Lucía Rogé: El compromiso comunitario de la Hija de la Caridad

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Lucía RogéLeave a Comment

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Autor: Lucía Rogé, H.C. .
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Sor Lucía Rogé, H.C.
Sor Lucía Rogé, H.C.

París, 17 de abril de 1979

Prosiguiendo el trabajo de profundización sobre nuestra pertenencia a la Compañía de las Hijas de la Caridad, siervas de los pobres, conti­nuaremos esta mañana, con algunos puntos acerca del compromiso comunitario.

Cada una de nosotras dio el primer paso hacia este compromiso, al pedir su admisión en la Compañía de las Hijas de la Caridad. Nos hemos comprometido en la Compañía, para responder a la llamada de Dios y para hacer su voluntad y esto, libremente. Después, nos encon­tramos unidas a otras muchas Hermanas por los mismos lazos: Dios y los pobres, Cristo y la Iglesia.

La Compañía de las Hijas de la Caridad viene a ser nuestra familia espiritual, con su fisonomía personal y única. Si bien, muchas familias espirituales se quieren considerar de san Vicente, ninguna, a excep­ción de las Hijas de la Caridad, puede decirse fundada al mismo tiem­po, por san Vicente y santa Luisa. Todo lo que ellos vivieron, sus pen­samientos, sus ejemplos, constituye nuestro alimento espiritual. Vivimos en esta familia con un alma común de la que todas somos res­ponsables.

Nuestro compromiso comunitario se sitúa como continuación del de nuestro bautismo. Al solicitar nuestra admisión en la Compañía, hemos querido comprometer todo nuestro ser en la línea bautismal, de una manera radical, para vivir de verdad el «totalmente entregadas a Dios para el servicio de los pobres». Partiendo de ahí, les propongo unos puntos de reflexión:

  1. Compromiso comunitario, toma de conciencia de una llamada.
  2. Compromiso comunitario, conocimiento de la Compañía.
  3. Compromiso comunitario, lucidez de respuesta.
  4. Compromiso comunitario, madurez en la vivencia.
  5. Compromiso comunitario, amor a Dios, amor a los pobres, amor mutuo, amor a la Compañía (según el espíritu de las Hijas de la Caridad).

1. Compromiso comunitario, toma de conciencia de una llamada.

Cuando nos sentimos llamadas a darnos a Dios, a amarlo de mane­ra absoluta, a servirlo, finalmente, entramos en comunión más íntima con Él, buscando su voluntad. El discernimiento se operó en nosotras, por caminos diversos, conocidos por nosotras solas y, finalmente, entramos en la Compañía. Para ninguna de nosotras, creo yo, fue esto el resulta­do de un cara o cruz, sino el convencimiento de cumplir el designio de Dios sobre nosotras. Este punto es importante para ayudarnos a vencer, en momentos de incertidumbre o de fluctuación que, el tentador puede siempre presentarnos. «No hay ningún árbol que se vea libre de gusa­nos, así como, no hay Hija de la Caridad que no tenga tentaciones con­tra su vocación. Pero hay que resistirlas con coraje y no escucharlas nunca, por muy buenas apariencias que tengan».1

La opción-respuesta que representa la entrada en la Compañía, se va autentificando a través de las sucesivas pruebas de la Formación: Postulantado, Seminario, Juniorado. Vamos percibiendo, más netamen­te cada vez, la concordancia entre el proyecto de la Compañía, la doc­trina de los Fundadores, condensada en las Constituciones, y nosotras mismas. Comprometidas en la Compañía, enfocamos nuestra respuesta para toda la vida. Esta vida está aún delante de ustedes. Para cada una, será diferente e imprevisible, según los acontecimientos exteriores y comunitarios, y según lo que sean ustedes mismas. Sin embargo, esta­rán siempre, a través de sus vocaciones personales, unidas comunita­riamente, por la llamada de Dios a la misma familia de las Hijas de la Caridad, para servir a Cristo en los pobres, impregnadas del mismo espíritu evangélico de humildad, sencillez y caridad. Dios las ha llama­do a esta Compañía y su designio sobre ustedes se cumple a través de esta Compañía. Pueden leer, sobre este asunto, la Conferencia de san Vicente, del 25 de mayo de 1654.

2. Compromiso comunitario, conocimiento de la Compañía.

Este compromiso supone que se va acrecentando en ustedes el conocimiento de la Compañía, de su espíritu, de su finalidad, de su vida, de su historia de ayer y de hoy. Conocimiento actualizado de sus estructuras materiales y humanas. Conocimiento de sus posibilidades y de sus deficiencias, de lo que se hace y de lo que se deja de hacer, de sus ale­grías y de sus sufrimientos, de sus martirios (hoy también los hay). Eso evita emitir juicios, a veces, injustos o falsos. La Compañía está viva y, como todo ser vivo, se transforma, pero permaneciendo impregnada de la misma savia. La Compañía no está estática, por tanto, actualicemos nuestro conocimiento de la Compañía, de su realidad total, so pena de ser, empleando los mismos términos de san Vicente, «personas de hori­zontes reducidos», «caracoles»2 encerrados en su concha. Ahora bien, estas reuniones les ayudan a descubrir la vitalidad de cada una de sus Provincias y todas las Provincias juntas forman la Compañía.

Conocimiento de la Compañía, pero en línea de su espíritu, el de humildad. El P. Chalumeau nos ha recordado la humildad de cuerpo. Esto es muy importante. Evitemos todo lo que pueda dar impresión de grandeza, de poder, de triunfo, como citar el número de Hermanas, de comunidades, la facilidad de relaciones aquí o allá. San Vicente reco­mendaba: «No decir palabras que tiendan a la alabanza vuestra o de la Compañía».3 Practiquemos, pues, la humildad de cuerpo (de la Compa­ñía), en sencillez, sin ostentación, sin complejos frente a las servidum­bres que impone la extensión de la Familia. Por el contrario, sintámonos felices interiormente de todos los testimonios de vida, recibidos tanto en el pasado como en el presente. Fueron dictados por la fe, por el amor a los pobres, por la fidelidad a la vocación.

La Compañía es una realidad compuesta de personas, no de abs­tracciones. Ayer, la señorita Le Gras, Mathurina Guérin. Más tarde, Cata­lina Labouré, Isabel Seton, Sor Brandis, la Madre Guillemin. Ellas supie­ron comprometerse a fondo en la Compañía. Hoy, son ustedes. Mañana, serán las actuales postulantes de las respectivas Provincias. Los lazos entre ellas y nosotras han de anudarse por la práctica de los valores descubiertos por los Fundadores, los del carisma vicenciano, con las exigencias que encierra. Estos valores son de todos los tiempos y de todas las situaciones, porque son evangélicos. Hacen nacer constante­mente brotes nuevos, en el árbol vicenciano. Ayer, el servicio a los for­zados, hoy, las comunidades de base, con una auténtica búsqueda de la fidelidad. Comprometerse en una comunidad, supone, por consi­guiente, el conocimiento del carisma de los Fundadores y su expresión concreta en la vida.

3. Compromiso comunitario, lucidez de respuesta.

La respuesta que debemos dar constantemente, en fidelidad a nuestro compromiso comunitario, exige lucidez. «Se os advirtió de ello cuando entrasteis en la Compañía; prometisteis hacerlo así y no fuisteis admitidas sin haberlo prometido; de forma que no hay ninguna excusa que os pueda dispensar».4

Espero que, en todo lo que se va a decir, encontrarán ustedes, pistas de reflexión sobre esta lucidez, con relación al trabajo misionero, a lo específicamente vicenciano y a las exigencias personales y comunitarias.

Lucidez, compromiso y trabajo misionero

Las Constituciones nos lo recuerdan: «Siendo fundamental su com­promiso de Hijas de la Caridad…».5 Lo primordial, para una Hija de la Cari­dad, es su relación con Cristo a quien encuentra, sirve y ama en los pobres, como en la Eucaristía y en la oración. Todo lo demás es secun­dario con relación a este fin. Todo lo demás, es decir, todo objetivo, toda opción, toda orientación y toda acción. Puede que se presenten nuevos compromisos, pero serán secundarios con relación al de Hija de la Cari­dad. Debe mantenerse lúcida y libre para evitar compromisos, ambi­güedades, pérdida del sentido de mi consagración y hasta de mi vida cristiana. Por ejemplo, la Hija de la Caridad debe luchar por la justicia. Sí, pero como tantas veces ha repetido san Vicente, es también una «buena cristiana». Por consiguiente, le resulta imposible comprometerse en un camino que la llevaría a dar preferencia a la violencia en contra del espí­ritu del evangelio. La violencia proviene del odio y crea otras injusticias.

Lucidez y lo específicamente vicenciano

Si las Hijas de la Caridad, siervas de los pobres, tuviéramos que adoptar, como los partidos políticos, un emblema o un signo simbólico (la hoz y el martillo, una rosa, u otra cosa), tendríamos que optar por poner una palangana y una toalla. Desde nuestro Señor, el lavar los pies a los demás, manifiesta el deseo de servirles. Es verdad que, no es el único gesto. Hay otros más urgentes, y otros gestos de solidaridad que mostrarles. Sin embargo, para aquéllos a los cuales, por vocación, somos enviadas, podríamos preguntarnos si buscamos bien los gestos que nos comprometen plenamente y hablan por sí mismos a la gente sencilla, a aquéllos a quienes hemos sido enviadas. Para vivir la auten­ticidad primitiva de nuestra vocación de siervas, tal vez, tengamos que volver a descubrir la actitud de corazón que supone lavar los pies, e inventar nuevos gestos que los pobres esperan. Las actitudes y los ges­tos revelan por sí mismos el amor y la fe que los animan. Existen dilu­ciones de carisma que conducen a la pérdida de identidad, después de lo cual, ya no queda nada que decir al mundo.

Lucidez y exigencias personales

Esta lucidez va más lejos todavía. Nos hace ver que la Hija de la Caridad se compromete a darse totalmente a Dios para servirle corpo­ral y espiritualmente en los pobres. De este modo, debemos proclamar por el testimonio personal y comunitario, y a través de nuestra actitud de servicio, que Cristo lo es todo para nosotras. Que, por fidelidad a su amor, a su doctrina, a los consejos evangélicos, estamos decididas a mantenernos, a llegar hasta el desprecio, que san Vicente nos indica y que ustedes han destacado en sus síntesis. Aceptar con lucidez, ser cri­ticadas, excluidas por algunos, antes que abandonar a Jesucristo, y puede ir aún más lejos, hasta la persecución, hasta dar la vida.

«Revestíos de Jesucristo», nos repite san Vicente. «La regla de vida de las Hijas de la Caridad es Cristo», nos dicen las Constituciones. Pero la doctrina de Cristo es el evangelio. ¿Qué dimensión toma el evangelio en nuestra vida, en mi vida? Tratemos de discernir juiciosa­mente y con lucidez las falsas teorías que lo transforman en opción social o en programa político. Conservemos la lucidez ante las presio­nes y manipulaciones, más o menos conscientes. Hemos orientado -he orientado- nuestra vida en el sentido de servir a Cristo en los pobres, en la Compañía de las Hijas de la Caridad. Nada puede hacer­nos renunciar a ello.

Lucidez y exigencias comunitarias

La respuesta que hay que dar claramente, concierne también a la vida comunitaria de cada día, dentro de cada comunidad local, célula de la Compañía, célula de la Iglesia. ¿Somos lúcidas acerca del testimonio de vida fraterna que hemos de dar? Ese «sed uno», es necesario que lo tengamos siempre presente en el apostolado. La actitud misio­nera de una comunidad comienza por la estima recíproca de las Her­manas entre sí, la amistad que vence los roces diarios. ¿Qué sacrificios hemos hecho para hacer vivir de verdad, la comunidad en que esta­mos? ¿Qué gestos concretos de perdón, de reconciliación, de atención, de tolerancia, hemos hecho para acrecentar esta vitalidad comunitaria a la que nos hemos comprometido? El perdón es más fuerte que el mal, y el amor más vivo (portador de vida) que el rechazo del otro.

¿Dónde situamos y cómo vivimos nuestra solidaridad con la Compa­ñía, con cada Hija de la Caridad? Aquélla, oprimida por tal régimen polí­tico, ésta, deformada por tal otro, las dos acosadas en su posibilidad de realización vocacional de servicio al pobre. ¿Dónde situamos nuestras propias deficiencias en este gran cuerpo, al que pertenecemos? Solidari­dad con cada Hija de la Caridad y con la Compañía: mi responsabilidad está comprometida. ¿Soy consciente de mi participación en la vida, en los sufrimientos y alegrías del conjunto y, también, de mis omisiones, provo­cadas por la pasividad, tal vez, por desconocimiento? ¿Soy fiel a la obra de Cristo en las Hermanas, fiel a Cristo que nos ha reunido?

Lucidez ante nuestra flaqueza

Lucidez, finalmente, ante nuestra pobre flaqueza. Esto es humildad. Directamente opuesta a la humildad es la suficiencia de la que juzga sin matizar, porque ella todo lo sabe y nada tiene que aprender de los que la rodean, de la que siempre tiene una respuesta, tiene la solución y no sabe buscarla con los demás y que, por consiguiente, no sabe partici­par en su promoción.

Ante nuestra pobreza, esta lucidez nos hace descubrir que no se sigue el evangelio, que no se sigue a Cristo, sin oración, sin aceptar la Cruz, sobre todo, bajo la forma de desprendimiento interior, de despe­go, de adhesión al misterio Pascual.

La lucidez ante las exigencias de nuestro compromiso de Hijas de la Caridad, ha de pedirse con frecuencia al Espíritu de amor, como hacía santa Luisa. De lo contrario, corremos el riesgo de consentir implícitamente en sentimiento de desconfianza, sectarismos, intoleran­cias, rechazos o, al contrario, complacencias, lasitudes, dimisiones en la vida fraterna, que van contra la caridad, hacia la que deben con­verger todos nuestros pensamientos y actitudes.

4. Compromiso comunitario, madurez en la vivencia.

Preguntaban el otro día, en los informes, ¿por qué no interrogarse acer­ca de las Hermanas que permanecen en la Compañía, más que sobre las que se salen? Me parece una advertencia muy a propósito, aunque toda salida debe interpelarnos muy seriamente. Referente a este asunto, con ocasión del Encuentro de Visitadoras en 1977, se hizo un estudio y llega­mos a constataciones que esclarecen, sobre todo, en el plano de la Formación. Pero, pensemos también en la fidelidad de tantas otras.

Sería ingenuo pensar que las 36.700 Hijas de la Caridad de hoy, tie­nen todas unas comunidades, pequeños paraísos, de que hablaba san Vicente, y que, cuando se les propone un cambio, se van con un corazón alegre, pensando que van a encontrar otro paraíso. La verdad obliga a reflexionar. Las 36.700 también tienen dificultades con respecto a la obe­diencia. Superan sin duda, igualmente, un cierto número de problemas afectivos. Tales dificultades no se vencen de una vez para siempre. Son problemas que aparecen constantemente, poniendo a prueba la fe, que es la que permite vencerlos. Al mismo tiempo, purifican el corazón y lo dilatan abriéndolo a la palabra de Dios y de acogida a los demás.

Los cincuenta o sesenta años de vocación constituyen ante todo, can­tos humildes de victoria. La fidelidad al amor de que dan testimonio, repre­senta un dinamismo interior, no una pasividad. La madurez en la vivencia es eso, asumir las situaciones en las que estamos comprometidas, no sólo una vez, sino toda la vida. Nuestra entrada en la Compañía supone un asentimiento libre y definitivo (intención de santa Luisa) al proyecto de la Compañía, es decir, a la doctrina de los Fundadores, aunque las modali­dades de vida concreta se renueven constantemente. No es cuestión de suprimir la existencia de las dificultades que surgen, sino de hacerles fren­te, con suficiente madurez. La Compañía no es una selección de jóvenes, escogidas entre lo mejor. La vocación de Hija de la Caridad no requiere un diploma de capacidad especial y, sin embargo, está muy por encima de todas nosotras. La madurez consiste en reconocer que somos muy poca cosa, ante la obra que debemos emprender en común.

Madurez respecto a la vida comunitaria

Dentro del compañerismo de la vida comunitaria que se quiere fra­terna sentimos decepciones. Éstas pueden coincidir además con una vida misionera ruda, con un cansancio acumulado, con una aparente ineficacia. La prueba puede ir más lejos todavía, llegar a la calumnia (como le aconteció a san Vicente con el juez de Sore, pasando por la humillación de ser considerado como un ladrón), con el consiguiente aislamiento e incomprensión. Esta prueba es la cruz. La madurez, en la vivencia del compromiso de Hija de la Caridad, es la visión y la actitud de fe ante la cruz. «Nada te turbe… sólo Dios basta». Un padre jesuita decía: «Comprometerse de verdad, es firmar, por así decir, un cheque en blanco para Dios, sin saber lo que va a escribir en él».

Madurez en el comportamiento personal

La madurez, en la vivencia de un compromiso, es también el coraje de ser diferente, de vivir la propia identidad, si enrojecer por las parti­cularidades que esto encierra. El deseo de querer siempre lo que los otros hacen (entiendan comunidades u otros grupos), tienen cierta ana­logía con la adolescencia. Seguir siempre la línea de la opinión ajena, aunque sea, a veces, eclesial, es ceder con demasiada facilidad, a la espontaneidad. La madurez toma tiempo para sentarse, juntas, a refle­xionar sobre lo que se va a edificar en común.

La madurez, de la que estoy hablando, no es una actitud estática, es una disposición de amor a Dios, que se va afirmando. Es una capa­cidad de ternura en marcha, que nos ayuda a asumir una cierta soledad, incluso, en comunidad. Además, poco a poco, vamos descubriendo que esta soledad resulta indispensable para la intimidad con el Señor, condición de crecimiento en el amor. La madurez nos libera de la preo­cupación por la aprobación de los demás, de la necesidad de unanimi­dad que se encuentra en ciertos grupos de jóvenes. Nos impide chocar ante la vocación, cuando, evolucionando humanamente, nos descubri­mos diferentes del momento de partida. Decir, por eso, que no se tiene vocación, es poner en evidencia que no hemos acrecentado, no conso­lidado, las motivaciones de nuestra entrada en la Compañía. La Virgen María dijo «sí», luego fue asumiendo, día a día, esta decisión, durante los treinta y tres años de la vida de su Hijo, con la variedad de situaciones concretas y dolorosas, que comprenden los misterios de la Encarnación y Redención.

5. Compromiso comunitario, amor.

El compromiso en la Compañía es como un nuevo nacimiento (uste­des hacían alusión a esto, el otro día) que exige, a medida que se va avanzando en él, un desarrollo de lo que constituye su espíritu, «amor de Nuestro Señor, amor a los pobres, vuestro amor mutuo, la humildad y la sencillez».6 Son las palabras de san Vicente, a veces, expresadas así, vivir el servicio a Cristo en los pobres, con un amor sencillo, humilde y en comunidad.

No quisiera insistir sobre el amor a Dios y a los pobres, porque ya les han hablado mucho y mejor de lo que yo pueda hacerlo, pero me voy a detener en algunos puntos respecto al amor entre nosotras.

«El pequeño paraíso»,7 del que les hablaba san Vicente, reúne Her­manas de diferente personalidad, cada una con sus particularidades más acentuadas, ése «se amarán entre sí», supone, por consiguiente un querer construir una comunidad, sobrepasando las diferencias, basada en la unidad, el carisma y los valores. «El amor entre vosotras ha de ser tan sólido que no haya nada capaz de alterarlo».8 He visto en su infor­mes, el deseo de ser veraces en este punto, sobrepasando la cortesía o delicadeza superficial. En comunidad, todas somos responsables de la verdad, llamadas a actuar siempre en verdad.

La caridad se vive en situaciones difíciles,9 por no decir en conflic­tos, agresividades latentes, a veces, rencores ocultos. El amor entre nosotras se manifiesta por un deseo de encuentro, de reconciliación, renovada tantas veces como sea necesario («setenta veces siete»10 ), de salir al encuentro, dando el primer paso. Es creer que, la relación entre nosotras, el amor a Cristo, es más fuerte que todas nuestras tendencias separatistas. Ese amor entre nosotras puede vivir el afrontar, el buscar en común las divergencias, sin que se rompa la comunión. De nuevo, interviene aquí, la madurez, reflejándose en un comportamiento libre de todo deseo de atraer la atención y que sabe poner de relieve los valores de los demás. La vida fraterna vicenciana, el amor mutuo, del que habla san Vicente, se apoya en sólidos vínculos al servicio de la Misión. Hace nacer amistades profundas, duraderas, verdaderos Cirineos en el cami­no común a recorrer. Nuestro compromiso, el totalmente entregadas a Dios para servir a los pobres, nos une a nuestras Hermanas, colocadas también por Dios, allí, como un apoyo en nuestro camino. La comunidad es, en cierto modo, testigo del compromiso de amor que adquiero y ayuda en el mismo.

El espíritu de la Compañía no es más que uno de los puntos que nos la hacen amar. ¿Cómo permanecer en una comunidad sin amar su espí­ritu, sin vivir de él, sin amarlo sencillamente en su realidad de blanco y negro? San Vicente nos da las razones:

«Amamos a la Compañía porque es obra de Dios, nadie pensaba en ello. Que ha sido Dios quien os ha establecido, no cabe la menor duda».

«Dios os ha escogido por una gracia particular, Ilamándoos aquí», es una llamada personal para esta Compañía.

«En ella, se hace profesión de dar la vida para servir al prójimo por amor a Dios».11

El compromiso en la Compañía nos hace crecer en su amor, des­pierta en nosotras el deseo de conocerla en sus raíces y en su realidad de hoy, permitiéndonos vivir de su espíritu. El acto inicial de compromi­so, con motivo de nuestra entrada, continúa acrecentándose a través de los múltiples compromisos comunitarios. Un día, una Hermana pregun­tó, delante de mí, a nuestra Madre Guillemin: «Madre, ¿si usted hubiera sabido que iba a llegar a ser Superiora General, habría entrado en la Compañía de las Hijas de la Caridad?» La respuesta salió sencillamente, sin rodeos: sí. El sí inicial contenía en germen todos los demás.

Nuestra fidelidad a la llamada de Dios se expresa concretamente en la fidelidad al compromiso comunitario. Éste no puede perdurar, si no se reactualiza constantemente en el amor. Nos obliga a combatir la somno­lencia espiritual o pasividad, «a descubrir la felicidad que existe sirvien­do a los miembros de nuestro Señor».12

Reflexionar sobre el compromiso comunitario es también, ya lo han comprendido, vivir la fidelidad, esa fidelidad de la que se puede decir que es la magnífica vocación del que es dueño de su vida en una huma­nidad plenamente realizada, o también, es la opción cada vez más libre de un amor cada vez más fuerte.

  1. IX, 615.
  2. XI, 397.
  3. IX, 1112.
  4. IX, 815.
  5. C.34. Ed. de 1975.
  6. IX, 537.
  7. IX, 1030.
  8. IX, 1091.
  9. 1Cor 1,10-13.
  10. Mt 18, 22.
  11. IX, 416-417.
  12. IX, 611-624.

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