Lucía Rogé: Circular de Año nuevo, 1976

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Lucía RogéLeave a Comment

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Autor: Lucía Rogé, H.C. .
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NUEVO IMPULSO COMUNITARIO

París, 1 de enero de 1976

Mis queridas Hermanas:

Sus cartas despiertan en mí vivos sentimientos de gratitud, que desearía expresarles personalmente. Espero que al menos todas y cada una de ustedes percibirán, a través de esta circular, mi sincera gratitud por la seguridad de poder contar siempre con sus oraciones.

A todas las tengo igualmente presentes ante el Señor y muy espe­cialmente a aquéllas que sufren por una u otra causa. ¡Que la fe sea su fuerza, la caridad su gozo y que nunca las abandone la esperanza!

Al terminar el año, los miembros del Consejo General hemos releído, juntos, las primeras circulares de la Compañía. Y hemos vuelto a encon­trar en ellas los puntos a los que, desde los orígenes de la misma, se concedía prioridad. Hoy, me inspiro en uno de los que con más fre­cuencia se habla, la fidelidad a nuestra regla de vida. Deseo que todas ustedes sean muy fieles a las Constituciones. Que, profundamente penetradas de su espíritu, se comprometan deliberadamente a seguir­las, procurando reajustar constantemente su vida a la Voluntad de Dios, que en ellas se manifiesta.

En esta carta, deseo compartir con ustedes algunas reflexiones en torno a la vida fraterna. Se habla continuamente en nuestros días de un nuevo impulso comunitario, ¿qué significa para nosotras?

Comencemos por dirigir una mirada a la Compañía naciente. San Vicente, al explicar el Reglamento precisa a las Hermanas que se han reunido para vivir un «designio, un objetivo común». «Reunirse para la Misión», se fundamenta en la convicción de que Jesucristo nos reunió en su nombre para continuar su obra.1 Por eso, san Vicente añade en seguida: «Las personas que han sido escogidas para un mismo ejerci­cio tienen que estar también unidas en todas las cosas».2

Los Fundadores no cesaron nunca de recordar a las Hermanas en todas las ocasiones el sentido y el valor de la vida fraternal al servicio de una misma vocación, no vacilando incluso en proponerles como modelo la vida misma de Dios: «¿Para qué creéis que Dios os ha dado a todas una misma regla? Para que no tengáis todas más que un solo corazón, un solo juicio, una sola voluntad y todas tendáis a un mismo fin. Por eso, vuestra Compañía representa la unidad de la Santísima Tri­nidad».3 Santa Luisa escribe análogamente a las Hermanas que iban a Montreuil: «Para asemejarnos a la Santísima Trinidad, no ser más que un corazón y no actuar sino con un mismo espíritu como las tres divi­nas Personas, de tal suerte que cuando la Hermana que está para los enfermos pida la ayuda de su Hermana, la Hermana que está para la instrucción de las niñas no dejará de ayudarla, e igualmente si la que está encargada de las niñas le pide ayuda a la de los pobres, ésta hará otro tanto, no considerando uno y otro empleo sino como cosa de Dios».4

La Caridad ha de ser el punto de apoyo de esta vida fraterna en comunidad: «Si sois Hijas de la Caridad es preciso ante todo que la ten­gáis entre vosotras».5 Realismo profundamente evangélico que hoy nos interpela directamente, tanto más cuanto que, en muchos casos, no tenemos otro medio de revelar a Jesucristo que el hacer que nuestra vida sea un eco de su última oración: «Padre, que sean uno en nosotros, a fin de que el mundo crea que Tú me has enviado».6

San Vicente no teme entrar en detalles para describir esta caridad en acción: «No os enfadéis nunca mutuamente, hermanas mías; jamás. Y para ello ceded la una a la otra, aconsejaos mutuamente… Lo que a veces nos parece falta en nuestra hermana, no siempre lo será… Si se presenta algún motivo de enfado, excusaos mutuamente y pensad: «Es que no estoy de buen humor». Y da esta regla de oro para la reconciliación: «Si os habéis dado algún disgusto, pedíos perdón lo antes posible».7

Igual sentir, encontramos en santa Luisa. Escuchémosla: «Pues si bien no siempre tenemos ocasión de exponer nuestras vidas, tampoco faltan ocasiones en las que se necesite exponer nuestras voluntades para adaptarnos a las de los demás, romper nuestras costumbres e inclinaciones… De esta forma, es como estamos obligadas a obrar para practicar la tolerancia.» Y también esa advertencia tan evangélica: «Haga usted a los demás lo que le gustaría hiciesen con usted… Tenga especialmente una gran tolerancia».8

Nuestros Fundadores insisten sin cesar en la humildad y la caridad como puntos de apoyo de la vida fraterna: Los demás Institutos «pueden practicarlas, pero vosotras debéis tenerlas por encima de todas, ya que esa es vuestra señal. Esto os dará a conocer si sois Hijas de la Cari­dad».9 Una larga carta, en que santa Luisa somete a las Hermanas de Richelieu a un serio examen por sus dificultades comunitarias, termina con estas palabras que brotan de una profunda convicción: «Una ver­dadera humildad lo arreglará todo».10

Pero santa Luisa abriga otro temor, el que sus Hermanas pudieran vivir yuxtapuestas, siguiendo cada una su propio itinerario espiritual. Les recuer­da que la vida fraterna en común tiene exigencias particulares que consis­ten en «tener mutua comunicación, diciéndose una a otra lo que han hecho estando separadas; diciéndose también una a otra a donde van cuando salen».11 Se pregunta si sus hijas aprecian suficientemente los medios que refuerzan la unión, si comunican mutuamente, en algún momento del día, su oración, si hacen la conferencia los viernes.12 Y de entrada, las condi­ciones materiales quedan situadas según la radicalidad del Evangelio: «Si le traen a alguna cualquier cosa, la pone al servicio de todas».13

Nuestros Fundadores velan cuidadosamente para que se mantenga la vida fraterna comunitaria y aprovechan todas las circunstancias para recordar a las Hermanas su valor y sus exigencias, como medio para sal­vaguardar el servicio a los pobres y la fidelidad a la Misión, al carisma que han recibido de Dios. «Yo no pensaba en ello; vuestra hermana sirviente tampoco lo pensaba. Era Dios el que lo pensaba por vosotras».14

Éste era el pensamiento de nuestros Fundadores. Coincide con la espiritualidad de los primeros cristianos que encontraban su dinamismo apostólico en la vida de comunidad, en torno a Cristo. Nos sirve de estí­mulo hoy, a través de las Constituciones. Éstas, a su vez, sitúan la vida fraterna haciendo referencia a la vida trinitaria, como una vida de comu­nión en el afecto y en la igualdad entre las Hermanas. Se apoyará sobre estas dos palabras: «verdadera comunidad de oración»15 y una coparti­cipación que abarca desde las condiciones materiales de la existencia, hasta los compromisos espirituales y apostólicos.16

Antes de hacer ningún comentario sobre este texto y las realidades que encierra, quiero proclamar aquí, una vez más, que «la vida fraterna es para la Misión». Vivimos juntas «con» y «para» aquéllos a quienes nos envían la Iglesia y la Compañía. Tal es la razón de ser de nuestra vida en comunidad: unirnos al Señor que actúa en el mundo y servirlo. La Misión unifica nuestra vida, hace tender nuestra voluntad y orienta sin cesar nuestras actitudes hacia la construcción, día a día, de una comu­nidad fraterna. Así, el Proyecto Comunitario, concebido para la Misión y que elaboran juntas las Hermanas, plantea las condiciones para el equi­librio humano y la auténtica vida espiritual, indispensables para discer­nir las llamadas apostólicas y responder a ellas.

En torno a esta idea central, me propongo insistir hoy con brevedad solamente sobre algunos puntos referentes a:

  • vida de oración e intercambios espirituales
  • papel de la Hermana Sirviente,
  • caridad fraterna y solidaridad comunitaria.

Edificar una comunidad de oración es buscar juntas momentos para reunirse ante el Señor y procurar además mantenerlos libres de las influencias exteriores y preservarlos de desfallecimientos interiores. Hoy, como en la época de san Vicente, el «dejar a Dios por Dios» ha de vivir-se con la mayor pureza de intención, sin lo cual no sirve a la Misión.

La reunión esencial para la oración en común se hace en primer lugar y en la medida de lo posible, en torno a la eucaristía, siempre que sea posible.17 Y se prosigue en otras reuniones cotidianas que harán posible nuestra presencia comunitaria ante los hombres y mujeres de hoy, ante sus preocupaciones, su búsqueda, su lucha en pro de una mayor justicia y dignidad Y, en definitiva, sus ansias de Dios. Sabemos por la fe, que esta oración es condición indispensable para quienes edi­fican la ciudad terrestre, no trabajen en vano. Sabemos también que será oída si somos sensibles a la apremiante invitación del Señor: «Os lo digo otra vez: si aquí en la tierra, dos de vosotros se ponen de acuerdo para pedir algo, mi Padre que está en los cielos se lo concederá».18

Los intercambios espirituales mantienen y refuerzan entre nosotras la comunión que, sin ello, se debilitaría hasta desaparecer. Sostienen la fidelidad de cada una de las Hermanas a su compromiso fundamental de Hija de la Caridad, porque ponen de manifiesto la unidad esencial en medio de una variedad de compromisos que concurren en definitiva a una Misión común. Los intercambios no son únicamente momento de expresar nuestra fe, sino también de plantearse mutuamente interrogan­tes a nivel de la acción: en ellos, los llamamientos personales de cada una hallan eco y se sintonizan para responder comunitariamente como miembros de la Iglesia. Las reflexiones apostólicas leales y profundas conducen a un enfoque común. Así, se avanza, juntas, en la colabora­ción misionera.

Para conseguir la comunión de que tratamos, es necesario que alguien se preocupe permanentemente de ella, considerándose res­ponsable de crear con todas las Hermanas un clima de auténtica vida misionera. «Unas veces será una, y otras otra», nos dice san Vicente,19 cosa importante para mantener en la Comunidad Local, la disponibili­dad y la movilidad. Así, la Hermana Sirviente aparece con más claridad en una posición de servicio. Es verdad que se trata de una verdadera autoridad y no de una ficción, pero de una autoridad que acoge; se caracteriza porque acepta las sugerencias, las contestaciones, porque está abierta al diálogo… y al humor, y se basa en relaciones muy senci­llas y fraternales porque se viven en el amor.

La Hermana Sirviente recordará incansablemente a sus compañeras que la vida fraterna en común se ordena a la Misión, que aun cuando no elijamos a nuestras compañeras, nos consideramos «Hermanas que Nuestro Señor ha reunido» para esa Misión. La palabra Hermana abar­ca un contenido muy profundo, significa que lo que nos une en Dios está por encima de nuestras diferencias de origen, de ambiente, de nacionalidad y que esas diferencias, aunque reales, quedan asumidas en la caridad.

La «comunicación» es el lugar adecuado para recordar esta orienta­ción misionera de nuestras vidas y la búsqueda que implica. La comu­nicación como diálogo interpersonal constituye un primer esbozo del intercambio comunitario y, en cierta manera, lo prepara. Eludirla, por una u otra parte, es disminuir las oportunidades de crecimiento en la caridad fraterna.

Todas nosotras, en efecto, somos responsables de ese clima de unión, de comunión, de ayuda mutua, según expresión de san Vicente. ¿Quién podrá calcular hasta qué punto la caridad fraterna sirve de apoyo a nuestros esfuerzos? Cuando se va descubriendo esto, a lo que ayuda la revisión de vida comunitaria, se refuerza nuestra pertenencia a la comunidad. Tenemos conciencia de compartir un mismo destino, por­que hemos respondido a un mismo llamamiento a la Compañía. Y si una de nosotras siente la tentación de retroceder o simplemente siente can­sancio, tiene que poder contar con el interés y el apoyo fuerte y cariño­so de la comunidad para volver a recobrar la confianza.

Nuestra común adhesión a la Misión y el reconocimiento de nuestras posibilidades de servicio nos hacen solidarias tanto en las decisiones que haya que tomar, como en las ya tomadas. Pero hemos de vivir esta solidaridad en nuestras actitudes concretas; implica escuchar y sopor­tarse, dos manifestaciones de la caridad; se manifiesta en la vida coti­diana, llevando unas las cargas de las otras; nos dispone a aceptar a nuestras Hermanas, tal y como realmente son, en lo físico, lo psíquico y lo espiritual. La solidaridad, a ejemplo de la de Jesucristo con los hom­bres, se vive en el amor. Es preciso restaurar incesantemente por el perdón la unión indispensable para la colaboración apostólica; los miembros vivos al servicio de la Misión han de poseer corazones recon­ciliados y dilatados por el amor.

Y una comunidad así, repitámoslo, sólo puede existir si es ante todo una comunidad de fe. Fe en la Palabra del Señor y en su promesa: «Cuando dos o tres se reúnen en mi nombre, Yo estoy en medio de ellos».20 ¿Cómo oponer resistencia a la caridad si Jesucristo se encuen­tra entre nosotros? Porque Él nos dice también: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado».21 Familiarizándonos con el Evangelio, aprenderemos a qué nos hemos comprometido. La insistencia de nues­tros Fundadores sobre la vida fraterna adquiere entonces todo su signi­ficado y toda su fuerza: La caridad es humilde, paciente, benévola; no se crece a expensas de los demás, acepta que sean otros, ayudándo­les a realizar el plan divino sobre ellos; de todos, espera algo bueno. Una vez más, afirmamos que quien ama de verdad, supera todas las divergencias y asume las diferencias. Sin la caridad no existe vida co­munitaria auténtica; sin ella, no hay presencia misionera. Con la caridad, pese a nuestra pobreza personal, encontramos a Dios en los demás, nos unimos a nuestros hermanos, y sólo ella forja la unidad.

Ojalá que nuestras comunidades, a imitación de las de los primeros cristianos, sean prefiguración de esa unión por el amor. Ojalá que con­tribuyan a renovar en todos los hombres y, sobre todo, en el corazón de los más necesitados, un sentimiento de seguridad y la plena esperanza de que, a despecho de las miserias, de las luchas, de todas las mani­festaciones del egoísmo, esta unidad no sólo sigue siendo posible, sino que, por la gracia de Dios, se convertirá en realidad. Para conseguirlo, tenemos que ir a buscar el amor en su propio manantial, con confianza inquebrantable. «Hemos creído en el amor».22

Estas observaciones sólo van encaminadas a servir de introducción a algunos interrogantes que nos conciernen a todas:

Nos hemos reunido para la Misión. ¿Cómo contribuyo yo a consoli­dar y desarrollar esta convicción en mí y en la comunidad?

La vida fraterna supone compartir. ¿Hasta qué punto lo acepto yo y me comprometo a hacerlo? ¿Por qué y en qué soy solidaria de mi comu­nidad?

La caridad es lo que da al servicio su dimensión misionera. ¿Cómo traduzco en mi vida esta verdad, en mi vida fraterna en comunidad y en mi vida apostólica, que tanto se interrelacionan mutuamente?

Al hacerles partícipes de estas reflexiones en torno a la vida comu­nitaria, lo hago con la intención de proclamar una vez más:

Que la Eucaristía y la oración compartidas son, para las Hijas de la Caridad, el alimento permanente de la vida fraterna misionera.

Que el Proyecto Comunitario pone la vida fraterna al servicio de la Misión.

Que la participación efectiva en la vida fraterna en común es indis­pensable para vivir como Hijas de la Caridad.

Termino esta carta rogándoles con insistencia que pidan por todas las Hermanas que sufren, cuyo número aumenta cada vez más. Esta­mos obligadas a ayudarlas en nombre de Jesucristo que nos une.

Serán igualmente fieles a un deber de gratitud, confiar al Señor las intenciones del Superior General y del P. Jamet, así como las de nues­tra Madre Chiron.

Al comenzar este nuevo año, les aseguro, en unión con las Herma­nas del Consejo General, todo mi fraternal afecto.

SOR LUCÍA ROGÉ,
Hija de la Caridad

 

  1. Cfr. IX, 21.
  2. IX, 29.
  3. IX, 956.
  4. SLM, CEME, Salamanca, 1985, p. 759.
  5. IX, 35.
  6. Jn 17, 23.
  7. IX, 496-497.
  8. SLM, p.383.
  9. IX, 1075.
  10. SLM, p. 33.
  11. SLM, p. 450.
  12. SLM, p. 495.
  13. IX, 813.
  14. IX, 120.
  15. C. 22, Ed. de 1975.
  16. C. 23, Ed. de 1975.
  17. C. 5. Ed. de 1975.
  18. Mt 18, 19.
  19. IX, 27.
  20. Mt 18, 20.
  21. I Jn 15, 12
  22. Jn 4, 16.

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