Lucía Rogé: Formar Hermanas capaces de servir…

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Lucía RogéLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Lucía Rogé, H.C. .
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Junio de 1982

Propongo que esta mañana se oriente la meditación según dos líneas de pensamiento:

I – vuelta a las fuentes de la «espiritualidad de la sierva»,

II – cómo comprometerse.

Luego, para concluir, contemplaremos a María, la sierva del Señor.

En efecto, todas estamos hoy hondamente convencidas de que una profundización en la doctrina de los Fundadores será para nosotras un dinamismo de renovación.

En fidelidad a lo que ellos nos enseñaron siempre, detengámonos a meditar sobre «nuestras fuentes»: se trata de volver a ellas:

–      partiendo del evangelio;

–      partiendo de las palabras de los fundadores;

–      partiendo de la actualidad eclesial.

VUELTA A LAS FUENTES

1. Cristo es la referencia de la Hija de la Caridad en su vida de sierva

«… porque, el que viese la vida de Jesucristo vería sin comparación algo semejante en la vida de una Hija de la Caridad».

«Semejante», equivale a decir eso mismo…

San Vicente y santa Luisa fueron «seducidos por Cristo», Servidor del Padre, en su designio de amor y de salvación de los hombres. Es el gran eje de la espiritualidad que presentan a las Hijas de la Caridad:

«… porque, el que viese la vida de Jesucristo vería sin comparación algo semejante en la vida de una Hija de la Caridad».

Así pues, según los Fundadores, la vida de cada Hija de la Caridad reproduce de nuevo la vida de Jesucristo; cada Hija de la Caridad da a los pobres, por su vida, la posibilidad de leer el evangelio. Cada Hija de la Caridad expresa la vida de Jesucristo:

1 IX, 534.

 

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«Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve»2.

Es el puesto que san Vicente deseó ocupásemos: estado perma­nente de «alguien que sirve», sierva.

«Porque tampoco el Hijo del Hombre ha venido a ser servido, sino a servir y dar la vida como rescate por muchos»3.

Tal es la llamada de nuestra vocación: darnos a Dios, dar nuestra vida, siguiendo a Jesucristo, en el estado de sierva, para el servicio de los pobres.

Cristo realiza este servicio toda su vida. En apoyo de nuestra fla­queza, se abajó una y otra vez a la realización concreta de lo cotidiano:

«Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros»4.

«Es un ejemplo que yo os he dado»… Señor, toda tu vida no es más que ejemplos de servicios… como en todo momento nos lo recuerda san Vicente: curar enfermos, alimentar hambrientos, escuchar a la samarita­na… Señor, no sólo lavas los pies de tus apóstoles, sino que les das de comer tú mismo:

«Nada más saltar a tierra, ven preparadas unas brasas y un pez sobre ellas y pan. Jesús les dice: «Venid y comed». Toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez»5.

Señor, eres sensible a nuestras limitaciones humanas, y sabes qué necesitan nuestros cuerpos y nuestros corazones. Tu servicio envuelve todo nuestro ser. Tú quieres reparar las fuerzas físicas, tras una noche de trabajo y esfuerzo, colmar el corazón y abrirlo al amor con el anticipo amistoso: «Venid y comed».

Pero, Señor, quieres también esclarecer cómo debemos servir al prójimo, al pobre, este otro Tú:

«Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis»6.

2 Lc 22, 27.

3 Mc 10, 48.

4 Jn 13, 14-15.

5 Jn 21, 9, 13-14.

6 Mt 25, 40.

 

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«Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y acudisteis a mí»7.

2. Tú, Señor, diste a san Vicente y a santa Luisa la comprensión de tus palabras

Ellos nos transmitieron tu mensaje:

«Sirvientes de los pobres, que es como si se dijese sirvientes de Jesu­cristo, ya que él considera como hecho a sí mismo lo que se hace por ellos, que son sus miembros, ¿Y qué hizo él en este mundo, sino servir a los pobres?»8.

«Al servir a los pobres, se sirve a Jesucristo. Hijas mías, ¡cuánta verdad es esto! «g.

«Es dejar a Dios por Dios cuando se deja algún ejercicio a causa del ser­vicio a los pobres»10.

«¡Qué felicidad, hijas mías, servir a la persona de Nuestro Señor en sus pobres miembros!»11.

La visión creyente de Jesucristo, representado por estos pobres, es propuesta con insistencia a las primeras Hermanas:

«Cuando servís a los enfermos, tenéis que acordaros también de que es a Nuestro Señor a quien representa ese pobre»12.

Este reconocimiento de tu rostro, Señor, deseas Tú que sea cons­tante en nosotras, cualesquiera sean las apariencias, tan diversificadas, y aun tal vez desconcertantes, que una única jornada pueda presentar:

«Una hermana irá diez veces cada día a ver a los enfermos, y diez veces cada día encontrará en ellos a Dios13.

He ahí algo que cuestiona nuestros servicios selectivos, privile­giados, exclusivos, restringidos a veces al nivel de nuestras simpatías naturales.

Mt 25, 35-36.

8 IX, 302.

9 IX, 240.

1° SLM, p. 496.

11 IX, 124.

12 IX, 747.

13 IX, 240.

 

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3. Esta vuelta a la fuente verbal de nuestros Fundadores corresponde, Señor, a lo que tu Iglesia nos dice hoy:

«La Iglesia abraza con amor a todos los que sufren bajo el peso de la debi­lidad humana; más aún, descubre en lo pobres y en los que sufren la ima­gen de su Fundador pobre y sufriente, se preocupa de aliviar su miseria y busca servir a Cristo en ellos»».

«La mayor parte del mundo sufre todavía tan gran necesidad que el mismo Cristo parece elevar su voz en los pobres para provocar la caridad de sus discípulos»15.

Señor, no permitas que seamos sordas, cuando en alta voz Tú recla­mas nuestro amor, cuando nos convocas a la participación y a la pro­moción de la justicia, cuando nos llamas al mismo tiempo a encender «el amor de Cristo hacia los pobres»16.

La fidelidad a la Iglesia de hoy y la fidelidad al carisma, Señor, son una misma cosa para las Hijas de la Caridad:

«El amor de las Hijas de la Caridad no es solamente tierno; es efectivo, por­que sirven efectivamente a los pobres, corporal y espiritualmente… Her­manas mías, desde toda la eternidad estabais destinadas a servir a los pobres de la misma manera que nuestro Señor lo hizo»17.

¡Qué alegría, Señor, encontrar el eco de los Fundadores, en los men­sajes que nos diriges por la Iglesia de hoy! como en Puebla:

«Acercándonos al pobre para acompañarlo y servirlo, hacemos lo que Cris­to nos enseñó, al hacerse hermano nuestro, pobre como nosotros. Por eso el servicio a los pobres es la medida privilegiada aunque no excluyente de nuestro seguimiento de Cristo. El mejor servicio al hermano es la evangeli­zación, que lo dispone a realizarse como hijo de Dios, lo libera de las injus­ticias y lo promueve integralmente»18.

14 LG, 8.

15 GS, 88.

16 GS, 90.

17 IX, 534-535.

16 Puebla, 1145.

 

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II.- COMPROMISO

Tras habernos abrevado en las fuentes, Señor, vemos con mayor claridad el compromiso que hemos asumido, de servirte en la persona de los pobres, de vivir el estado de sierva, en seguimiento de Jesucris­to, tu hijo, que vino a servir:

«Cuando sirváis a los pobres de esta forma, seréis verdaderas Hijas de la Caridad, esto es, hijas de Dios, e imitaréis a Jesucristo»19.

Nuestra espiritualidad de siervas nos vincula y une, sobre todo, a la persona de tu Hijo, Jesucristo, reconocido, amado en la persona de los más desgraciados. Son nuestros «maestros y señores». Esta espirituali­dad supone el compromiso de todo nuestro ser, y la hace posible el amor. Señor, aumenta nuestro amor: que, lejos de ser un servicio de servidum­bres, de obligaciones profesionales, sea para nosotras una necesidad de amor, y que, a través de la pobreza, ese servicio revele tu amor.

Señor, queremos vivir este compromiso en la Compañía, según sus Constituciones y espíritu propio, como Tú mismo nos lo diste, Señor:

«Y tampoco se puede dudar de que es Dios el que os ha fundado»20. o de nuevo:

«decir una Hija de la Caridad es decir una hija de Dios»21.

1. Leales a las Constituciones, nos comprometemos a vivir un servi­cio de dependencia, en obediencia y humildad, servicio que excluye a cualquier otro, pues está inspirado por tu amor. Jesucristo nos enseña cómo quieres ser servido… cómo nos quieres al servicio de nuestros hermanos… y san Vicente nos lo recuerda:

«Y tras el amor de Dios viene el amor al prójimo; hablo de ese amor solícito, de ese amor compasivo y cariñoso a todos por amor de Dios»22.

Insistentemente, los Fundadores nos enseñaron, que una buena tra­ducción del amor es efecto del servicio en la unión, de la comunión entre nosotras.

19 IX, 73.

20 IX, 415.

21 IX, 749.

22 ix, 955.

 

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«Para que no tengáis todas más que un solo corazón, un solo juicio, una sola voluntad y todas tendáis a un mismo fin. Por eso vuestra Compañía representa la unión de la Santísima Trinidad. ¿Qué es lo que mantiene y constituye la unión entre el Padre y el Hijo? Que lo que el Padre quiere, lo quiere también el Hijo; y son tan conformes que jamás el Hijo quiere lo que no quiere el Padre; esto une perfectamente a estas dos divinas personas, que producen la tercera, que es el Espíritu Santo»23.

Señor, otórganos la gracia de amar la obediencia, para en verdad hacernos siervas. Si ella falta, san Vicente nos advierte:

«¡Dios mío! ¡Que haya pobres Hijas de la Caridad que pierden mucho por su culpa! Sirven a los pobres, van y vienen, se matan por no hacer nada, puesto que siguen su propia voluntad»24.

Perdón, Señor, por haber resistido a la obediencia, por nuestras ansias de independencia y de obrar a capricho en detrimento del servi­cio auténtico. Perdón por nuestro obstinado orgullo, ante las propuestas de otros…

2. Señor, «el servidor no es más grande que el maestro…»

Has hecho, Señor, casi una bienaventuranza, para las siervas que nosotras deseamos ser, de esta llamada a la humildad:

«En verdad, en verdad os digo: no es más el siervo que su amo, ni el enviado

más que el que lo envía. Sabiendo esto, dichosos seréis si lo cumplís»25.

San Vicente nos indica la puesta en práctica:

«Creyéndose incapaces de hacer nada sin una gracia especial de Dios»26.
» No es más el siervo que su amo, ni el enviado más que el que lo envía»27.

San Vicente y santa Luisa nos provocan, en este intento por imitar a Nuestro Señor, en su pasión y muerte de cruz: La Hija de la Caridad, no sólo piensa que en nada es exitosa; la verdadera Hija de la Caridad «ama el desprecio»… Es un lenguaje duro, Señor, y pese a la insistencia de san Vicente, me es difícil tomar comprometidamente este camino…

23 IX, 956.

24 IX, 715.

25 Jn 13, 16-17.

26 IX, 831.

27 Jn 13, 16.

 

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Sin embargo, obligada por la actualidad, reconozco en este desprecio el mayor sufrimiento de los pobres de hoy, «señores y maestros» míos; tal es el frecuente objeto de sus reivindicaciones. ¿Cómo puedo esperar comprenderles, entrar en verdadera comunión con ellos?

«No es más el siervo que su amo… «Sabiendo esto, dichosos seréis si lo cumplís»28.

Esta promesa de dicha, Señor, sigue al Lavatorio de los pies. Me enseña el género de servicio y el estilo de vida que esperas: servicio asumido en el amor, servicio justificado por el amor. Y para que no pen­semos que se trata de una metáfora, Tú ejecutas ese preciso gesto, Señor. Es la señal por la que seremos reconocidas como discípulas tuyas:

«Vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros».

Atenta a esta recomendación, santa Luisa nos quiere prestas a las «funciones más bajas y viles» y a todos los «pequeños servicios» que nos harán ser «los últimos y más pequeños en el hospital».

«Salvador mío, concédeme la gracia de que no busque el ser estimada, sino que ame los quehaceres más bajos, y el último lugar»29.

Señor, Tú nos quieres tan cercanas a nuestros señores y maestros, que lleguen a reconocernos como alguien de los suyos:

–      por nuestros servicios humildes, fraternos, sin reticencia,

–      por nuestra conversación sencilla, directa, verdadera,

–      por todo nuestro ser que traduce nuestro estatuto de siervas.

Las manos de una sierva, por ejemplo, llevan la marca del trabajo: el esfuerzo ha configurado la piel, las uñas, toda su estructura. De modo parecido indicará todo nuestro comportamiento, que pertenecemos a la clase de los pobres.

Señor, lo sé, un estilo de vida pobre y frugal forma parte de nuestra identidad. San Vicente me recuerda que, si quiero ser Hija de la Caridad, deberé declararme dispuesta a imitar a Nuestro Señor en su pobreza3°. Perdón, Señor, por mi lentitud en comprender cómo definieron los Fun­dadores la pobreza:

28 Jn 13, 16-17.

29 IX, 1071.

IX, 882.

 

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«La pobreza quiere decir que no se tiene la disposición de ninguna cosa y que no se desea poseer nada en privado; pues apenas nos empeñamos en disponer de algo según nuestra voluntad, entonces dejamos de ser pobres»31.

Me comprometo, Señor, a vivir según la condición de sierva a la que me has llamado; a recordar la frase de san Vicente:

«Hijas mías, vivamos siempre conforme a nuestra condición y no dejéis nunca que os traten más que como unas pobres mujeres»32.

Y san Vicente baja a detalles (¿tengo yo el valor de bajar a detalles?):

«Y por eso tenéis que juzgaros dichosas de tener unas reglas que os obli­gan no solamente a servir a los pobres, sino también a pareceros a ellos en lo que coméis»33.

Señor, la pobreza me atormenta, me sorprendo una y otra vez en trance de desvío hacia la posesión de algo… San Vicente resume las exi­gencias de la pobreza:

«La pobreza obliga a no desear más que a Dios… Pide que se deje todo y que no se tenga nada propio»34.

Me inquieta el ser remisa frente a toda puesta en común, material o espiritual. ¿Me oriento verdadera y espontáneamente hacia el «compar­tir», cuyo ejemplo me dan los pobres?

«¿Queréis entregaros a Nuestro Señor desde ahora, con el propósito… tener cuidado de conservar el dinero de los pobres más todavía que si fuera vuestro, ya que es de Nuestro Señor, puesto que pertenece a sus miembros?»35.

Hay un mutuo reclamo entre el esfuerzo por nuestra pobreza y nues­tro servicio a los pobres.

Me comprometo también a trabajar en la dulzura… Señor, Tú la asociaste a la humildad del servidor, al respeto que el amor conlleva.

31 IX, 883.

32 IX, 924.

33 IX, 976.

34 IX, 818.

35 IX, 904.

 

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La dulzura excluye palabras agresivas, la impaciencia, y abre los cora­zones. Permite la escucha, el intercambio. Introduce la confianza:

«Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas»36.

Señor, me pregunto si de verdad he comprendido la invitación que me haces, «aprender de Ti», para estar entre los pobres y entre mis her­manas como «alguien que sirve», con mansedumbre y humildad.

Con vigor renovado, pues, Señor, gracias al «agua de las fuentes», me comprometo a ser en el mundo de hoy, verdadera sierva tuya, pues­ta al servicio de tus miembros más desafortunados. Ser verdaderamen­te sierva de tu Hijo Jesucristo, al que me representan. Ser sierva obe­diente, pobre, humilde, dulce, movida de amor y respeto. Pero, Señor, soy consciente de las dificultades del servicio, de los obstáculos a ven­cer, de las desviaciones que amenazan introducirse en esta espirituali­dad de sierva.

Uno de los obstáculos, insidioso y permanente, del que san Vicente hablaba ya a las primeras Hermanas: Señor, es el dinero. Su poder se enfrenta a nosotras en todo tiempo; no hay situación misionera que esté al resguardo de su fuerza de atracción, ante las posibilidades que brinda. San Vicente nos previno:

«Esa necesidad de administrar dinero lleva consigo el peligro de apropiár­selo, si no anda uno con mucho cuidado… El dinero tuvo fuerza suficiente para corromper a Judas, que había estado en la escuela de Nuestro Señor… El demonio empezó a tentarle: fue por la avaricia. Y poco a poco fue atesorando dinero. Cuando tuvo ya algo de dinero en su bolsillo, cayó en una apatía tan grande ante las cosas santas, que no podía ya sufrir que le hablaran de Nuestro Señor»37.

San Vicente comenta toda esta página evangélica y confiesa:

«Este es el motivo, mis queridas hermanas, de que una de las cosas de que tengo más miedo es del manejo del dinero; si uno no es fiel en este punto, es la perdición de la Compañía. Y les ruego a las hermanas encargadas de la formación de las que van llegando que les inculquen mucho cuidado en este punto… ¡A los pobres! ¡Dios mío! ¡A los pobres! ¡Y entonces se lo robáis a Dios mismo!»38.

Mt 11, 29.

37 IX, 893-895.

38 IX, 896-897.

 

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¿Tengo yo este misma inquietud?

Por parte suya, santa Luisa advierte a una Hermana:

«Yo creo que la causa de la mayor parte de las faltas que comete es que maneja usted dinero y de que siempre le ha gustado tenerlo. Si quiere seguir mi consejo, deshágase de esa afición… de otro modo, dudo mucho de su perseverancia»39.

Pero de nuevo hoy, Señor, existe la tentación «dinero», bajo formas derivadas, que pueden llamarse: solidaridad profesional o necesidad de seguridad, deber de previsión y de seguridad. En realidad, el dinero eli­mina verdaderos valores: la gratuidad y la confianza en el Providencia -tema particularmente querido a san Vicente-. En el trabajo, el imperia­lismo del dinero nos envuelve, con la profesionalización absoluta, en la insidia invasora de la publicidad… Nada semejante existe en los países socialistas de estricta observancia: los carteles de las carreteras se des­tinan a otra manera de servidumbre, la de los slogans políticos… Ahora bien, no nos engañemos: es siempre el dinero quien lo hace posible. El dinero es una forma de presión, y cuando genera un cierto poder, va acompañado de orgullo, de egoísta ceguera: el rico, absorto en su fes­tín, no ve a Lázaro…

Señor, la sierva ha de ver la indigencia de sus amos, los pobres. Sólo el amor da esa percepción, y ella permite que esos amos nos lla­men «amigas»:

«No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo».

Sí, queremos comprender, Señor, y adherirnos desde el fondo del corazón a lo que Tú nos pides, por amor a los pobres:

«A vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer»40.

Me invitas, Señor, a pasar, del estado del «servidor-mercenario» al del «servidor-amigo»…, que continúa sirviendo sin medir el trabajo, el tiempo, por el peso de la moneda. El servidor-amigo rechaza los servi­cios hechos por un salario, por la limitación y por el condicionamiento de la profesionalización. El servidor-amigo tiende sin cesar al don radical

39 SLM, 32. 4° Jn 15, 15.

 

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de sí mismo y de su amistad a través del servicio. Señor, si desechamos el amor sin límite del «don total» que quiere ocupar nuestras vidas, ¿somos todavía siervas tuyas?

Al contemplar ciertas reproducciones del Lavatorio de los pies, de Plougastel (1601-1604), intentaremos sondear la profundidad de la ter­nura de Jesucristo, de rodillas prestando este servicio, la respetuosa dulzura en el gesto de sus manos, queremos «aprender de Él»…

Henos aquí frente a frente de las exigencias de esta espiritualidad vicenciana que nos compromete en el servicio de los pobres y compren­deremos tanto mejor que exige el espíritu vigilante de renuncia, lo que san Vicente decía a la Señorita hablándole de las primeras Hermanas:

«Será conveniente que les diga en qué consisten las virtudes sólidas, espe­cialmente la de la mortificación interior y exterior»41.

Conocemos el pensamiento de san Vicente, que recoge el de san Pablo:

«Llevamos siempre en nuestros cuerpos por todas partes la muerte de
Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuer-
po… De modo que la muerte actúa en nosotros, mas en vosotros la vida»42.

Señor, sabemos que la fecundidad misionera se vincula a nuestra comprensión de este misterio de muerte y vida… Para lo exterior: en lo concreto del servicio; para lo interior: en las disposiciones del corazón:

«Es menester que las Hijas de la Caridad estén dispuestas a mortificarse en todas estas cosas necesarias»43.

Realizado en unión con Jesucristo, el servicio, cualquiera que sea, se hace entonces más fácil.

Señor, te damos gracias por el espíritu de la vocación y el amor al trabajo, necesario a la sierva:

«Vuestro trabajo tiene que tener la finalidad de honrar el trabajo fatigoso y duro de Nuestro Señor en la tierra… estáis trabajando en el servicio del pró­jimo, que es tan estimado por Dios que cree como hecho a sí mismo lo que se hace para consuelo de los demás»44.

41 I, 305

42 2 Cor 4, 10, 12.

43 IX, 971.

44 IX, 451.

 

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En la encíclica «El trabajo humano», la Iglesia nos presenta hoy esta misma espiritualidad del trabajo45. Así nos llamas Tú, Señor, a luchar con­tra la secularización de nuestras actividades. Te pedimos «la valentía de resistir a las corrientes de secularización, y para ser aquello que hemos sido llamadas a ser» (Padre McCullen): siervas de los pobres, humildes, dulces, entregadas del todo a tus miembros sufrientes. Pon en nuestro corazón la certeza de que el testimonio y el servicio vicencianos se expre­san en términos de diferencia, en una sociedad de consumo, de segu­ridades, de ventajas calculadas, de banalidad, de violencia, de indife­rencia. Te pedimos la gracia de dejarnos empapar por nuestras fuentes: tu vida, los Fundadores, la voz de tu Iglesia, para que, nuestras expresio­nes espontáneas en nuestros compromisos, revelen finalmente nuestra única referencia: Jesucristo, tu Hijo, que vino a traer la Buena Nueva a los pobres, y a salvarnos a todos, en cuanto servidor de tu designio de Amor.

Las actitudes de la sierva, según el corazón de san Vicente y de santa Luisa, tienen su ilustración en las reseñas sobre las primeras Her­manas, cuando éstas habían vuelto a Ti, Señor. Los hechos de su vida que registran sus compañeras testimonian esa confianza absoluta que lleva a la sobriedad y a la pobreza evangélica. Sencillas ellas mismas, hacen aprecio de las cosas sencillas, y hallan la dicha en el servicio, y en todo lo que es sencillo y modesto. Muy a menudo, exigentes, severas hacia sí mismas, son muy generosas con los pobres, les brindan verda­dera amistad, conscientes de los derechos que sobre ellas tienen. Impe­lidas por el espíritu de Jesucristo, son desprendidas, y están prestas a dejarlo todo por otro servicio. Encuentran esto lógico, pues están en rea­lidad al servicio del amor. En este espíritu de total desinterés, descubren el gozo más profundo, el actuar con Jesucristo para los pobres.

¡Oh única Madre nuestra/Te contemplamos apresurándote a prestar servicio a Isabel. Dios mora en ti, y su caridad te apremia… ¡Oh María!, obténnos esta prisa amorosa por acercarnos a los pobres. Muéstratenos presente en nuestro difícil caminar. ¡Señora nuestra de la Visitación!, sostén nuestros esfuerzos de humildad, para que la alegría de la verda­dera sierva resplandezca en nosotras.

¡Oh Virgen María!, te contemplamos también en Caná… Mantén nues­tra firme esperanza en tu Hijo Jesús, más allá de los recursos humanos. Que nuestra vida de siervas de los pobres les abra, por tu intercesión, al evangelio46.

45 Juan Pablo II, Laborem exercens, 24-27.

46 Puebla, n. 300.

 

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Te contemplo, ¡oh María!, en tus treinta años de vida oculta con Jesús, tu Hijo, sierva activa y amante en las humildes labores diarias, en servicio suyo y de José, en las que se unen a ti hoy tantas madres de familia.

Te contemplo, ¡oh María!, en esos tres años de vida pública, pre­sencia discreta y disponible. Allí estás tú, acompañando a tu Hijo hasta la cruz, para recoger aquel último ruego de «recibirnos»… Te miro, y pienso en las madres de tantos militantes, condenados y torturados por la justicia, las cuales se te unen en su ansiedad y sufrimiento.

¡Oh Virgen María!, danos este sentido del «servicio de acompa­ñamiento», fuerte en la fe, firme en la esperanza, testimonio de amor absoluto.

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