Lucía Rogé: Circular de Renovación, 1981

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Lucía RogéLeave a Comment

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Autor: Lucía Rogé, H.C. .
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FIDELIDAD DE LA HIJA DE LA CARIDAD

París, 2 de febrero de 1981

Queridas Hermanas:

Estaban ustedes todas presentes en mi pensamiento cuando en este día, 2 de febrero, he presentado a nuestro Superior General la peti­ción de renovar nuestros compromisos para vivir totalmente entregadas a Dios para el servicio de los pobres, en la Compañía de las Hijas de la Caridad.

Este tiempo preparatorio para la Renovación que se nos concede para el 25 de marzo próximo, me mueve a hacer con ustedes una revi­sión de vida, acerca de nuestra fidelidad personal y comunitaria a nues­tros compromisos. San Vicente trató varias veces este tema de la fideli­dad a Dios, particularmente en el mes de junio de 1653. Dejémonos interrogar también nosotras como nuestras primeras Hermanas:

  • – ¿En qué consiste la fidelidad de una Hija de la Caridad?
  • – ¿Qué razones tenemos para ser fieles?
  • – ¿De qué medios disponemos para vivir en fidelidad?

I. ¿EN QUÉ CONSISTE LA FIDELIDAD DE UNA HIJA DE LA CARIDAD?

La fidelidad que san Vicente propone a las Hijas de la Caridad es una conformidad con Jesucristo, con su doctrina y su vida, según la propia vocación. El 20 de agosto de 1656, san Vicente interroga: «¿Qué dice una Hija de la Caridad que hace voto de pobreza, castidad y obediencia? Dice que renuncia al mundo… y se entrega a Dios sin reserva alguna… Renuncio, dice, a todo eso, por servir a mi Esposo en la vida que Él llevó».1 Y más adelante: «Los que aman a Dios saben que su felicidad consiste en seguir el ejemplo del Hijo de Dios y en vivir, en la medida de lo posible, de la misma forma como vivió Él en la tierra».2

Ahora bien, las Hijas de la Caridad han sido llamadas y reunidas por Dios, «para honrar a Nuestro Señor Jesucristo como manantial y modelo de toda caridad, sirviéndole corporal y espiritualmente en la persona de los pobres… «Su fidelidad en el seguimiento de Jesucristo-Servidor es la de siervas, la de sirvientas que hacen todo lo que se les manda y como se les manda. El mismo san Vicente emplea esta comparación y continuamente lanza a las primeras Hermanas una lla­mada para que vivan en la vida diaria un amor verdadero y profundo. La fidelidad de una Hija de la Caridad es la verdad de «un amor que se hace siervo» y sus actitudes fundamentales las encontramos en el Evangelio:

  • La atención a las necesidades de los demás, a las injusticias que padecen: …»Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed, y me disteis de beber, fui peregrino y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, preso y vinisteis a verme».3
  • La compasión. «Tengo compasión de la muchedumbre, porque hace ya tres días que están conmigo y no tienen qué comer; no quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino».4 La parábola del Buen Samaritano…5
  • El perdón, la misericordia, la reconciliación: «Y cuando oréis, así habéis de orar: Padre nuestro que estás en los cielos, venga tu reino, hágase tu voluntad, como en el cielo, así en la tierra; perdónanos nues­tras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores».6 La parábola del Hijo pródigo: «Comamos y alegrémonos, porque éste mi hijo que había muerto, ha vuelto a la vida, se había perdido y ha sido hallado».7 «Si vas, pues, a presentar una ofrenda ante el altar y allí te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano».9

    Y santa Luisa se hace eco de esa afirmación cuando dice: «(una razón) que tenemos para ser fieles a Dios durante toda nuestra vida, es el amor que su bondad nos demuestra continuamente».10

    Así, aparece con claridad que nuestra fidelidad es fidelidad a Alguien, fidelidad a Dios y a los pobres, puesto que «son una misma cosa». Escu­chemos con las primeras Hermanas esta seguridad que nos da san Vicente: «Lo que tiene que conmoveros poderosamente para que apre­ciéis el servicio de los pobres, es… que Dios, desde toda la eternidad, os había escogido y elegido para esto».11

    B. San Vicente nos da otra razón: el compromiso que hemos con­traído: «La primera razón que tenemos para entregarnos a Dios, de ver­dad, para serle fieles, es que os habéis entregado a Él en la Compañía, con la intención de vivir y morir en ella».12

    Nos presenta en cierto modo la fidelidad, como la permanencia de una decisión que tomamos para dar respuesta a la vocación, esa lla­mada de Dios.

    «Dios os ha llamado y reunido…».

    Por lo tanto, se trata de adoptar una forma de existencia, con sus Reglas y Constituciones, se trata de un compromiso. Compromiso que tenemos que vivir en relación a unas realidades. Lo confirmamos por medio de los cuatro votos de servicio de los pobres, castidad, pobreza y obediencia, queriendo así dar a nuestra vida un sentido de plenitud en el amor. Al mismo tiempo, nuestra decisión nos hace entrar en un estado, en la Compañía, donde se viven cierto número de valores con preferencia a otros. Por una parte, los que caracterizan nuestro espíritu: humildad, sen­cillez, caridad y, además, otros en los que insisten los Fundadores:

    • la totalidad del servicio a los pobres, que ha de ser corporal y espiritual,
    • una disponibilidad hacia Dios a fondo perdido,
    • una tolerancia de los demás que llegue hasta la muerte a nosotras mismas para que crezca la caridad:

    «Sed caritativas, sed benignas, tened espíritu de paciencia, y Dios habitará con vosotras, seréis su claustro, lo tendréis entre vosotras, lo tendréis en vuestros corazones».13

    Cuando nos comprometemos a vivir el «proyecto» de la Compañía, éste permanece, sin embargo, parcialmente desconocido para noso­tras, sigue habiendo una zona de sombra. Como en el caso de Cristo y de la Virgen María, nuestro primer «sí» encabeza toda una serie de adhe­siones posteriores en amor y en fe. La fidelidad puede vivirse también en situaciones desconcertantes, puede llevarnos por caminos insospe­chados, imprevisibles en los comienzos. En tales casos, esa fidelidad adquiere un dinamismo propio, porque no puede vivirse sino como una conquista del amor.

    C. San Vicente nos da todavía una tercera razón: la grandeza del servicio a los pobres. Esta grandeza proviene de que «al servir a los pobres, se sirve a Jesucristo».14

    Es un tema que entusiasma a san Vicente, quien en 1647, dice: «Sir­vientes de los pobres, que es como si se dijese sirvientes de Jesucristo, ya que Él considera como hecho a Sí mismo lo que se hace por ellos, que son sus miembros. Y ¿qué hizo Él en este mundo, sino servir a los pobres? ¡Ah!, mis queridas hijas, conservad bien este título porque es el más hermoso y el más ventajoso que podríais tener».15

    Insiste sobre el tema, en Navidad del año siguiente. Esta vez, pone en evidencia la belleza de la evangelización. Después de haber escu­chado a las Hermanas afirmar que el medio para permanecer fieles a la vocación consiste «en amar a los pobres como a miembros de Jesucristo», dice: «Estar continuamente al servicio del prójimo… y colaborar con Dios en la salvación de las almas… ¿hay algo más importante?».16

    Afirma así, una vez más que, en su concepto, la vocación y la misión van siempre unidas.

    En la conferencia de junio de 1653, san Vicente, con ayuda del ejem­plo que le proporciona la petición de la reina de Polonia, hace resaltar que todo lo que se opone al servicio de los pobres, constituye una tentación. La infidelidad empieza con la primera desviación respecto a lo que he prometido; en cierto modo, consiste en sustituir el «sí» inicial por un «no».

    San Vicente es realista. No ignora los obstáculos con que tropieza esa marcha progresiva en la fidelidad y de ello, advierte a las Hermanas. Por ejemplo, cita el desgaste que trae consigo lo que se hace todos los días: «Cuando me mandan hacer alguna cosa, me gustaría más irme de paseo».17 En una carta a Margarita Chétif, recuerda que puede presen­tarse una tentación: «La naturaleza se cansa y se echa para atrás», pero añade que no hay que extrañarse por ello puesto que nuestro Señor mismo fue tentado.18

    San Vicente señala también entre los obstáculos, los embates de las corrientes contrarias… Pueden, entonces, darse verdaderos «pasos en el vacío» o un estado persistente de desaliento, unido a la dificultad de reconocer las propias limitaciones, y de ahí, se llega a dejarlo todo. Otras veces, se da el rechazo de todo cambio o una especie de inca­pacidad para resistir a la tendencia actual de relativizar todo compromi­so: las motivaciones iniciales se van borrando progresivamente. Pueden entonces aparecer también problemas de fe o problemas afectivos.

    Dentro del mismo servicio, y según la actividad desempeñada en torno al profesionalismo, pueden surgir hoy otros obstáculos: el del traba­jo con su ritmo, el del «clima de las relaciones» en el grupo y sus tensio­nes, la inquietud ante la rapidez de la evolución de una profesión que lleva consigo el temor de que se deteriore nuestra competencia. La prosecu­ción de una formación continua en el plano técnico puede entonces suplantar a toda otra inquietud… Por último, hay que citar el impacto del dinero, punto habitual de referencia, hoy, en la vida ordinaria. ¡Qué difícil es conservar una mentalidad de pobre cuando se tiene la seguridad de un sueldo importante, aunque éste se deposite en la caja comunitarial… Paradójicamente se va abriendo camino la revalorización del sentido de «gratuidad»; la atención, la reciprocidad desinteresada son portadoras de otro mensaje: el de la amistad, y esto es posible a pesar de los obstáculos.

    Otra prueba a la que se ve sometida la fidelidad es la repercusión que tienen en nosotras las salidas de la Compañía; ya san Vicente se preocupaba por esto, y la cuestión nos afecta hoy también.

    III. ¿DE QUÉ MEDIOS DISPONEMOS PARA VIVIR EN FIDELIDAD? ¿QUÉ PUEDE AYUDARNOS A VIVIR RADICALMENTE NUESTRO COMPROMISO?

    «Si le fuéramos infieles, Él permanecería fiel».19

    A. El ahondar en nuestra vida interior, en nuestra vida de fe, espe­ranza y amor, traza el camino de nuestra fidelidad. Esforcémonos por llegar al estado de oración como nos lo explica san Vicente. En medio de la rutina y de la sobrecarga de cada día, tenemos que saber reser­varnos tiempos de intimidad, indispensables para vivir una relación auténtica con Dios, sin la cual el amor se apaga. «Nos comprometemos porque el amor lo necesita y porque el compromiso con Dios no puede ser sino amor»(Voillaume).

    La enseñanza de san Vicente a las primeras Hermanas sugiere ese impulso del corazón que lo mantiene orientado hacia Dios, aun en medio de las actividades más absorbentes: «¡Oh Dios! Tú eres mi Dios…».

    El deseo de entrar en comunicación con el Señor, de esos contac­tos aun rápidos con Él, sostiene en los períodos de aridez que jalonan nuestro camino. Cerciorémonos de que nuestro trabajo tiene siempre el doble aspecto de la inquietud misionera, es decir, la actividad del servi­cio y la contemplación.

    B. Entre los medios que la fidelidad tiene que emplear, hemos de dar un punto especial a la pobreza interior, a la humildad. La pobreza interior, el desprendimiento del espíritu, se unía, en nuestras primeras Hermanas, a la pobreza exterior, a su hábito de compartir, y ello las establecía en la disponibilidad plena a la voluntad de Dios. San Vicente las ponía en guar­dia contra el apego excesivo a las personas y a los lugares: «…entonces, servirá a la parroquia, pero no a los pobres; lo hará por la satisfacción que siente y no por el motivo por el que tiene que hacerlo».20

    De este espíritu de desprendimiento y de disponibilidad, son inse­parables la humildad y la pobreza interior. Hoy parece necesario un esfuerzo especial para combatir cierta actitud de suficiencia, directa­mente contraria a la humildad. Siempre es actual la tentación de «Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres».21 Esto nos incapacita para ver, para comprender, para actuar en favor de los demás… y, por lo tanto, para servir. San Vicente insiste sin cesar, en la práctica de la humildad en seguimiento de Jesús «manso y humilde de corazón, que vino a servir». La falta de humildad «es lo que hace perder la vocación… es imposible que persevere una (Hermana) que no tenga humildad».22

    San Vicente insiste en el riesgo de desviación y de infidelidad que lleva consigo el dirigirse a los que no nos conocen: «Lo mismo que, para recibir las influencias de la cabeza, es preciso que los miembros estén unidos al cuerpo, también, hermanas mías, mientras perma­nezcáis unidas a vuestra cabeza, participaréis de las influencias que Dios le comunica a todo el cuerpo; pero si os vais a otra parte, os haréis indignas de este bien. Si yo tuviese cortado un brazo, no podría participar ya de las influencias de mi cuerpo; de la misma forma, una hermana separada del cuerpo, ya no participa de lo que éste hace… Mientras sigáis unidas a la cabeza, seréis fieles a vues­tra vocación: pero si os vais a otra parte, ya no tendréis la vida de vuestro espíritu».23

    En nuestros días, el P. Tillard escribe en el mismo sentido: «…Hay que huir a toda costa de la insidiosa tentación del denominador común, que ahoga la identidad y hace que no se tenga nada específico que ofrecer».24

    Esta cuestión de la identidad es fundamental. Una Hija de la Cari­dad revela su identidad particular por el espíritu con que cumple su servicio a los pobres. La situación de lucha del mundo actual hace de urgente necesidad una «relectura» de san Vicente y santa Luisa, que nos volverán a hacer escuchar la llamada a la conversión… Va en ello, el que se mantenga la vocación vicenciana. Cuando lleguen las tenta­ciones que pongan en peligro la fidelidad, escuchemos a san Vicente dirigiéndonos hacia aquellos y aquellas que conocen y poseen el espí­ritu de los Fundadores: «Haced lo mismo con vuestras enfermedades espirituales, y ya veréis cómo recibiréis algún alivio».25

    Y san Vicente explica: «La que, a pesar de sus sinsabores, hace lo que puede, ésa es fiel. Y aunque os parezca, hijas mías, que sois malas Hijas de la Caridad, y que no hacéis nada que valga la pena, no os vayáis, aunque a veces se os ocurra pensar que deberíais marchar a otra parte».26

    Este problema de las salidas de la comunidad nos hace cuestionarnos: ¿Cuál es el papel de nuestras comunidades? ¿Qué ayuda propor­cionan para vivir nuestros compromisos? ¿No tendremos que reflexionar acerca de este punto y plantearnos una serie de preguntas?

    • ¿Qué tipo de comunidad contribuimos a crear?
    • Esa comunidad ¿es «integrante?», es decir, todas las que la com­ponen ¿se sienten miembros, «cuerpo» de ella?
    • Los intercambios y, en especial, la revisión comunitaria regular ¿crean un clima de verdad en nuestras relaciones mutuas?
    • ¿Aceptamos emplear tiempo suficiente, aportar una presencia «densa» y una atención a las demás en la vida interna de la comu­nidad? ¿Tenemos siempre pronto un pensamiento de benevolen­cia o disculpa cuando surge una tensión?
    • La oración comunitaria ¿nos reúne todos los días?
    • Nuestra vida fraterna ¿plantea un interrogante a los que no creen y ofrece una respuesta a los cristianos que buscan algo más, por su sentido de:
      • la acogida y la gratuidad,
      • la justicia y la solidaridad,
      • la pobreza, la castidad, la adoración?
    • Su fe ¿la hace signo e instrumento de conciliación y reconciliaciones?
    • La vitalidad espiritual y misionera de nuestra comunidad ¿es lo suficientemente fuerte como para hacerse cargo de las deficien­cias y convertirse en apoyo en los momentos de «tentación?»

    EN CONCLUSIÓN

    ¿Cómo responder mejor al desafío de la infidelidad en una época en que, por costumbre, se cuestiona y discute todo compromiso? La Reno­vación nos encuentra, en efecto, cada año, en situación diferente y el tiempo de preparación que le precede debe llevarnos a una búsqueda y descubrimiento del querer divino, a veces desconcertante…, pero sin que, en medio de lo que nos asombra, nos falte una certeza: «Él per­manece fiel».27

    Por este camino, por el que marchamos en seguimiento de Cristo, la Virgen María nos ha precedido. Ella se mantuvo fiel. Supo aceptar las sombras de la Anunciación, la incomprensión en el Templo, el sufri­miento de la Pasión, la espera del Cenáculo, con una adhesión sin cesar renovada a su primera respuesta de amor. Donde no existe ese amor, esa voluntad de estar disponibles a lo que Dios quiera, «ese mismo que­rer con el ser amado», dice san Vicente, no puede existir la fidelidad. La fidelidad verdadera es siempre acogida en una «dinámica de lo provi­sional», de la que no se puede separar. Sin esa fidelidad, tampoco encontrarán respuesta las llamadas urgentes de los pobres.

    La Iglesia espera que las Hijas de la Caridad ofrezcan el signo de la fidelidad verdadera en el servicio a Cristo en los pobres, fidelidad a nuestro carisma, que repetidamente ha recibido de ella su autentifica­ción: «No tengáis ojos ni corazón más que para los pobres».28 Este ser­vicio es nuestra tarea.

    La fidelidad no se impone. Es del orden de la fe y del amor y perse­vera en la esperanza. Se vive en la humildad, la pobreza y la confianza. Por último, la verdadera fidelidad es una opción siempre nueva. Su «tiempo fuerte» anual es la Renovación, pero día tras día, la preferencia que damos a Dios sobre todo… «lo demás», debe poner de nuevo nues­tra firma a nuestra primera entrega hecha por amor. «Concédeme, Señor, la gracia de la fidelidad por tu Hijo Jesucristo y la intercesión de la Virgen Inmaculada».29

    Unámonos en agradecimiento y oración a las intenciones de nues­tro Superior General, P. Ricardo McCullen, y a las de nuestro Director General P. Lloret. No olvidemos al P. Slattery, y al P. Richardson en su nueva labor en Kenya, así como el P. Jamet y a nuestra Madre Chiron.

    En esta unión de espíritu y corazón, me repito fielmente de ustedes siempre afma.

    SOR LUCÍA ROGÉ
    Hija de la Caridad

    1. IX, 821.
    2. IX, 823.
    3. Mt 25, 35-36.
    4. Mt 15, 32.
    5. Lc 10, 29-35.
    6. Mt 6, 9-13.
    7. Lc 15, 23-24.
    8. Mt 5, 23-24.)

Estas actitudes fundamentales, traducidas a actos concretos, humildes y sencillos, son las que permiten a la Hija de la Caridad desempeñar su servicio, continuar sirviendo, sin detenerse a juzgar al «Amo», con la libertad de un amor auténtico. La misericordia mantiene el corazón disponible y abierto, y así es como se expresa la perma­nencia del amor.

II. ¿QUÉ RAZONES TENEMOS PARA SER FIELES?

A. Se desprenden todas, de este pensamiento de san Vicente: Es el amor que Dios nos tiene, la toma de conciencia por nuestra parte, de esa su bondad paternal, lo que sostiene toda fidelidad verdadera. Insistiendo en un pensamiento que le es muy querido, san Vicente repite: «Sí, Dios es el padre de las Hijas de la Caridad de una manera espe­cial, de forma que ellas no tienen que aspirar y respirar más que para darle gusto».8IX, 562.

  • IX, 564.
  • IX 231.
  • IX, 566.
  • IX, 274-275.
  • IX, 240.
  • IX, 302.
  • IX, 415.
  • IX 569.
  • VI, 182.
  • 2Tim 2, 13.
  • IX, 239.
  • Lc 18, 11.
  • IX, 1070.
  • IX, 577.
  • TILLARD, «Devant Dieu et pour le monde», Ed. Cerf, 1974.
  • IX, 577.
  • IX, 571.
  • 2Tim 2, 13.
  • Juan Pablo II, Audiencia a la Asamblea General, 11 de enero de 1980.
  • E. 17. Const. y Est. Ed. de 1975.
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