10 de julio de 1981
Al clausurar el Año Mariano, el próximo día 18 de julio va a señalar una nueva etapa en el caminar de la comunidad con la Virgen María. Camino que inició santa Luisa en Chartres, hace 337 años.
¿Qué vamos a hacer y qué vamos a ser a lo largo de este nuevo recorrido de la Compañía, que va a coincidir precisamente con el regreso de cada una de ustedes a sus Provincias? Este año Mariano nos ha permitido, con ayuda de los cuestionarios, volver a descubrir lo unida que está a la Virgen María nuestra vocación de siervas de Cristo en los pobres.
Todas deseamos quedarnos en el estadio de las reflexiones o comprobaciones. La reflexión profunda que hemos realizado sobre el mensaje ha hecho crecer en nosotras el deseo de transmitirlo a los demás, especialmente a los pobres. Nos ha inducido a confrontar nuestra vida con el mismo mensaje. Dios nos invita de nuevo a la conversión.
Todos los aspectos, todos los puntos del mensaje tienen su importancia y ya los hemos estudiado.
- Aspecto doctrinal y misionero:
- enseñanza y difusión de la Medalla,
- reunión y formación de la juventud, tomando a María como Maestra.
- Aspecto de vida espiritual personal y prioridad concedida a la oración.
- Aspecto de la vida de la Compañía en general, volviendo a poner en vigor la Regla.
Acerca de este último punto, podemos reflexionar juntas esta tarde. Reflexionar en él, para poder comprender qué es lo que hoy requiere una revisión de vida y también un cambio de vida.
Todas conocen este pasaje que empieza: «Tengo pena, hay grandes abusos, la regla no se observa».1 Detengámonos en esta primera parte de la conversación con la Virgen en la noche del 18 al 19 de julio. No caigan en la tentación de decirse que detenernos en esa palabras es dejarnos llevar por un sentimentalismo pasado de moda. La que habla es la Virgen. Ella, la que se quedó en pie junto a la Cruz. La que transmite el mensaje es santa Catalina. Precisamente, sus biógrafos han insistido y demostrado que no era una sentimental.
«Tengo pena», es la expresión del sufrimiento y de la ternura de la Virgen María. María sufre en el plano de la fe y en el del amor porque ama a Dios. Sufre porque nos ama también a nosotras. Ahora bien, las Reglas (hoy, las Constituciones) son la expresión del designio de Dios sobre cada una de nosotras. Más aún, cuando san Vicente se dirigió a las Hermanas el 29 de septiembre de 1655, les dio las motivaciones que tenemos para observar las Reglas. Dijo: «Es la bondad de Dios, la voluntad de Dios, los deseos de Dios, y el gozo de Dios… El Hijo de Dios no hizo otra cosa en la tierra que la voluntad de su padre».2 Entonces…
La Virgen María, cuando comprueba que ya no tenemos en cuenta motivaciones fundamentales para vivir las Reglas, se duele de ello. De ahí, ese «tengo pena».
San Vicente prosigue:
«Otra razón para guardar bien vuestras reglas es que todo va bien en una casa o Compañía donde se observan las reglas: la caridad, la paciencia de unas con otras, la humildad, la cordialidad; en una palabra, donde se guardan bien las reglas, las cosas van siempre bien, pues ellas señalan lo que hay que hacer para con Dios y para con el prójimo».3
«Tengo pena, la Regla no se observa». Es la fidelidad lo que Dios espera de nosotras. María, Virgen fiel, sufre al comprobar que su comunidad es infiel. Volviendo a la misma conferencia, san Vicente añade:
«Finalmente (las Reglas) las ha recibido la iglesia; y esto es una señal muy segura de que son de Dios».4
Ahora bien, este 150 aniversario del mensaje, que nos lleva a recordarlo, coincide con el tiempo en que nos estamos preparando para recibir la respuesta de Roma acerca de las Constituciones de 1980. Sabemos muy bien, en la fe, que esta coincidencia no es fortuita. María se halla ahí presente, para recordar a la Compañía cuál es el lugar de las Constituciones en nuestra vida. Es la forma discreta con la que ella suele actuar.
«Tengo pena. Las reglas no se observan. Hay una gran relajación en las dos Comunidades, díselo al que está encargado de ti. Tiene que hacer todo lo que pueda para volver a poner la regla en vigor. Dile de mi parte que vigile las malas lecturas, las pérdidas de tiempo y las visitas».5
Podríamos hacer aquí un paréntesis para poner de relieve la importancia que la Virgen María concede a la función de Director General. ¿Cuál era, pues, el clima comunitario de aquella época? En la circular para la Renovación de Votos (1-2-1804), puede leerse:
«Es doloroso ver cómo se ha debilitado el espíritu de nuestro santo estado. La fe no influye ya en casi ninguno de nuestros actos».6
Y el año siguiente, el 1º de febrero 1805:
«Veo que hay todavía verdaderas Hijas de la Caridad, unidas a Dios y a su vocación. Pero las hay también (y ojalá no sean el mayor número) que parecen no tener el menor recuerdo de lo que nuestras santas Reglas nos prescriben».7
Entremos en detalles, gracias a algunos ejemplos tomados también de las circulares, para poder situar mejor el contexto comunitario al que hacía referencia la Santísima Virgen. Después de haber puesto de relieve lo fácilmente que con falsos pretextos las Hermanas se dispensan de la oración, del silencio, de las lecturas, de los exámenes, la Superiora General (Sor Isabel Baudet) añade:
«¡Cuánto tendría que decirles acerca de la pobreza, ya que casi no se practica; de la obediencia, que apenas se conoce, ya que cada una no trata más que de satisfacer su propia voluntad, su inclinación, para escoger los lugares y empleos».8
Puede notarse que las faltas a la pobreza, con su corolario de vanidad, son uno de los temas más frecuentes. El año de las Apariciones, 1830, puede leerse en la circular, después de algunos ejemplos de vanidades, esta afirmación:
«Hay también Hermanas que no encuentran nunca cornetas bastante grandes ni cuellos bastante hermosos, ni jaretones bastante anchos. ¿En qué perdemos el tiempo?».9
Cuatro años después, es necesario insistir de nuevo:
«Tengo que señalarles también otras muchas faltas que van directamente en contra del voto de pobreza: la vanidad en la ropa blanca, en los hábitos y hasta en el calzado. Se llevan cornetas y cuellos de un tamaño ridículo».10
Las observaciones en cuanto a la obediencia y la facilidad con que se pide cambiar de casa, son también numerosas:
«Se promete a Dios obediencia, pero reservándose el seguir casi en todo la propia voluntad ya sea para escoger casa, oficio, etc. … Cuando se siente contrariada en sus gustos, se escribe carta sobre carta para recibir un destino, y apenas lo han conseguido, algunas vuelven a pedir se las envíe de nuevo a la casa que acaban de dejar, tras tanta insistencia».11
Hasta el servicio de los pobres dejaba de corresponder al espíritu de la vocación:
«Las hay entre nosotras que no tienen hacia los pobres la deferencia y la dulzura que exige la caridad, y ello es debido a que pierden de vista motivaciones de la fe. Si recordáramos que es a Jesucristo a quien servimos en sus personas, no nos permitiríamos palabras duras, reproches agrios con que se acompañan los servicios que se les prestan. No es de extrañar que se falte a los pobres, puesto que con frecuencia nos faltamos entre nosotras, dada la poca caridad y tolerancia que reina en algunas casas».12
Y esta otra observación referente a la dignidad de los pobres:
«Desearía también que se abstuviesen ustedes de tutear a los pobres. Son los representantes de nuestro Señor y dignos de todo respeto. Esta falta supone demasiada familiaridad y aun superioridad con relación a los que hemos de tratar con la deferencia que se debe a nuestros verdaderos señores».13
La sencillez parece ser también una conquista difícil si se juzga por la insistencia con que las Superioras Generales recuerdan sus exigencias concretas:
«El espíritu de sencillez no existe ya casi entre nosotras. Buscamos lo mejor en la ropa, en los muebles. Nos permitimos dar cera a los suelos de las habitaciones. Tener camas doradas, guarnecer con flecos las cortinas. En algunas casas ya no se distinguen las habitaciones de las Hijas de la Caridad de las de las personas del mundo. ¿Dónde está esa pobreza que prometemos a Dios por voto, esa humildad que tiene que hacernos recordar que, al ser siervas de los pobres, hemos de participar, en algo al menos, en su estado?».14
Después de haber enumerado siete recomendaciones urgentes, la Madre Antonia Beaucourt señala:
«El detallar todos los abusos que se han observado nos llevaría demasiado lejos».15
Se contenta, pues, con pedir que se suprima todo lo que puede ser contrario a la sencillez, que se evite todo refinamiento, aun con pretexto de espiritualidad.
Al escuchar la lectura de la circular, el año de sus votos, santa Catalina debió fijarse en los puntos siguientes:
- Recomendaciones relativas al servicio de los pobres, servicio de Jesucristo.
- Supresión de los cubiertos de plata, los relojes se reciben como «muebles» que se dejarán en la casa al marchar de ella.
- Protesta contra la suntuosidad y el refinamiento en la mesa los días de fiesta.
- Agradecimiento a María por sus favores, a pesar de nuestra indignidad.16
Sería necesario citar aún muchos puntos en los que insisten las Superioras, sobre todo, en la frecuencia e inutilidad de algunas visitas «que roban el tiempo a los pobres y les sirven de mal ejemplo», visitas, después de las cuales, las Hermanas tienen mucha dificultad en mantener su pensamiento ocupado en Dios, y que les dejan el gusto de las «mundanerías».
Estas observaciones corresponden a la realidad, a un deterioro de la fe y el amor y justifican la pena de la Virgen María, porque la fidelidad auténtica, amorosa, activa a la vocación, debe transparentarse en nuestra vida. Este esbozo de la vida de las Hermanas que presentan las Circulares justifica, repito, la intervención de la Virgen y sus palabras «tengo pena».
Hoy, en el 150 aniversario, tenemos las Constituciones ante nosotras. ¿Pensamos como san Vicente:
«No son los hombres los que las han inventado; es Dios el que las ha inspirado, después de haber consultado y probado por la experiencia si estaban bien?».17
- ¿Son para nosotras aquello que nos permite realizar la vocación a la que Dios nos ha llamado?
- ¿Reconocemos que nos comunican lo específico vicenciano de nuestro servicio y de nuestra presencia junto a los pobres?
- ¿Estamos resueltas a vivirlas por amor? ¿Por necesidad de transmitir ese amor?
Dios nos ha llamado y reunido porque nos amó y nos escogió: «Yo sé a quiénes escogí».18 Y nos pide que lo sigamos con los medios que Él mismo nos propone por medio de las Constituciones. Así es como hace una sirvienta, utiliza los medios que le dan para hacer su trabajo.
Según san Vicente, las Constituciones nos son indispensables para conservar el recuerdo de lo que Dios nos pide. Además:
«Mientras estéis unidas y ligadas juntamente por una práctica fiel de vuestras Reglas, estaréis dentro de la forma de vida que Nuestro Señor os pide».19
Aquí tenemos una dimensión misionera de nuestras Constituciones. Nos unen, «que todos sean uno,… y el mundo crea…».20
¿Tenemos hoy, como en 1830, interrogantes que plantearnos sobre nuestra manera de vivir la pobreza, la obediencia, la castidad, el servicio de los pobres? La evolución rápida de la sociedad no permite que establezcamos comparaciones entre ambas situaciones. Pero tenemos que cuestionamos, al nivel de las motivaciones fundamentales, que siguen siendo las mismas, acerca de nuestro actuar hoy.
Por lo que se refiere a la pobreza, contemplamos a Cristo pobre para unirnos a nuestros amos y señores en la línea de las Bienaventuranzas. De esa forma es como, pongamos por ejemplo, una revisión de vida individual y comunitaria tenaz hecha con regularidad sobre este punto, nos llevará a eliminar lo superfluo de nuestras vidas. Toda ocasión de gasto que se nos presente, buscando equivalencia en la posibilidad de compartir algo con ellos y entrando para ello hasta en los detalles: una foto más o menos puede ser un tazón de arroz en algunos países lo que adquiere peso de vida humana.
Y la pobreza interior sabemos que es siempre seguir a Jesucristo manso y humilde de corazón. Dios es humilde por amor y nos lo traduce en Jesucristo, a través de una actitud muy en consonancia con la vocación vicenciana. La actitud de siervo que adopta Jesús en el Lavatorio de los pies. La Edad Media supo plasmar admirablemente en la piedra el Lavatorio de los pies (pueden ustedes admirar luego este pasaje en la iglesia Abacial de San Gil, en Gard). El Señor está a los pies de san Pedro. El Señor tiene el rostro vuelto hacia san Pedro; está de rodillas; actitud de siervo, con la cabeza y la mirada alzadas hacia Pedro a quien está sirviendo. Ésta es otra de las actitudes del servicio. Cuando una se sitúa en su condición de sierva, de sirvienta, no mira a los demás desde arriba, por encima del hombro, desde sus posibilidades, desde sus títulos, desde su seguridad o desde su estatuto social o eclesiástico. Sí, ¿cómo traducir hoy, en nuestra vida diaria, esa actitud de profunda pobreza interior, de humildad, propia de nuestra vocación de siervas? ¿Cómo llegar a ser verdaderamente siervas y a no ser más que eso, haciéndonos a un lado ante el Maestro, el amo, y facilitando su acción, la de Él, como hizo María en Caná?
Este servicio a Cristo en los pobres es, en último término, la actitud interior, de arrodillarse ante aquél a quien nos disponemos a lavarle los pies. Es cierto que la actitud de servicio debe abarcar todo nuestro ser, cualquiera que sea la función que desempeñemos. Pero tenemos que resistirnos de continuo a la tentación de que se nos sirva, de resistirnos a entrar por un camino de dependencia. Por ejemplo, el que nos señalan las Constituciones.
La dependencia de las Constituciones nos permiten hacer más acusados en nosotras los rasgos de nuestra identidad, la que Dios nos ha dado y la Iglesia ha reconocido. Hemos aceptado libremente esa dependencia y, constantemente, exige de nosotras una fidelidad activa que encierra en ella todas nuestras jornadas. La Santísima Virgen hizo una observación general: «La Regla no se observa» y después la ilustró con ejemplos: visitas inútiles, pérdidas de tiempo; dio ejemplos, como se hace con los niños.
En sus conferencias a las primeras Hermanas, san Vicente deja sentado el valor del tiempo para una Hija de la Caridad. Ese tiempo pertenece a Dios y a los pobres, dice. Ese tiempo es, pues, entera propiedad de Dios. Constituye la trama del don de la vida de una Hija de la Caridad. Caer en las desviaciones señaladas por la Santísima Virgen es faltar a la justicia, a la pobreza, a la obediencia. Los ejemplos apuntados por la Virgen nos muestran con claridad que ningún punto de las Constituciones puede minimizarse. Las Constituciones forman un todo. Por ellas podemos llegar a la realización plena de nuestra vocación de Hijas de la Caridad y de buenas cristianas.
San Vicente nos lo explica así. Las Reglas nos orientan siempre hacia Dios y a rechazar el pecado:
«Vienen de Dios y tienden todas ellas hacia Dios…. No tienen otro fin que el de perfeccionarnos… Así, pues, tienden a ayudarnos a que nos salvemos más fácilmente… Las almas que aman a Nuestro Señor no se ponen a mirar, si no hago tal cosa ¿pecaré? Al contrario, basta con decirles que con ello agradan a su divino Esposo para que se pongan a hacer todo lo que pueden».21
Pero la Compañía, que está en el mundo sin ser del mundo, sufre las presiones de éste. Ya las conocen ustedes: materialismo, consumo, erotismo, el binomio paradójico individualismo-colectivismo, secularismo, superficialidad. Si la Compañía que somos cada una de nosotras cede a esas presiones, se desnaturaliza, pierde su identidad, esa identidad que tiene su origen en la fe y se apoya en la pobreza, la castidad, el servicio a los demás y, sobre todo, a los más pobres, la vida interior, la vida como Iglesia. Porque nuestra vocación se sitúa y se realiza, en efecto, en Iglesia, por la Iglesia y para la Iglesia.
La Iglesia se dispone a darnos en un futuro próximo la respuesta a las Constituciones-80. Recibiremos, pues, las Constituciones en la prolongación del Año Mariano que termina ahora. Cuando las recibamos, pensemos en la Virgen: «Tengo pena… La Regla no se observa… Hay gran relajación». Preparémonos a vivirlas no como unas estructuras, sino como una exigencia misionera, como un vínculo entre nosotras, como una expresión de amor. Si existen estructuras, son estructuras pascuales que generan vida y alegría.
* Como una exigencia misionera. Son, en efecto, el proyecto general, el proyecto de la Compañía. La Compañía, en nombre de la Iglesia, nos envía a la misión. A través de los miembros del Consejo General y de la Provincia, la Compañía es la que tiene, en último término, la responsabilidad de nuestro trabajo misionero ante la Iglesia y ante Dios. Ahora bien, todas las condiciones para el cumplimiento y el dinamismo de ese trabajo misionero están condensadas en las Constituciones. En ellas vemos de manera muy especial la expresión de Pablo VI.
* Las Constituciones nos colocan también en una situación misionera porque son vínculo entre nosotras, es decir, un factor de unión. Cuando una comunidad local las acoge y vive de ellas, son signo de pertenencia a la Compañía, a su espíritu, a sus mártires, a sus debilidades, a un servicio a la Iglesia, al de los pobres extendidos por tantos lugares tan diferentes de los que vienen ustedes. Nos unen las unas a las otras a lo largo de la ronda de las horas, de los meses, de los años, en el mismo espíritu. Transmiten la misma vida, crean entre nosotras la unidad en el mismo reconocimiento de Dios en los pobres.
«Lo que habéis hecho a uno de éstos mis más pequeños hermanos, a mí lo habéis hecho. Tuve hambre, estaba desnudo, enfermo, encarcelado…» dice Jesucristo».22 «Una Hermana irá diez veces al día a ver a los enfermos y diez veces al día encontrará a Dios»,23 dice san Vicente.
Nos unen en la misma búsqueda del amor, en el que encontramos y damos las mismas respuestas.
* Por ese mismo hecho, las Constituciones pueden y deben llegar a ser para nosotras la expresión de una vivencia de amor. Acojámoslas, pues, con las disposiciones interiores con que María recibía la palabra de Dios. La acogida abierta, sin reservas, disponible, manifiesta el amor. Sin esa acogida amorosa dispensada a las Constituciones, nos será muy difícil vivirías y por lo tanto tener parte en la verdadera vida de la Compañía, ser Hija de la Caridad. San Vicente, en la conferencia del 20 de septiembre de 1655, insiste varias veces en el tema. Vuestras Reglas son fáciles:
«Guardad vuestras Reglas, son suaves y fáciles».24
Es como un eco a la palabra evangélica: «Mi yugo es suave y mi carga ligera».25
San Vicente afirma que Dios es, de manera especial, el Padre de las Hijas de la Caridad, y santa Luisa nos pide que miremos a María como a nuestra única Madre. ¿Cómo dudar de que la acción del Espíritu opera en la Compañía y a través de los medios que ella nos proporciona? Estas Constituciones nos ofrecen la oportunidad de traducir, en humildad y sencillez, el amor a Jesucristo Crucificado que nos apremia, ese amor que es precisamente el que nos ha traído a la Compañía.
Quisiera terminar con una cita de Puebla aplicada a la Compañía:
«Que con nueva lucidez y decisión quiere evangelizar en lo hondo, en la raíz, en la cultura del pueblo, se vuelve a María para que el evangelio se haga más carne, más corazón del mundo».26
«Ésta es la hora de María, tiempo de un nuevo Pentecostés que ella preside con su oración, cuando bajo el impulso del Espíritu, la Compañía inicia un nuevo tramo en su peregrinar. Que María sea en ese camino estrella de la evangelización siempre renovada».27
- R. LAURENTIN, O. C., p. 63.
- IX, 734.
- IX, 735.
- IX, 737.
- R. LAURENTIN, o.c. p. 63.
- Cartas Circulares de las Superioras Generales, Madrid, 1914, p. 74.
- Ibídem, p. 76.
- Ibídem, p. 86.
- Ibídem, p. 106.
- Ibídem, p. 113.
- Ibídem, p. 92.
- Ibídem, p. 93.
- Carta Circular del 1 de febrero de 1812.
- Carta Circular del 1 de febrero de 1823, Madrid, 1914, p. 94.
- Ibídem, p. 103.
- Carta Circular del 1 de febrero de 1835.
- IX, 737.
- Jn 13, 18.
- IX, 203.
- Jn 17, 21-23.
- IX, 737.
- Mt 25.
- IX, 240.
- IX, 736.
- Mt 11, 28.
- Puebla, n. 303.
- EN, n. 81.








