Lucía Rogé: Circular de Renovación, 1982

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Lucía RogéLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Lucía Rogé, H.C. .
Tiempo de lectura estimado:

ENTREGA TOTAL DE LA HIJA DE LA CARIDAD

París, 2 de febrero de 1982

Queridas Hermanas:

Íntimamente unida a santa Luisa, y con un sentimiento de profun­da gratitud por su visión profética del futuro de la Compañía, he hecho a nuestro Superior General la petición de la Renovación de nuestros votos.

Esta gracia se nos concede para el 25 de marzo próximo. ¡Quiera Dios que nuestro compromiso implique una deliberada voluntad de dar­nos más radicalmente a Él y a los pobres!

Después de haber reflexionado y de haber orado, me ha parecido sería bueno compartir con ustedes, este año, algunos pensamientos sobre las palabras que vamos a repetir al Señor: «Me doy a Ti»: «Señor, en respuesta a tu llamada, que me invita a seguir a Cristo y a ser testi­go de su caridad con los pobres, yo… me doy a ti en la Compañía de las Hijas de la Caridad».

Toda la vida de Cristo expresó la donación total de todo su ser a Dios su Padre. «…nos amó y se entregó por nosotros en oblación y sacrificio».1

San Vicente y santa Luisa miran sin cesar a Cristo en el Misterio de su Encarnación, y podemos afirmar que esa contemplación de Jesús, completamente entregado a su Padre como servidor del amor, ocupa permanentemente el pensamiento y el corazón de los Fundadores. Se trata de una «visión interior» que nos proponen a nosotras también, y nos dan como punto de referencia la conocida frase: «Entreguémonos a Dios».

Así es cómo san Vicente exhorta a las primeras Hermanas a que adquieran las virtudes amadas y practicadas por el Hijo de Dios: «Entre­guémonos a Dios… con todo nuestro corazón para trabajar con esfuer­zo en la adquisición de esta hermosa y amable virtud, que tanto apreció nuestro Señor Jesucristo».2

Esta frase «entreguémonos a Dios» es como un leitmotiv para san Vicente. «Entreguémonos a Dios» abarca todas las potencias de nuestro ser que, en seguimiento de Cristo, debe estar orientado hacia Dios Padre.

Es tan fuerte ese sentimiento en nuestro santo Fundador, que le sugiere la respuesta que habrá que dar a posibles preguntas de un obispo acerca de nuestra identidad: «Decidle que sois unas pobres Hijas de la Caridad, que os habéis entregado a Dios para servir a los pobres… Nos entregamos a Dios para vivir en pobreza, castidad y obediencia». Como conclusión añade: «Entregaos a Dios para hacer bien lo que vais a hacer. Pedidle el Espíritu de su Hijo para que podáis ejecutar vuestras acciones, lo mismo que Él ejecutó las suyas».3

Estas semanas preparatorias a la Renovación, constituyen un tiem­po de llamada a renovarnos en el amor; llamada que se dirige a cada una de nosotras, pero también a la Compañía en su conjunto, por medio de los aniversarios de acontecimientos comunitarios: Voz de la santísi­ma Virgen en 1980; voz de san Vicente en 1981; voz de Margarita Nase­au y «voz» del primer Reglamento, en 1983. El Señor parece decirnos por esos signos externos: «Venid a la fuente para conseguir una entrega «más total». Su gracia no cesa de hacérnoslo comprender interiormente cada vez que nos ponemos en «estado de escucha».

I. EL DON TOTAL

Esa llamada reiterada espera nuestro «sí» con un esfuerzo libre y resuelto de conversión personal y comunitaria hacia Dios: «…Estad seguras de que Dios quiere que le améis: nos lo ha dicho expresamen­te por su mandamiento, también… por la elección que ha hecho de vosotras para que seáis Hijas de la Caridad, que quiere decir hijas del Amor de Dios o hijas llamadas y escogidas para amar a Dios».4

Cada Renovación es una invitación a acoger el amor que Dios nos tiene con un corazón nuevo y a responder a él volviéndonos hacia Jesu­cristo, para modelar nuestra vida conforme a la suya, mediante una entrega más plena.

Esta determinación a un don total, «las Hijas de la Caridad eligen vivir total y radicalmente los consejos evangélicos»,5 san Vicente la inculca sin cesar a las primeras Hermanas: «Al entrar en la Compañía, escogisteis a Nuestro Señor por esposo…, os entregasteis a Él por completo».6

Sólo un amor verdadero y profundo, respuesta a otro Amor, puede justificar el compromiso que vamos a contraer. Ahora bien, este amor de Cristo nos lleva al amor a los demás, especialmente a los pobres. Jesús les dedicó un amor total, misericordioso y de una ternura infinita. Nada en ellos le hizo nunca retroceder, ni sus miserias físicas ni sus fallos morales. A todos, anunció la Buena Noticia de la salvación. A todos, los invitó a escucharla y descubrir a través de su «Amor-Servidor». Para ayu­darnos a comprender sus exigencias, llevó a cabo un gesto-clave, con una actitud que se convierte en el punto de referencia para nosotras, siervas de los pobres. Nos pidió que lo imitásemos en el Lavatorio de los pies: «Os he dado ejemplo para que vosotros hagáis también como Yo he hecho».7

Quien ha tenido la posibilidad de lavar numerosos pies doloridos, -por haber caminado mucho, por estar deformados o bien atacados por la enfermedad-, sabe cuál es la significación profunda de ese servicio fraterno… y con qué delicadeza hay que prestarlo… Sólo haciéndolo así, es como se puede esperar que quien lo recibe, se sienta verdadera­mente reconfortado y renovado, no sólo en sus miembros, sino en todo su ser. Nuestros servicios tienen, todos, que tender a ese resultado: a ali­viar al «otro» en su cansancio, a infundirle nuevos ánimos, a darle nue­vas fuerzas para volver a emprender la marcha, esos ánimos y esas fuerzas que nos invaden cuando, de pronto, nos damos cuenta de que alguien nos ama gratuitamente: «Él nos amó el primero».

Esto es lo que la Hija de la Caridad, con su entrega total, está lla­mada a hacer sentir a los que para ella representan a Jesucristo.

II. LO ESPECÍFICAMENTE VICENCIANO

«Me doy a Ti en la Compañía de las Hijas de la Caridad». Pertenecer a la Compañía, nos dice san Vicente es tomar… «un camino que Dios ha señalado…, por donde quiere conducirnos».8

Al año siguiente, el día de Navidad, dice a las Hermanas: «No hay nada para vosotras que sea tan amable como vuestra vocación, por la razón que acabo de deciros, o sea, por que Dios mismo es su autor…, pero fue preciso que Dios os tocase el corazón y os diese el deseo y los ánimos de venir».9

Ésta identidad vicenciana, en último término, constituye una elec­ción de Dios en favor nuestro. Algunos de los puntos que presenta, pare­cen de particular importancia en la época y en el mundo en que vivimos, precisamente porque son medios y señales de una entrega total a Dios, hoy.

Humildad

En primer lugar, la humildad. Esta virtud que san Vicente llama «vir­tud de estado», del estado de sierva de los pobres, caracteriza el espí­ritu de las verdaderas Hijas de la Caridad. En el pensamiento de san Vicente, es inseparable de la sencillez y de la caridad, pero la mencio­na la primera: es que las otras dos, sencillez y caridad, no adquieren su plenitud si no está presente la humildad, «porque es la humildad lo que conserva la caridad…, pues la humildad engendra la caridad».10

Para poder llegar al don total de nosotras mismas a Dios, san Vicen­te y santa Luisa nos proponen de continuo la contemplación y medita­ción de Cristo humillado, del «Amor humillado», de la Virgen María, humilde esclava del Señor. Para poder entrar en ese linaje espiritual de las siervas del Señor, hay que impregnarnos de humildad, en espíritu y en verdad: «Si habláis, sea con humildad, y si pensáis alguna cosa, sea siempre con espíritu de humildad».11

Santa Luisa entra en detalles más concretos: «Acuérdense de ser siempre las más pequeñas y las últimas en el hospital»…12 Porque lo que no se hace con humildad, no es nada», y sólo la humildad será la que sostenga a la Compañía, «nada más que eso, —dice san Vicente—junto con un desprendimiento total de todas las cosas de la tierra. De modo que no tenéis que mirar más que a Dios, que es el que os ha lla­mado a ella».13

La humildad es un medio para descentrarnos de nósotras mismas y convertirnos hacia Dios solo; para llegar a entrar interiormente, en la contemplación del misterio de Jesús Salvador. La humildad nos enca­mina hacia la entrega absoluta.

Es también camino de fidelidad a la identidad, a la condición de siervas de los pobres. Imposible permanecer en estado de «servicio» sin humildad: «Llevan el nombre de sirvientas de los pobres que, según el mundo, es uno de los oficios más bajos, a fin de mantenerse siempre en la baja estima de sí mismas… convencidas que es a Dios a quien se le debe todo honor».14

Hoy, la sirvienta (cualquiera que sea el nombre que se le dé) perte­nece al último escalón social. Y, lo mismo que en el siglo XVII, ése es nuestro lugar: «No dejéis nunca que os traten más que como unas pobres mujeres».15

Adoptar voluntariamente el estatuto social de la sirvienta, es aceptar con plena lucidez el ser considerada como «extraña», en cierto modo «ajena», al mundo de hoy. En efecto, la gente toma casi siempre como punto de referencia el dinero y su poder (poder adquisitivo), se expresa en porcentajes… Todo lo relacionado con la vida se convierte poco a poco en cuantitativo. Y ser sierva de los pobres, ponerse al servicio de Jesucristo en los pobres, es renunciar resueltamente a toda ambición de poder, cual­quiera que sea: «Reconoceros siempre incapaces de hacer nada que valga…, incapaces de ningún bien…, pero hay que levantarse por un acto de amor a Dios y decir: aunque no sea digna de hacer tal cosa, como Dios la quiere, la haré para darle gusto, ya que Él así lo espera de mí».16

Porque dice también san Vicente: «Quiero humillarme por un Dios que me ama; quiero esta humillación por El».17 «Haced todos los días algunos actos de humildad, no necesariamente externos, aunque sean buenos…, sino actos de corazón».18

La humildad vivida revela al Maestro: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón».19 Cuando la humildad se convierte en la virtud principal, como le ocurría a Juana Dalmagne, que: «respetaba mucho a los pobres; eso nos hacía ver que veía a Dios en ellos»,20 es signo de pertenencia a Dios y a la Compañía.

Cuando ha llegado a este punto, la verdadera sierva de los pobres está como empapada en humildad. Hasta físicamente se transforma: la humildad le esculpe un nuevo rostro, del que se desprenden una pro­funda dulzura y una gran serenidad. Santa Luisa debió de meditar, sin duda, en la humildad ante la estatua de san Juan Bautista que hay en la catedral de Chartres, con su cuerpo demacrado, sus hombros caídos y su cara respirando paz.

Sí, en nuestro mundo actual condicionado por lo económico, por las ideologías, los poderes, nada es más extraño a él que la humildad. Pero, según nos dice san Vicente: «Si sois fieles…, la Compañía será la com­pañía de Nuestro Señor Jesucristo y adquiriréis la condición de esposas suyas».21

«Me doy a Ti…, en la Compañía de las Hijas de la Caridad», es decir, según el estilo vicenciano.

Algunas preguntas podrán ayudarnos a proseguir nuestra reflexión:

  • ¿En qué y de qué manera ilumina la doctrina vicenciana mis actitudes de entrega total? ¿Cómo trabajo en la humildad?
  • ¿Hemos intentado, en comunidad, hacer una revisión de vida a partir de la conferencia de san Vicente, del 15 de marzo de 1654?
  • Mis fallos voluntarios en relación con la radicalidad de mi entrega al Señor, ¿proceden de la repercusión que tiene en mí lo que oigo decir o lo que veo hacer a mí alrededor? ¿o bien del poco tiempo que dedico a interiorizar la doctrina de los Fundadores?

Mortificación

Dando respuesta a un proyecto de reglamento que le sometía santa Luisa entre 1634 y 1636, san Vicente escribía: Decir a las Hermanas «en qué consisten las virtudes sólidas, especialmente la de la mortificación interior y exterior de nuestro juicio, de nuestra voluntad, de los recuer­dos, de la vista, del oído, del habla y de los demás sentidos…, por amor de Nuestro Señor que la ha utilizado de ese modo; y habrá que robus­tecerlas en esto».22

De esta forma, la mortificación se convierte en medio para llegar al don total. Todo queda entregado, con una necesidad de asemejarse a nuestro Señor, de «compartirlo todo con Él«,23 como en unos desposorios místicos, así lo subraya san Vicente: «Lo escogisteis cuando entrasteis en la Compañía; le habéis dado vuestra palabra».24 O también: «Así lo quisisteis y prometisteis hacer».25

El artículo 5 de las Reglas Comunes, comentadas por san Vicente, nos permite captar su pensamiento: «Mirarán con horror las máximas del mundo y abrazarán las que recomiendan la mortificación interior y exte­rior, el desprecio de sí mismas y de las cosas de la tierra, escogiendo (San Vicente dice: escogiendo, no prefiriendo) los empleos bajos y repugnan­tes a la naturaleza, más bien que los honrosos y agradables, tomando siempre el último lugar… y reservando lo mejor para el prójimo».26

Queda perfectamente subrayada la relación con nuestra espirituali­dad de «siervas» de Jesucristo en los pobres.

Pero seguimos siendo débiles, y nos quedamos fácilmente satisfe­chas con el menor esfuerzo, siempre dispuestas a reservarnos algo o a pactar con pretextos sutiles. Precisamente, para defendernos contra nosotras mismas, san Vicente y santa Luisa no dejaron nada en el aire en las primeras Reglas. Un empleo del día que lo prevé minuciosamen­te todo, no deja mucho lugar para el capricho. Es la ascesis de una entrega libremente aceptada. «Sufrirán de buena gana y por amor de Dios, las incomodidades, contradicciones, burlas, calumnias y otras mortificaciones que hasta del bien obrar podrán sobrevenirles, a ejem­plo de Nuestro Señor, que después de haber padecido por culpa de los mismos que habían recibido de Él tantos beneficios, hasta ser crucifica­do, rezó por ellos».27

La ascesis: nos «acerca a los que sufren»,28 es un medio de comu­nión, de participación en las condiciones de su vida. Estas motivaciones interiores que sostienen a la Hija de la Caridad en sus esfuerzos de mor­tificación, le permiten dar la verdadera respuesta a su vocación. Santa Luisa, en una carta a Sor Ana Hardemont, le explica: «No basta con ir y dar, sino que es necesario un corazón purificado de todo interés y no dejar nunca de trabajar en la mortificación general de todos los sentidos y pasiones, y para ello…, tenemos que tener continuamente ante la vista nuestro modelo, que es la vida ejemplar de Jesucristo a cuya imitación estamos llamadas, no sólo como cristianas, sino también por haber sido elegidas por Dios, para servirle en la persona de sus pobres».29

La verdadera ascesis, fundamentada en la humildad interior, soste­nida por prácticas que nos sugieren san Vicente y santa Luisa, contri­buye a mantener nuestro corazón vuelto hacia Dios y nos ayuda a reco­nocerlo en los pobres. Quizá sea ésa la razón por la que, al enviar a las primeras Hermanas a misión, san Vicente les recomienda con tanta insistencia la mortificación.

Las formas de esa mortificación son múltiples: en la línea espiritual vicenciana, deben vivirse con sencillez y lejos de toda ostentación, «… para que no vean los hombres que ayunas, sino tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre…, te recompensará».30

Frente a la realidad de nuestra vida, san Vicente presenta a las Her­manas algunas sugerencias encaminadas a restablecer nuestra relación con Dios: «Y si veis que no os enmendáis, yo os aconsejaría entonces, que recurrieseis a la penitencia, esto es, que os impusieseis a vosotras mismas alguna pena un poco dura. Cuando hayáis contristado a vues­tra hermana, o la hayáis desedificado con alguna falta habitual, impo­neos alguna penitencia; por ejemplo, privaos cuando podáis hacerlo sin debilitaros excesivamente, de la mitad de vuestra comida,… privaos de hablar algún tiempo, a no ser cuando os pregunten».31

Lo que importa, ante todo, es restablecer la caridad, es afianzar la preferencia que hemos dado al Señor por encima de todas las cosas. La mortificación viene a ser como un signo de su soberanía en nosotras: «Podéis estar seguras, mis queridas hermanas, que si os mortificáis bien, como hemos dicho, entraréis en esa indiferencia y por consiguien­te en la verdadera libertad de los hijos de Dios».32

Acaso tengamos necesidad de descubrir que los dones espiritua­les que se daban en nuestros Fundadores eran el fruto de una vida de oración, rigurosamente unida a la ascesis. Lo mismo ocurre en la vida de nuestras primeras Hermanas, en la que los numerosos actos de humildad y de mortificación que conocemos, son la prueba de la sin­ceridad de su relación con Dios y de su deseo de mostrarle un amor de preferencia, al mismo tiempo que la entrega absoluta a su servicio en los pobres.

Hoy, la vida de los pobres es el efecto en cadena de una serie de limitaciones, imposibilidades, cortapisas, que se van agravando cada vez más. Algunos de ellos carecen de los bienes materiales, aún los más elementales y les falta también que se reconozca la dignidad de su per­sona. Preguntémonos:

  • ¿Cómo vivir, con lealtad, nuestro título de siervas de los pobres, logrando «una identificación cada día más plena con Cristo pobre y con los pobres»,33 como lo quisieron nuestros Fundadores?
  • ¿Creemos, como san Vicente, en la importancia de la mortificación para nuestra relación con Dios en la oración?.34
  • ¿Reconocemos, como santa Luisa, la repercusión que tiene la mortificación en la labor misionera de la Comunidad Local, a tra­vés de la vida fraterna? ¿Qué lugar hemos reservado a la mortifi­cación en el Proyecto Comunitario Local?

Oración

En casi todas sus conferencias, san Vicente implora en una oración, la gracia de Dios para que sus hijas permanezcan fieles. Así es como va sembrando de oraciones, que sugiere a las primeras Hermanas, la ex­plicación del reglamento, el 31 de julio de 1634: «Me gustaría, Dios mío, que todo el mundo te conociese y honrase para honrar los desprecios que sufristeis en la tierra».35

Así, aprenden con él a elevar sin cesar su pensamiento al Señor, en una especie de movimiento espontáneo, sencillo y humilde, al filo de los acontecimientos de la vida: «Dios mío, nos entregamos a ti para el cum­plimiento de los planes que tienes sobre nosotros», exclama san Vicen­te el 14 de junio de 1643.36 Y es cierto que no podemos cumplir nuestro compromiso de entrega total a Dios, sin recurrir con regularidad, perso­nal y comunitaria, a la oración.

En seguimiento de Cristo, que nos ha dado ejemplo de oración y nos ha enseñado a orar, la Hija de la Caridad ora y con su oración anima su vida diaria y su servicio. Da gracias también por haber sido llamada a hacer lo mismo que nuestro Señor hizo en la tierra. «Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».37

Esta promesa la llena de inquebrantable confianza: «recordando la promesa del Señor, las Hijas de la Caridad reunidas en su nombre, en una verdadera comunidad de oración, siguen gozando de su presencia. Esta comunidad obtiene su fuerza en una fe compartida, en la Eucaristía, en la alabanza…».38

La oración en comunión con la de nuestro Señor es participación en su Misión. A veces, nos llevará hasta Getsemaní… Es la traducción de una unión permanente con el Padre, cualesquiera sean los acontecimientos que se den en nuestra vida… Esa oración hace que el servicio a los pobres se convierta en servicio de Dios; establece entre Dios y nosotras una «mutua comunicación» y nos hace crecer así, en su cono­cimiento y amor, a la vez que nos permite ser: «fieles al servicio que el Señor espera de nosotras».39

Es también el medio para llegar a verdaderos descubrimientos en cuanto a las exigencias de la radicalidad: «Para conservar con nitidez la percepción del valor de la vida consagrada, es necesaria una profunda visión de fe, y ésta se sostiene y alimenta con la oración».40

Por último, la oración personal y comunitaria constituye un signo de nuestra pertenencia a Dios, sobre todo hoy, en que la concepción de un mundo secularizado ha pasado a ser un hecho reconocido. No es indife­rente para la Misión que la gente nos vea orar o que tenga la certeza de nuestra vinculación con Dios. «Cristo será realmente el primero en vuestra vida, sólo si ocupa el primer lugar en vuestro pensamiento y en vuestro corazón. Para ello, debéis uniros de continuo a Él en la oración».41

Sumergidas como lo estamos en una mentalidad secularizante, es indispensable que dispongamos de tiempos o espacios de recupera­ción interior, de intimidad, para caldear por la fe y el amor nuestro «Me doy a Ti…, en la Compañía de las Hijas de la Caridad». De lo contrario, corremos el riesgo de que se establezca un corte entre la densidad de las palabras de nuestro compromiso y su realización en nuestra vida de cada día.

  • ¿Somos conscientes de la importancia que tiene la oración para la vitalidad -o la decadencia…- de nuestra vida consagrada?, ¿de la importancia de nuestra reunión comunitaria para celebrar la Eucaristía, para escuchar la Palabra, para orar juntas?
  • ¿Cómo realizar en lo íntimo de nosotras mismas y exteriormente, las condiciones de toda oración verdadera?
  • ¿Qué lugar hemos asignado a la oración comunitaria en nuestro Proyecto Local? En la práctica, ¿cómo se deja sentir su influencia en nuestro servicio a los pobres?

Dentro de unas semanas, Señor, voy a repetir: «Me doy a Ti». Es una decisión capital para mi vida. En ese día de la Anunciación, será como el eco del «Hágase en mí según tu palabra» de la Virgen María. Lo que equivale a decir:

«Haz de mí, Señor, lo que quieras, puedes disponer de mí. Sé muy bien que: «soy incapaz de hacer nada que valga la pena»,42 pero de la Virgen he aprendido que esto es lo que te agrada. Basta con que, de verdad, esté profundamente convencida de mi pobreza inte­rior, para que Tú actúes. Me doy a Ti, es decir, quiero renunciar a dejarme seducir por nadie que no seas Tú, Señor, y Tú en los pobres. Quiero ponerme en estado de resistencia al dinero, al egoísmo, a la independencia. Me doy a Ti para servirte en los pequeños, los senci­llos, los despreciados, los que nadie quiere, todos los «pobres». Me doy a Ti con un amor de preferencia, quiero dejarme coger toda ente­ra, más allá de las palabras, y entrar en un verdadero movimiento de conversión.

Una transformación interior tiene que hacer visible en mi vida la ver­dad de mi compromiso y la reforma lógica de mi estilo de vida, que ha de llegar a ser el de una sierva humilde y disponible, pobre y sencilla, solidaria de sus «Amos». Ellos necesitan conocer concretamente a tra­vés de nosotras, el Amor que Tú les tienes.

Me doy a Ti, Señor, para presentarte en mi oración toda la miseria y la presencia de los pobres, sus amarguras, sus decepciones, sus rebel­días, sus esperanzas… Para alabarte por las maravillas de tu acción en ellos, las que puedo descubrir y las que permanecen ocultas. Me doy a Ti… y a ellos en Ti, para que venga tu Reino.

Me doy a Ti en la Compañía de las Hijas de la Caridad, y también por medio de ella…

En nuestras dificultades, hagámonos la pregunta: ¿qué dicen los Fundadores?, ¿qué dicen las Constituciones? Miremos al Hijo de Dios, nos repite san Vicente. Interroguemos a Cristo Jesús en el Evangelio y pongamos atención a lo que dice «su» Iglesia.

¡Oh María!, Esclava del Señor y primera Sierva de los pobres en tu Hijo, Cristo pobre, ¡alcánzanos la humildad!

¡Oh María!, Virgen de los Dolores, enséñanos a participar en el Mis­terio Pascual, todos los días de nuestra vida.

¡Oh María!, que supiste esperar en el Cenáculo, ahonda en nosotras la necesidad de encontrar a Dios, abre nuestros corazones a la acción de su Espíritu.

Entonces, será cuando, con mayor verdad, podremos decir al Señor: Me doy a Ti en la Compañía de las Hijas de la Caridad.

Con sincera gratitud, roguemos por las intenciones de nuestro Superior General, P. Richard McCullen, por las de nuestro Director General, P. Miguel Lloret. En la fidelidad a nuestro recuerdo, roguemos por el P. Slattery, el P. Richardson, el P. Jamet, nuestra Madre Chiron y por todos los que nos sostienen en el camino del don total, y también por todos los pobres.

Créanme fraternalmente unida a cada una de ustedes por la oración y la ofrenda en este tiempo de Renovación.

SOR LUCÍA ROGÉ
Hija de la Caridad

  1. Ef 5, 2.
  2. IX, 486.
  3. IX, 498.
  4. IX, 431.
  5. C. 1, 5. Ed. Provisional, 1980. Cfr. C. 1,5. Ed. de 1983.
  6. IX 784-785.
  7. Jn 13, 15.
  8. IX, 295.
  9. IX, 417-418.
  10. IX, 1072.
  11. IX, 1077.
  12. SLM, p. 222.
  13. IX, 1244.
  14. X, 693.
  15. IX, 924.
  16. IX, 752-753.
  17. XI, 488.
  18. IX, 609.
  19. Mt 11,19.
  20. IX, 184.
  21. IX, 610.
  22. I, 305
  23. IX, 816.
  24. Ibídem.
  25. Ibídem.
  26. IX, 759.
  27. IX, 792-793. Reglas Comunes, I, 7.
  28. C. 2, 6, Ed. de 1980. Cfr. C 2.6, 1983.
  29. SLM, p. 259.
  30. Mt 6, 18.
  31. IX, 262.
  32. IX, 873.
  33. Cfr. Puebla, n. 1140.
  34. Cfr. IX, 391.
  35. IX, 25.
  36. IX, 132.
  37. Mt 18, 19.
  38. C. 2.11. Ed. de 1980.
  39. Cfr. IX, 381-382.
  40. Juan Pablo II, A los miembros de la Sesión Plenaria de la S.C. de Religiosos e Institu­tos Seculares, 7 de marzo de 1980.
  41. Juan Pablo II, A los Religiosos en Washington, 7 de octubre de 1979.
  42. Cfr. IX, 752.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *