don.
Estas Jornadas están sostenidas por las oraciones de todas las Provincias. Te pedimos, Señor, que susciten en nosotras más que un interés pasajero, más que una adhesión momentánea, más que el entusiasmo, unas convicciones profundas y duraderas.
Y puesto que vamos a cantar, juntas, el «Exultet», deseo de todo corazón que, juntas, nos unamos cada vez más profundamente al misterio Pascual. Que el impulso renovado de su amor y de su fe en Cristo resucitado, contribuya, en cierta manera, a transfigurar a sus compañeras cuando regresen y, como consecuencia, a la Compañía. No olviden que los pobres tienen también necesidad de su fe y de su alegría: «En medio de sus angustias, nuestros contemporáneos necesitan conocer la alegría de escuchar su canto», nos dice Pablo VI.
Que su encuentro sea una verdadera fiesta, que contribuya a hacer de ustedes, sembradoras de esperanza y de amor junto a los pobres.








