Lucía Rogé: Circular de Renovación, 1977

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Lucía RogéLeave a Comment

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Autor: Lucía Rogé, H.C. .
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CASTIDAD Y SERVICIO

París, 2 de febrero de 1977

Mis queridas Hermanas:

Después de haber presentado, en nombre de todas ustedes, a nues­tro Superior General, la petición de renovar los votos, nos concede esta gracia para el próximo 25 de marzo. Así que, dentro de algunas semanas, vamos a decir al Señor, una vez más, que en respuesta a su llamada, hacemos voto de servirlo en la persona de los pobres, en la Compañía de las Hijas de la Caridad y, por lo mismo, de vivir en castidad, en pobre­za y en obediencia.

Como preparación a este nuevo compromiso personal les propongo reflexionar, juntas, sobre este vivir en castidad para ser testigos de la caridad de Cristo en medio de los pobres.

Otras circulares han especificado el vínculo entre castidad y «vida teologal auténtica». Hoy, trataremos de profundizar más particularmente en este «vivir en castidad» dentro del realismo de nuestra vida de servicio.

Reflexionaremos

  • sobre algunos pensamientos de san Vicente;
  • sobre ciertos puntos a los que hoy debemos prestar atención especial;
  • y, finalmente, sobre nuestra fidelidad.

Cualquiera que sea el vocabulario utilizado en nuestros días: «celiba­to consagrado», «celibato por el Señor», «castidad consagrada a Dios», coincide perfectamente con el pensamiento de san Vicente, para quien la castidad es una respuesta al amor de Dios:

«Dios hace, sin embargo, tanto caso de nuestro amor, que quiere tener­lo por entero solamente Él: «Amarás, dice, al Señor tu Dios con toda tu alma, con todas tus fuerzas, con todo tu entendimiento, con toda tu volun­tad». Fijaos, hijas mías: se lo reserva todo. Hay que observar que este man­damiento no es un apremio, ni una violencia, sino dulzura y amor».1

Este amor a Dios «sin reserva alguna», supone una unión total con el Señor, vivida con todo nuestro ser: espiritual, afectivo, físico. La castidad se vive en un amor supremo a Dios, para contribuir a la realización de su Reino.

Pero el amor a Dios y el amor al prójimo constituyen una sola cosa. San Vicente estableció su vida y su espiritualidad sobre este fundamen­to evangélico. Nos pide, ante todo, que marchemos en pos de Cristo, viviendo en castidad, por amor al Padre que nos concede este don especial, pero nos dice también:

«Lo primero que Nuestro Señor pide de ellas (Hijas de la Caridad) es que le amen soberanamente y que hagan todas sus acciones por amor a Él. En segundo lugar, que se quieran entre sí como Hermanas a las que él ha unido con el vínculo de su amor y a los pobres enfermos, como señores suyos, ya que Nuestro Señor está en ellos y ellos en Nuestro Señor».2

Por tanto, la Hija de la Caridad vive la castidad en el amor, amor absoluto a Cristo y a los pobres en una visión de fe. La castidad no puede explicarse sin referencia a Dios, sin su amor, en el que se funda. La cas­tidad es signo del Reino si manifiesta claramente lo que el amor a Dios y a los pobres operan en nuestra vida cuando la invaden por completo. En el Reino, el dinero no tendrá ya sentido, no será norma, no ejercerá ninguna influencia, no dará poder alguno… por eso, nosotras tratamos de vivir como pobres. En el Reino, no habrá ya injusticias, los últimos serán los primeros; nosotras queremos servir a esos «últimos». En el Reino, «ya no habrá ni varón ni hembra»,3 viviremos según el Espíritu; nosotras que­remos vivir el celibato por el Señor como signo del comienzo de ese mundo nuevo. Siguiendo a Jesucristo, elegimos la castidad por el Reino, para ser con Él misioneras del Padre entre los pobres. Contemplándolo, tenemos que descubrir «cómo» amarlos. Que, a ejemplo suyo, nuestro amor a los pobres se traduzca en un profundo respeto (la mujer adul­tera),4 se manifieste con sinceridad y confianza (la Samaritana),5 vaya envuelto en atención (el joven rico),6  se manifieste en los servicios que se prestan a los amigos íntimos (el lavatorio de los pies)…7 Amor que, en momentos de sufrimiento, consuela, cura, alivia (la viuda de Naín… los leprosos…, los enfermos…, la multitud hambrienta)…8 Amor que hace surgir en los demás lo mejor de sí mismo (Zaqueo).9 Amor que perdona y que rehabilita (María Magdalena).10 «La Regla de las Hijas de la Caridad es Cristo… Para seguirlo más de cerca y prolongar su misión, las Hijas de la Caridad eligen vivir total y radicalmente los con­sejos evangélicos».11

Nuestro Señor nos invita a amar al prójimo con un amor «afectivo», del que habla san Vicente, y que procede del corazón.

«La persona que ama está llena de gusto y de ternura, ve continua­mente presente a Dios, encuentra su satisfacción en pensar en Él y pasa insensiblemente su vida en esta contemplación».12

«Los pobres son, sobre todo, para ellas, la presencia misma de Cristo».13

Así, la Hija de la Caridad que ve constantemente a Dios presente en ellos, a «los que debe amar con ternura y respetar profundamente»,14 a la manera de Cristo.

Al meditar lo que dice san Vicente a nuestra primeras Hermanas a propósito de la castidad, impresionan sus continuas invitaciones a la vigilancia. Mas, sin embargo, es inevitable asociar esas recomendacio­nes de san Vicente con la audacia de sus decisiones cuando envía a las Hermanas a misión.

Pide a sus Hijas que mortifiquen «sus cinco sentidos exteriores y los tres interiores».15

El «absteneos de esas miradas fijas mirando a un hombre o una mujer»16 puede hacernos sonreír tal vez; sería bueno preguntarnos, algunas veces, si esta sonrisa no proviene de una cierta suficiencia o de un poco de ingenuidad.

«No hay nadie que se mueva entre el mundo como las Hijas de la Caridad y que encuentre tantas ocasiones como vosotras, hijas mías. Por eso, es muy importante que seáis más virtuosas que las reli­giosas».17

Escuchemos de todo corazón las súplicas de san Vicente en nom­bre de los pobres: «sed, pues, modestas, por favor… haciéndoos dignas siervas de los pobres».18

El celibato consagrado nos libera para amar a los pobres y para ser­virlos. Al renunciar a compromisos que nacen de vínculos familiares, quedamos disponibles para una familia mucho más amplia: la de los pobres. San Vicente quiere salvaguardar, para ellos, nuestra disponibili­dad. Establece una relación entre las normas de la «modestia» y el ser­vicio de los pobres. Como concretará con mucha frecuencia, todo en nosotras pertenece a Dios, y a los pobres les consagramos…» un amor que no se reserva nada».

Pobreza en el amor… La castidad es la pobreza del corazón. Hay que ir a los pobres con un corazón pobre, que «ha purificado» todas sus motivaciones y se «ha desprendido de sus aficiones particulares», si no, ya no estaría verdadera y plenamente al servicio de los pobres. Desde los comienzos de la Compañía, recuerda ya san Vicente lo que exige este desprendimiento de todo, esta «indiferencia». Quiere que sus hijas estén allí donde sirvan a Dios «por Él mismo, sin ningún compromiso ni apego para con nadie».19

En una Conferencia en que habla de servir a Dios, en realidad se está refiriendo a «asistir a los pobres». Emplea indistintamente ambas expresiones porque para él ambas cosas son manifestaciones de un mismo amor. A menudo, resume su pensamiento en esta frase: «Es menester que no estéis unidas más que a Dios».20

El celibato consagrado nos libera para servir a los pobres… mas, paralelamente, el servicio de los pobres, cuando es auténtico, cuando no busca compensaciones, hace más perfecta la castidad que consa­gramos a Dios.

«Respuesta de amor a una llamada del amor, implica la participación en el misterio pascual, misterio de muerte y vida, que exige la supera­ción de cierta soledad del corazón».21

La castidad es también el cargar cada día con una cruz caracteri­zada por una pobreza radical: la soledad del corazón, acentuada por la renuncia que lleva consigo. Puede ir a veces acompañada de una noche oscura en la que el trato con Jesucristo no ofrece ningún atracti­vo. En ese caso, se vive el celibato consagrado con el peso de una situación humana vulnerable a todas las tentaciones; porque la renuncia se hace con frecuencia por etapas, según las necesidades del corazón que se revelan progresivamente. Y se vuelve a hacer la elección de Dios con una luz nueva proyectada sobre la consagración. Es ésta la hora del amor «efectivo», en el que, según san Vicente, «se obra por Dios sin sen­tir sus dulzuras»: pero añade: «Aunque no gocéis del consuelo de sentir la dulzura de ese amor, no dejáis de tenerlo, ya que todo lo que hacéis, lo hacéis por este amor».22

El amor que el Señor espera de nosotras, que nos hemos consa­grado por el voto de castidad, no es un amor sin luchas ni sin debilida­des, es un amor consciente que va creciendo a través de pruebas que lo purifican. «Purificar» nuestro corazón para Dios que es «infinitamente puro y santo», nos dice san Vicente,23 pensando que nuestro corazón le pertenece.

Esta adhesión al misterio de la Cruz a través del celibato consagra­do, pone su sello en toda nuestra vida. Nuestra época en que el erotis­mo comercializado lo invade todo, en que la satisfacción personal todo lo justifica, me mueve a invitarlas a reflexionar en torno a algunos puntos especiales:

En primer lugar, sobre la ascesis en general a lo largo de cada una de nuestras jornadas. Ya les he hablado de ello, sin embargo insisto, siguiendo a san Vicente que tan significativa la encontraba. Ceder con­tinuamente en detalles concretos de comodidad, alimentación, expan­siones, conduce a ver disminuir la propia resistencia interior ante solici­taciones más sutiles. ¿Cómo renunciar entonces a las exigencias tan poderosas de la posesión afectiva?

En la revisión de nuestro proyecto comunitario local, en nuestros necesarios exámenes, preguntémonos:

  • ¿nuestros ratos de expansión personal y comunitaria son momentos de recuperación no solamente física sino también espiritual?
  • ¿la oración y la consagración ocupan en ellos el lugar que les corresponde?

Además de esta observación general hay otros dos puntos sobre los que nos debemos vigilar:

  • el uso de los medios de comunicación social, especialmente de la televisión.

Algunas preguntas, a las que cada una procurará responder leal­mente delante de Dios, en la oración y en los intercambios comunitarios, servirán de base a nuestra reflexión:

  • ¿Qué motivaciones intervienen en la selección de programas?
  • ¿Somos capaces de confesar que no hemos querido ver un deter­minado programa más o menos erótico; o leer un libro o revista del mismo tipo, o tal vez, ver una película de ese género?
  • ¿Somos conscientes de la destrucción que producen en nuestro interior por su influencia en nuestro subconsciente?
  • ¿Intentamos reaccionar o, por el contrario, dejamos que se des­moronen nuestras convicciones personales al no aceptar ninguna cortapisa?

San Vicente dice: «El que tiene pureza de cuerpo no por eso tiene castidad; es la pureza de espíritu la que constituye esta virtud y le da la perfección, e incluso la esencia; ella es la que echa del pensamiento, del espíritu, de la memoria, de la fantasía, todos los malos pensamientos».24

El servicio a los pobres, con los contactos profesionales y eclesia­les que comporta, nos obliga a mantener habitualmente relaciones sociales con personas del otro sexo. Por todas partes, nos encontramos con reuniones mixtas: trabajo, comisiones de estudio, cursillos… Tanto hombres como mujeres aprecian la ampliación de la visión misionera y el enriquecimiento que producen las aportaciones al trabajo en común. A través de los intercambios y de las responsabilidades compartidas, se anudan lazos de amistad. Hoy, el estilo de tales relaciones, ya se trate de seglares o de sacerdotes, se caracteriza por la sencillez, por la familiaridad incluso, lo que modifica sensiblemente las actitudes de prudencia y de reserva. Han caído en desuso muchas medidas que podríamos llamar de protección; se queda uno solo con su sensibilidad y su fragilidad.

El conocimiento que tiene Vicente de Paúl de la sensibilidad feme­nina lo impulsa a hablar frecuentemente a las Hermanas de su compor­tamiento con el otro sexo:25 «¡Hijas mías, la castidad!… Estaréis todas de acuerdo conmigo en que el deseo de parecer agradable es totalmente contrario a esta virtud… ¡Pero todavía es más desgraciada la que inten­ta agradar a los hombres…!».26

Pasa después del deseo de agradar al afán de exhibirse y la adver­tencia se torna grave: «… tiene un orgullo que es incompatible con la castidad».27

Situarse de una manera sencilla y normal ante las personas del otro sexo, supone conocer bien la propia identidad y poseer una vida interior suficientemente fuerte para no sucumbir a la menor ocasión. Hemos contraído una alianza y pertenecemos a Alguien. En este punto, no puede haber lugar para la menor ambigüedad y menos aún para con­temporizaciones o concesiones.

La entrega de todo nuestro ser a Jesucristo debe ser motivación suficiente para hacernos trabajar incesantemente en el dominio de nosotras mismas y de modo muy particular en aquello que podría con­ducirnos a la infidelidad. La castidad consagrada es el signo de lo abso­luto de Dios en nuestra vida, del poder de su amor y de que rechaza­mos «cualquier clase de ídolos» (P. Santaner).

Procuremos ser sinceras con nosotras mismas en lo que se refiere a nuestros compromisos de darnos totalmente a Dios.

Planteémonos algunas preguntas:

  • Tal amistad, dentro o fuera de la Comunidad, ¿me ayuda a vivir en intimidad con Jesucristo en la oración? ¿Me permite conservar la libertad de corazón y de espíritu? ¿Tengo siempre presentes en la oración la Misión, la injusticia, el sufrimiento, la opresión de los pobres?
  • Tal amistad, dentro o fuera de la Comunidad ¿me aísla de los demás, de la vida comunitaria? ¿Me arrastra a la tristeza, al tedio? ¿Me produce una impresión de vacío y de desinterés por la Misión?

Cuando me siento inquieta, angustiada, con dudas, ¿estoy dispuesta a acudir lealmente a un consejero espiritual y resuelta a seguir sus indi­caciones?

Se trata de lograr una presencia activa junto a los demás, a la vez que sigo siendo yo misma, es decir, «diferente». Se trata de saber expre­sar y exteriorizar mi verdadera identidad de mujer consagrada a Dios en respuesta a su llamada.

«Vivir en castidad no quiere decir llevar una vida asexuada. Es tratar de llegar a ser verdaderas mujeres a través de todo lo que se vive, según la lógica de los compromisos ya contraídos» (P. Santaner).

Esta observación ilustra bien una obligación a la que necesaria­mente hemos de atender: desarrollar «los talentos» de la feminidad que el Señor nos ha otorgado.

Dejemos que crezca en nosotras el dinamismo natural de la entrega de nosotras mismas, que a menudo va acompañado por una calidad de presencia y atención a los detalles, con que el amor matiza el servicio. Orientemos nuestra sensibilidad hacia todos los que sufren en todos los aspectos de la vida; no la dejemos debilitarse con la rutina.

El Señor desea que estemos, como María, abiertas a su Espíritu. Que esta disposición caracterice nuestra actitud siempre que alguien nos aborde a lo largo de nuestra jornada y cualquiera que sea nuestro interlocutor.

Pero vivir en castidad supone también tener siempre muy presente, en la mente y en el corazón, que pertenecemos a Jesucristo. Es atre­verse a decir con Isaías: «Como la esposa hace las delicias del esposo, así harás las delicias de tu Dios».28

También san Vicente proclama, haciéndose eco de la sagrada Escri­tura: «Al entrar en la Compañía, escogisteis a nuestro Señor por esposo y Él os recibió como esposas… Y como el matrimonio no es sino una donación que la mujer hace de sí misma a su marido, también el matri­monio espiritual que habéis contraído con nuestro Señor no es más que la entrega que le habéis hecho de vosotras mismas; igualmente, Él se ha entregado a vosotras».29

Se nos invita, pues, a tomar el camino de la verdad respecto a nues­tro compromiso, porque, «la fidelidad no es facultativa».

Hemos de enfrentarnos con las exigencias de esta fidelidad y enca­rarnos con una virtud básica: la humildad.

«La humildad es un medio muy excelente para adquirir y conservar la castidad».30

Aceptar la necesaria mortificación de los sentidos y la renuncia voluntaria a ciertas satisfacciones, forma parte de la actitud básica de la castidad consagrada a Dios. Se impone que reconozcamos humilde­mente la necesidad que tenemos de equilibrio personal, de buena salud en lo físico y en lo mental, de un clima de relaciones fraternas abiertas y sencillas. Y parece humanamente indispensable el apoyo de amistades que se viven a la luz del día, sin complicaciones sentimentales, libres de antipatías y celos. Esas amistades traducen una madurez afectiva real y se convierten en apoyo de la castidad consagrada a Dios.

Pero no hay que olvidar que «la fidelidad al amor sin reservas» ha de alimentarse continuamente con una mirada de Fe y de contemplación fija en Jesucristo:

«Contemplad al Hijo de Dios…»

Jesucristo nos habla en la oración mental y vocal, y en el Evangelio. La atención puesta en Dios, a través de su Palabra, y no fija en nosotras mismas, nos establece en una relación de intimidad con Él. Sin esta relación personal de intimidad, la fidelidad en el Amor se relaja. Dios, por su parte, permanece siempre fiel. Su presencia real en la Eucaris­tía viene diariamente a sostener nuestra fragilidad humana. De ella obtenemos el deseo de vencernos por amor, el valor para pasar por personas extrañas por fidelidad al compromiso que hemos adquirido. La Eucaristía nos comunica la Vida y nos arrastra a darnos a los demás, como lo hizo Cristo.

«La Misión exige una presencia en medio del mundo, cierto, pero ha de ser para revelar lo absoluto de Dios en la historia de los hombres. Estar presentes, pero no de cualquier manera, sino arriesgándose a seguir a Cristo, especialmente, en los momentos decisivos en los que hay que elegir y tomar partido por Él. La vocación sacerdotal o religiosa es un signo privilegiado de que, por ese absoluto, se llega hasta aban­donarlo todo».31

Este año, con el centenario de santa Catalina, propone a nuestra consideración un ejemplo de fidelidad excepcional: cuarenta y seis años de don total a Dios y a los pobres.

«La santa era consciente de que su amor no era verdadero sino cuando estaba compartido con los demás, empezando por los humil­des, los pobres, los abandonados».32

En esta línea específica de la espiritualidad vicenciana, hay que situar la fidelidad de cada Hija de la Caridad.

Santa Catalina bebió la perseverancia en la contemplación de la san­tísima Virgen a lo largo de su diario recomenzar en su vida de sierva total­mente entregada a Dios. «Siguiendo a María, santa Catalina Labouré, con su testimonio y sus actos, reveló el amor que llenaba su corazón».33

María nos va guiando en el camino de la castidad ofrecida a Dios por voto. Su vida entera es plenitud del don a Dios, en la virginidad con­sagrada. A través de la meditación y la contemplación de los misterios de su vida, especialmente, por el rezo del rosario, descubrimos la mara­villosa realización del poder de Dios en ella, y cómo la pureza hace capaz de acoger a Dios y de darlo. Mirándola, comprendemos que el ser, transido de amor a Dios y entregado a este amor, se mantiene en el camino de la fidelidad; lleva en sí una capacidad de amar sin cesar, renovada y un proyecto cada vez más vasto. La contemplación de María nos va descubriendo progresivamente cómo nuestra intimidad con Cris­to y nuestra vida de servicio están íntimamente unidas, y cómo nuestra castidad consagrada a Dios, hace a Dios presente a los pobres.

Dejemos percibir nuestra serenidad a través de la aridez del camino: «Dios es nuestro todo».34 Le hemos entregado «todo cuanto somos por la gracia de nuestra vocación»,35 porque: «Solamente pertenece a Dios hacernos abandonar todo».36

Demos testimonio en la fe de este «manantial de fecundidad espiri­tual en el mundo»37 y pidamos con confianza a la Virgen María que nos obtenga la gracia de «una gran pureza de corazón, cuerpo y espíritu».

Que nuestro agradecimiento a todos aquéllos y aquéllas que nos sostienen en nuestra vida de Hijas de la Caridad, «entregadas por com­pleto a Dios para el servicio de los pobres», se exprese en la oración. Hagámoslo muy especialmente por nuestro Superior General y por el P. Jamet.

Unidas en mente y corazón, saben que siempre soy hermana suya,

SOR LUCÍA ROGÉ
Hija de la Caridad

 

  1. IX, 431.
  2. X, 680.
  3. Gal 3,28.
  4. Jn 8,1-11.
  5. Jn 4, 1-43.
  6. Mt 19, 16-22.
  7. Jn 13, 1-11.
  8. Lc 7, 11-17; Lc 5, 12-16; Lc 17, 12-19; Mt 8, 1-17; Lc 9, 10-17.
  9. Lc 19, 1-10.
  10. Lc 7, 37-50.
  11. C. I, 1. Ed. de 1975.
  12. IX, 432.
  13. C.15. Ed. de 1975.
  14. SLM, p. 316.
  15. IX, 40.
  16. IX, 41.
  17. IX, 1176.
  18. IX, 42.
  19. IX, 239.
  20. IX, 1180.
  21. C.16. Ed. de 1975.
  22. IX, 432, 435.
  23. IX, 435.
  24. XI, 682.
  25. IX, 96ss y 240ss.
  26. IX, 951.
  27. IX, 951.
  28. Is 62, 5.
  29. IX, 784-785.
  30. XI, 94.
  31. Obispos de Francia, 25 de octubre de 1976.
  32. Cardenal MARTY, Homilía en la casa Madre, 28 de octubre de 1976.
  33. Ibídem.
  34. IX, 100.
  35. IX, 171.
  36. IX, 174.
  37. Lumen Gentium, 42.

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