Lucía Rogé: Circular de Año nuevo, 1977

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Lucía RogéLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Lucía Rogé, H.C. .
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TESTIMONIO DE LA FE

París, 1 de enero de 1977

Queridas Hermanas:

Sus cartas, expresión fiel de la unión de espíritus y corazones, van llegando de cada Provincia. Ellas me traen la seguridad que espero de sus oraciones y también de sus mejores deseos para la Compañía. Les agradezco que estén presentes espiritualmente en las preocupaciones, proyectos y alegrías de familia. Los dones que las acompañan concre­tan el deseo de compartir con los pobres y la ayuda fraterna conforme al verdadero espíritu de las Constituciones. Por estos gestos de solida­ridad, una vez más, muy agradecida.

Este año, desearía responderles de una manera sencilla, haciendo en esta carta un breve comentario de la oración que formulo por la Compañía: «Dios mío, concédenos la gracia de poder dar testimonio de nuestra fe, de tu Iglesia, de nuestra misión en esa Iglesia. Te lo pedimos por Jesucristo, tu Hijo, y por la intercesión de la Virgen María, nuestra única Madre».

Pidamos esta gracia de testimoniar nuestra fe, viviendo especial­mente el amor, la esperanza y la alegría. El mundo que nos ve vivir, espera eso de nosotras.

Viviendo el amor, el amor a nuestro Señor, el amor a los pobres, el amor entre nosotras;1 es el único mandamiento que Cristo nos trajo. El Evangelio nos lo recuerda a cada instante. El revestíos de Jesucristo según san Vicente2 significa ante todo, tratad de penetraros cada vez más de la manera de amar de Cristo a los hombres, particularmente a los humildes, de la manera de amar de Cristo, que vino a salvarlos. Demos testimonio de nuestra fe, haciendo posible que los demás crean en el amor, dejando ver que lo hemos aprendido de Cristo y haciendo comprender la adhesión de nuestro espíritu a la verdad que Él nos reveló. Dejemos traslucir hasta qué punto nuestra persona está comprometida a seguirle con una confianza absoluta. Que nuestra lealtad a las exigencias del amor, de la entrega y del perdón, de la jus­ticia y de la verdad, pruebe que nuestra fe está realmente integrada en nuestra vida cotidiana. No temamos dejar traslucir nuestra necesi­dad de orar, de alabar, de implorar y de dar gracias a Dios. Nuestra fe debe ser percibida como la motivación fundamental de nuestro com­portamiento.

Testimoniar nuestra fe viviendo la esperanza. ¡Cristo venció la muerte, Cristo resucitó! Cristo continúa venciendo la muerte cada día. La fe sigue ardiendo en el corazón de los que viven detrás de las puertas cerradas, lo sabemos. Nuevas cristiandades surgen con el mismo vigor de los primeros siglos, en pobreza, pero también con el ardor de los que acaban de encontrar a Dios. Viven compartiendo su vida y proyectos, ayudándose mutuamente y con el fervor exigente y humilde del verda­dero amor. Esas cristiandades son puras y vibran con el deseo de comu­nicarse a los demás. Fui testigo de ello y quedé maravillada. Esas cris­tiandades rejuvenecen y purifican la Iglesia.

Vivir la esperanza, ya que tantos jóvenes reaccionan contra la seducción del goce material, revelando así inconscientemente, el posi­ble atractivo de las Bienaventuranzas sobre el corazón.

Tanto deseo de comprometerse por una mayor justicia y verdad, indican una predisposición para acoger el Evangelio que, con frecuen­cia, no discernimos bastante.

Vivir la esperanza porque Dios nos ha llamado a una comunidad cuyos Fundadores son santos y porque, marchar con ellos, por la senda del Evangelio que nos proponen, constituye el camino de la misión para hoy. De nosotras depende ser auténticamente fieles.

Testimoniar nuestra fe viviendo la alegría de conocer el amor de Dios y de expresarlo en toda nuestra vida. Creer en la felicidad que anuncia el Evangelio y tratar de vivir pobres, puras, pacíficas, misericordiosas, hambrientas de justicia, ¡encontrando en ello, la alegría! Vivir la alegría, hasta en las contradicciones, desprecios, pruebas, decepciones apos­tólicas; alegría sobria, pero profunda, por la semejanza con aquél a quien amamos. Alegría por la seguridad de un vivir más allá de la muer­te; alegría de compartir, alegría en la donación y perdón, alegría que nadie nos podrá arrebatar.

Dar testimonio de la Iglesia. La confusión que existe hoy, en razón de todo lo que se escribe, se dice o se vive referente a la Iglesia, nos obliga a dar testimonio de nuestra pertenencia a ella. Dar testimonio de la Iglesia, prestando nuestra adhesión sin reticencias a lo que dice, en especial, mediante su Jefe; a lo que hace, también hoy, a través de sus apóstoles y santos; a lo que está sobre la tierra y más allá, en el mundo visible e invisible.

No nos es posible emitir un juicio sobre la Iglesia sin un conoci­miento actualizado y profundo.

Estudiemos atentamente la expresión que la Iglesia da de sí misma a través de las Exhortaciones Apostólicas, los mensajes de las Confe­rencias Episcopales de las diferentes naciones y las consignas del obis­po del lugar. Seguir sus directivas, colaborar y marchar, juntas, en la misma dirección es señal de unidad, que tiene derecho a esperar de nosotras y que, en definitiva, es uno de los signos misioneros prioritarios.

Dar testimonio de la Iglesia es también hacer conocer los esfuerzos de sus miembros comprometidos por una mayor justicia y amor en el mundo, por el respeto y promoción de todo hombre, y participar en ello, en la línea de nuestra vocación. Es admirar que pongan en peligro su vida y su libertad, por Dios y por el Evangelio. Es también atreverse a hablar de la heroica fidelidad de los cristianos, de nuestros hermanos y hermanas en san Vicente, cuya vida, en la verdad, proclama, a pesar del silencio oficial, ¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo?

Sí, la Iglesia es la esposa admirable de Cristo. Los errores y debili­dades de su humanidad, de la que formamos parte, no deben empañar el amor y la fidelidad que le debemos. En esta Iglesia, nuestra Misión consiste en hacer a Dios presente a los pobres, sirviéndolos corporal y espiritualmente con amor, sencillez y pobreza. Lo especifico de la Hija de la Caridad radica en el camino de humildad que hay que seguir para esta presencia de servicio junto a los pobres. Se trata también de ser sencilla, pero realmente pobre junto a ellos, a fin de que nuestro servicio no tenga un aspecto adulterado, que se parezca más a una técnica de relaciones humanas que a un acercamiento de amor verdadero.

Que el Señor, a lo largo de este año 1977, nos conceda ser dóciles a las inspiraciones de su gracia, para crecer en el amor y la alegría, según lo espera de nosotras en la Iglesia misionera de hoy.

Muy fraternalmente,

SOR LUCÍA ROGÉ
Hija de la Caridad

  1. Cfr. IX, 533-538.
  2. XI, 236.

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