Lucía Rogé: Circular de Renovación, 1976

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Lucía RogéLeave a Comment

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Autor: Lucía Rogé, H.C. .
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EL SERVICIO DE LOS POBRES

2 de febrero de 1976

Hermanas:

Vamos a renovar, una vez más, con María, nuestro compromiso con Cristo en los pobres. Nuestro Superior General nos concede esta gracia para el próximo 25 de marzo.

Con la constante preocupación de que nuestra respuesta a Dios sea más auténtica y en la línea de pobreza comenzada el año anterior, les propongo que reflexionemos, juntas, sobre el servicio de los pobres.

Para comenzar, será conveniente que, ayudadas por san Vicente, tomemos como norte la mística de ese servicio. Después, podremos proseguir nuestra reflexión sobre algunos matices que hay que destacar hoy. De ahí, surgirán interrogantes indispensables para lograr un servi­cio vicenciano, servicio a Cristo en los pobres.

Desde 1633, la Compañía se ha comprometido a servir a los pobres, con ciertas notas distintivas que la han caracterizado de forma constante, senci­llez, humildad y caridad. Ahí radica el carisma de san Vicente y de santa Luisa, es decir, su vocación y su responsabilidad particular en la Iglesia.

Bajo el impulso del Espíritu Santo, («Yo nunca había pensado en ello…»1.), los Fundadores, al establecer y dirigir la pequeña Compañía, siguieron siempre los pasos de la Providencia. La amplitud de ese ser­vicio se les fue presentando de forma progresiva. El amor atento a las inspiraciones del Espíritu es lo que ha permitido siempre la apertura a nuevas llamadas.

El fin se estableció desde el principio: «El fin principal para el que Dios ha llamado y reunido a las Hijas de la Caridad es para honrar a nuestro Señor Jesucristo como manantial y modelo de toda caridad, sirviéndolo corporal y espiritualmente en la persona de los Pobres».2

Así, la Hija de la Caridad, desde el primer momento, es consciente del proyecto de Dios sobre ella, en su doble dimensión mística y con­creta. San Vicente las ayudará a discernir con paciencia la manera de alcanzar ese fin. Para san Vicente, el servicio a los pobres es ante todo mirada de fe y contemplación activa, «puesta en práctica del amor».3 Así se lo revela a las primeras Hermanas: «Al servir a los pobres, se sirve a Jesucristo. Hijas mías, ¡cuánta verdad es esto! Servís a Jesucristo en la persona de los pobres. Y esto es tan verdad como que estamos aquí. Una Hermana irá diez veces cada día a ver a los enfermos, y diez veces cada día encontrará en ellos a Dios».4

La fuerza persuasiva de esta conferencia del 13 de febrero de 1646 se ha debilitado por la frecuencia con que se cita. ¡Qué nuevo ardor invadiría nuestros corazones si bajo su impulso nos sometiéramos a Dios y a los pobres con la misma fe sencilla y transparente de una Margarita Naseau y de una Bárbara Angiboust! San Vicente aclara: «Y esto es tan verdad como que estamos aquí», es decir, tan verdad como la realidad tangible del grupo que formamos. Es, pues, indiscutible. Luego, sigue una afirmación que conmueve: «Una Hermana irá diez veces cada día a ver a los enfermos y diez veces cada día encontrará en ellos a Dios». El pobre se vuelve sacramento. Su casa es compara­ble a una capilla, más aún, se convierte en capilla y en ella encontramos a Dios.

Esta certidumbre acompañó a san Vicente a lo largo de toda su vida. Y se la comunicó a sus Hijas con una insistencia particular:

«Sirvientas de los pobres que es como si dijese sirvientas de Jesu­cristo, ya que Él considera como hecho a sí mismo lo que se hace por ellos, que son sus miembros».5 La vida de la Hija de la Caridad ha de ser, pues, vida consagrada al servicio de Cristo en los pobres y vida conforme al Evangelio. «Hay que imitar al Hijo de Dios, que no hacía nada sino por el amor que tenía a Dios su Padre».6

He aquí, la razón fundamental. Más tarde, san Vicente precisa: «Para ser verdaderas Hijas de la Caridad hay que hacer lo que hizo el Hijo de Dios en la tierra. ¿Y qué es lo que hizo principalmente? Después de haber sometido su voluntad…, trabajó continuamente por el prójimo».7

Las Constituciones de 1975, fieles a este primer envío a Misión, dicen igualmente: «Para servir a Cristo en los pobres, las Hijas de la Cari­dad se comprometen a vivir su consagración bautismal mediante la práctica de los Consejos evangélicos de castidad, pobreza y obedien­cia. El servicio es la expresión de su consagración a Dios en la Compa­ñía y le comunica su pleno sentido».8

La pobreza, castidad y obediencia son, pues, los medios para «imi­tar al Hijo de Dios, que no hacía nada sino por el amor que tenía a su Padre».9 Pero Cristo vino para servir y nosotras nos comprometemos también a servir. Nuestra vida, dicen las Constituciones, «es, a la vez, oración y servicio, consagración y servicio, vida fraterna y servicio».

El espíritu de humildad, sencillez y caridad sostendrá este servicio, a ejemplo también del Hijo de Dios. San Vicente no cesa de presentar ante las Hijas de la Caridad, como modelo, a Jesús manso y humilde, consagrado a su Padre en el anonadamiento de la Encarnación y acep­tando libremente la Pasión con caridad perfectísima. «Cada uno tiene que tender, por consiguiente a asemejarse a nuestro Señor…, a seguir con el afecto y en la práctica los ejemplos del Hijo de Dios, que se hizo hombre como nosotros, para que nosotros no sólo fuéramos salvados, sino también salvadores como Él».10

Vivir «revestida de Jesucristo»,11 y hacer lo que Él hizo con humildad, sencillez y caridad es lo que san Vicente propone a quienes desean for­mar parte de la Compañía de las Hijas de la Caridad. Para trabajar sos­tenidamente en la humildad haría falta, dice san Vicente: «Sería esta la ocasión de imaginarnos…, cómo toda la vida de nuestro Señor fue un continuo acto de estima y de afecto al menosprecio; su espíritu estaba lleno de esa estima… En el corazón adorable de Jesús estaba allí espe­cialmente grabada la santa humildad y quizás, no creo que exagere al decirlo, con preferencia sobre todas las demás virtudes».12

San Vicente ve en la vida de Cristo: «una humillación continua, acti­va y pasiva».13 Mira constantemente a Cristo, servidor del Padre, pero con mirada sencilla, como sencilla es su vida desprovista de toda osten­tación. La sencillez va unida a la humildad, y «consiste en hacerlo todo por amor a Dios, rechazando toda mezcla, ya que la simplicidad es la negación de toda composición».14 Esta sencillez comprende «la pureza de intención y la verdad» y «aparta de nuestras palabras y acciones toda falsía, doblez y astucia».15

Y todo, a imitación siempre de Jesucristo, estará animado por el ardor de la Caridad: «Miremos al Hijo de Dios; ¡qué corazón tan caritativo!… Este amor fue el que le crucificó y el que hizo esta obra admirable de nuestra redención.16 Y, es más, «sus humillaciones no eran más que amor; su trabajo era amor; sus sufrimientos, amor; … todas sus acciones interiores y exteriores no eran más que actos repetidos de amor».17

Así pues, la disposición interior de una Hija de la Caridad, para vivir su consagración día a día, al servicio de Cristo en los pobres, con­sistirá, ante todo, en una actitud de amor humilde expresado por la sencillez de un corazón entregado totalmente. Toda su existencia coti­diana estará como impregnada de esa actitud, desde la pobreza en la casa y comida, hasta la dulzura y humildad en sus relaciones con todos, particularmente con los pobres: «Es necesario pensar con fre­cuencia qué es lo que Dios pide de nosotras, es decir, gran dulzura con los pobres».18

Es cierto, pues, que, desde la fundación, el servicio a los pobres se nos ha presentado como expresión de amor humilde que sirve a Dios encarnado en el pobre.

Las reflexiones de hoy se limitan a ciertos aspectos de este servicio y corresponden a las preocupaciones que con más frecuencia hemos percibido en el transcurso de las visitas que venimos realizando, desde hace 18 meses, a las diferentes Provincias de la Compañía.

El interrogante, ¿quién es el pobre? persiste todavía, en tanto que el camino de ¿cómo servirlo?, se busca en algunos lugares con tanteos. Por otra parte, la respuesta no puede darse más que en función de las llamadas que localmente se perciben. Sin embargo, los puntos de apoyo se buscan actualmente más que nunca

  • en la humildad,
  • la preocupación por la justicia,
  • nuestro compromiso como Hijas de la Caridad.

¿Qué haría hoy y ahora nuestro Señor?,19 pregunta san Vicente. Inte­rrogación permanente que nos sigue persiguiendo. Las respuestas auténticas de acuerdo a las exigencias evangélicas y vicencianas nos parecen muchas veces demasiado inverosímiles. ¿Qué haría nuestro Señor hoy y ahora, ya que una Hija de la Caridad es a Él a quien trata de imitar? ¿Cómo discernir, al estilo de los Fundadores, las orientaciones que se toman?

Dejémonos impresionar como san Vicente, por lo que la vida nos presenta. Las categorías sociales, cuyas necesidades no están sufi­cientemente satisfechas, son colectivamente víctimas de injusticias y, a nivel personal, se ven afectadas por la pobreza. La pobreza moderna se ha diversificado, aun cuando persiste como elemento común la penuria de medios financieros y surge hoy durante algún tiempo y toma formas nuevas, hasta en zonas que habían estado preservadas de ella.

Resulta imposible hacer una lista enumerativa de todo tipo de pobres porque nunca se acaban de descubrir las diferentes formas de pobreza; particularmente, en algunas partes del mundo en que el ham­bre, la guerra, las múltiples persecuciones de toda clase, afectan pro­fundamente al hombre en su haber y en su ser.

De igual manera, se puede decir que el aumento del nivel de vida en las sociedades industriales no ha suprimido la pobreza, ésta, lo que ha hecho ha sido cambiar su rostro. Algunas Provincias persisten en preguntar, ¿qué se entiende por pobre? La pregunta es importante puesto que la definición adoptada afecta a las Hijas de la Caridad res­pecto a su consagración al servicio de Cristo en los pobres. Algunas tie­nen tendencia a considerar como pobres a aquellos cuyos ingresos, aun permitiéndoles vivir, son inferiores al nivel medio del país. Otras piensan que son aquéllos cuyos bienes no bastan para cubrir las necesidades mínimas, como, por ejemplo, alimentación insuficiente en calorías, medios de calefacción casi inexistentes, vivienda insalubre. Una cosa sigue siendo evidente, el pobre, hoy como ayer, vive en la inseguridad presente y más aún frente al futuro; se encuentra en permanente estado de dependencia. «Pobre es el que está amenazado en su dignidad humana, tanto en lo físico como en el psicológico».20 Esta amenaza con­tinua confiere al «pobre» un cierto aspecto, una mirada, unas actitudes e incluso un lenguaje particular. La verdadera sierva lo identifica inmedia­tamente.

«Con frecuencia nos urgen en París para que permitamos a las her­manas atender a otros enfermos distintos de los pobres, pero no pode­mos consentir que les sirvan… tanto porque las hermanas están sólo para atender a los que no tienen a nadie que les asista, como por otros inconvenientes que podrían ocurrir».21

El servicio abarca a la totalidad de la persona de los pobres, abar­ca a todo el hombre «para servirlo corporal y espiritualmente», dice san Vicente. «Con una preocupación constante por todo el hombre, las Hijas de la Caridad aúnan el servicio corporal y el servicio espiritual».22 Cristo vino para servir, dando ejemplo de servicio. Ser sierva de los pobres consistirá en tratar de dar a conocer a los pobres el amor que Dios tiene a los hombres, como también el poder infinito que Jesús pone al servi­cio de ese amor para salvarnos.

El servicio espiritual y corporal, según san Vicente, ha ido evolucio­nando en sus modalidades desde el siglo XVII hasta hoy. La Iglesia, que en el Concilio Vaticano II se volvió a definir sierva, nos urge a dar nue­vos pasos en esta evolución. A nosotras ya en 1964, se nos había pro­puesto pasar: «de una situación de posesión, a una situación de inser­ción; de una posición de autoridad, a una posición de colaboración», con «un sentimiento de fraternidad» y «una auténtica preocupación misionera» y con «una franca participación en la vida».23 En ello, hay un verdadero proyecto comunitario que fue, repitámoslo, el de las primeras Hijas de la Caridad.

Estos pasos representan un retorno a los orígenes y una fidelidad a la Iglesia. Vuelven a situarnos en la función y el estatus de siervas: «se mantienen frente a los pobres en una actitud de siervas».24 La humildad sirve de apoyo a la voluntad para vivirlos. La humildad, una de las carac­terísticas de la sierva vicenciana, abre el corazón al respeto cordial, a la atención, a la disponibilidad en el servicio. Acepta este servicio en el mundo de los más pobres, aunque algunas veces se sienta desconcer­tada. Permanece atenta a las necesidades, como también a lo que la desconcierta. Observa para conocer y para comprender mejor la vida de las personas a quienes quiere servir. No intenta encontrar rápida­mente una solución a los problemas graves, sino más bien que su cora­zón perciba esta realidad como una llamada.

La humildad predispone «a estar a la escucha» de los demás; esa atención es testimonio de auténtica presencia. «Las Hermanas se es­fuerzan en ponerse a la escucha de sus hermanos para ayudarlos a tomar conciencia de su propia dignidad y a llevar a cabo su promo­ción».25 Esa escucha, humildemente paciente, profunda, silenciosa, se orienta de por sí hacia la contemplación de Cristo que vive en el otro y se convierte así en escucha acogedora que es la característica irrefutable del amor. Adopta la misma actitud de Cristo en su encuentro con la Samaritana, por ejemplo. La escucha es primordial en el servicio vicen­ciano; permite al «pobre» encontrar una mirada que no lo elude, que lo ayuda a afirmar su personalidad, a desechar el sentimiento de ser uni­versalmente despreciado, abandonado, aplastado. El pobre percibe esa escucha como signo de amistad, lo que contribuye a devolverle un poco de seguridad.

San Vicente nos hace comprender que la humildad y la pobreza, a imitación de Jesucristo, son condiciones previas para el servicio. Lo son igualmente para el intercambio profundo y el verdadero diálogo. El otro aprende a formular su pensamiento, a concretar ante sí mismo sus nece­sidades y sus objetivos. La sierva atenta ve en ello la acción de Dios operante. Respeta al otro en sus intentos y caídas, en su lentitud, sus tanteos y sus crisis, y ve también su buena voluntad, todo ese buscar a Dios implícito en sus exigencias de verdad, de justicia y de amor.

La humildad prepara el camino a la colaboración comunitaria y ecle­sial en la búsqueda de un mayor respeto a la persona. San Vicente se lo recordaba constantemente a sus Hijas, con la preocupación perma­nente de verlas en el último lugar en esa colaboración sin supervalorar su participación. Se trata, una vez más, de una exigencia de desprendi­miento, de pobreza interior, de superación. No es el momento de insistir ahora sobre esa obligación permanente de colaboración. Sabemos muy bien que la evangelización se vive como miembros de la Iglesia, con el deseo común de «promocionar a todo el hombre». La promoción, según Populorum Progresio, se realiza igualmente mediante el paso, en nom­bre de la justicia, de unas «condiciones menos humanas a unas condi­ciones más humanas».26

Las Constituciones especifican que antes que la misericordia es la justicia la que exige que se acuda en socorro de los pobres.27 Esto, que puede parecer evidente en una simple lectura, requiere una conversión permanente de mentalidad. Nuestra noción de los derechos personales, al crecer al mismo nivel que nuestras necesidades insuficientemente controladas por una «ascesis de consumo», debilita nuestro sentido de la justicia. El Evangelio nos recuerda que el sentido de la justicia debe ser tan apremiante como la necesidad de comer. «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia».28 Lo que creemos indispensable para nosotros lo es también para los demás: «Todo lo que queráis que los hombres os hagan a vosotros, hacédselo vosotros a ellos».29

Por herencia espiritual, a una Hija de san Vicente le hiere siempre en el corazón la injusticia de que son víctimas los pobres. En efecto, la injusticia de cualquier clase que sea, una decisión o juicio inmerecido, un acto ilegal, arbitrario o parcial, constituye siempre una prueba, un sufrimiento vital para el pobre. Sus repercusiones, efectivamente, reba­san el plano material (empleo, salario, promoción…) para alcanzar a la persona misma, y por encima de ella, al conjunto del grupo.

Y cuando la injusticia va acompañada de una actitud de indiferen­cia deliberada, de falta de respeto, de burla, de negar la igualdad de oportunidades para la promoción, la auténtica sensibilidad vicenciana toma conciencia de una falta grave. Cada vez que las injusticias afectan a los pobres, particularmente a los que no cuentan siquiera con la ayuda de una organización colectiva para defender sus derechos, la Hija de la Caridad tiene una misión que cumplir «dando a conocer las llamadas y aspiraciones de los más desfavorecidos, que no tienen la posibilidad de hacerse oír».30 Me atrevo a decir que una Hija de la Caridad no tiene derecho a refugiarse en la timidez, en el temor a los demás o en un abs­tencionismo más o menos cómodo, ante los clamores de los más nece­sitados. Abraza la causa de su promoción individual o colectiva.

Sin embargo, la Hija de la Caridad es consciente de que, aun en este caso, no puede ni debe obrar por su cuenta. La concertación comunitaria en el plano local y provincial y como Iglesia es indispen­sable. La confrontación con su primer compromiso entra en la lógica misma de su vocación: «Siendo fundamental su compromiso de Hijas de la Caridad, al tener que tomar cualquier opción, lo harán en función de ese primer y principal compromiso».31 El verdadero compromiso sostie­ne entonces la fidelidad a la vocación y continúa el desarrollo de la Com­pañía, abriendo campo a nuevos servicios.32 En esto, radica la vitalidad de la Compañía a través del mundo.

La adhesión plena a nuestro compromiso de Hijas de la Caridad nos pone en estado de disponibilidad y nos permite considerarnos verda­deras siervas del Señor a imitación de María. Nuestra consagración total a Dios culmina con la aceptación de la condición de sierva. Pero este compromiso de servicio a Dios y a los hermanos se realiza por medio de la Comunidad. El primer proyecto colectivo que tenemos que seguir es el de la Compañía, que está resumido para nosotras en el libro de las Constituciones. Juntas, con respeto y confianza mutuas, tenemos que buscar la aplicación del fin de la Compañía a los tiempos actuales y según el espíritu de los Fundadores. El trabajo preparatorio de este año, con miras a la reunión de Visitadoras, no propone otra cosa.

Esta búsqueda común, siguiendo el carisma vicenciano, ha de rea­lizarse con espíritu de fe. El amor humilde ocupa en ella el primer lugar. Gracias a él se consigue que los pobres no se sientan «alienados» por el servicio recibido. El deseo de amar más, renovado cada mañana en la oración, orienta lo que se ha de hacer, lo que se ha de decir, lo que se ha de callar y las opciones que se han de tomar. San Vicente expone así el punto esencial de nuestro compromiso de Hijas de la Caridad: «No ha sido nunca ése el plan de nuestro Señor al hacer nuestra Compañía, cuidar solamente de los cuerpos; porque no faltarán personas para ello. La intención de nuestro Señor es que asistáis a las almas…, y por eso tenéis que reflexionar dentro de vosotras mismas… y decid: ¿He hecho yo acaso algo más que atender a los cuerpos durante todo el servicio que he prestado a los pobres?». Y continúa: «Y así, decirle alguna cosa según las necesidades que veamos en él. Y para lograr que esto resul­te útil, tenéis que Ilenaros del espíritu de nuestro Señor, de modo que todos vean que le amáis y que intentáis hacerle amar».33

Tenemos, pues, la responsabilidad de manifestar el amor de Dios y ser signos vivos de él. Hay que atreverse a «hablar de Cristo».34 Pero esta audacia, hoy como ayer, sólo será eficaz si brota de una fe viva y de una intensa caridad, después de haber tratado de responder a la necesidad que se ve en el otro. Hay que atreverse a hablar de Cristo, permaneciendo conscientes de nuestras torpezas y limitaciones, pero confiando en el espíritu de amor que con tanta frecuencia invocaba santa Luisa. Hemos de atrevernos a hablar de Cristo, porque hemos mantenido un trato íntimo con Él en la oración, lo hemos descubierto en el Evangelio y lo hemos contemplado detenidamente.

El servicio espiritual a los pobres mediante «la oración por ellos y en su nombre»,35 siempre está a nuestro alcance, cualesquiera que sean nuestras condiciones de vida. Pienso en todas las Hermanas que no pueden anunciar explícitamente el Evangelio. Siempre podrán presen­tarse ante Dios con todos aquéllos a quienes encuentran en su camino y a quienes sirven y llevan en su corazón.

De este modo, cualquiera que sea nuestro trabajo en la comunidad, entra dentro del servicio a los pobres. Esto es cierto, no solamente por­que todo en la Compañía se enfoca hacia este fin,36 sino también por­que todas tenemos que orar por ellos y en su nombre; las Hermanas mayores y las enfermas, contribuyen así realmente al servicio de los pobres en la Compañía. Tenemos que comprender que nuestra bús­queda común de un servicio mejor consiste primeramente en la puesta en común de lo que nos inspire el amor. A todas nos atañe. Este cora­zón unánime en la participación constituye la verdadera vida fraterna orientada a la Misión. Vida que engendra esa alegría, «la que nace siem­pre de una cierta visión del hombre y de Dios».37

Para terminar, les propongo tres preguntas para apoyar la reflexión:

¿Conozco suficientemente a san Vicente, a santa Luisa y la Historia de la Compañía para poder deducir las intuiciones espirituales funda­mentales que nos reunieron desde el comienzo de la Compañía hasta la hora actual?

¿Cómo vivir esas intuiciones mediante una fidelidad activa?

¿Qué respuesta me dispongo a dar en mi vida de sierva de los pobres a las exigencias de la justicia?

¿Cómo conseguiré, a través de mi vida consagrada, dar pruebas de solidaridad con los pobres y al mismo tiempo testimonio de lo absoluto de Dios?

Sé que todas sentimos profundo agradecimiento hacia nuestro Superior General, el P. Slattery (a quien he tenido la alegría de ver última­mente), el P. Jamet y nuestra Madre Chiron, cuyas intenciones encomen­damos al Señor.

Con la esperanza de que la gracia de los Votos renueve nuestro vigor espiritual, sigo siempre muy unida a ustedes, de todo corazón, fra­ternalmente.

SOR LUCÍA ROGÉ
Hija de la Caridad

 

  1. IX, 541.
  2. Reglas de las Hijas de la Caridad, 1,1.
  3. C. 29. Ed.1975.
  4. IX, 240.
  5. IX, 302.
  6. IX, 38.
  7. IX, 34.
  8. C. 14. Ed. de 1975.
  9. IX, 38.
  10. XI, 414-415.
  11. Ibidem.
  12. XI, 486.
  13. ibídem.
  14. XI, 586.
  15. XI, 463.
  16. XI, 555.
  17. XI, 412.
  18. SLM, p.157.
  19. Cfr. XI, 240.
  20. Pablo VI, Populorum Progessio, 20.
  21. VI, 43.
  22. C. 31. Ed. de 1975.
  23. Mére Suzanne GUILLEMÍN, Conférences et temoignages, Paris, Editions Fleurus, 1968, pp. 33-34.
  24. C. 33. Ed. de 1975.
  25. C. 30. Ed. de 1975.
  26. PP, n. 21.
  27. C. 30. Ed. de 1975.
  28. Mt 5, 6.
  29. Mt 7, 12.
  30. C. 30. Ed. de 1975.
  31. C. 34. Ed. de 1975.
  32. Cfr. IX, 747-757.
  33. IX, 917-918.
  34. Cardenal MARTY, 1975, Conferencia Pastoral.
  35. C. 31. Ed. de 1975.
  36. Sor Susana GUILLEMÍN, 2-2-1968.
  37. Pablo VI, Gaudete in Domino, n. 34.

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