Lucía Rogé: Contemplar a María

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Lucía RogéLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Lucía Rogé, H.C. .
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Sor Lucía Rogé, H.C.
Sor Lucía Rogé, H.C.

París, marzo de 1979

El año 1980 será, como ustedes saben, el año del 150 aniversario de la manifestación de la Santísima Virgen a santa Catalina Labouré. En ese mismo año 1980, la Asamblea General terminará el trabajo de las Constituciones. Estos dos acontecimientos coinciden. Una vez más, la Virgen María está especialmente presente en un momento importante de la historia de la Compañía que ella ama. Contemplemos su vida en el transcurso de este año mariano para la Compañía.

Aprendamos de ella:

  • el camino de la unión con Dios;
  • la totalidad de nuestro compromiso de sierva.
  • Que un conocimiento profundo de su verdadero lugar en la histo­ria de la salvación se traduzca en un amor filial, en un recurrir a ella con toda confianza.

1. El camino de la unión con Dios

La Virgen María pasó su vida en una continua unión con Dios.

«En sus condiciones concretas de vida, se adhirió total y responsa­blemente a la voluntad de Dios; porque acogió la palabra de Dios y la puso en práctica; porque su acción estuvo animada por la caridad y por el espíritu de servicio; es decir, porque fue la primera y la más perfecta discípula de Cristo, lo cual tiene valor universal y permanente».1

Después del diálogo de la Anunciación, dio su consentimiento activo y libre. Su fe se hizo consentimiento, en la confianza y en el amor.

Por este mismo consentimiento, la Virgen acepta cuanto puede deri­varse de esa aquiescencia primera.

La vida de la Hija de la Caridad debe ser igualmente una vida de unión con Dios por la fe. Cualesquiera que sean los acontecimientos y las proposiciones de Dios ha de tratar de situarse en el eje de la fe, que es también el de la gracia. Ha de renunciar a dirigir su vida libremente, pero, unida a Cristo, ha de recibir todo cotidianamente de Dios Padre.

Algunos episodios de la vida de María unida a la de su Hijo nos ayu­dan a meditar de manera especial sobre nuestra vocación. En las bodas de Caná, está presente con Jesús o del mismo modo que Jesús, es decir, atenta a las preocupaciones actuales y concretas de todos. Su intervención, a propósito de la falta de vino, es aparentemente un punto secundario y material. Pero ella actúa como testigo vigilante, para no dejar de ser, en todo momento, un socorro para los demás y para intro­ducir la intervención de su Hijo Jesús: «Haced lo que Él os diga».2 La Vir­gen es la perfecta colaboradora, humilde, discreta, eficaz. «Por su acción favoreció la fe de la comunidad apostólica en Cristo».3 Descubrir las necesidades de los demás, tratar de responder a sus llamadas y favorecer la fe en Cristo es sencillamente el proyecto misionero de las Hijas de la Caridad.

Querría destacar también la unión de la Virgen con su Hijo, en el momento de la pasión. Su presencia amorosa va siguiendo al condena­do. María está «de pie, junto a la Cruz». Ahí es precisamente, donde su misión va a recibir una nueva dimensión: «Mujer, he ahí a tu hijo».4 Este seguir a Cristo rechazado, despreciado, escarnecido, simboliza lo abso­luto de su compromiso como madre y sierva. No teme nada, sólo estar separada de Jesucristo. Oficialmente, se muestra así como partidaria suya, de sus íntimos. Lejos de esquivar el desprecio, el sufrimiento, la Virgen María está públicamente presente, «de pie, junto a la cruz». Sólo el amor justifica su presencia. Para aprender de ella su actitud de amor y de unión en las pruebas y lo absoluto del compromiso que resiste a los sufrimientos interiores y exteriores, debemos contemplarla en todo momento. Así, aprenderemos a consolidar la fidelidad de nuestro com­promiso. Como Ella, a través de un trato íntimo con Jesucristo, a Quien se reconoce y se encuentra sin cesar en los pobres, por la oración y la Eucaristía, es como permanecemos «en pie».

Esta vida de unión sigue siendo de una sencillez total, sin afectación, esclarecida y sostenida sólo por el amor de Cristo. Su vida era seme­jante a la de todas las mujeres de Galilea y, sin embargo, profunda y radi­calmente diferente. Los Fundadores y las Constituciones nos invitan igual­mente a esta sencillez y proximidad concreta, pero al mismo tiempo, a esta diferencia radical por lo absoluto de nuestra consagración.

2. La totalidad de nuestro compromiso de sierva

Toda la vida de María está dominada por este compromiso: «Yo soy la esclava de Señor»,5 y toda su vida es la realización de ese servicio. No se trata de una actividad rutinaria, acomodada a una mediocridad cotidiana, sino de un don radical de sí misma a aquél que es su Dueño:

«Toda la vida de la humilde sierva del Señor, desde el momento en que la saludó el ángel, hasta el momento en que fue elevada en cuerpo y alma al cielo, fue una vida de servicio hecho por amor».6

San Vicente y santa Luisa ponen el acento, igualmente, sobre la humildad de la sierva de los pobres, ya que se reconoce pobre en sí misma y en su servicio por amor porque, en la fe, es a Dios a quien sirve. Sin humildad, el amor se altera y se deforma; y el servicio, sin amor, se hace mercenario. Es absolutamente necesario que miremos sin cesar a la Virgen María para aprender de ella que la base de nuestro compro­miso está en la humildad y en el amor. Así, mantendremos la preferen­cia absoluta que damos a Dios y a su servicio en los pobres.

3. El amor filial, en un recurrir a ella con toda confianza

Este año mariano debe inducirnos también a renovarnos en la ora­ción. La Virgen María es Madre de Jesús y Madre nuestra. El Ave María, «Dios te salve, María», nos sitúa ante ella, evocando el momento excep­cional del saludo del ángel, el más grande de su vida, el más importan­te para la humanidad, puesto que le aporta la Salvación.

«Dios te salve, María», Tú a quien la Iglesia nos propone como modelo nuestro.

«Dios te salve, María», gracias a ti, tenemos a Jesús Salvador. Esta repeti­ción, ¡cómo ha de llegarle a lo más íntimo de su corazón!

«Santa María, Madre de Dios», le repetimos uno de sus más hermosos títulos: su Hijo es Dios.

«Ruega por nosotros pecadores»: es reconocer toda nuestra pobreza de corazón, expresando así la confianza que tenemos en su intercesión.

«Ahora»: porque continuamente necesitamos el socorro de la gracia de Dios.

«Y en la hora de nuestra muerte»: esa hora será en nuestra vida la más decisiva, donde nuestra vocación deberá encontrar su plenitud en Dios; hora en la que un acto de amor perfecto puede poner la última firma sobre la tierra a nuestro compromiso de siervas.

«Habrá quienes digan que el Ave María es una oración desfasada. Que es inútil enseñarla a los niños. No hagan caso, son falsos profetas, exégetas a medias, falsos teólogos. Recen el Ave María. Hallarán en ella una profesión de fe, una contemplación, una oración, que les introduci­rán por María en el misterio de Cristo, en el misterio de Dios».7

Acudamos a María con una confianza apoyada en una doctrina mariana bien esclarecida. Reconozcámosla como Madre de la Iglesia y de todos los que se salvan, puesto que es la Madre de Nuestro Señor Jesucristo, Salvador de toda la humanidad. Démosle gracias por ser, desde siempre, la única Madre de la Compañía y porque continuamente nos muestra su ternura de Madre.

A partir del 9 de abril, tendrán lugar en la Casa Madre unas Jorna­das Vicencianas Internacionales de Hermanas Jóvenes de tres a siete años de vocación. En el transcurso de esas jornadas, descubrirán el lugar que ocupa la Virgen en la Compañía y en la vida de cada Hija de la Caridad. Como vendrán de todas las Provincias, el grupo tendrá una representación importante del continente africano, con Hermanas de Eri­trea, de Etiopía, de Mozambique, de Nigeria, del Zaire y Madagascar.

Pidamos, unidas, a la Santísima Virgen que obtenga a todas las participantes gracias especiales para crecer en la fe, en la esperanza y el amor.

  1. Pablo VI, Marialis Cultus, n. 35.
  2. Jn 2, 5.
  3. Pablo VI, Marialis Cultus, n. 37.
  4. Jn 19, 25-26.
  5. Lc 1, 38.
  6. Pablo VI, Signum Magnum, n. 6.
  7. E. BERRAR, Notre Dame de París.

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