Mayo de 1975
El trabajo de la Asamblea ha puesto de manifiesto la actualidad de san Vicente, la actualidad de su doctrina, y la actualidad de su acción. Con estas palabras, quisiera subrayar sencillamente algunos puntos que les harán ver cómo intentamos, a lo largo de la Asamblea, penetrar en el espíritu de nuestro santo Fundador.
San Vicente nos propone a todas las que queramos seguir sus enseñanzas, que pongamos nuestra vida en concordancia con el evangelio, que dejemos penetrar el evangelio en nuestra vida. Nos propone también que hagamos una especie de examen de conciencia, un nuevo planteamiento, una reflexión apostólica acerca de esta pregunta, ¿qué haría el Hijo de Dios? Ése es el eje primordial de la doctrina de san Vicente, la evangelización de los pobres, tal y como la llevó a cabo el Hijo de Dios.
San Vicente quiso que el servicio a los pobres fuese corporal y espiritual, capaz de contribuir a la promoción integral de todo el hombre. Y eso es lo que la Asamblea ha querido poner de relieve, especialmente, en el capítulo de las actividades apostólicas y misioneras, que se apoyó en esta cita de «Populorum progressio»: «Así, se podrá realizar, en toda su plenitud, el verdadero desarrollo, que es el paso, para cada uno y para todos, de condiciones de vida menos humanas, a condiciones más humanas».1 La visión cristiana del desarrollo es promover a todos los hombres y a todo el hombre.
La evangelización de los pobres, según san Vicente, es trabajar, no solas, ni siquiera con un pequeño grupo escogido, sino en Iglesia, invitando, provocando a todo el pueblo de Dios a que se una a nosotras. Recordemos que eso fue lo que hizo san Vicente, reunir en una misma acción eclesial, local o parroquial, a los sacerdotes, los seglares (Damas de la Caridad) y a las Hijas de la Caridad. Así, es como todos esos elementos ponían manos a la obra para tratar de ayudar al pobre a intentar alcanzar lo esencial, es decir, llegar a ser más hombre para poder entrar en una relación personal con Dios Padre y con Jesús Salvador.
Otro punto de la doctrina de san Vicente, en el que hemos insistido durante la Asamblea, es la oración. La Asamblea ha expresado el deseo de que las Hijas de la Caridad crezcan en el espíritu de oración. En ese mismo impulso de imitación de Cristo, vemos cómo san Vicente concedía un puesto importante a la oración, que es el alma de todos aquéllos y aquéllas que trabajan en la Misión. Al leer sus conferencias, que brotaban de su corazón, encontramos al final de ellas, las más de las veces, pero otras también salpicadas en medio del texto, elevaciones de su corazón hacia Dios, que son verdaderas oraciones espontáneas.
Así podemos oírle decir: «Hay que orar mucho a Dios, Hermanas»,2 y hablando de la obediencia: «Como se trata de un don de Dios, hay que pedírselo con insistencia, importunarle hasta que nos conceda esa gracia».3
San Vicente expresa sus plegarias con fórmulas sabrosas, en las que pone a menudo a la Santísima Virgen como mediadora, con una familiaridad que nos conmueve: «Ruega entonces a tu Hijo, por las entrañas de tu vientre en dónde él estuvo alojado nueve meses, que nos conceda esta gracia».4
Muy lejos nos hallamos de tanta sencillez y espontaneidad. Y sin embargo, san Vicente quiere formarnos, empleando con nosotras una verdadera pedagogía de la oración. Unas veces, echa mano de una súplica, otras, de una expresión de alabanza, otras, de un diálogo con Dios. Nos pide, a la vez, la oración personal y la oración comunitaria, abiertas ambas, a las necesidades del prójimo. Nada hay indiferente a sus ojos, hasta hace alusión a la actitud o postura del cuerpo, y propone a nuestra imitación a Cristo Jesús que se prosternaba rostro en tierra ante su Padre. También, en esto, podemos recordar lo que la Iglesia nos pide, una intensificación de la oración, como últimamente lo ha señalado una reunión de obispos, haciendo saber que, este volver a la oración, ese fenómeno del movimiento carismático de oración, bien pudiera ser uno de los acontecimientos más destacados de nuestro tiempo.
Así que, evangelización imitando al Hijo de Dios, jaculatorias y oración caracterizan, según san Vicente, la vida diaria de sus hijas, por lo que, nos ha dicho la Asamblea, contemplación y acción no pueden separarse.
San Vicente ha dado también prioridad al servicio de Dios en el prójimo, para ayudarle a que reconozca y encuentre a Dios. Nunca separa los dos mandamientos que, según el evangelio, no son nada más que uno. Así es como san Vicente deja invadir su vida por peticiones, cada día más numerosas, relacionadas con todas las miserias del mundo. Sucesiva y simultáneamente, llega a ser capellán general de las galeras, fundador de la Congregación de la Misión, director espiritual, conferenciante de los martes, reformador del clero, fundador de las Hijas de la Caridad, proveedor de recursos a las regiones siniestradas, promotor de la misión ad gentes: Madagascar, Turín, Argel, Irlanda, Polonia, fundador del Hospicio del Santo Nombre de Jesús. Escribió unas treinta mil cartas y, ¡nosotras, a veces, nos llegamos a quejar de exceso de trabajo!
¿No será, acaso, porque no sabemos sacar suficientemente nuestra fuerza, como san Vicente, de ese recurrir constantemente a Dios, que proporciona sus gracias en la medida del trabajo que pide? ¿O no será, tal vez, porque no tenemos, como san Vicente, la gracia de suscitar colaboración y participación, para no obrar solas, sino suscitando alrededor nuestro, obreros evangélicos, con posibilidad, ellos también, de llevar a los pobres el mensaje de salvación?
El otro punto de la actualidad de san Vicente sobre el que la Asamblea ha insistido con fuerza, es el de su manera de comportarse en medio de esa acción por él emprendida. Con esto, quiero aludir a cómo vivió él mismo, antes de decírnoslo a nosotras, las tres virtudes de estado. Se siente hermano y solidario de todos los pobres y, por su humildad conquistada y reconquistada sin cesar, se sitúa como uno de ellos en una fraternidad verdadera, reconociéndose pobre entre los pobres, en el pleno sentido según el evangelio. A causa también de su humildad, es como llega a esa convicción profunda de que no puede evangelizar él solo, y gracias a ella, consigue hacer surgir tantas buenas voluntades, a las que impulsa al servicio de los más abandonados. De modo que, podemos decir que san Vicente practicó la humildad de continuo y en un grado no inferior al de su caridad. Una humildad profunda que fue la que lo mantuvo en esa actitud de recurrir permanentemente a Dios.
También, quisiera insistir en otro punto, el de que, la actitud de san Vicente, fue una actitud de autenticidad, podríamos decir que fue como el eje de toda su vida. Su humildad, que puede parecer excesiva, estaba sin embargo, en concordancia con sus sentimientos profundos y no era, en él, más que una forma de comportarse con autenticidad.
Hoy, lo que la gente espera de nosotras es precisamente esa actitud de verdad, de humildad, de sencillez que nos acerca a ella y le da valor para dirigirnos sus preguntas. Esa actitud la pone y nos pone en el mismo plano, en verdadera igualdad, tan necesaria entre hermanos, y nos proporciona una ocasión única de entrar en ese clima de precatequesis, que es el clima de la simpatía y la amistad. San Vicente se situó en esa intuición de las necesidades de los demás, con toda verdad, con toda sencillez y vivió humildemente en ese estado de servicio a los demás, que consumió su vida.
Esta toma de conciencia de la asombrosa actualidad que tiene el mensaje de san Vicente para nuestro mundo contemporáneo, hizo impacto en la Asamblea y de ella, resultaron prácticamente, dos actitudes que se proyectan en nuestro comportamiento actual, dos disposiciones que nacen en nuestro corazón.
En primer lugar, el propósito de penetrarnos de las enseñanzas de san Vicente y sacar de ellas, junto con el primer impulso comunicado por él a la Compañía, el mensaje aplicable hoy.
Después, el deseo de abrir como él en la oración nuestros ojos y nuestro corazón, para llegar a descubrir y comprender la vida de los pobres y así, poder servirlos mejor, corporal y espiritualmente, según sus necesidades, en un acercamiento cada vez más real, pero sin dejar de ser, ante todo, interior.
Tenemos que desconfiar de una acción puramente humana que correría el riesgo de brotar simplemente de nuestra sensibilidad femenina, conmovida ante la miseria. Más bien, dispongámonos a vivir en ese estado de comunicación habitual con Dios, en medio de nuestro trabajo, trabajo sostenido por nuestro esfuerzo, para intensificar nuestra oración mental cotidiana. En esos encuentros con Dios, purificamos nuestra intención y llegamos a conservar la autenticidad del verdadero mensaje de amor que hemos de llevar, que vamos a transmitir, que tenemos el deseo de comunicar a todos los pobres.
Éste es uno de los aspectos de la Asamblea, que me complazco en descubrirles, tal y como yo lo percibí. Debe servir para ayudarnos a restaurar en nosotras el fervor inicial de nuestra vocación, en su pureza primitiva, del que fueron fruto nuestras primeras Hermanas, con aquel su heroico grado de caridad, Margarita Naseau, Bárbara Angiboust y tantas otras, en cuyas huellas, tenemos el deber de caminar.
He querido compartir con ustedes toda esa vida intensa que caracterizó la Asamblea y, sobre todo, ese gran deseo, que experimentamos entonces y que conservamos, de permanecer unidas en el amor al Señor y el amor a los pobres.








