Lucía Rogé: Clausura de la Asamblea (1974)

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Lucía RogéLeave a Comment

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Autor: Lucía Rogé, H.C. .
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Sor Lucía Rogé, H.C.

Sor Lucía Rogé, H.C.

Roma, 30 julio de 1974

Al terminar esta Asamblea, parece conveniente que reflexionemos juntas sobre el camino recorrido durante estos dos meses, las realidades que han acompañado nuestra marcha y algunos puntos sobresalientes que descubrimos hoy, al término de este caminar, a veces doloroso.

Marcadas por los síntomas de un mundo actualmente dividido, veni­mos cargadas de aprensiones y esperanzas. Deseábamos todas con­servar la unidad que el Señor ha concedido a la Compañía. Y también se puso la máxima atención para percibir y reconocer nuestras diferen­cias y las riquezas de nuestras complementariedades. Esta diversidad, una vez reconocida, nos permitió tender y converger a la unidad final, en lugar de inmovilizamos sobre nosotras mismas. Esta tensión hacia la unidad, podemos afirmarlo, ha incrementado la vida de la Compañía. Todo lo que no progresa, muere. La fidelidad al pasado, a veces, puede ser sólo una búsqueda de seguridad, actuando como freno más bien que como factor de desarrollo del amor.

Desde el comienzo de esta Asamblea, Dios ha querido hacernos comprender que sus caminos no son nuestros caminos. Una vez más, hemos sido conscientes de que un incremento en la fe puede hacernos reconocer a Dios en los acontecimientos de nuestra vida e inundarnos de paz.

Así la Asamblea ha destacado los medios prácticos de esta adhe­sión personal a Dios, acentuando, sucesivamente la importancia de la oración, del esfuerzo incesante de purificación interior y de ascesis, que exigen una respuesta libre de cada Hermana, de retiro, del silencio, que permiten profundizar más en la Palabra de Dios.

Pero la vida de la fe es, a la vez, personal y comunitaria. Y la Asam­blea quiso ponerlo de relieve, insistiendo en los momentos fundamentales de vida comunitaria. Que cada una pueda contar con el apoyo de la comunidad, que exista una interacción continua entre la vida de fe personal y la de la comunidad. De ahí, la diversidad de las fórmulas propuestas. El intercambio evangélico, la oración comunitaria, y la regularidad en compartir la oración con sinceridad plena, fortificarán esta vida de fe.

Más discreto es el lugar que se ha dado a la lectura. Sin embargo, reconocemos que la lectura espiritual contribuye a alimentar nuestra fe, a completar nuestros conocimientos doctrinales y a actualizar nuestra percepción de las necesidades apostólicas de nuestro tiempo y, por consiguiente, a iluminar nuestra oración.

La Asamblea ha insistido igualmente sobre una vida comunitaria fra­terna. Sus exigencias se reavivaron en nosotros. Deseos del diálogo, con confianza recíproca que reduce tensiones y desacuerdos; deseo de estructuras de comunicación, no rígidas, pero que permitan, por medio de un funcionamiento regular y eficaz, una mejor información y un con­dicionamiento recíproco lleno de sencillez; deseo de participación, no sólo de los bienes materiales, sino también de las ideas y experiencias; revisión comunitaria de nuestras actitudes, confrontadas con el evan­gelio, y en fin, actitud de apertura a los demás y de aceptación mutua.

Todo esto se ha expuesto en las sesiones plenarias y se ha traduci­do más o menos, en los textos, pero sobre todo, lo hemos vivido en un esfuerzo de superación para el bien común de la Compañía y de su misión en la Iglesia. En cada uno de los niveles en que nos vamos a encontrar a nuestro regreso, esta vida fraterna debe alcanzar toda su dimensión: «La comunidad fraternalmente unida, manifiesta el adveni­miento de Cristo y de ella dimana una gran energía apostólica».1

En efecto, la Misión ha dominado nuestro trabajo. Su especificidad se ha reafirmado claramente, servicio corporal y espiritual de los pobres, fie­les al espíritu de los Fundadores. Este llamamiento firme debe provocar en nosotros una cierta purificación, acentuando la atención a las llamadas de los verdaderamente pobres, nuestra propia actitud de pobreza.

Renunciamos a presentar una definición estricta de pobre de tipo económico, pero no es menos cierto que la pobreza material, con fre­cuencia, origina otras formas de pobreza. Sitúa a los pobres en un esta­do de frustración permanente, bien sea por sus defectos físicos, de sus deficiencias personales múltiples, o de injusticias sociales. La Síntesis Mundial de 1972 dio una clasificación bastante amplia de todas estas causas. Nosotras hemos repetido juntas que la pobreza origina una especie de esclavitud habitual, privando a los pobres de libertad, de dig­nidad, de confianza en general. Sabemos que, con frecuencia, esta dis­posición es desfavorable para el anuncio de salvación y favorable para que germinen toda clase de violencias, de amarguras y de rebeldías.

Juntas fortificamos nuestra convicción vicenciana de que sólo el amor puede hacer perdonar el pan que damos, y que sólo se puede ir a los pobres con un corazón de pobre. El servicio a los pobres, según san Vicente, necesita de manera especial la pobreza espiritual, la humildad y la sencillez. Hemos procurado delimitar sus exigencias e hicimos hincapié sobre la proximidad de vida con ellos. Proximidad que nos obliga a compartir su vida y a una comunión de sentimientos. No se trata de ceder a la tentación de similitud de la que nos habla el Padre Loew, sino de estar realmente al servicio, a través de una solidaridad interior, profundamente arraigada en nuestros corazones. De ahí la necesidad que tenemos de aprender a conocerlos, de comprender sus reacciones por un trabajo de desprendimiento personal. El que sufre, el que continuamente se enfrenta con sus limitaciones, con fracasos y negativas, se encuentra en un estado de desconfianza frente al que tiene, al que ha triunfado, al que puede. Nuestra buena voluntad de ayudarlo, no basta para hacer desaparecer estos sentimientos, es pre­ciso ir más lejos todavía.

Quizá no se ha insistido bastante sobre esta superación, esta lla­mada a una práctica valiente, personal y comunitaria, de pobreza, inte­rior y exterior. De ahí, la urgencia de disminuir las diferencias entre nues­tro estilo de vida y el de los pobres y, al mismo tiempo, alejar todo sentimiento, toda manifestación de superioridad, de poder, de facilidad económica, que automáticamente nos separan de ellos.

«Expresar al vivo la vocación de Jesucristo»,2 nos dice san Vicente. Además de la pobreza efectiva de nuestro Señor, que comparte la vida de los pobres y es solidario de todos los despreciados, la Hija de la Cari­dad tiene que descubrir también la actitud de pobreza interior de Cristo. «Él renunció a todo», nos dice san Vicente y en ese abandono voluntario de todas nuestras pertenencias, encontraremos la verdadera proximidad de los orígenes.

He querido señalar de una manera particular los puntos fundamen­tales como, relación con Dios, vida fraterna, servicio a los pobres y pobreza. Perdónenme todavía algunas repeticiones más.

La relación con Dios, vivida bajo una visión de fe, esperanza y amor, debe suscitar nuestro compromiso apostólico con los pobres, en los que encontramos a Dios. «Diez veces al día…».3 También nos enseña a leer, a la luz de la fe, tanto en los acontecimientos como en los pobres una llamada del Espíritu. Sabemos, nos lo dice san Vicente, que si no unimos lo interior a lo exterior, no haremos nada y que Dios pide, ante todo, el corazón y después las obras.4 Por lo tanto, es la interiorización de nues­tra vida consagrada relacionada íntimamente con Dios la que debe tra­ducirse en nuestro estilo de vida y transformarlo.

Vida fraterna. La importancia dada al diálogo, bajo todas sus for­mas, lejos de fragmentar nuestra vida fraterna, constituye un instru­mento de conversión personal y de unidad fraterna. Estemos muy aten­tas para que nuestras comunidades se abran más allá de la casa en que nos encontramos. Hagamos vivir a las Hermanas las dimensiones de la Provincia y de la Compañía entera, solidarizándose particular­mente con las Hermanas que sufren y que son perseguidas. Todo lo que estrecha los lazos de espíritu y corazón, tanto entre las Provincias como entre las Hermanas es un movimiento de unidad que alcanza a la propia Iglesia.

El servicio a los pobres y la pobreza. Son los pobres los que for­man nuestra personalidad, en medio de los pobres, debemos ser el Hijo de Dios reproducido a lo vivo, la prolongación del Hijo de Dios, según san Vicente. En nuestra pobreza personal y comunitaria, verda­deramente asumida, encontramos la posibilidad de manifestar nuestro amor de preferencia a Dios. He ahí, lo que me parece que debe reavi­varse actualmente.

Otro punto importante de esta Asamblea consiste en la amplitud de la responsabilidad que os ha dado a nivel provincial. En efecto, lo que importa es que todos los medios de que dispone el gobierno provincial, lo mismo que sus decisiones, reflejen y persigan bien la verdad de nues­tra vocación específica, reafirmada aquí estos días. Un esfuerzo comu­nitario de búsqueda (el Proyecto Comunitario Provincial) se impone para encontrar nuevas formas, adaptadas al servicio de los verdaderamente pobres, según las situaciones, medios y condiciones sociológicas y cul­turales. Las necesidades de los pobres y de la Iglesia deben orientar la búsqueda e iniciativas de los Consejos Provinciales, en fidelidad a la vocación de la Compañía.

La Visitadora y su Consejo tienen, además, una responsabilidad propia, simbolizan y aseguran la fidelidad de la Provincia a la Compa­ñía, y por consiguiente, a la Iglesia y al espíritu de los Fundadores, como también a las Constituciones y decisiones de la Asamblea Gene­ral. La Compañía, a través del Consejo General, espera de las Visita­doras una perfecta lealtad. Recordamos juntas la imagen de los rayos que convergen al centro, propuesta a nuestra meditación. Depende de las Visitadoras en la mayor parte de las Provincias, de eso, estoy com­pletamente segura, el que los trabajos de la Asamblea y las decisiones que de ella se desprenden, encuentren en la fe, la adhesión de las Her­manas y el que ninguna mala interpretación vaya a introducir la agita­ción del Espíritu Santo durante esta Asamblea. Les reitero los deseos de comprensión de los miembros del Consejo General, dispuestos a examinar con toda la solicitud posible, todas las situaciones apostólicas particulares.

Ser fieles a la Compañía es, en cierta manera, afirmar que se está unida a los mismos valores. Santa Luisa daba la prioridad, el 16 de mayo de 1636, «al servicio espiritual y temporal de los pobres, que la bondad de Dios quiere conservar para sus miembros…». Fidelidad profunda a la pequeña Compañía, tal como Dios la quiere. Yo les prometo también esta misma lealtad y fidelidad.

Espero igualmente que un sentido elevado de comprensión hacia nuestros errores y faltas recíprocas y el deseo firme de permanecer en la caridad y humildad nos ayuden a perseverar en la unión sincera y pro­funda que, por la gracia de Dios, hemos conservado hasta ahora.

Deseosa de responder a sus aspiraciones, consciente de la impor­tancia de la recomendación de nuestro Superior General, y a fin de con­tribuir a reforzar los lazos entre nosotras, espero comenzar la visita a las Provincias dentro de poco. Empezaré por las Provincias que no han reci­bido, desde hace mucho tiempo, la visita de una Madre General. En mi pobreza, no tengo gran cosa que aportar, pero el compartir todo lo que el amor de Dios y de los pobres suscita en la Compañía será el lazo de nuestros encuentros y el de nuestra unidad. Les propongo igualmente una reunión de Visitadoras para el año 1977.

Según la recomendación de la estampa que nos dio nuestra Madre Chiron, en la apertura de la Asamblea, comprendemos verdaderamente que, por la gracia de Dios, la unidad es el mayor de todos los bienes. Confiemos a la Virgen María la guarda de esta unidad y que la preserve de todos los motivos de desunión o de ruptura de la caridad. A ella le pedimos también esa vida interior que nos renueva en el amor.

El 16 de octubre próximo, aniversario del día que santa Luisa hizo el mismo recorrido, los miembros del Consejo General irán a Chartres a consagrar nuevamente la pequeña Compañía a nuestra Señora y a con­fiarle el trabajo que, juntas, vamos a comenzar en favor de la misma. Le pediremos que reconforte a nuestras Hermanas mayores y enfermas, con la seguridad que nos da la comunión de los Santos, de que su pasi­vidad es una actividad continua para la Misión. Le suplicaremos que haga renacer la esperanza en el corazón de tantos pobres, que sea, frente a tantas miserias, presencia para los que se sienten oprimidos por la soledad y valor para los débiles.

Quiero agradecer en su nombre, al Superior General, el apoyo de su presencia, su abnegación fraternal, jamás desmentida, la profusión de luz que constantemente ha proyectado sobre nuestros trabajos, la refe­rencia evangélica a que continuamente apelaba para la verdadera com­prensión de nuestro carisma y, sobre todo, la comunicación de su fe, que a menudo ha reavivado la mía y tal vez la de ustedes.

Gracias igualmente a nuestro Padre Director General, que ha presi­dido con tanta abnegación la discusión de tantos postulados, guiándo­nos por la más pura línea vicenciana. Le transmitimos nuestro especial agradecimiento por sus palabras de humor y de estímulo ante nuestras lentitudes y reticencias.

Todos nuestros expertos merecen también un lugar de gratitud en nuestras preces, así como nuestra querida Comisión de Coordinación, que ha conseguido batir el récord de clausurar la Asamblea en el día fijado, al precio de sacrificios y renunciamientos que sólo el Señor cono­ce. Ahí está su privilegio compartido con las moderadoras, traductoras en cabina y fuera de cabina, secretariado y todas las que en esta Casa han dado lo mejor de sí mismas por esta Asamblea. Nuestra acción de gracias englobará también el magnífico don de todas al Señor durante estos dos meses y las manifestaciones de amor fraternal.

Agradezco muy particularmente a nuestra Madre Chiron su presen­cia delicada a mi lado y el ejemplo constante de sencillez que nos deja. Nuestras preces la acompañarán en su misión.

Mi mayor deseo, al empezar este servicio a la Compañía, es que el Señor consolide su unidad, concediéndonos a todas vivir la fe, confian­za y caridad de santa Luisa y san Vicente en el servicio a los pobres, en la Iglesia y en el mundo de hoy.

  1. Cfr. P.C. n.15.
  2. XI, 55.
  3. IX, 240.
  4. Cfr. IX, 754.

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