Lucía Rogé: Circular de Renovación, 1978

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Lucía RogéLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Lucía Rogé, H.C. .
Tiempo de lectura estimado:

LA OBEDIENCIA

París, 2 de febrero de 1978

Queridas Hermanas:

Unida de corazón con ustedes, y animada con la misma voluntad de darnos de nuevo a Dios para servirlo en la persona de los pobres, he presentado nuestras peticiones a nuestro Superior General, que nos concede la gracia de renovar nuestros compromisos el próximo 3 de abril, fiesta de la Anunciación de la Virgen María, «maestra de vida espiritual».

Esta carta del 2 de febrero siempre es para mí ocasión de reflexionar con ustedes sobre nuestra consagración. Hoy, les propongo hacerlo, jun­tas, sobre la obediencia.

Primeramente, fieles a la resolución de profundizar en la doctrina de los Fundadores, escucharemos a san Vicente. Después, estudiaremos algunos puntos de nuestras Constituciones. Por último, trataremos de considerar cómo vivir actualmente, en fidelidad a estas dos orientacio­nes, esta línea fundamental de la consagración, la obediencia.

San Vicente, ya el 31 de julio de 1634, pide a las primeras Hijas de la Caridad que honren la sumisión del Hijo de Dios practicando la obe­diencia. Al mismo tiempo, ve en ello la respuesta de disponibilidad incondicional de la pequeña Compañía, necesaria para la misión y para el cumplimiento del designio de Dios por parte de la Compañía. Todo el ser de la Hija de la Caridad debe estar orientada al servicio de los pobres. De hecho, al obedecer a los superiores, la Hija de la Caridad responde a las llamadas de Dios en los pobres.

El origen de la obediencia, para san Vicente, está en la contempla­ción del Hijo de Dios.

«Él, que dio ejemplo y fue obediente hasta la muerte de cruz».1

Así, el 14 de julio de 1650, san Vicente promueve la adhesión espon­tánea de la primera generación de Hijas de la Caridad con esta oración:

«Sí, mi Señor Jesucristo, con todo el afecto de mi corazón, con toda la fuerza de mi alma, me entrego enteramente a ti para vivir y morir en la obediencia, tanto si me mandan a aquel lugar, como si me retiran para poner allí a otra… Con tal que quieras tú, Dios mío, concederme la gra­cia de obedecer por tu amor durante toda mi vida».2

La Hija de la Caridad, debe por tanto, esforzarse en «quebrantar su propia voluntad» como Jesucristo, el nuevo Adán, que «no intenta más que quebrantar su voluntad».3

Pues bien, una persona «que ama la obediencia, indica que tiene el espíritu de nuestro Señor»4 y eso libremente, sin coacción, porque donde hay amor, no hay coacción. No se trata de obedecer como a dis­gusto, hace notar santa Luisa; obedecer «es prescindir libremente de nuestra voluntad para hacer la de los demás… para ser siempre agra­dables a Dios mediante la unión de nuestra voluntad con la suya».5

Pero esta imitación del Hijo de Dios, obediente hasta la muerte, es también condición de fidelidad a la misión: san Vicente afirma, en junio de 1642, que la obediencia es más necesaria para las Hijas de la Cari­dad «que para cualquier otra comunidad»,6 «la obediencia os sirve de muralla».7

Y santa Luisa, en 1653, recuerda a las Hermanas la conferencia en la que san Vicente presentó la obediencia como nuestro claustro: «suplico a Nuestro Señor, cuyo ejemplo ha sido el que nos ha encerra­do en ese claustro santo, que nos conceda la gracia de no desviarnos nunca de él».8

No pensemos demasiado deprisa que esto sea solamente en razón del estilo de vida particular de las Hijas de la Caridad. Una vez más, lo más importante para san Vicente, es el cumplimiento del designio de Dios sobre la Compañía y la fidelidad al servicio de los pobres, con humildad, sencillez y caridad. «¿Qué es lo que os puede obligar al ser­vicio de Dios en vuestra santa vocación sino la obediencia?».9

De ese modo, la prosecución de la misión está, en cierto modo, garantizada por la obediencia, porque «muchas veces, hijas mías, nuestro juicio es ciego, y se nos oculta el conocimiento de lo mejor, lo mismo que pasa a veces con los rayos del sol, cuando se pone por medio alguna nube».10

Santa Luisa, haciéndose eco, dirá más tarde: «nada hay tan ciego como los ojos para verse a sí mismos, aunque vean las demás cosas».11

Y san Vicente precisa: «Donde no hay obediencia, nada puede mantenerse».12 San Vicente insiste aún el 23 de mayo de 1655: «¡Dios mío, que haya pobres Hijas de la Caridad que pierden mucho por su culpa! Sirven a los pobres, van y vienen, se matan por no hacer nada, puesto que siguen su propia voluntad».13

La obediencia es, igualmente, indispensable para la misión, porque es factor de unidad, de unión entre las Hermanas: «cuando el Hijo de Dios se hizo hombre, fue para obedecer al Padre; de forma que, si obe­decéis como es debido, conservaréis la unión».14

Obediencia, imitación amorosa de Jesucristo, condición indispen­sable para la Misión, y fidelidad activa al carisma recibido de Dios, ahí está todo para san Vicente.

Las Constituciones, con otro estilo, hablan el mismo lenguaje. En C. 18, nos proponen que reproduzcamos la actitud de Jesucristo en la ofrenda total a Dios de nuestra libertad. Encontramos aquí el pensa­miento de san Vicente: la obediencia no se vive como a pesar nuestro, ni en la coacción. La obediencia no se padece, se la transforma libremente, por amor, en decisiones que llegan a ser personales.

«Sumisiones naturales que se convierten en adhesión filial al Padre, la fe en Jesucristo».15

San Vicente nos ha repetido constantemente que la Compañía es la obra de Dios: «yo no pensaba en ello…»

Por tanto, no es el resultado de medios humanos. Por ello, las Cons­tituciones nos explican que en la Compañía, autoridad y obediencia son búsqueda; por eso mismo, en esa búsqueda común del plan de Dios para la evangelización de los pobres, autoridad y obediencia son servi­cio mutuo; son, finalmente, aceptación humilde y leal de: «la voluntad de Dios, que se manifiesta a la Compañía por el clamor de los pobres, las llamadas de la Iglesia, los signos de los tiempos».16

La Compañía, en efecto, no puede persistir ni transformarse por medios humanos, sino por la intervención del Espíritu que tenemos que pedir juntas, para que después aceptemos seguirle, con humildad, en la fe. También juntas, recibiremos esta gracia. Autoridad y obediencia, por tanto, han de vivirse como un servicio, en un clima de diálogo, de corresponsabilidad.

Efectivamente, estamos juntas con un proyecto comunitario local «concebido en referencia a la misión», al servicio de los pobres, en fide­lidad a las Constituciones. Juntas, buscamos las decisiones que hayan de tomarse en función del bien común, y del servicio a los pobres, inte­grados ambos en el proyecto comunitario.

Nuestra parte de responsabilidad, mediante los intercambios y las consultas, es real. Con todo, no podemos vivir continuamente de encuen­tros colectivos, y esto aunque la comunidad esté particularmente unida en caridad fraterna. Cada una de nosotras necesita un diálogo singular, donde de hecho se instaura el verdadero diálogo de la obediencia: es la comunicación. En la comunicación, preparada en la oración y vivida en la fe, una y otra se reconocen mutuamente vinculadas por una misma lla­mada y por esa adhesión común al Evangelio, a la Iglesia, a san Vicente y a las Constituciones. Juntas, Hermana Sirviente y compañera, median­te una auténtica presencia mutua, tratan con humildad de descubrir a Cristo presente Él también en la búsqueda misma.

El diálogo confiado permite poner en tela de juicio las motivaciones. Juntas, hemos de reflexionar y exponer las razones. Sin embargo, «… los Superiores, tienen el deber de guiarlas y de tomar las decisiones finales. La obediencia que han escogido libremente supone sacrificios…».17

Entonces, si el resultado es «sí», es una especie de confirmación de la verdad. Tratemos de descubrir la alegría en el servicio al mismo Señor, alegría de encontrarnos a través del mismo deseo misionero, junto a los pobres. Entonces, puede nacer la comunión, porque ahí está lo esen­cial, «hacer a Dios presente a los pobres».

Si el resultado es «no», san Vicente mismo nos dice que puede pre­sentarse de nuevo la petición… después, saber recibir un nuevo «no» sin acritud. No hay que dramatizar. Aceptemos lúcidamente que la obe­diencia supone sacrificios, aunque la hayamos escogido libremente. Cuando ella nos impulsa en sentido contrario a nuestros deseos, empie­za una etapa de fe más purificada. Va acompañada de combates inte­riores y de oscuridad. La palabra de nuestra Madre Guillemin toma aquí toda su amplitud: «Cuando se ama, se arroja una en Dios sin ver y sin comprender».18

La obediencia vivida en la Compañía desde los orígenes, ha soste­nido la cohesión de nuestra vida consagrada a Dios en el servicio a los pobres. Ha permitido también mantener ese proyecto común del servi­cio corporal y espiritual a los pobres y a los más pobres, en comunidad de vida fraterna, en espíritu de humildad, sencillez y de caridad.

Con el estudio de los textos de los Fundadores y el de las Consti­tuciones, podemos obtener los rasgos característicos de la obediencia, hoy, en la Compañía de las Hijas de la Caridad:

  • se vive en la fe y se traduce por una actitud de fe,
  • tiende cada vez más a ser una actitud de comunión,
  • y así, llega a ser realmente una actitud misionera.

Obedecer, es en verdad, cumplir un acto libre a la luz de la fe. Obe­decer, para una Hija de la Caridad, es, pues, hacer suya una decisión propuesta por «los superiores que tienen el deber de guiarlas».19

Tenemos, ellos y nosotras, una misma pertenencia que nos da res­ponsabilidades a unas con relación a las otras. Un designio común nos une: el servicio espiritual y corporal a Cristo en los pobres.

Sin embargo, la pertenencia común no suprime las tensiones. Cuan­to más se opone una decisión de la autoridad a una decisión personal, mayor dificultad se encontrará en obedecer. La primera actitud debe ser la de la fe, mirar a Cristo, orar.

Con todo, tenemos que admitir que, en los momentos de tensión y, a veces, hasta de rebeldía interior que pueden sobrevenir, por ejemplo, ante la constatación de una injusticia, Dios se oculta. Orar resulta impo­sible. Todo se cubre con la sombra de la decepción, hasta las mismas convicciones que dieron impulso a la vocación. Sigue una angustia dolorosa, con una resonancia muy personal. Entonces nos sentimos pro­fundamente turbadas en nuestro interior… Otro, sin embargo, nos ha pre­cedido en este camino: «Ahora, mi alma está turbada».20

En la agitación inmediata, no es el momento propicio para el diálogo ni para pedir explicaciones. Es el momento de la oración y la contem­plación de Aquél que vino antes que nosotras y para nosotras. El tiem­po que pasamos así contemplándolo, nos devuelve de hecho nuestra libertad:

«La meditación evangélica insistente es esencial».21

Este impregnarnos de Jesús nos libera, porque Él es la Verdad. «La verdad os hará libres».22

Sin esta prolongada mirada a Cristo, sin ese tiempo consagrado a la oración, nuestra reacción queda falseada, ya no es libre: la emoción la desvía, nos hacemos vulnerables a toda clase de presiones. Ese tiempo de contemplación, por el contrario, nos sitúa frente al Misterio de la Cruz. Nos hacemos conscientes de que aceptar o rechazar una proposición entra en la historia del designio de Dios sobre nosotras. Ese tiempo de reflexión hecha oración, nos vuelve a situar ante el Misterio Pascual y la certeza de que, «de la muerte brota la vida».

Es esta disposición de libertad interior, se hace posible empezar el diálogo y la confrontación. Entonces, nos situamos en una relación cen­trada en el proyecto comunitario. El diálogo puede ampliarse pasando de la comunidad local a otros campos, por ejemplo, pastorales. Se trata de una especie de relectura de lo que se nos propone. En esta relectu­ra, nos esforzamos por ser fieles a la «identidad radical» de Hija de la Caridad y a las realidades misioneras concretas.

La decisión viene después de una tercera etapa: oración, concerta­ción y reflexión, y de nuevo, tiempo de oración. Porque para la decisión, en definitiva, estamos solas ante Dios. Él es el principal interlocutor a quien tenemos que responder. Nuestro «sí» o nuestro «no» se sitúa en la línea de la propuesta que se nos dirigió el día en que pronunciamos, por primera vez, los Votos. La decisión, por tanto, no puede tomarse sola­mente con ayuda de consideraciones unilaterales. Tenemos que tener en cuenta el proyecto primero de Dios sobre nosotras y un conocimiento actualizado de la Compañía.

En la Compañía de las Hijas de la Caridad es donde «yo» debo res­ponder a las llamadas de Dios. La Compañía ha recibido de Él un caris­ma. Por las Asambleas, los encuentros, Él asegura su presencia y su luz para proseguir y cumplir su designio. «Para obedecer, necesitamos la gracia de Dios; necesitamos que Dios se mezcle en ello».23

Este volver a la oración después del intercambio, garantiza por tanto, la decisión en plena libertad. Entonces, puede hablarse de obe­diencia activa y responsable, aunque dé miedo. Dice el P. Tillard: «nor­malmente, aunque especulativamente en desacuerdo con la voluntad del Superior o de la Comunidad, cuando uno percibe que el plan de Dios… no por ello quedará gravemente comprometido, después de haber hecho lo que se ha podido para que triunfe lo que parece la solu­ción justa, se obedece. Incluso, si uno se sabe personalmente afec­tado…».24 Con palabras de hoy, es el pensamiento de san Vicente.

Por último, la obediencia considerada así, ante Dios y la comunidad antes de vivirla, es una obediencia de comunión.

Se la vive conforme a dos planos:

  • en primer lugar, comunión con la Hermana Sirviente o con la Visi­tadora, y a veces con las Hermanas de la comunidad local, a tra­vés de un intercambio y de la búsqueda del Señor;
  • luego, se llega en definitiva a la única comunión que se desea, comunión con la voluntad de Dios.

Esta obediencia-comunión defiere de la pasividad y de la claudica­ción. Es ardua y a veces dolorosa. En espíritu de humildad, necesitamos reconocer nuestras limitaciones, nuestra necesidad de ser orientadas. Debemos admitir la dificultad de ser lúcidas cuando se trata de nosotras personalmente. En la fe, muchas veces trabajosamente, descubrimos en los Superiores el vínculo preferencial con la Compañía a la que Dios nos ha llamado y, en cierta manera, un «medio» privilegiado para comulgar con su voluntad. Igualmente, Dios nos ha reunido, como Hermanas, uni­das por una común vocación expresada en las Constituciones. En la escucha recíproca, descubrimos la luz que Dios da a cada una para dis­cernir su voluntad en el compromiso colectivo que nos une con Él.

Nuestras Constituciones nos invitan en este sentido a superar los intercambios superficiales, tanto a nivel personal, en la comunicación, como a nivel ampliado por la revisión comunitaria, la revisión de vida vicenciana y los distintos intercambios espirituales de la Comunidad.

A nivel provincial, las diversas consultas, las comisiones técnicas y las comisiones de trabajo sobre un punto particular, constituyen igual­mente instrumentos de participación que ayudan a hacer realidad la comunión.

En efecto, juntas, es como afinamos nuestra percepción común de la vocación de Hija de la Caridad. De ahí, puede brotar «algo nuevo, es decir, algo originalmente verdadero».25 «Algo nuevo… originalmente ver­dadero»… ¿No es eso lo que Dios espera de nosotras?

Lo originalmente verdadero no se opone al pasado, no lo destruye, no lo desprecia (se trataba de otro contexto de vida), sino que hace algo nuevo después de haber vuelto a encontrar la inspiración primitiva. Los valores vividos desde los orígenes forman la realidad de la Compañía, la de hoy como la de antes. Las modalidades de expresión son secunda­rias a los valores, y no a la inversa. No se trata de «pegarse» a la actua­lidad, aunque sea religiosa: lo originalmente verdadero para las Hijas de la Caridad es acercarse a la vida de los pobres de hoy, en los que encuentran a Dios y le abordan en actitud y en función de siervas, es decir, en espíritu y en verdad.

Hablar del proyecto personal, es situarse en este conjunto de bús­queda, dentro del proyecto general de la Compañía: las Constituciones. En ellas, se encuentra reconocido, inserto y autentificado en los distin­tos niveles de comunión comunitaria. En el caso contrario, se presenta como un carisma particular, como puede ocurrir a veces. En esas con­diciones, tiene que proseguir por otros caminos: Carlos de Foucauld y la Madre Teresa son ejemplos ilustres de esto.

Esta propuesta de la obediencia-comunión al querer del Padre, en seguimiento de Jesús en su don total, pasa la mayor parte de las veces por la palabra de «algún otro». Ese «algún otro» tiene una personalidad ordinaria, que decepciona, cuya divergencia de miras con nosotros frenan a veces el impulso de nuestra adhesión. Es la capacidad de los Superiores que, por un tiempo, tienen el deber de guiarnos y tomar las decisiones finales.

Sin embargo, desde el principio de nuestro compromiso con la Compañía, el Espíritu nos impulsó con un mismo movimiento a entrar en ella y aceptar sus estructuras concretas:

«La obediencia que debéis a vuestras Reglas es de una gran impor­tancia. Les debéis obediencia desde el día de vuestra entrada en la Compañía; porque no habéis sido admitidas sin haber dicho que así lo queríais. De ordinario, se os concede bastante tiempo para pensar en ello, no se os oculta nada».26

La obediencia es misionera. Lo es particularmente cuando se une con la obediencia de Cristo, comunión con el querer del Padre, servicio a su designio de Salvación de la humanidad. Asumir decisiones coac­cionantes y penosas en fidelidad al compromiso adquirido, es entrar en comunión con Él mediante una disponibilidad radical. Una vida seme­jante sigue siendo inexplicable fuera del amor, del amor de Dios. Es, en verdad, locura por el Reino.

La obediencia es misionera, porque es el vínculo con la Compañía, que es «misionera por naturaleza».27 La Compañía nos reúne para la Misión. Ella es la que nos envía en nombre de la Iglesia, y por la obe­diencia en el seno de la Compañía, nos insertamos en la misión eclesial, con la línea específica vicenciana del servicio a Cristo en los pobres. Rechazar la obediencia y pretender permanecer en la Compañía repre­senta una incoherencia misionera. La ruptura de comunión que, en efec­to, sigue a la negación de la obediencia, va en contra de la misión. Como todo lo que lleva a la división, no puede ser obra del Espíritu.

La obediencia nos reúne en Comunidad de vida fraterna para la misión. Nos une a todas al servicio de la misión y, en ella, se fusionan nuestras voluntades, para «buscar y aceptar, humilde y lealmente, la voluntad de Dios que se manifiesta a la Compañía por el clamor de los pobres, las llamadas de la Iglesia, los signos de los tiempos».28

Las opciones que hay que tomar deben pensarse en función de esas tres líneas que señalan las Constituciones, descifrarlas juntas. La lectura de los signos de los tiempos sigue siendo la gran dificultad en esta época de mutación incesante. Sin embargo, hemos venido para el servicio, el del amor, particularmente para servir a los pobres. Cristo nos muestra en el Evangelio el gesto del Siervo. Hay que empezar por qui­tarse la vestidura personal: «se levanta… se quita el manto, y tomando una toalla, se la ciñe».29

La vestidura que hay que quitarse para convertirse en sierva es, ante todo, la de la voluntad propia, para tomar otra, la de la dependen­cia. Por otra parte, ésas son las condiciones de vida de los pobres a quienes no podemos servir sin ser una misma pobre. Hay muchas maneras de situarse en la categoría de los que poseen. Es posible, aun inconscientemente, apropiarse influencia y responsabilidad, y quitar así de nuestra vida la dimensión «sierva». El voto de obediencia que nos preparamos a hacer, manifestará nuestra voluntad de estar enteramen­te disponibles: «Convencido de que la obediencia es una virtud particu­lar del ministro de Cristo…».30

Y así, es como queremos seguirle. Pero esta disponibilidad y esta movilidad para responder al servicio de los pobres, las viviremos en la alegría, en la medida en que estén enraizadas en el amor y en la humildad. Cualesquiera que sean los trabajos que se nos pidan, vivamos en la aceptación difícil de nosotras mismas, reconociendo, junto a algunas posibilidades que Dios nos ha dado, nuestras carencias y nuestras debilidades: «la obediencia es hija de la humildad».31

La conversión es la que nos hará vivir auténticamente la espirituali­dad misionera, «que se expresa con longanimidad, con suavidad, con caridad sincera y absoluta pobreza».32

Ahora que nos estamos preparando para renovar nuestro compro­miso de don total a Dios para el servicio de los pobres, miremos a la Vir­gen María. Ella se comprometió en la Anunciación, «y este compromiso va a desposeerla de sí misma, en nombre de su Hijo Jesucristo».33

Entra en diálogo con el ángel, pero un compromiso en la fe termina el intercambio. No duda de Dios, de su acción en ella. Con humildad, reconoce «su bajeza», pero la confianza y el amor dominan en la adhe­sión del «Fiat». De ella, tenemos que aprender sin cesar la obediencia-servicio, hecha de disponibilidad y de renuncia, de bondad y de delica­deza, de fuerza y vigor teologales, porque, «la caridad de Jesucristo crucificado nos apremia… a correr al servicio de todas las miserias».

En este año de 1978, que inaugura para nosotras el tiempo del tra­bajo preparatorio para la Asamblea General de 1979, acudamos con más frecuencia al Espíritu de amor «y Él renovará la faz de la tierra».

Encomendamos también, con agradecimiento, a nuestro Superior General, el P. Richardson, a nuestro Director General, P. Lloret. No olvi­demos al P. Slattery, al P. Jamet y a nuestra Madre Chiron.

En Cristo, Siervo obediente del Padre, les queda fraternalmente unida.

SOR LUCÍA ROGÉ
Hija de la Caridad

 

  1. IX, 79, 711; XI, 688-689.
  2. IX, 473-474.
  3. IX, 714.
  4. Ibídem.
  5. IX, 722.
  6. IX, 79-80.
  7. IX, 481.
  8. SLM, p.397.
  9. IX, 80.
  10. IX, 83.
  11. SLM, p. 499.
  12. IX, 484.
  13. IX, 715.
  14. IX, 960.
  15. GUILLET, Jésus Christ, hier et aujourd’hui.
  16. C.18. Ed. de 1975.
  17. C. 18. Ed. de 1975.
  18. Sor Susana GUILLEMIN, Escritos y Palabras, CEME, Salamanca, 1988, p. 77.
  19. C. 18. Ed. de 1975.
  20. Jn 12, 27.
  21. MANARANCHE, Celui qui vient, Ed. Du Seuil, 1976.
  22. Jn 8, 32.
  23. XI, 689.
  24. TILLARD, Risques et valeurs de l’obéissance, 1977.
  25. SANTANER, Formes de vie religieuse, 1977.
  26. IX, 85.
  27. C. 37. Ed. de 1975.
  28. C. 18. Ed. de 1975.
  29. Jn 13, 4.
  30. Ad Gentes, 24.
  31. I , 722.
  32. Ad Gentes, 24.
  33. A. ROUET, Marie. Ed. Du Conturion, 1975.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *