Lucía Rogé: Experiencias apostólicas

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Lucía RogéLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Lucía Rogé, H.C. .
Tiempo de lectura estimado:

París, marzo de 1975

La experiencia apostólica es una toma de contacto.

Conocimiento de la vida interior de una comunidad y de la evolución del mundo, seguido de un tiempo de Seminario para asimilar la expe­riencia vivida.

La experiencia apostólica es un método pedagógico para la Hija de la Caridad,

  • por la vida,
  • en la vida.

Por la vida

Las Hermanas jóvenes deben vivir la vida real de la comunidad. Evi­tar las excepciones demasiado frecuentes. Ese tiempo para ellas debe equivaler a un crecimiento en el plano de la vocación, un crecimiento vocacional; una toma de conciencia de que la vocación no es solamen­te algo dado y recibido, sino una conquista. La vocación se forja día tras día frente a los acontecimientos de la vida misionera y comunitaria. Esto requiere un esfuerzo diferente al del Seminario.

En la vida

A. Vida apostólica

En el transcurso de esa experiencia apostólica, en esa vida nueva, la Hermana joven va a descubrir normalmente el uso de una cierta liber­tad ante el fin que persigue.

Este fin, el servicio a Cristo en los pobres, debe percibirlo

  • como una realidad consciente para todas y cada una de las Her­manas de la comunidad local. En su servicio, es a Cristo a quien verdaderamente sirven en el pobre -visión de fe-;
  • que está explícito para todas;
  • que pone en movimiento lo mejor de cada una de las Hermanas para llegar a conseguirlo (iniciativa);
  • debe comprender y dejarse llevar por la corriente de esa vida comunitaria hacia lo que es arduo, difícil, absorbente para un mejor servicio de los pobres;
  • debe descubrir en la práctica lo que es la caridad, la humildad, la sencillez.

San Vicente nos indica las señales para ver si una Hija de la Caridad posee verdaderamente su espíritu, en la conferencia del 24 de febrero de 1653.

La caridad

Hay tres señales:

  • amar a Dios y complacerse en hablar de Él;
  • renunciar a sus satisfacciones;
  • estar dispuesta a dejar todo.

«Ante todo, que sea verdaderamente caritativa. Una Hermana cari­tativa es la que ama a Dios, la que se complace en hablar con Él, la que hace todo cuanto puede por darle gusto y contentarle, la que sufre todas las contrariedades por su amor».

«La segunda señal se relaciona con el prójimo. Se puede apreciar en la Hermana que deja todas sus satisfacciones por amor al prójimo, la que deja a sus compañeras o los lugares que le gustan, cuando vienen a decirle que un enfermo la necesita, la que no hace acepción de per­sonas ni prefiere las agradables a las contrahechas».

«La tercera señal es la indiferencia. La que tiene el espíritu de una verdadera Hija de la Caridad está dispuesta a marchar a cualquier sitio; está pronta a dejarlo por el servicio del prójimo. Si se ama a nuestro Señor, se le encuentra en todas partes».1

La humildad

  • Ser capaz de reconocer que podemos estropearlo todo;
  • tomar siempre lo peor;
  • no soportar que se nos alabe.

«Es humilde el que quiere su propia humillación… Hay que tener un sentimiento humilde de sí mismo, creerse indigno no sólo de hablar bien, sino incluso de estar en la Compañía.. Así pues, esa es la primera señal de la humildad: tener un bajo sentimiento de sí mismo, creer que uno lo echa todo a perder como Job, que decía: «Tengo miedo de que en todas mis acciones haya algún pecado» (Job 9,28).

Es igualmente humilde una Hermana que siempre toma lo peor para sí, la que desea ser siempre la última, la que dice todo el bien posible de su hermana para lograr que la hagan Hermana Sirviente y la que se rebaja a sí misma para no serio.

La tercera señal se puede observar en aquellas que no quieren ser alabadas, las que se turban cuando escuchan algún elogio. Es una mala señal el que una Hija de la Caridad se complazca en las alabanzas y haga todo lo que pueda por alcanzarlas. Uno es humilde cuando se complace en su propia humillación».2

La sencillez

  • – Cumplir las órdenes de los Superiores;
  • – no preocuparse del que dirán;
  • – decir las cosas como se piensan.

«Una Hija de la Caridad es sencilla cuando cumple las órdenes de sus superiores sin preguntarse por qué le habrán dado esas órdenes. La que se pone a decir: «¿Por qué querrán que haga yo esto?», y se pone a dar vueltas a esta idea, es que tiene un espíritu complicado y está muy lejos de la sencillez que hace que, sin discutir, se obedezca a la regla». «Una Hija de la Caridad verdaderamente humilde no se preocupa por el qué dirán, ni por lo que le pueda pasar obedeciendo; no se pone a cavilar sobre lo que pensarán de ella, ni si los otros la tienen en buena o mala opinión, ni si la creen virtuosa o no; le importa poco lo que digan cuando sirve a los pobres, cuando practica la virtud o cuando hace algún acto de caridad. Una Hermana que tiene la virtud de la sencillez no se preocupan para nada de esas cosas».3

B. Vida comunitaria

1. En la vida comunitaria, a través de la unión y de la unidad profunda entre la Hermana Sirviente y Hermanas, debe manifestarse el vínculo funda­mental de la comunidad, reconocer y servir a Cristo en los pobres. Es indis­pensable que la Hermana joven perciba esa unidad de inspiración, de moti­vación de toda la comunidad (atención a la responsabilidad sobre este punto).
2. En esta enseñanza hay una aportación humana de la comunidad como tal, pero doble por la acción. La comunidad, en el plano humano, debe ayudar a la Hermana joven durante su estancia a afirmarse en su respuesta y a avanzar una nueva etapa hacia la madurez en su voca­ción. En ello va una condición de fecundidad apostólica, de irradiación de perseverancia.

Madurez

Aprender a vivir de una manera progresiva una cierta soledad con los pobres, para los pobres, por los pobres. Camino hacia la madurez que la Hermana joven alcanzará a través de la comunidad local que tiene que saber:

a. demostrar la virtud vicenciana de la tolerancia, es decir, aceptar las diferencias.

En la conferencia del 30 de mayo de 1658, san Vicente dice:

«Soportarán las pequeñas imperfecciones de sus compañeras como quisieran ser toleradas en las suyas, y se acomodarán cuanto puedan a su dictamen y genio en todo lo que no fuere pecado ni contrario a las reglas, porque esta santa condescendencia, acompañada de tolerancia, es un excelente medio para mantener la paz y unión en la comunidad»… Nuestro Señor se lo recomienda a todos los cristianos en general, pero mucho más a las personas a las que ha llamado para que vivan en comunidad, como vosotras y yo. Dice así por boca de su apóstol: «Cargad unos con el peso de los otros» (Gal 6,2).4

Conferencia del 6 de enero de 1642. San Vicente hace un balance de las faltas del año anterior.

«Yo os hablaré de siete (defectos) que he advertido, o de los que me han avisado. Será éste un buen medio para perfeccionaros… El primer defecto es el de no soportarse las unas a las otras; no hay nada tan nece­sario como soportarse, puesto que de ordinario en todos los caracteres se encuentran pequeñas contradicciones. ¿No veis cómo nosotros mismos, en nuestro propio carácter, cambiamos tan frecuentemente de humor, y nos hacemos insoportables a nosotros mismos? Por eso, hermanas mías, hay que dedicarse con energía a la práctica de soportarnos».5

La Hermana del Seminario debe percibir también:

b. el deseo de comunicarse humanamente, de intercambiar, de informarse, de compartir, ha de ser siempre en el plano de la fe.

c. La marcha hacia la madurez, manifestada a través de la adhesión al proyecto comunitario, sin apatía, sin conflictos irreductibles. Cada una de las Hermanas vive la integración de su proyecto personal en el proyecto comunitario, con una libertad interior real. Resulta de esta vida fraterna una irradiación misionera.

d. La revisión comunitaria. No hay que tener miedo de hacer la revisión comunitaria delante de la Hermanita, con ella. Ahí es donde descu­bre la humildad, la sencillez, la pobreza y el amor a los pobres.

e. Vida de oración en común. Que la Hermana vea orar. Oración y vida integrada. Debe comprobar el dejar a Dios por Dios. Rezar a María; darle lo que debemos, reafirmar el carácter mariano de la Compañía. Nuestra vida apostólica debe modelarse según la vida de la Virgen María.

3. Que la comunidad local experimente que está comprometida su responsabilidad en una participación solidaria con miras a formar Misioneras para la Iglesia de Dios; en la línea vicenciana del servicio de los pobres.

Se trata de un testimonio de vida y no sólo de un aprendizaje del ser­vicio de los pobres o de la vida fraterna comunitaria.

a. Testimonio de una vida de fe viva y consciente, (intenciones de la plegaria universal);

b. testimonio de la importancia de los valores espirituales y sobre­naturales sobre los que se apoya la vida consagrada frente a un clima materialista;

c. testimonio de humildad que debe conducir a la Hermanita a pedir por su vocación (oración de súplica): «Todos somos pobres en el servicio del Señor.» Ser consciente de que una vocación necesi­ta ser sostenida, defendida, en cierta manera alimentada con aquello que necesita para desarrollarse.

La vocación es un llamamiento divino que supone la respuesta del hombre, pero en el seno de una comunidad es donde se halla el medio más favorable (cfr. Pablo VI, 4-1-1975).

La vocación es un don del espíritu

«¿No decís vosotros, aún cuatro meses y llegará la mies? Pues bien, yo os digo, alzad vuestros ojos y contemplad los campos, que ya están blanquecinos para la siega».6 «Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su siega».7

Esta mañana, en mi oración, cuando veía tan pequeño número de Hermanas delante de mí, pensaba en esas palabras de Isaías: «No os acordéis de las cosas anteriores ni prestéis atención a las cosas anti­guas, pues he aquí que voy a hacer una obra nueva, que ya está ger­minando; ¿no la conocéis? Ciertamente voy a poner un camino en el desierto, y los ríos en la estepa».8

A las jóvenes, para terminar, les diría este texto:

«No pases tu tiempo en cursillos de preparación.
No esperes ser seleccionada por tu capacidad,
ni alcanzar un título para tener confianza en ti.
Sea cual sea tu empleo, tu posición, tu responsabilidad, tus cargas o sobrecargas,
y sobre todo, tu modestia, tus escrúpulos, tus vacilaciones, si sientes alzarse la brisa,
es el momento, no lo dejes: HAZTE A LA MAR.» (B. Favel).

  1. IX, 543-544.
  2. IX, 544-545.
  3. IX, 545.
  4. IX, 1029-1030.
  5. IX, 67.
  6. Jn 4, 35.
  7. Mt 9, 38.
  8. Is 43, 18-20.

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