Lucía Rogé: Circular de Año nuevo, 1975

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Lucía RogéLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Lucía Rogé, H.C. .
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ACCIÓN Y CONTEMPLACIÓN

París, 1 de enero de 1975

Mis queridas Hermanas:

Las oraciones que me prometen al expresarme sus buenos deseos en este comienzo del año son el apoyo que me sostiene para llevar la carga que el Señor me ha impuesto. Se las agradezco de todo corazón y les ruego encarecidamente que continúen pidiendo por mí.

El año 1974 ha sido fundamentalmente el año de la Asamblea General. La certeza de la presencia del Espíritu operante en medio de nosotras fue, para todos los miembros de la Asamblea, manantial de fuerza para emprender la renovación interior que se nos ha propuesto. Fieles al impulso recibido, hemos de vivir el año 1975 profundizando en nuestra propia vocación, vocación que se ha concretado y situado con toda claridad en la Iglesia. «Las Hijas de la Caridad, fieles a su bautis­mo y en respuesta a un llamamiento divino, se consagran enteramente y en Comunidad al servicio de Cristo en los pobres, sus hermanos, con un espíritu evangélico de humildad, sencillez y caridad».1

Esta afirmación la Asamblea la completó con esta otra: consagra­ción y misión; contemplación y acción son inseparables para la unidad de vida de la Hija de la Caridad.

Hoy me siento vivamente impulsada a hablarles de esa contempla­ción unida a la acción, indispensable para la unidad de vida de la Hija de la Caridad. Por eso, en esta carta familiar, quiero compartir con ustedes, muy sencillamente, algunos pensamientos sobre nuestra vida de oración.

La Asamblea ha considerado nuestra vida de oración en estos tres aspec­tos: nuestra oración personal, nuestra oración comunitaria y nuestra oración en la Iglesia. Voy a seguir este mismo camino que coincidirá así con diversos documentos de la Asamblea, que han tenido ustedes ocasión de conocer.

Los miembros de la Asamblea, al estudiar el capítulo: «En diálogo con Dios», manifestaron claramente la conveniencia de insistir en la necesidad de «esforzarse por intensificar la vida de oración…» En general, estamos bastante convencidas de la necesidad de oración que tiene la Hija de la Caridad. Sin embargo, el deseo de llevar vida de oración, de ese «diálogo continuo con Dios» que san Vicente anhelaba para sus Hijas, parece haber­se debilitado en algunas Hermanas. San Vicente, tras la crisis de 1647, caracterizada por un número importante de defecciones en la Compañía naciente, tradujo su experiencia en términos muy firmes: «Una Hija de la Caridad no puede vivir si no hace oración. Es imposible que persevere».2

Y esta posibilidad sigue siendo radical, se lo repito. Las razones que nos demos a nosotras mismas para descuidar la oración nos ocultan un principio de atonía en nuestra vida espiritual. Y, con gran rapidez, vamos cayendo en una situación anormal. La vida de unión con Dios se va rela­jando cada vez más hasta desaparecer por completo.

La invasión de nuestra vida por el trabajo en todas sus formas, y nuestra inserción, a veces, en multiplicidad de grupos, con los com­promisos diversos que lleva inherentes, hacen que fallen nuestros pro­pósitos. Y una vez arrastradas por este proceso de falta de tiempo, apa­recen como lógico encadenamiento las dificultades psicológicas. La absorción por el trabajo, que exige nuestra presencia cada vez más pro­funda, la intensidad de nuestra comunión con los demás, en este «afán de vivir» que hoy reina de nuevo, llevan consigo el riesgo de que aban­donemos habitualmente la oración. Y para tranquilizarnos, planificamos, al azar de las circunstancias y de la propia fantasía, un «tiempo fuerte» ocasional. Entonces es cuando debe resonar en nuestros oídos la adver­tencia de san Vicente: «Una Hija de la Caridad no puede vivir si no hace oración… todos los días, hijas mías, diría más: no la dejemos nunca y no dejemos pasar un minuto de tiempo sin estar en oración».3

El abandono de la oración va debilitando progresivamente nuestra vida teologal. Ese «coloquio con Dios» es ante todo, según san Vicente, un movimiento de fe, un manantial de caridad y una fuente de esperanza. Si por nosotras mismas no conseguimos encontrar los medios de orar, pre­guntémonos lealmente qué valor real puede tener, a la luz de la fe, una vida, unos compromisos que no tienen como base perceptible la «comu­nicación mutua» (S. Vicente) permanente con Dios. «La Misión, antes de ser un actuar y un hacer, es un recibir», nos recuerda Mons. Coffy.

El recibir, por lo tanto, ha de tener prioridad sobre el actuar y el hacer, y recibimos de manos de Dios en la oración. Y así, podemos des­pués dar testimonio de «Dios presente y operante en el mundo por Jesu­cristo, con el poder del Espíritu».4

«Que se mantenga una hora diaria de oración mental… distribuida según las necesidades de la Misión».5 Tengamos fe en este encuentro cotidiano, vital para nuestra unión con Dios. El amor impulsa a buscar la intimidad, intimidad que se establece a través del diálogo, la atención, el silencio, la comunión. Los auténticos encuentros de amistad pasan por todos esos momentos y nuestras oraciones tienen que ser un inter­cambio íntimo con el Señor.

Estar ante Dios con sencillez, con la sinceridad del pobre que expo­ne una situación: «No tienen vino…» y que espera la respuesta del Señor, seguro de que llegará a su debido tiempo.

Estar ante Dios con humildad, no con un abatimiento sensible y sen­timental, sino consciente de la realidad de mi pecado y de su misericor­dia. Mi pecado, es decir, mis negativas, mi resistencia y oposición a lo que Él me pide, todos esos «sí» que debiera dar y que no logran fran­quear las barreras de mi egoísmo multiforme. Su misericordia, es decir, las muestras de su ternura que jalonan mis jornadas.

Estar ante Dios con caridad es reconocerlo y amarlo, llenarme de gratitud y ofrecerme a mi vez. Es adherirme filialmente, a ejemplo de Cristo y por Cristo, a la voluntad actual de Dios, «Padre nuestro».

Con esta actitud vicenciana, la oración será apoyo de la acción, ani­mará la acción, le dará una auténtica resonancia evangélica. «Es preci­so que vosotras y yo, tomemos la resolución de no dejar de hacer ora­ción todos los días».6

San Vicente desconfía visiblemente del peligro de quedarse en sólo los impulsos del corazón sin pasar a los actos. La Asamblea aclara a este respecto: este «diálogo con Dios»… «nos impulsa hacia el servicio de los pobres, lo mismo que el servicio de los pobres enriquece, por la acción, nuestra contemplación». De este modo, el servicio, según san Vicente, se convierte en oración, la fe suscita este servicio y el amor lo realiza en la contemplación: «Vuestra alma no dejará nunca de estar en la presencia de Dios»7. Hoy, la misma realidad se expresa con otras palabras. No dejar la oración en ningún momento es reconocer a Cristo en los demás y en nosotros mismos y, por su causa, modificar nuestra mirada y cambiar nuestras actitudes. El servicio al pobre se convierte así en verdadero encuentro con Dios, según la frase de san Vicente: «Una Hermana irá diez veces cada día a ver a los enfermos y diez veces cada día encontrará en ellos a Dios».7

Mas para pasar de una forma de diálogo interior con Dios, hay que aceptar el retirarse a la «soledad» con Él, ponerse a la escucha de su Palabra. Este silencio, que abre la puerta a la obra de Dios en nosotras, es ante todo silencio interior, vaciarse de sí misma, espera; la mañana coincide con ese tiempo privilegiado de silencio necesario para la ora­ción. «Desde la mañana»…, cojo mi vida conscientemente en mis manos para comenzar de nuevo mi rudo y largo camino en seguimiento de Cris­to. «Desde la mañana», me adhiero a la voluntad de Dios durante mi jor­nada, y esto, día tras día, reforzando el consentimiento inicial de los pri­meros votos. «Desde la mañana», estoy disponible en la seguridad de que se me ofrece la gracia para la Misión: «Heme aquí, Dios mío, vengo para hacer tu voluntad».8 Y por la tarde, me encuentro de nuevo en ora­ción ante Dios, para presentarle el trabajo realizado. De nuevo, veo en espíritu los signos de su presencia velada a mis ojos; lo acontecido en el día, las personas con quienes me he encontrado, los contratiempos sufridos, las penas y alegrías, grandes y pequeñas, que se han presen­tado repentinamente.

«Las Hijas de la Caridad son conscientes del valor de la oración en común, en la que todas se reúnen en un mismo movimiento hacia Dios».9 Este aspecto comunitario de la oración se manifiesta hoy en casi todos los ambientes, bajo la forma de movimientos de oración, de gru­pos carismáticos, de meditación compartida. La Asamblea ha intercam­biado ideas ampliamente acerca de este tema. Y de ahí, ha nacido su insistencia sobre el valor de la oración, hecha en lo posible en común, que reúne a la Comunidad en torno a la persona de Jesucristo. La ora­ción en común no es sólo indispensable para la Comunidad, lo es tam­bién en el plano apostólico. Cuanto más cercanas a la gente vivamos, más visiblemente debe aparecer nuestra vinculación común con Dios. La gente nos ve vivir, debe vernos también orar. Lo fundamental es que descubran que tenemos fe en Alguien, Alguien que vive, a quien ama­mos, cuya presencia nos llena de felicidad en todo y pese a todo.

Desde la precedente Asamblea, se han «restaurado» los intercam­bios espirituales. San Vicente, en efecto, los utilizaba continuamente, libres de todo formulismo, en un clima de sinceridad y de sencillez que ha de reconquistarse de nuevo. Es un deseo que se ha manifestado bajo diversas formas, intercambios sobre el Evangelio, intercambios sobre la oración, revisión comunitaria, revisión apostólica, meditación comuni­taria sobre un texto de san Vicente o de santa Luisa. Todas las semanas tenemos que celebrar alguna de estas reuniones que las Constituciones nos proponen, nos permitirán profundizar en las cosas, no caer en una vida superficial y nos ayudarán a conocer mejor, juntas, a Jesucristo y descubrir el verdadero espíritu apostólico.

Tenemos que aceptar como una gracia estos intercambios sin menospreciar la aportación que supone rezar, juntas, algunas oraciones vocales, otra manera de unirse a Dios. Sus fórmulas sencillas, reiterati­vas, sirven de apoyo al pensamiento, suplen a nuestras deficiencias de expresión. Servirse de ellas humildemente, conscientes de la propia pobreza, vale más que utilizar ideas totalmente impersonales. Hemos de buscar la autenticidad y tratar de descubrir todas las deformaciones contrarias a ella, que pueda haber en nosotras. Y por ello, lejos de ceder sin discernimiento a presiones de todo tipo, tomemos como punto de referencia el Evangelio y la doctrina de san Vicente.

Nuestra actitud corporal puede servir de apoyo a nuestra oración, pero no caigamos en lo espectacular. Vayamos descubriendo de nuevo, a la luz de la fe, el sentido de nuestras actitudes habituales hacia Dios. Evitemos partir de nosotras mismas, de nuestra comodidad, pensemos en Dios, acudamos a Él con la espontaneidad de un corazón sencillo, desprovisto de afectación. Expresémosle corporal y espiritualmente nuestra adoración y nuestras alabanzas, súplicas y pesares, así como la insistente y acuciante «búsqueda de su Divino Rostro».

Recordemos también, que no es posible acercarse a Dios y encon­trarlo cuando se lleva una vida fácil, sin renuncias, sin desprendimiento voluntario y sin reconocer nuestra pobreza esencial. También en este aspecto, seguir tras las huellas de Cristo, «reproducirlo a lo vivo», supone unir el ayuno y la oración. Margarita Naseau y nuestras primeras Herma­nas así lo hicieron. La vuelta a los orígenes abarca esta dimensión, si no, será ficticia.

Pero somos Iglesia, dirigimos a Dios nuestra oración como miem­bros de la Iglesia y a través de la Iglesia, y la oración de la Iglesia se hace a través de la celebración eucarística. La Misa es la más alta expresión de la plegaria. Asistamos a ella en espíritu y en verdad. «Id todos los días a la santa Misa…; no es solamente el sacerdote el que ofrece el Santo Sacrificio, sino todos los que asisten a él. No dudo… que tendréis gran devoción, porque (la Misa) es el centro de la devoción».10 Y, en efecto, la reunión esencial de la comunidad tiene lugar en torno a la celebración eucarística.

El oficio divino, Laudes y Vísperas o Completas, reúne también a la comunidad para alabar a Dios por medio de los santos y para cantar a Cristo. No nos presentamos solas ante Dios. Los Salmos nos recuerdan el «Pueblo de Dios» al que pertenecemos, canto perpetuo de su historia y de su vida, de sus trabajos, sus luchas y sus alegrías. Estamos allí, con Jesucristo, que transmite a su Padre nuestras peticiones y deseos. Cele­bremos cuidadosamente el oficio divino para que no oigamos resonar en nuestro corazón el reproche: «este pueblo me honra con los labios pero su corazón está lejos de Mí».11

San Vicente, el 31 de julio de 1634, después de haber hablado lar­gamente a nuestras primeras Hermanas sobre la presencia de Dios, la oración, la santa Misa, comenta así lo que les acaba de decir: «Hijas mías, sabed que, cuando dejéis la oración y la santa Misa por el servi­cio de los pobres, no perderéis nada, ya que servir a los pobres es ir a Dios; y tenéis que ver a Dios en sus personas».12 Se establece así, desde el primer momento, el principio fundamental. La excepción se limita a confirmar la regla. Y para prevenir nuestros caprichos o nuestra debilidad, san Vicente concreta después: «pero solamente en casos de gran necesidad…».13

El servicio de los pobres goza de prioridad ante cualquier otra obli­gación. No perjudica a la oración porque es encuentro con Dios, servi­cio, a Dios. Esta adhesión por la fe a Cristo, a quien se reconoce en el pobre, constituye toda la trama de la vida interior de la Hija de la Cari­dad. «Contemplación y acción son inseparables en la unidad de vida de una Hija de la Caridad».14 En la oración, a la luz de la fe, la Hija de la Caridad comprueba que su trabajo durante la jornada, el afecto con que ha servido a los pobres, pese a sus miserias y pese también a su propia miseria personal, todo ello constituye su participación en la vida de Jesucristo. Su servicio proviene así de un único impulso, repitámoslo: «visión de fe y puesta en práctica del amor». Pero sigue siendo condición indispensable la intimidad con Dios en las horas privilegiadas de cada día. ¿Cómo, en efecto, podré reconocer su presencia si no trato de unirme a Él de verdad? ¿Cómo podrán reconocer los demás la marca de su Espíritu en el mío si no dejo que penetre en mí y me transforme por la Caridad?

No encuentro palabras suficientemente expresivas para manifestar mi profunda convicción. La inspiración vicenciana que nos dio origen, el fervor fuerte y lleno de amor de nuestras primeras Hermanas, la serena osadía de nuestros Fundadores, nos invitan apremiantemente a «retornar a la oración»; no podremos volver a encontrarlos si no logramos que todo nuestro ser tienda hacia Dios. Sólo la lealtad de nuestro amor y la experiencia renovada de la magnitud infinita del que Dios nos profesa, pueden justificar nuestra presunción de ofrecernos para todos los servi­cios… que los pobres esperan de nosotras.

Mi deseo de que el amor divino reine triunfante en cada una de nosotras. Lo confío a la Santísima Virgen, a ella, cuya plegaria, el «Mag­nificat», nos descubre las disposiciones de un corazón que ama de verdad: la apertura, la disponibilidad humilde y la pobreza… «Ecce…» «Fiat…» fueron las palabras que permitieron la llegada de la Salvación. Y siguen siendo todavía las únicas que el amor permite que pronunciemos al servir corporal y espiritualmente a los «pobres» de hoy. Son la plegaria misionera por excelencia, la que trajo a Cristo al mundo. Sus exigencias llegan hasta la cruz. Que hasta ella, llegue también nuestro esfuerzo de conversión, después de esta Asamblea del 74.

Agradezcamos al Señor las gracias recibidas a lo largo del año transcurrido, en particular, la reelección de nuestro Superior General, cuya vigilante atención nos conduce firmemente según el espíritu de los Fundadores. Nuestra gratitud se dirige igualmente a nuestro Director General, P. Jamet, y a los Misioneros que continuamente nos ayudan a crecer en el amor de Dios.

Uniéndome de una manera especial, por el pensamiento y la ora­ción, a nuestra Madre Chiron y a cada una de ustedes, juntamente con todas las Hermanas de la Casa Madre, les renuevo la certeza de mi dis­ponibilidad y de mi afecto.

SOR LUCÍA ROGÉ
Hija de la Caridad

  1. C.1.4. Ed. de 1975.
  2. IX,  381.
  3. IX, 386.
  4. R. COFFY, P. VALADIER, J. STREIFF, Une Eglise qui célebre et qui prie. Ed. du Centurion.
  5. Asamblea General de 1974.
  6. IX, 386. IX, 386.
  7. IX, 240.
  8. Heb 10,9.
  9. Asamblea General, 1974.
  10. IX, 24-25.
  11. Mc 7, 6.
  12. IX, 25,
  13. IX, 208.
  14. Asamblea General, 1974.

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