Lucía Rogé: En tiempo de Asambleas: Esperanza (1978)

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Lucía RogéLeave a Comment

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Autor: Lucía Rogé, H.C. .
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París, mayo de 1978

«Ser fiel implica, equivale a transformarse», decía el Cardenal New­man. Ése ha de ser el trabajo de las Asambleas, trabajo de fidelidad, con lucidez, de transformación con esperanza.

Esta revisión de vida tiene como objetivo que pongamos cada una de nuestra parte todo lo posible para hacer a la Compañía más fiel a los designios de Dios sobre ella. Compañía de sirvientes de Cristo, en los pobres y en los más pobres, de sirvientes humildes y sencillas, muy cer­canas a ellos, como ellos y, a la vez, diferentes por la radicalidad de su consagración.

Para hacer en verdad esta revisión de vida, hemos de partir de una situación, admitir que hay hechos de vida que no están conformes con lo que pretendemos ser. Todas sufrimos al comprobar nuestra falta de lógica, nuestros desfallecimientos. Una mirada sobre los tres años de vida, transcurridos desde las Constituciones de 1975, permite descubrir los fallos de nuestra fidelidad.

Sin embargo, es bueno también tomar conciencia de los signos de esperanza, de todo aquello que, en fidelidad al espíritu, ha comenzado a transformarse. Un estudio más profundo de los escritos de los Funda­dores está dando frutos en la vida concreta de la Compañía. De los rela­tos procedentes de las distintas Provincias, de los contactos personales con algunas de ellas, de los informes de las visitas de las Consejeras, brotan signos de esperanza. Y desearía compartir esta esperanza con ustedes.

Siguen existiendo siempre comunidades de Hijas de la Caridad que despiertan el deseo de ingresar en su seno, y que ofrecen a los que fre­cuentan su trato, razones de vivir, de amar y de esperar. Todo, en esas comunidades, se enfoca al servicio, a la comunicación, al compartir, y se centra en la evangelización de los más pobres. Son verdaderamente misioneras y, allí donde se encuentran, edifican la Iglesia. Todo parece en ellas muy sencillo. Mas, de hecho, se desprende de ellas una gran esperanza. La tensión misionera, la preocupación constante por la evan­gelización, provienen de una transformación interior, personal y comuni­taria, que se traduce en la vida.

Desearía destacar lo fundamental y que abre camino en esta línea de conversión. Deduciré algunas notas características. Las transforma­ciones de que hablo se comprueban tanto en instituciones públicas o privadas como en implantaciones más recientes. Hablaré en primer lugar de las instituciones.

Se trata de instituciones de todo tipo donde se reciben los que las gentes, sin fe, llaman desechos de la humanidad, anormales de todas las edades, asociales, ancianos que van solamente a morir en ellas. Humanamente hablando, el trabajo es agotador, deprimente a veces, y en apariencia inútil, y sin embargo, las Hermanas se encuentran allí feli­ces. Estas instituciones son ampliamente abiertas a colaboraciones de todas clases. En algunas, las Hermanas han dejado todos los puestos de relieve y autoridad para desempeñar las cotidianas tareas de sir­vientas, limpieza y alimentación de los pobres. En ciertos casos, la ins­titución se ha convertido en polo de atracción de jóvenes que buscan el don gratuito de sí mismas, y numerosas iniciativas nacen del amor com­partido a estos pobres entre los pobres. Ninguna satisfacción humana surge en las horas, los días, los meses, y ninguna eficacia visible viene a compensar la aridez del servicio. El corazón se apoya únicamente en la certidumbre de la fe. «Diez veces al día encontraréis allí a Dios».1 Estas instituciones han roto con su aislamiento tradicional y entran acti­vamente en la vida de la Iglesia local. El trabajo de renovación y de transformación con enfoque vicenciano de las instituciones, adquiere una importancia particular para la Compañía, en estos momentos.

Existen pequeñas implantaciones, nacidas hace cinco o seis años, que, dejando de lado afirmaciones verbales, han iniciado con todo empe­ño la transformación del estilo de vida. En primer lugar, han modificado el marco de vida concreto en que ésta transcurre. Han renunciado a las habitaciones individuales y a la comodidad que permite esta intimidad. Se encuentran de nuevo, dormitorios comunes con 3 ó 4 camas en la misma habitación, a veces con literas superpuestas. Es la línea de los pobres, en espíritu y en verdad. Se mantiene entre las Hermanas una sólida resisten­cia al consumo, no haciendo más compras que las imprescindibles. Por otra parte, el lugar de que dispone la comunidad no permite reservas, ni objetos decorativos, ni mobiliario superfluo. Los pobres pueden acudir a estas casas, encontrándose como en la suya. La comunidad se convier­te así en una casa de acogida permanente, en la que la gente puede hablar de sus cosas y en donde se crean hermosos vínculos de afecto.

Tanto en las implantaciones como en las instituciones, el aspecto material tiene su elocuencia, sostiene lo espiritual y lleva a la humildad. Así, cuando la gente va allí, a casa de las Hermanas, son ellos los que llevan la voz cantante. La Hermana habla en segundo término para com­partir o para ofrecer un servicio. De ahí nace que se les proponga mu­chas iniciativas, que llegan incluso a intercambios sobre el Evangelio.

En los proyectos comunitarios, se respeta el lugar que corresponde a la oración cotidiana. La gente ha de saber, en efecto, que las Herma­nas oran. Necesitan verlas y oírlas orar. La asamblea eucarística en la Iglesia permite que surjan iniciativas para la preparación litúrgica. Las Hermanas permanecen siempre en un segundo plano, nunca hacen las cosas en lugar de la gente, ni allí, ni en las asociaciones o los sindica­tos, son plenamente siervas por su trabajo y por su presencia, sirven a la comunión entre todos.

Lo que caracteriza a estas implantaciones, de cualquier Provincia que sean, es que las Hermanas han sido enviadas por la Provincia, como respuesta a un llamamiento, y que no han elegido a sus compa­ñeras. Pero han tomado una opción fundamental por la pobreza, a fin de comulgar con los pobres, en los que contemplan a Jesucristo. Con más o menos acierto, han escapado a los lazos de las compensaciones pro­gresivas, porque, como dice el P. Tillard, si no entramos en la opción de Dios por los pobres y el misterio de la pobreza, no haremos más que dar vueltas en torno a nuestro llamamiento.

¿Quiere esto decir que no existen dificultades?

La primera viene de una cierta exigencia de vivir en totalidad y radi­calmente los consejos evangélicos, como nos dicen las Constituciones, rechazando todo, dejarse llevar, toda concesión, bajo pretextos fáciles de encontrar, y que las revisiones comunitarias hechas semanalmente tratarán de desenmascarar y de eliminar.

A veces, habrá que soportar y afrontar un cierto enfrentamiento por parte de otros miembros de la Iglesia y la Compañía, permanecer abier­tas a las sugerencias, pero también fieles a la vía escogida de sencillez, de humildad y de pobreza en el servicio y la presencia, con toda la asce­sis que esto supone y salvaguardando siempre el equilibrio humano.

Es preciso también conservar el impulso, el entusiasmo, el optimis­mo misionero, sin disolverlo o confundirlo con un análisis político o una metodología sociopolítica orientada hacia una eficacia únicamente material que comporta la alienación de ciertas libertades, ser lúcidas sobre las ambigüedades, sobre las verdaderas y falsas solidaridades, por ejemplo.

Se corre el riesgo de cansarse o desalentarse por impaciencia ante la pasividad y lentitud de nuestro entorno, las dilaciones de Dios y nues­tros propios desfallecimientos en la fe y el amor. Hay que confesar, sin embargo, que estas comunidades transformadas y fieles tienen, pese a las dificultades, una irradiación extraordinaria de fraternidad, de alegría, de difusión evangélica. Lo he comprobado a través de algunas de ellas, no solamente en misiones ad gentes sino también en Provincias de paí­ses industrializados.

Descubro auténticas fuentes de esperanza porque en esas Comuni­dades:

La Compañía vive la autenticidad de su vocación vicenciana y con­tinúa profundizando en ella. Estas realizaciones tienen la pureza de los orígenes, y las Hermanas beben continuamente en el Evangelio y en la doctrina de los Fundadores la fuerza y la audacia misionera de los comienzos. Son nuevas ediciones de Margarita Naseau.

Estas comunidades proporcionan a las demás orientaciones para la reflexión y la búsqueda, son focos de sana provocación en el interior de las Provincias en que se encuentran. Dan una clara prioridad al amor a Dios y a los pobres, y a la pobreza, esa pobreza que, según palabras del P. Arrupe (en la reunión interamericana de religiosos, de febrero de 1977) debe hacernos dejar el «horno consumens» (la persona que con­sume) en que nos hemos convertido, para transformarnos en el «horno serviens», en sirvientes que se reconocen solidarios de los demás, her­manos de todos. La frugalidad, la pobreza, nos hacen más aptos para servir en solidaridad, con un sentido modesto de lo que basta.

Las comunidades de que les hablo, implantaciones o instituciones, han descubierto en contacto con los pobres la justa noción de lo que es suficiente y, como dice también el P. Arrupe, no se dejan extraviar por los espejismos de la eficacia. De esta forma, son verdaderamente misio­neras y ven crecer a Cristo en torno suyo, porque el mundo necesita un testimonio palpable, irrecusable, que lo conmueva con su fuerza, que lo impacte, forzándolo a abrir los ojos a la realidad de su problema y a su única solución. Siguen siendo palabras del P. Arrupe. Hay que leer y meditar toda esta conferencia. ¿Cómo hablar de la justicia y combatir por ella, sigue diciendo, cuando gozamos de un nivel de vida superior al de nuestro entorno? La preocupación por mantener la sencillez de vida y la frugalidad, desprende a las Hermanas y las sostiene de hecho para dar prioridad al servicio evangelizador de los pobres.

Es una ilustración del núm. 76 de «Evangelii Nuntiandi». «El mundo reclama y espera de nosotros sencillez de vida, espíritu de oración, caridad hacia todos, especialmente hacia los pequeños y los pobres, obediencia y humildad, desprendimiento de nosotros mismos y renunciamiento».2

Otra fuente de esperanza, la toma de conciencia, a través de estos esfuerzos por transformarse, de que la Compañía está profundamente comprometida en la evangelización, que es misionera, en busca siem­pre de una imitación de Jesucristo más auténtica, que trata de hacer el Evangelio vivo, comprensible y deseable para los pobres, con realida­des y no con discursos.

De ello, se desprenden algunas consecuencias. La utilidad de las asambleas en general. La Compañía necesita que sus miembros tengan intercambios, participen, que se logre una auténtica comunicación de comunidad a comunidad, de Provincia a Provincia, comunicación más sencilla, más sincera, caracterizada por el amor y el deseo de transfor­marse en fidelidad al objetivo común, el servicio a Cristo en los pobres.

A partir de esta búsqueda de la verdad, tanto las Asambleas Pro­vinciales como la Asamblea General, deben promover las líneas de fuer­za y de orientación comunes, que permitirán a la Compañía prestar a la Iglesia el servicio que de ella espera hoy, ser un signo colectivo de Jesu­cristo presente entre los pobres. Por ejemplo:

  • Reflexionar, a partir de lo que viven las Hijas de la Caridad, en la noción auténtica de servicio vicenciano en todas sus dimensiones y bajo todos sus aspectos, en la Compañía y, por ella, en la Igle­sia hoy.
  • Preguntarnos juntas dónde y cómo dejamos ver la totalidad y la radicalidad de los consejos evangélicos de que hablan las Cons­tituciones, pobreza, castidad, obediencia. Qué compromisos aje­nos a ellos se han introducido y cómo una revitalización del amor puede ayudarnos a superarlos. Ya que vivir las Bienaventuranzas con la mayor autenticidad posible representa para los pobres una magnífica promesa y sigue siendo manantial de esperanza.
  • Definir lo que reconocemos como urgencias misioneras priorita­rias, es decir, cómo enfocamos hoy la respuesta a la consigna «La Caridad de Jesucristo Crucificado nos apremia» en lo que respec­ta a los pobres.

Las Asambleas, Provinciales y General, constituyen una ocasión extraordinaria de discernimiento espiritual en torno a la autenticidad de la vocación y de lo que hay que mantener contra todo (lo que ha quedado caduco debe desaparecer, naturalmente). Hay criterios de vida según Jesucristo y el Evangelio y de pertenencia a la Compañía que no pueden eliminarse.

Pidamos a santa Luisa, tan devota del Espíritu Santo, la mística del Espíritu Santo, como la llama Mons. Calvet, que nos obtenga la luz y la fuerza. Ella decía: «El Espíritu nos llena del puro amor a Dios. El Espíritu nos hace dóciles a Dios».3

Que, en las instituciones o fuera de ellas, el Espíritu Santo nos ayude a encontrar el camino de renovación, del rejuvenecimiento, contemplan­do a Jesucristo, fuente de nuestra esperanza. Pero démosle gracias, ya desde ahora, por esos brotes nuevos, que surgen aquí y allá, plenos de savia y de vigor, de alegría y de promesa misionera. Ser fieles es trans­formarse por amor con fe y con esperanza.

Responde, Señor, con bondad a las peticiones que te dirige tu pue­blo en la oración. Da a cada una de las Hermanas una clara visión de lo que debe hacer y la fuerza para cumplirlo. Pues, como dijo el Profeta: «en tiempo favorable, te escucharé».4

  1. IX, 240.
  2. Pablo VI, EN, 76.
  3. SLM, p. 809.
  4. Is 49,8.

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